Tercera parte
Hermano Alfonso:
Siéntate y dime. ¿Te parece que yo podría escribir una biografía de papá?
Creo que me vas a decir que sí. El proyecto me da vueltas en la cabeza y cada vez me gusta más porque me llevaría a observaciones sociales y políticas muy interesantes.
Tengo una buena documentación de este carácter.
Mas existe un pero elemental que es una ironía de la vida.
Y es que, a fuerza de discreto, yo nunca he preguntado nada sobre papá, y nada sé de su juventud, de su adolescencia, de su niñez.
Cuando ya estuve en edad de que él me contara cosas suyas, había perdido, con la palabra, la facultad para las confidencias paternales.
La biografía escrita por un hijo no puede ir a tientas.
Yo voy y vengo por la vida de nuestro viejo sin tropiezo alguno, algo más, con claridad celeste, desde la casa de Sacristía de San Marcelo, pero para todo lo anterior tengo que atenerme a recuerdos que no sé si son recuerdos o interpretaciones antojadizas.
Era Adelaida.
No mucho después, nuestro viejecito, como si hubiera querido completar la revelación, me dictó su testamento en medio de las emociones que ya imaginarás.
En él, como es lógico, nombra a esas tres hijas mayores de las que yo nunca había sabido nada, Elvira, Adelaida y María Luisa, «tenidas en una misma persona», y las reconoce.
Cuando Adelaida se volvió a París, estuve con ella para despedirla.
Más tarde conocí a Elvira en La Prensa .
Una mujer de muy baja estatura que pedía que me llamaran y conversábamos en el vestíbulo.
Luego, por una temporada, protegí a su hijo en el mismo diario, y llegué a estar en su lecho de moribunda y acompañé sus restos.
Enseguida inicié correspondencia con Adelaida, que me escribió agradeciéndome estas manifestaciones a su hermana.
Por último, ahora mismo, he cambiado cartas con ella, que está ya muy viejecita y en soledad absoluta, pues acaba de perder a su compañera de muchísimos años, que fue su maestra de adolescencia en París y con quien vivió fraternalmente por más de cuarenta y cinco años.
Bien, hermano, yo no sé nada más ni de esto ni de nada.
Y es claro que no quiero saber para contar, sino saber para orientarme.
¿Por qué yo no sé nada de nuestro abuelo paterno?
¿Por qué no tengo ninguna idea de nuestra abuela Nicolasa?
¿Por qué no sé bien ni cuántos fueron sus hijos ni qué fue de ellos?
Querría, necesitaría saberlo todo. Necesitaría referencias exactas de los tíos abuelos, un general de la independencia entre ellos.
Necesitaría una buena biografía del tío Luciano.
Necesitaría lo que llamaríamos un exacto itinerario de papá.
Años en que viajó. Países que recorrió. Vida que hizo en Europa.
Amigos que tuvo allá, peruanos y extranjeros.
Principales acontecimientos a los que asistió.
Guerra franco-prusiana. Muerte de Victor Hugo.
Necesitaría un relato fiel de lo que le ocurrió a nuestra familia durante la guerra con Chile. ¿Por qué volvieron a Europa en 1882?
En fin, ya ves que no sé nada. Hermano, dame un consejo.
Seguramente si tú tuvieras tiempo podrías aportarme muchos de estos datos.
Pero tal vez lo tengas para algunos, los que más discreción exijan.
Los otros me los podrían aportar mis hermanas.
Escríbeles. Diles de qué se trata. Diles que yo no quiero terminar mi vida sin haber puesto una piedra en el monumento de papá, y que estoy firme en que si no aprovecho este único minuto diplomático, que ya se me acaba, la lucha y el dolor me devolverán de nuevo a la impotencia.
Mil cariños para todos los tuyos y mil abrazos para ti.
F.
Mi abuelo Fernán tenía cincuenta y tres años cuando le puso su inicial a esta carta.
Había vivido más de medio siglo sin saber la verdad de su familia, caminando a tientas.
Había hecho deducciones y conjeturas a partir del testamento de su padre pero le faltaban certezas contundentes, anclas que estabilizaran el bamboleo que había sido su vida.
Los encuentros con dos de sus hermanastras, Elvira y Adelaida, fueron afables pero muy esporádicos como para entablar una relación.
Alfonso, su hermano, tenía cincuenta y cinco.
Jamás habían hablado entre ellos de las lagunas de su pasado hasta que llegó el momento de plantarles cara y ver cómo superaban juntos el vacío de esos inamovibles agujeros negros.
«Querría, necesitaría saberlo todo», escribió Fernán, dejando entrever la desesperación que turba a los hijos, o a ciertos hijos, en ese punto de la vida en que, desconcertados, advertimos que no sabemos nada real sobre nuestros padres y que saberlo es decisivo para atisbar el sentido de nuestra propia existencia.
Eran tantas las preguntas y especulaciones de Fernán que adjuntó a su misiva una lista de interrogantes esperando que Alfonso absolviese la mayoría de ellas:
¿Qué hacían nuestros abuelos en Huánuco?
¿Quién fue el general Pedro Cisneros? ¿Se sabe algo de la primera escuela a la que fue nuestro padre?
¿Se sabe qué posición ocupó la familia en el Gobierno de Ramón Castilla?
¿Y el amor? ¿Quién fue la madre de las primeras hijas de nuestro padre?
¿No se casó con ella por inferioridad o por oposición de Nicolasa?
¿Es cierto que en esa relación tuvo injerencia el presidente Castilla?
¿Es cierta la escena con su madre en los versos de Aurora amor ?
¿Quiénes eran en Francia sus mejores amigos?
¿Quiénes sus caseros y hospedadores? Cuando volvió al Perú, ¿volvieron con él las hijas?
¿Cómo y dónde conoció a mamá? ¿Quién bendijo ese matrimonio? ¿Hubo matrimonio?
Las preguntas continúan con esa mixtura de asombro y ansiedad.
Y mientras ahora las leo y releo, quisiera contestarlas una a una porque, a diferencia de Fernán, yo sí quiero saber para contar.
Y quisiera haber estado ahí, a su lado, para sacarlo de su ignorancia, abrirle los ojos y decirle lo que ahora sé.
Que su abuelo fue un sacerdote de nombre Gregorio Cartagena.
Que su abuela, Nicolasa Cisneros, aceptó las mentiras y simulaciones que el sacerdote instituyó.
Quisiera decirle que el de ellos fue un amor franco pero callado.
Que su padre, Luis Benjamín, y sus seis hermanos eran bastardos y crecieron creyendo que eran hijos de un viajero que no existía.
Que Benjamín no era un segundo nombre sino un apellido fraudulento.
Que la mujer con la que su padre concibió a sus primeras hijas se llamaba Lucrecia Colichón y fue amante del presidente Ramón Castilla.
Y que Adelaida, su hermanastra, quien había vivido «fraternalmente por más de cuarenta y cinco años» con su maestra de París era, evidentemente, homosexual.
Todo eso quisiera decirle a ese hombre muerto que es mi abuelo, a ese montón de polvo y huesos molidos que solo conocí por fotografías, al que he aprendido a vislumbrar a través de sus cartas, sus libros; pero sobre todo a través de esos silencios que son para mí como bosques vírgenes, arduos corredores nocturnos por donde hace años transito.
En su respuesta a Fernán, Alfonso destapó todas las verdades que sabía. No he encontrado esa carta por ninguna parte, pero debió ser desgarradora.
Días después, mi abuelo le escribió estas líneas.
Montevideo, 10 de mayo de 1935
Hermano Alfonso:
Te mando un abrazo fraternal y con él toda mi gratitud por las noticias que me has enviado.
Llevo 24 horas de un silencio profundo en mi espíritu.
Yo sabía desde mi juventud que había en derredor de todo eso una tupida niebla que nadie tenía interés en rasgar.
Alguna vez tomé un lápiz y un papel para trazar el árbol genealógico, pero no pude conseguir de parte de nadie sino los nombres recientes y algunas sonrisas que me parecieron nada más que bondadosas.
Eso y el silencio de quienes podrían habernos dicho espontáneamente algo hicieron ahondar en mí una actitud de discreción ante el misterio.
Pero claro que la discreción era presentimiento.
En mi época de universitario, alguien, no recuerdo quién, me sostuvo que «Benjamín», que yo creía nombre, era apellido, y recuerdo que para salir de dudas le hice la pregunta a mi tío Carlos.
Este me dio a entender que sí, pero que la transformación era muy antigua.
Desde entonces mucha gente me ha preguntado lo mismo y yo, haciendo caso omiso de la explicación piadosa del tío Carlos, he dicho invariablemente que no era cierto.
Pero la duda seguía enroscada dentro, y me mandaba callar.