Dejarás la tierra 12 #6
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—¿Tú crees que no les importó? ¿De verdad crees que no les importó?

—¿Sabes tú cuánta gente vive con un nombre que no le corresponde?

—Millones seguramente, pero ese no puede ser un consuelo.

—Tampoco debe ser un dilema.

—Uno no escoge sus dilemas.

—Pero sí escoge convertirlos en un drama.

—¿Te parece que estoy siendo dramático?

—Victimista.

—Explícate.

—En este país donde hay gente que se muere de hambre, de frío, de miedo, de pobreza, venir a preocuparse por el origen del apellido es un poco...

—¿Frívolo? ¿Desubicado?

—Sí, desubicado. Al fin una palabra adecuada.

—Te recuerdo, tío, que este es tu tema. Tú empezaste con la investigación.

—Porque quería saber, no cuestionar.

—Querer saber ya es cuestionar.

—Eres igualito de terco que tu padre. No quieres reconocer que estás haciendo una tormenta en un vaso de agua.

—El origen personal no será un problema de primera necesidad, pero eso no quiere decir que no sea un problema. Tampoco lo hagas pasar como algo insulso. Si la gente tuviera el tiempo y los medios, estoy seguro de que se interesaría por su identidad, su procedencia, sus antepasados, sus raíces.

—Lo dudo.

—Yo no.

—Yo sí. Las personas que no tienen plata, y que en este país son mayoría, solo se preocupan por tenerla. Están ocupadas sobreviviendo y dándoles de comer a sus hijos. ¿Tú crees que les preocupa el tema de su origen? ¡Ni hablar!

—No generalices.

—Tú te interesas por estas cosas porque estás bien educado, vives tranquilo, no te falta nada. Puedes permitírtelo.

—¿Cómo sabes tú que no me falta nada?

—Se ve.

—A lo mejor me faltan cosas que no ves, o no quieres ver.

—¿Cómo qué?

—Ahora mismo, un poco de receptividad y menos ironía de tu parte. Estás siendo un poco cínico, me da la impresión.

—¿Cínico?

—Tío, recuerda, por favor, eran ustedes quienes siempre hablaban acerca de «los Cisneros». Durante años, cientos de veces, en cada reunión. Y cantaban, recitaban, bailaban. Y mencionaban a Fernán y Luis Benjamín. Era una fiesta ser Cisneros.

—Lo es.

—Lo era.

—Buenas épocas. Se fueron rápido.

—En la casa de los abuelos, allí en La Paz, había una placa grabada sobre una pared que decía: «Esta es la casa de los Cisneros»...

—Sí, sí, una placa de cerámica, escrita con letras góticas. La mandamos hacer...

—Yo crecí en esa casa, crecí viendo esa placa con ese apellido ilegítimo.

—¿Cómo que «ilegítimo»?

—Bueno, equívoco, erróneo, incorrecto.

—Nosotros somos Cisneros por Nicolasa.

—Nosotros no tendríamos que serlo. Mi bisabuelo debió llamarse Luis Cartagena Cisneros; mi abuelo, Fernán Cartagena Bustamante; ustedes deberían apellidarse Cartagena Vizquerra.

Yo debería ser Cartagena Zaldívar. Cisneros es un apellido forzado, impuesto, postizo.

Un apellido que debió perderse y quedarse atrás.

Tú eres el experto en estas cosas. Lo sabes mejor que nadie.

—Lo único que sé es que ya han pasado dos siglos y hay varias generaciones de Cisneros muy orgullosas de serlo.

—Me pregunto cuántos de ellos sabrán que Cartagena es nuestro apellido real.

—Insistes con eso. ¿Es tan importante?

—¡Ustedes fueron los que nos enseñaron que era importante!

Nos repitieron hasta el cansancio, domingo tras domingo, que el apellido paterno es el que se hereda, el que se transmite, el que trasciende, el que marca, el que prestigia.

Nos explicaron que esa era nuestra herencia, nuestro patrimonio, nuestro ADN.

Todo muy patriarcal y machista, ahora que lo pienso.

No me mires, así, tío, ustedes decían esas cosas.

Es lógico que se nos quedaran metidas en la cabeza. A mí se me quedaron.

—Solo falta que digas que les lavamos el cerebro.

—Más que un lavado de cerebro fue como una evangelización. Una muy eficiente, por cierto.

—¿Esa es otra queja?

—Solo quiero que hablemos claro y admitas que ustedes nos inculcaron esa admiración por un apellido que no era el verdadero.

—Lo único que hicimos fue darles las mismas bases que nos dieron a nosotros.

—Tú lo has dicho: fijaron las bases.

—¿Ese también es un pecado? Ahora resulta que fallamos en todo. ¿Acaso está mal que uno enseñe la historia de su familia?

—Si lo haces apoyándote en una mentira, y conoces esa mentira, llega un momento en que tienes que hacerte cargo.

—¿Eso quieres que te diga? ¿Que los Cisneros somos una mentira? ¿Unos hipócritas? ¿Unos farsantes? ¿Te sentirías más contento?

—Di lo que puedas, pero que sea verdad.

—Es que ya no sé qué decirte. Yo soy Cisneros.

Me siento Cisneros. Siempre me he sentido Cisneros, incluso cuando supe de la existencia del cura.

Por eso defendí el apellido de Nicolasa.

Por eso hago las reuniones. Por eso lucho para mantenernos juntos.

Ya está. No hay nada de traumático en eso.

No hay que darle más vueltas al asunto. No tengo por qué sentirme mal.

Tú tampoco te hagas tantas bolas en la cabeza. Uno es lo que siente que es.

—¿Lo que siente que es? ¿O lo que le toca ser?

—Lo que siente. Punto. Ya no me jodas.