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Así era Luciano. Lejos de amedrentarse, replicaba con sarcasmo las diatribas y devolvía el doble de lo que encajaba sabiendo que sus palabras contenían esquirlas capaces de socavar para siempre la autoestima de quien intentara denostarlo o ponerlo en ridículo por su condición ilegítima.
Ganó muchísimo dinero como abogado pero, al igual que su hermano, mi bisabuelo, se empobreció durante la guerra del Pacífico hasta perder casi todo su peculio y sus bienes a manos de los chilenos que ocuparon Lima a la fuerza.
De los dos, Luis Benjamín resultó el más perjudicado económicamente.
En su estado de cuentas —el único papel que quedó tras su muerte— aparecen anotados unos vales de la Compañía Salitrera que ya entonces no valían ni medio real.
—¿Tampoco les quedaron propiedades?
—Ni una. Vendieron todo, hasta la casa de la calle de la Peña Horadada.
—¿Qué pasó con esa casa?
—¿Has escuchado hablar de Antonio Raimondi?
—¿El científico italiano? ¿El de la Estela Raimondi?
—Ese mismo. Él la compró. Sus primeros estudios sobre los recursos naturales del Perú, que luego se hicieron famosos y le dieron todo el renombre mundial que tuvo, los culminó en la misma habitación donde nació Luis Benjamín.
—¿Cuando vendieron esa casa, Luis Benjamín ya tenía párkinson?
—Sí, ya estaba muy enfermo.
—Esa es otra de las cosas que más me impresiona: la enfermedad que le impedía valerse por sí mismo, escribir...
—Pero que, irónicamente, lo acercó a Fernán. Cuando Luis Benjamín ya no podía ni sentarse a coger la pluma, mi padre se volvió su mano derecha, su secretario, su escribano, su lazarillo, su intérprete.
—La parálisis de su padre lo convirtió en escritor.
—Era el más sensible de todos los hijos de Luis Benjamín. Tal vez el único que podía poner en limpio lo que el viejo necesitaba decir... Si no me equivoco, por aquí debo tener una carta donde mi padre habla de él.
Después de hurgar unos segundos en su maletín, el tío Gustavo sacó del interior una carta amarillenta que, vista por detrás, dejaba traslucir dos párrafos de letras negras escritas a máquina.
Era una hoja de otro siglo, tan liviana y delgada que se maltrataba aun cogiéndola levemente con las yemas de los dedos.
El tío Gustavo se colocó los lentes y tomó distancia del papel.
El anciano en su sillón de ruedas. Qué espectáculo el de aquel torturado corazón rimando siempre versos en silencio. Qué espectáculo el de que aquella mirada apacible y generosa dentro de la pesadumbre de su cárcel y pese a los dolores del cuerpo.
A diferencia de Luis Benjamín, que no bebió nada de su padre sacerdote, Fernán bebió demasiado de su padre escritor. Demasiado brillo, demasiado reconocimiento, demasiada ilustración. También demasiado silencio.
Mucho antes de morir a causa de las consecuencias degenerativas del párkinson, Luis Benjamín ya había decidido callarse las cosas de su pasado. Nunca les contó a sus hijos quién era, de dónde venía, ni quién había sido Gregorio Cartagena.
Por eso, por vivir tan cerca de su padre pero sin acceso a los escondrijos de su infancia ni al laberinto de sus miedos, aun sin haber nacido de la ilegalidad, Fernán, mi abuelo, se encaminó hacia ella y acabó reproduciéndola sin atenuantes.
—Hay una cosa más, tío.
—¿Qué pasa?
El único camarero que quedaba al cargo nos trajo la cuenta y retiró los vasos vacíos.
Eran casi las seis. El ruido exterior había disminuido pero pronto, con los movimientos de la noche en la ciudad, se reanudaría la sensación de caos callejero.
Las sillas del restaurante habían sido colocadas patas arriba sobre las mesas y desde allí daban la impresión de estar agotadas ellas también, como recuperándose o tomando fuerzas para soportar el peso de los clientes del siguiente turno.
—Nuestro apellido, Cisneros...
—¿Qué tiene?
—No es el que nos corresponde.
—No me digas que no lo habías pensado.
—Sí, muchísimas veces, pero de qué sirve pensarlo a estas alturas...
—Deberíamos apellidarnos Cartagena, como el cura.
—O Benjamín, como Roberto.
—No, no, Roberto era un invento. Cartagena fue real. Su apellido debería ser el nuestro.
—Te estás olvidando de algo: si alguien no quiso que ese apellido prevaleciera fue el propio cura.
No quería que lo miraran mal. ¿Qué crees que pensaron los hijos una vez que descubrieron que Roberto Benjamín no existía y que Gregorio era su padre?
¿Se sintieron orgullosos? No. ¡Lo odiaron!
Por eso decidieron apellidarse como la madre.
—Pero eran hijos del cura. Eso no podían borrarlo. Aunque se pusieran otro nombre llevaban la misma sangre. Eso es irreversible.
—¿Y?
—No es normal vivir con un apellido equivocado.
—A ver, dime una cosa: ¿tú te sientes Cartagena o te sientes Cisneros?
—Cisneros.
—Por qué tanto problema, entonces. ¿Acaso quieres cambiarte de nombre?
—Quiero hablar solamente. Si alguien descubre que su apellido real es otro, ¿no te parece natural que surjan dudas, confusión, preguntas?
—Si a los hijos del cura no les importó, por qué tendría que importarte a ti.