Dejarás la tierra 12 #4
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12 #4

El tío Gustavo volvió a mirar hacia la ventana para entrar en contacto con sus recuerdos más dispersos.

Una mujer que bajo el blanco velo

de la casta inocencia

y la mejilla del rumor bañada,

pueda llevar ante el altar la frente

serena, levantada,

al parque de azahares

del rayo coronada

que del sol baja en vivos resplandores

a través de la ojiva matizada

de fúlgidos colores. [...]

¿Responde acaso la mujer que amas

a ese ideal? El llanto que derramas

dice que «no» bien claro, y que comprendes

con cruel remordimiento

el peligro que corres

y el abismo fatal en que desciendes,

momento por momento.

—Ese «abismo» del que habla... es... ¿Lucrecia?

—Evidentemente.

—Con todo, sigo pensando que fue la mujer que más lo hizo vivir.

—Sin duda. Lucrecia marcó a Luis Benjamín. Después quiso a mi abuela Cristina, pero lo de ellos fue... otra cosa.

—Algo más formal.

—Formal, pero sobre todo frío, quizá hasta falso.

—Pero Cristina contaba con la aprobación de Nicolasa, ¿no?

—Nicolasa quería que todos sus hijos se casaran oficialmente. Era eso lo que aprobaba, la formalidad.

—Mi abuelo vivió algo similar.

—Sí, con su esposa, Hermelinda, y con mi madre.

—Y después ustedes continuaron con ese hábito.

—¿Cuál habito?

—No sé si llamarlo «hábito», más parece una tendencia o tradición.

—¿Cuál?

—Esa según la cual los hombres de nuestra familia aman a una mujer con desesperación, quieren a otra con responsabilidad, pero al final tienen hijos con ambas.

—¿Lo dices por tu padre? ¿Porque se enamoró de tu madre estando casado?

—Por él... y por ti también.

—Mi caso es distinto. Yo enviudé.

—Cierto. La tía Marta.

—Sí. Marta Ferreira.

—¿De qué murió?

—Un cáncer gástrico, producto de un tumor rarísimo, llamado... Krukenberg.

El tío Gustavo se quedó callado de pronto, con la mirada fija en algún lado.

—¿Qué pasa?

—No he podido sacarme ese nombre de la cabeza en todos estos años: Krukenberg.

—¿Después de ella vino la tía Liliana?

—Sí. Mucho después de que muriera Martita conocí a Liliana y, fiel a mi genio, volví a casarme.

—Dices «volví a casarme», no «volví a enamorarme».

El tío Gustavo sonrió a medias.

—Perder a Marta fue muy duro, demasiado.

Imagínate quedarte solo, a los treinta años, con tres niños.

Liliana apareció y fue una gran compañía.

La quise, la quiero, tenemos cuatro hijos, pero ahora vive lejos y ya no es lo mismo.

Nunca pude enamorarme de ella ni de nadie como de Martita. No he dejado de ser un viudo.

—Pero en el papel, ¿sigues siendo esposo de la tía Liliana?

—Así es.

—¿Pero también estuviste con una Nancy?

—Nancy era mucho más joven que yo. Hubo amor, pero nos conocimos tarde.

—¿Y Patricia?

—Fue un desahogo.

—¿Y Begonia?

—Una aventura.

—¿Y Soledad?

—Un error.

—¿Y María Elena?

—¡Carajo! ¡Me estás sacando todo el expediente!

Ciertos hombres de mi lado paterno son así.

O han sido así. Acaparadores insaciables.

Predadores. Mujeriegos. Tuvieron mujeres a las que amaron ciega e impetuosamente.

Mujeres que los dejaron mal, dañados. Luego conocieron a otras a las que tal vez no querían del todo y se casaron con ellas, pactaron alianzas en teoría sensatas, correctas y definitivas; y después, o más bien en paralelo, buscaron nuevos amores, ilegales y arriesgados, que los hicieron vivir segundas juventudes.

La costumbre de la doble vida se ha repetido en cada generación.

Si eso no es un hábito, ni un patrón ni una tendencia, qué es.

¿Una coincidencia que persiste? ¿Un gen hereditario?

¿Un vicio, una enfermedad, una infección?

¿Un eco? ¿Cómo hacer para escapar de ese eco?

¿Pueden eliminarse los virus atávicos? ¿Puede evitarse el contagio?

¿Puede descontaminarse la parte intangible que se nos transmite por genética?

¿O se vuelve intrínseca desde el primer momento y solo queda cargar con ella?

¿Cómo saber qué es lo propio, lo de uno, y qué es lo transferido si al nacer todo nos llega fundido y revuelto?

¿Eran los hombres de mi familia conscientes de que seguían un molde?

¿Se propusieron corregir esa tradición o se dejaron llevar por ella?

¿Soy yo uno más de esos hombres? ¿Voy a repetir la historia que escribo? ¿O la escribo para no repetirla?

Antes de los últimos wiskis, cuando la clientela del restaurante ya se había retirado por completo y los mozos, algunos sin uniforme, vestidos de civil, recién peinados, nos miraban de reojo seguramente preguntándose cuánto tiempo más iríamos a quedarnos allí, el tío Gustavo abrió su maletín y extrajo unos documentos.

—Mira, esta es la partida matrimonial de Luis Benjamín con Cristina.

—La que encontramos en el arzobispado...

—La misma. Le hice dos copias. No sé si te has dado cuenta, pero aquí él declara a Roberto Benjamín como su padre legítimo , a pesar de que para 1869 el rumor de que era hijo de un cura ya se había extendido por todo Lima. Fíjate.

Revisé el papel haciendo esfuerzos por entender la caligrafía antigua.

—¿Ese matrimonio tuvo validez o fue un simulacro?

—Fue totalmente válido.

—¿Y por qué no consignó solamente el nombre de su madre, Nicolasa?

—¿Y correr el riesgo de figurar como si no tuviera padre? Hubiese sido peor.

—Pero es que en rigor... no tenía padre.

—Lo habrá hecho así para protegerse y proteger de paso el honor de su madre.

—Pero si Nicolasa se había declarado soltera en su testamento.

—Esa era información privada, no pública.

—Encima, ya estaba muerta. Para qué iba a cuidarla.

—¿Acaso las señoras muertas no merecen estar bien casadas?

—Pero al menos con un muerto de verdad, no con un muerto falso.

—Falso no: artificial.

—¿Sabes si Luis Benjamín llegó a conversar sobre estas cosas con alguien?

—Con su hermano Luciano solamente, pero solo por cartas. Eran muy amigos, tan cercanos como mi padre con mi tío Alfonso, o como tu padre con Juvenal.

—Pareciera como si cada generación hubiese tenido una dupla de hermanos encargada de cuidarse las espaldas, de mantener los secretos familiares a buen recaudo.

—Sí, pero ya ves que de nada les ha servido tanto celo. A la larga todo se supo. Y cuando empezó a comentarse por ahí que los Cisneros venían de un cura, se armó una grande.

—¿Hubo ataques?

—Directos.

El tío Gustavo pasó a contarme los detalles de un encontronazo que Luciano Benjamín tuvo con un abogado civilista que sacó al fresco su origen e insinuó públicamente su bastardía para desprestigiarlo.

Ocurrió en 1870, durante la defensa ante la Corte Suprema de la subsistencia del contrato Dreyfus, asumida por Luciano por encargo de la Casa Dreyfus.

El contrato había reemplazado el sistema extorsionista de consignaciones del guano por el de las ventas, acabando con una dictadura comercial de veinte años y, según varios estudiosos, salvando al Perú de la bancarrota.

Pero los consignatarios no se quedaron quietos y promovieron un proceso judicial buscando que les fueran repuestos sus insólitos privilegios.

El juicio llevó a los estrados judiciales a cientos de ciudadanos interesados en escuchar los alegatos de ambas partes.

Después de que en su disertación inicial Luciano probara jurídicamente que la querella interpuesta por los consignatarios carecía de fundamento, el abogado contrario, de apellido Pativilca, sin argumentos para el contraataque, agobiado por la impotencia y la presión de sus clientes, se puso de pie y lanzó su cicuta:

—¿Y todo eso, doctor, usted lo sabe por carta propia o por carta-ajena ?

En la habitación se abrió un témpano de silencio.

No un silencio viscoso, sino mineral. El aire rígido podía palparse.

Todos los presentes habían captado la argucia desleal de Pativilca.

Ni entre ellos se miraban por vergüenza ajena.

El golpe bajo desfiguró por un instante la fisonomía de Luciano, quien, convirtiendo su indignación en amor propio, cuando el barullo y los carraspeos comenzaban a multiplicarse, reaccionó dirigiéndose al presidente del tribunal sin dejar de señalar a Pativilca:

—¡Lo único que sé, señor presidente, es que este individuo es un macarero, un lilipendón y un miserable!

Las palmas atronadoras bajaron de las galerías pierolistas como una manada de caballos.

Luciano se repeinó y, sin perder tiempo en pedirle a su agresor que se retractara, enfocándose en la materia del juicio para no empantanarlo más, profirió una convincente pieza de oratoria que sería suficiente para ganar el proceso.

—Mira, aquí tengo lo que dijo ni más ni menos que Raúl Porras Barrenechea sobre la intervención de Luciano.

El tío Gustavo sacó de su maletín un libro de historia polvoriento y empastado. Lo abrió en una página marcada previamente:

[...] la defensa de Luciano Benjamín Cisneros de la legitimidad del contrato Dreyfus es, probablemente, una de las más notables pronunciadas en nuestro foro, por la importancia social del asunto, la pugna de formidables intereses económicos y de rivalidades políticas y sociales a ellos anexas, y sobre todo por la enorme repercusión popular [...

]. La de Dreyfus no fue una simple negociación privada, sino una de esas revoluciones sin balas que sacudió profundamente al país, que derivó más tarde en abusos y excesos, pero que abrió un nuevo cauce de esperanza y transformación histórica y social.