Dejarás la tierra 19 #3
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19 #3

Esta vez había más movimiento en el centro escolar.

A diferencia de la visita anterior, ahora sí encontré al director detrás de un escritorio desvencijado.

Imposible olvidar su nombre: Silverio Serrano.

Un hombre mayor, achacoso, embutido en una pequeña chaqueta sin planchar cuyas mangas se retiraban hasta los codos cada vez que hablaba moviendo los brazos.

Al lado de su oficina, colgada de una viga, destacaba una campana de hierro que, según me indicaron, servía para notificar las asambleas, convocar las misas, «anunciar» los temblores, dar por iniciados y concluidos los recreos.

Don Silverio me hizo pasar y, cuando oyó de mi boca la historia del sacerdote que le daba nombre al colegio que él dirigía desde hacía veinte años, se quedó pálido.

Tenía tantas ganas de saber más y de mantener aquella conversación en un clima de confidencialidad que se puso de pie, cerró la puerta y aseguró el pestillo, dejando fuera a un grupo de maestros que iba a verlo con una serie de urgencias que discutir.

Entonces me confesó que el dato de los hijos de Cartagena resultaba completamente nuevo para él.

—¿Y eran siete los bastardos? —me preguntó, entre incrédulo y divertido, pasándose una mano por el cabello teñido.

Para saciar su curiosidad, le conté detalles de la juventud del cura, de las denuncias en su contra en sus años de subdiácono, de cómo su apellido se había quedado estancado en el tiempo, convirtiéndose en una sombra onerosa o más bien en un grillete para mi bisabuelo, sus hermanos y los que vinimos después.

—Lamentablemente —le informé—, no hay una sola pintura que me ayude a saber cómo era.

Algo se encendió de pronto en los ojos risueños de aquel hombre taciturno.

—Tienes suerte —me dijo—, aquí tengo guardado un pequeño óleo. No tienes idea de lo mucho que hice para conseguirlo.

Don Silverio comentó que lo había encontrado refundido en unos baúles tétricos del colegio de Ciencias y que tuvo que suplicarle de rodillas al director que le concediera esa imagen pues, de otro modo, se hubiese perdido para siempre.

Mientras escuchaba no sus palabras sino el eco de sus palabras sentía mi estómago volcarse.

El director se levantó y, corcovado como era, se dirigió hacia un mueble empotrado en el muro mayor.

Arrastraba los pies tanto que sus pasos dieron la impresión de durar horas.

Me pregunté si aquello estaba realmente sucediendo.

Ocho años después de haber removido los cimientos del secreto familiar por fin podría «conocer» a mi tatarabuelo.

En pocos segundos, don Silverio se volvió mostrándome el cuadro.

Una pintura de treinta por veinte centímetros a cuyos pies figuraba la siguiente leyenda:

Dr. Gregorio Cartagena, párroco de Huácar, diputado por Huánuco. Gestor de la creación del colegio de Ciencias y su primer rector en 1829.

Allí estaba, mirándome, con su levita negra, el siempre huidizo Cartagena.

Por una vez daba la cara. El rostro ovalado y blanquecino.

Los rasgos adustos. La expresión intemporal.

La frente vasta como una ensenada. Las orejas y labios tan parecidos a los de mi abuelo, los de mi padre y mis tíos Cisneros.

Si el cuadro databa de 1829, Cartagena, deduje, tenía cuarenta y un años en el momento de ser retratado.

Hacía cinco que conocía a Nicolasa y hacía solo uno que era padre de Juan.

Cogí el cuadro con firmeza y vi o creí ver en el semblante dibujado de Gregorio algún residuo de sus varios y silenciosos contratiempos.

Me detuve en las sombras de sus ojos, sus pómulos puntiagudos, el arco de su boca, su mentón sin hendidura, la temprana calvicie que no heredarían sus hijos pero sí sus nietos.

«Con él empezó todo», pensé y de repente estuve seguro de que liberarlo de ese escondite era una forma de desagraviarlo. Don Silverio pareció leer mis pensamientos porque a continuación, sin titubeos, dijo exactamente las palabras que deseaba escuchar:

—Llévatelo. A mí ya no me sirve.

Horas más tarde subí al avión llevando el retrato en una bolsa que acomodé a mis pies antes de despegar. Durante el vuelo, de vez en cuando echaba una mirada para verificar que el cura siguiera allí, y sonreía al imaginar la sorpresa catatónica que se llevaría mi tío Gustavo cuando lo viese.

«Se acabó el misterio», murmuré para nadie.

Después de tantas exploraciones tenía entre mis manos la ansiada primera piedra de una construcción ya derruida y, precisamente por derruida, restaurada. Podía apreciar al fin la morfología de esa piedra y medir su valor: ya no me era inalcanzable ni ajena.

Me invadió entonces un sentimiento estéril.

De triunfo y derrota simultáneos. Pensé en la gente de Huácar, en las historias de Cartagena, las invenciones de Nicolasa, las tumbas contiguas en el cementerio, el enojo del general Pedro Cisneros al saber la verdad.

Pensé en las pobrezas que vivió Luis Benjamín, la doble vida de Fernán, los silencios de mi padre, y me pregunté por qué todo eso aún me fascinaba y me dolía.

Y cuando más tarde observé por la ventanilla y divisé la ciudad de Lima al borde del océano, y miré el mar sucio atajado por la costa, y las casas y edificios alternándose de cualquier manera sobre la línea gris de los acantilados, sentí o supe que esa sería la última frontera que me tocaría trasponer en mucho tiempo.