12 #3
—Tienes que entender que hasta hace algunos años ese tipo de cosas afectaban socialmente. Mucho. Era mejor callárselas. Cuando yo era niño, un día quise dibujar el árbol genealógico de la familia y cuando les pregunté a mi papá y al tío Alfonso quiénes eran sus abuelos, me mandaron a rodar.
—Y el día que yo llamé a la tía Elena para hablarle de Gregorio Cartagena, ¿te acuerdas? La vieja me tiró el teléfono...
—Bueno, pero ¿qué querías que te dijera? ¿Que estaba encantada de hablarte del cura?
—¿Por qué no?
—Porque para ella eso fue un estigma, una vergüenza. Todavía lo es.
—¡Lo del cura con Nicolasa ocurrió hace dos siglos! Tanta reticencia ya parece cursilería.
—Hay gente a la que no le gusta que le refrieguen los trapos sucios.
—Prefieren que la suciedad se acumule.
—Pero de qué te extrañas, así es la pacatería limeña. La gente aquí es así, pacata. Gran parte de nuestra familia es pacata. Se horrorizan, se indignan con los detalles escabrosos de la vida de los demás, pero no dicen nada de su propia vida.
—O lo dicen en voz baja.
—O simplemente no les interesa.
—Yo creo que sí les interesa.
—A ver, a ver, tampoco nos engañemos. Esto del «origen», de averiguar sobre los ancestros, te importa a ti, a mí y a cuatro gatos más, pero a la gran mayoría le importa un pepino.
¿O me vas a decir que la gente anda preocupada por saber de dónde viene?
¡Las huevas! La gente anda preocupada por el futuro, a nadie le importa el pasado.
—Salud por el pasado, entonces.
—¡Salud!
Nuestros vasos chocaron.
—En vez de historia universal, en el colegio deberían enseñar la historia privada de cada alumno.
—Esa historia no se enseña, se descubre.
—Pero deberíamos poder acceder a ella más temprano, ¿no crees?
—¿Un curso de genealogía, dices?
—Uno que cuente la prehistoria de tu familia, pero con lujo de detalles.
Quiénes fueron los fundadores, los próceres, los traidores, los marginados, los parias.
Biografía e intimidad de cada antepasado.
Con datos genéricos, pero también información dura e incómoda.
Triunfos personales, derrotas, enfermedades, deslealtades, complots.
Batallas ganadas y perdidas. Momentos gloriosos y trágicos.
¿Te imaginas? Con fotos, documentación, diapositivas.
Todo. Fechas emblemáticas. Mitos. Rumores.
Lo sabido, lo negado, lo supuesto. Lo público, lo privado, lo secreto.
—Supongo que es más práctico enseñar historia universal.
—Práctico sí, pero a veces innecesario.
—Bueno, es cultura general.
—Prefiero la cultura individual.
—Una cosa no niega la otra.
—Es que me parece un poco irracional aprender, no sé, la historia de las pirámides de Egipto, la génesis de Mesopotamia o el nombre de las dinastías chinas en vez de aprender de dónde vienes, de quién desciendes.
A medida que la charla avanzaba me di cuenta de que había cosas que seguían dándome vueltas, cosas que ni el tío Gustavo ni nadie podría responder entonces ni después.
¿Qué hizo mi bisabuelo con el cariño que sintió originalmente hacia Roberto Benjamín , el padre decorativo que su madre inventó para él y sus hermanos?
¿Dónde puso esos sentimientos cuando supo la verdad?
¿Y qué hizo con la aversión desatada hacia Gregorio Cartagena, a quien siempre creyó un amigo de la familia, a quien durante años llamó «tío Gregorio» sin suponer que era su padre?
¿Llegó a odiarlo realmente? ¿Adónde fue a parar esa desazón?
¿Cuánto de ella pudo desfogar a través de la poesía y cuánto quedó dentro de él, como un zumbido, arañando esos nervios que acabaron destrozados antes de los sesenta años?
¿Cuánto de esa frustración atravesó épocas y terminó por asentarse en sus hijos y nietos, muchos de los cuales quizá no han llegado a identificar de dónde provienen sus propios recelos, rencores y enfermedades?
¿Por qué nunca se escuchó en mi casa nada sobre los bastardos?
Y por qué he tardado tanto en descubrirlo siendo que Luis Benjamín —como hicieran sus padres en sus respectivos testamentos— dejó escritas claves acerca de sus secretos, como reconociendo en ellos potenciales traumas, y acaso confiando en que alguien pudiese desbloquearlos, desactivarlos, desprogramarlos para que su onda expansiva deje de dañar.
Mi bisabuelo bastardo. Su onda expansiva.
No es casual, pienso ahora, que en sus poemas las alusiones paternas estén arrancadas de cuajo.
No hay una sola línea ni verso ni metáfora que aluda al hombre invisible fabricado por su madre, ni al cura que lo engendró.
El padre no existe en sus poemas, ni siquiera como negación.
Sencillamente no está. Y si un padre no está en el universo literario de su hijo, si ni siquiera allí ha podido ser colocado, es porque una inquina muy fuerte ha tratado de abolirlo.
—¿No te sorprende que a los dieciocho años Luis Benjamín ya tuviera una hija?
—Me sorprende más que a los veintidós tuviera tres...
—¿Cómo lo hizo?
—Eso también era frecuente a mediados del siglo xix .
—No me extraña que haya tenido a las niñas, sino que la madre haya sido quien fue. La amante del presidente. Eso es, por lo menos, osado.
—Pudo escoger otra mujer, es cierto.
—¿Sí? ¿Lo crees?
—Hubiese sido lo más conveniente.
—Me refiero a si realmente crees que uno escoge esas cosas. ¿No crees que ya vienen definidas, escritas? ¿Por qué no pensar que cruzarse con Lucrecia Colichón era cosa del destino?
—No, no, no. Esas son cojudeces. El destino se hace. Uno lo hace. El hombre elige a la mujer y la mujer al hombre, punto. Hay riesgo y a veces algo de suerte, pero no más. «Destino» es la palabra que después se usa para contar la historia y que suene bien.
—Visto de cerca, en efecto, sí, parece una elección, pero si repasas toda nuestra genealogía y la ves desde un ángulo más panorámico, todas esas «elecciones» juntas delatan un patrón.
O lo insinúan. Dirás que no, pero yo veo en casi todos los antepasados de la familia Cisneros, hombres y mujeres, una clara tendencia a meterse en problemas, una vocación como muy tóxica.
—En el caso de Luis Benjamín eso es más notorio, porque se acostó con la amante de Castilla poco después de que el mismo Castilla lo invitara a trabajar en el Ministerio de Exteriores.
—¿Por qué crees que lo hizo? ¿Por qué crees que lo traicionó?
—Porque Castilla era un enemigo de la familia, adversario de su tío Pedro.
—Yo creo que su transgresión tenía otro objetivo, uno más inconsciente.
—¿Cuál?
—Volver a la clandestinidad de la que él había sido fruto.
No lo pensé en aquel momento, pero esa es otra palabra que se deduce de la historia de mi familia y que es tan pesada como la noche calurosa en que recuerdo la conversación con el tío Gustavo: «clandestinidad».
Muchos capítulos de nuestro pasado y presente se han consumado en nombre de ella.
Lo clandestino, para muchos de los Cisneros, ha sido un refugio, una morada.
A veces hasta un propósito. O una fatalidad.
¿Será ese el destino de mi familia? ¿El destino de mi clan? Lo clan-destino .
—No lo sé. Tal vez él quería, como dices, inconscientemente , repetir la historia de sus padres.
Es complicado. Lo que sí me parece inobjetable es que Luis Benjamín veía a Lucrecia como una proyección de Nicolasa.
En el fondo tenía un Edipo pésimo. En sus libros, en sus poemas, es impresionante la manera religiosa en que evoca y ensalza a Nicolasa.
La tenía en un pedestal. No le hablaba como a una madre, sino como a una santa. Más que su hijo, era su devoto.
—¿Te imaginas lo sobrecogedor que debe haber sido para Nicolasa enterarse de la nada de que precisamente él, su hijo menor, tenía tres hijas con la amante del presidente?
—Lo más increíble no fue eso, sino que, después de enterarse, desencantarse, renegar y reprenderlo, convenció a Luis Benjamín de que se fuera a París.
Y no solo para que se alejara de Lucrecia, ¡sino para convertirse en escritor!
¡Lo mandó a Francia a escribir! ¡Lo obligó a conocer el mundo!
¡Qué madre hacía eso en Lima en 1860! ¡Qué madre lo hace ahora!
¡Qué maravilla de mujer, carajo! ¡Salud por ella!
Sea por la efusividad o por el wiski, los ojos del tío Gustavo comenzaron a brillar.
Enseguida, mirando hacia la ventana que daba a la transitada avenida Arequipa, como si en esas calles encontrara un estímulo, fue soltando de memoria unos versos de su abuelo.
Lo hizo despacio, como si exprimiera los recuerdos.
—¿Qué pasó con las hijas de Lucrecia Colichón cuando Luis Benjamín se fue a Francia: Elvira, Adelaida y María Luisa?
—Se quedaron bajo la custodia de Nicolasa.
—¿Pero cómo se sintieron?
—Abandonadas, traicionadas. Es lógico.
—¿Y luego?
—Ninguna de las tres le perdonó a Luis Benjamín haberse casado con Cristina Bustamante, menos aún que tuviera siete hijos con ella.
Para las hijas mayores, cada hijo con Cristina era una puñalada, una razón más para alejarse del padre.
Hay una carta muy dura de Elvira donde le dice: «Yo sé que nosotras somos tus frutos desgraciados».
—Sin embargo, las tres fueron hijas de su relación más, cómo decirlo, ¿verdadera? ¿Cómo definirías la relación de Luis Benjamín con Lucrecia?
—Enfermiza.
—Ya, pero al inicio fue más bien vehemente, llena de deseo.
—Sí, pero era una relación imposible de mantenerse. Por eso acabó como acabó: vencida por las circunstancias.
—Su amor por Cristina, en cambio, fue más concienzudo.
—Hubo algo de frialdad en su casamiento con Cristina. Él quería tener una esposa formal. No te olvides de la carta que le escribió a Casimiro Ulloa: «Quiero ir a Lima, casarme, formar un hogar y volver para establecerme algún tiempo en Francia».
—Casarse con Cristina no era una ilusión, era un plan.
—Sí. Quería hacer las cosas «bien» para contentar a Nicolasa. Hay un poema donde pareciera que su madre le habla acerca de la mujer que le conviene.
—¿Lo recuerdas?