Dejarás la tierra 13 #2
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En el terreno de estas confidencias te diré que algo le comenté alguna vez al doctor Sánchez Concha en el campo patológico.

Médicos y libros que yo leía le asignaban a mi enfermedad nasal un posible origen específico que yo estaba seguro de no haber adquirido jamás.

Me parecía que había antecedentes oscuros a este respecto.

La enfermedad de papá, cuyo diagnóstico nunca pareció claro, ni en el día de su muerte, así como el fallecimiento de sus hermanos mayores, también con síntomas de «ataxia», se me presentaban como signos reveladores.

Yo quería saberlo con toda la discreción del caso para ponerme en tratamiento.

A Sánchez Concha le dije que una enfermedad como la mía, aparecida en la adolescencia, no podía venirme sino de atrás y yo necesitaba una verdad cabal para ponerme en cura.

Me lo quitó de la cabeza con un gran acento de convicción, con un calor paternal, y me aseguró que en Europa se le habían hecho a nuestro padre enfermo todos los análisis del caso y que el tratamiento que prescribieron los médicos no tenía nada que ver con lo que yo suponía.

Atribuyó el mal a una naturaleza sensible y al fracaso repentino de sus negocios y aspiraciones.

Quedé convencido, si no totalmente, por lo menos para tranquilizarme cada vez que mi mal y otros viejos síntomas de insuficiencia biológica me renovaban la sospecha.

Tu dolorosa revelación, que me ha traído por sobre todas las cosas el bien de la verdad, alumbra, en mi concepto, el panorama espiritual y físico de nuestro padre y me hace asistir más íntimamente a las preocupaciones, los dolores y los amores que determinaron, desde la niñez, su sicología y fisiología.

No me asusta ni me incomoda siquiera, después de la trayectoria ejemplar de los hijos, la ausencia de claridad en la raíz de aquel hogar.

Para mí este está siempre iluminado por una madre abnegada como doña Nicolasa, inteligente, severa, tierna, digna de mejor suerte, y el dolor que se me impone consiste en imaginar la fuerza heroica y el desgaste nervioso que suponía, dentro de su desdicha oculta, cada gestación.

Aquí me parece ver la causa del desmedro en la constitución nerviosa de los hijos y en la preponderancia de lo psíquico sobre lo físico.

Así se explica también que la ternura filial, en corazones impolutos como todos los de la época, se acrecentara con la gratitud y la compasión.

Todo ello me sirve para querer a nuestro padre como padre y como el hombre en quien el secreto familiar, guardado con siete llaves, acabó por romper la atadura de los nervios, sacudidos por los inevitables contrastes de la vida.

Ya ves, hermano, si te estoy agradecido por esta identificación, que llega tarde pero llega.

A fin de agotar de una sola vez todo lo que el tema me sugiere y no volver sobre él nunca más, diré que la existencia de don Roberto Benjamín me parece más incógnita que nunca y se aproxima tal vez a lo fantástico.

Es demasiado elocuente para mí que el testador, de alma religiosa, llame a Nicolasa por su nombre de soltera en un documento público en que también menciona a los hijos y dice que son de ella.

Las partidas bautismales, al contrario, bien pueden ser concesiones sociales, aparte de que el acta del matrimonio, reclamada en su momento, entiendo que por el general Pedro Cisneros, nadie la ha visto.

Pero fíjate que para la transmisión de la herencia era indispensable decir la verdad a fin de poder identificar sin lugar a cuestión a los beneficiarios.

¡Pero ya basta! El dolor, si trae verdad, siempre es bueno.

El nombre de Lucrecia Colichón ha despertado una serie de recuerdos en mí.

Yo maliciaba que por allí andaba la cosa.

Hace muchos años que alguien me preguntó si yo quería ir a su casa para conocer a una señora tullida que me conocía mucho y que se alegraría de hablar conmigo.

Deduzco que esa mujer, que ha muerto ya o quizá aún está viva, es Lucrecia.

En fin, ya está. Otro abrazo, hermano, callado y largo, lleno de amor y de veneración por los nuestros.

F.

De todo lo que Fernán escribió a lo largo de su vida no hay, para mí, nada que se compare a estas dos cartas.

En ellas se desnuda, se libera del ropaje lírico de sus poemas, del camuflaje de sus discursos de embajador, del idealismo de sus ensayos, de la moral de sus artículos de prensa.

Todos aquellos disfraces retóricos también habían sido usados por su padre, pero en Fernán se hacían más obvios.

Sus versos románticos eran pura coraza, un blindaje para no hablar crudamente de esa pena que, cuando se emocionaba, se le salía a cántaros por las cuencas de los ojos.

El pánico a ser incomprendido ante una verdad que ya olfateaba —una refracción del pánico de su padre a ser discriminado por su bastardía— quedó plasmado en esas rimas distractoras con las que desoía los gritos de su fondo.

Las dos cartas a su hermano Alfonso, en cambio, tienen una inocencia genuina y un furor incomparables.

En ellas se enfrenta a su pasado, a su circunstancia y a la vulgaridad de su destino.

En esas cartas está sometido al «silencio» de su espíritu, harto de «esa tupida niebla que nadie tenía interés en rasgar» y libre al mismo tiempo de «una duda que seguía enroscada dentro, y me mandaba callar».

Las revelaciones de Alfonso le hicieron darse cuenta de que había «antecedentes oscuros» que explicaban la enfermedad nerviosa sin diagnóstico de Luis Benjamín.

El mal de su padre, entendió, era síntoma de algún serio desbarajuste emocional producto de haberse creído durante años hijo de un señor irreal, un señor que «se aproxima a lo fantástico», y luego descubrir que no.

El desorden neurológico de Luis Benjamín, comprendió entonces Fernán y comprendo ahora yo tantos decenios mediante, era consecuencia de haber tenido que adulterar la realidad para defenderse de ella.

Así se originó esa conturbación denominada «ataxia».

Fernán se convenció también de que su propia enfermedad respiratoria venía de «muy atrás».

¿Habrá pasado lo mismo con las agudas crisis asmáticas que yo mismo padecí de niño en la casa de La Paz, crisis que nadie relacionó con ningún precedente familiar y que me obligaban a dormir sentado noches y noches?

¿Esos inacabables ahogos pulmonares y torturantes silbidos de pecho habrán venido también de atrás ?

¿Cuántas cosas nos llegan de atrás ? Me gusta pensar que atrás es un punto cardinal diminuto que con los años no hace más que ensancharse hasta hacerse inatrapable.

Una palabra que denomina no al pasado, sino a las formas geográficas que le damos al pasado.

Formas áridas y congeladas. El pasado como desván.

Como cripta. Como socavón. O como una instancia que empezó siendo todo eso y luego, en algún punto, mutó hasta tornarse un paisaje inconmensurable, próximo y a la vez remoto.

El pasado como un páramo con altibajos, una planicie a veces fangosa o resbaladiza, retocada por árboles que conmemoran recuerdos triunfales y dolorosos, o quizá solo dolorosos, árboles que de lejos parecen minúsculos pero de cerca intimidan como los fósiles de un animal prehistórico.

En todos los Cisneros —al menos en los que me conciernen— hay un resabio de esa agitación nerviosa, esa dificultad para respirar.

«Los nervios sacudidos por los inevitables contrastes de la vida».

A mi abuelo Fernán se le hacían imperativas las revelaciones porque conocía su efecto curativo.

Sin embargo, cuando supo cómo había sido urdida la historia de su familia y de dónde venía su apellido; es decir, cuando supo el origen de su nombre y asimiló el significado y trascendencia de aquello, reapareció su «discreción ante el misterio».

Ante sus hijos —entre ellos el Gaucho, mi padre— mi abuelo mantuvo su prudencia de embajador, su doble rasero y no dijo nada.

Claudicó en todos los sentidos porque ni siquiera volvió a escribir poesía.

Al saber la verdad de su vida renunció a la verdad de la literatura.

No lo hizo poco a poco sino de golpe, como quien desocupa una habitación muy querida que de pronto le urge abandonar porque dentro se ha producido un estallido y algo ha muerto y ya ha empezado a pudrirse.

Lo último literario que escribió mi abuelo Fernán fueron precisamente esas dos cartas a su hermano Alfonso, y quiero creer que, en el hecho de no destruirlas, de preservarlas en buen estado, hubo una decisión de perpetuar la verdad, esperando que ese material llegase algún día a las manos adecuadas.

Cuando el tío Gustavo accedió a esas cartas y, por ende, a la secuela de certezas insoslayables que la correspondencia traía consigo, tenía la escandalosa edad de sesenta años.

Sesenta años de ignorancia y oscuridad. Intentó compartirlas cuanto antes con los hermanos vivos que le quedaban pero no recibió la respuesta que esperaba.

Nadie lo alentó a profundizar su investigación.

Hubo tibios empujones de parte del tío Reynaldo, algo hizo también la tía Carlota; pero los demás, incluido mi padre, lo ningunearon.

No querían entender ni despejar los nubarrones que copaban su mundo.

No creían en eso de que «el dolor, si trae verdad, es bueno».