Dejarás la tierra 12 #2
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12 #2

Todo lo que ahora sé de Luis Benjamín se lo debo, principalmente, a un libro que escribió el tío Gustavo reseñando la vida pública de mi bisabuelo, pero donde deja de lado —por una cohibición inmemorial del que ninguno de mis tíos ha sabido o querido desprenderse— los episodios más determinantes de su vida íntima, que son los que a mí más me atrapan y desconciertan.

Si he podido reconstruir esa privacidad, mejor dicho asomarme a ella, ha sido gracias a copias de las cartas que Luis Benjamín intercambió con diferentes destinatarios, que han sobrevivido bien conservadas por el tío Gustavo en unas cajas de leche, a cierta documentación desperdigada entre Lima y Huánuco, y a la intensa correspondencia que mantuvieron sus hijos Alfonso y Fernán, quienes solo de adultos escribieron páginas reveladoras sobre su padre, páginas que juraron jamás sacar a la luz, donde espulgaban todo lo que sabían, lo que creían saber y lo que habían imaginado a solas durante años.

Son cartas llenas de subtexto, de vergüenzas tácitas perfectamente descifrables, en las que se esboza la intimidad de mi bisabuelo.

Allí desaparecen las proezas y el esplendor de la figura pública y se clarifican los padecimientos sentimentales del hombre.

Esas cartas son la huella de algo que aún permanece, incluso ahora.

Algo inmanente, irrefutable, sin nombre.

Algo que me toca, que circunda mi entorno, que me hace ser quien soy.

El día que fuimos a almorzar a un restaurante de la calle Tarapacá, después de la visita al cementerio, esperé que el tío Gustavo concluyera su narración de la historia de la familia para lanzarle todas las preguntas que tenía agolpadas en la cabeza.

—¿No te sorprenden tantos secretos guardados?

—Me sorprendieron al inicio, después me di cuenta de que no ganaba nada acomplejándome. Todas las familias tienen secretos —devolvió, casi riéndose, sin apartar la vista de las tajadas de pescado bañadas en limón que acababan de servirle.

—Todas las familias tienen secretos, pero no todas saben que los tienen. El problema no es tener secretos, sino conocerlos. ¿Qué haces con esa información una vez que accedes a ella? No son anécdotas, quiero decir.

—Tal vez lo mejor sea no saber.

—Nosotros tenemos un problema: conocemos los secretos y las mentiras.

—¿Tiene eso algo de malo?

—No digo que sea malo , pero no negarás que genera cierto compromiso.

—¿Compromiso? ¿De qué?

—No sé. De contarlo, de decirlo, de informar a los demás, de ponerlos al tanto.

—Será tentación, no compromiso.

—Bueno, tentación.

—Lo que pasa es que tú quieres publicar las intimidades de la familia. Dilo abiertamente, no tienes que justificarte. No conmigo al menos.

El tío Gustavo dijo eso con la boca llena y volvió a reírse.

—¿Eso piensas?

—Sí. Eres un indiscreto, igual que yo.

—Te aseguro algo: escribir esta historia no me va a quitar la sensación que tengo.

—¿Sensación de qué?

—De desengaño, básicamente.

—A ver, ¿qué es lo que tanto te impresiona o te afecta?

—¡Todo! Que mi bisabuelo haya crecido creyendo que su padre era un viajero negociante que en realidad no existía. Que le hayan ocultado durante tantos años que era hijo de otro señor. Que de la noche a la mañana supiera que ese otro señor era un sacerdote. ¿Te parece poco?

—Eran otros tiempos.

—Discrepo. Eso es un escándalo en cualquier tiempo, sea siglo xix , xx o xxi .

—No se puede mirar el pasado con los ojos de ahora. Es injusto juzgar esa época desde aquí.

—Claro que se puede. Imagínate si no se pudiera. No habría historia ni arqueología. Ni religión, por cierto. Todos revisamos y juzgamos el pasado.

—Que lo hagamos no quiere decir que sea justo.

—¿Se puede ser justo con las cosas que a uno lo afectan?

—Sí.

—No, tío. Ni justo. Ni objetivo. Ni imparcial. Ni neutral.

—Yo me refiero a la moral de esa época. Era otra moral.

Si las mujeres salían encintas fuera del matrimonio, tenían que callarse la boca.

No importaba si eran pobres o de clase alta, a todas las miraban mal.

Fíjate en la propia Nicolasa: una mujer influyente, adelantada, con roce. Tampoco podía decir nada.

—Es la misma moral de hoy. Quizá había más miedo o más hipocresía, eso puedo entenderlo, pero en el fondo la gente pensaba igual.

—No. Todo era más difícil. Mucho más difícil. No puedes imaginar cuánto.

—De acuerdo, la situación de Nicolasa no era sencilla, pero la de Luis Benjamín era peor: su bastardía, su no saber, su condena a pasarse la vida resolviendo su orfandad...

—Espérate, espérate. ¿De dónde sacas que él se sentía «condenado»?

—¿No has leído su poesía acaso? Allí está todo. No lo dirá literalmente, pero se sobreentiende. Necesitaba resolver heridas.

—Usas mucho esa palabrita: «resolver».

—¿Cuál propones?

—No sé cuál, pero exageras. No es para tanto. Todos tenemos heridas y no por eso vivimos frustrados o traumatizados.

—Dime con sinceridad, ¿no te parece que Luis Benjamín venía con una carga extra o mayor, una herida distinta, una especie de marca de nacimiento?

—Pero no solo él. ¡También sus hermanos! Todos eran hijos del cura. En todo caso, Juan, el primero, el que se perdió en la Selva, vendría a ser el más afectado. ¿Por qué solo hablar de Luis Benjamín?

—Capaz que los mayores sufrieron igual, no hay forma de saberlo. Para mí es obvio que Luis Benjamín fue el más lastimado...

—¿Lastimado?

—Sí. Creo que él se dio cuenta antes de dónde venía y lo procesó más que los otros, y por eso mismo vivió más dañado.

—Eso no puedes asegurarlo.

—Puedo interpretarlo.

—Entonces es una interpretación tendenciosa.

—¿Y qué interpretación no lo es, tío?

—Bueno, pero yo te cuento estas cosas no para que las interpretes, sino para que las sepas. Nada más.

—Y si estás tan interesado en divulgarlas, ¿por qué no las incluiste en la biografía que escribiste de Luis Benjamín?

—Porque ahí solo quería referirme a su vida pública. No me apetecía hablar de lo otro.

—¿Tenías miedo de que algún pariente fuera a echártelo en cara?

—Simplemente no quería que aspectos íntimos de mi abuelo generaran morbo y opacaran sus méritos políticos y literarios.

—…

—Además, no soy el indicado para hacerlo...

—¿Por qué?

—Me he dedicado durante años a organizar los almuerzos de reencuentro, soy el encargado de juntar a los Cisneros, estoy identificado como el tío que reúne a la familia. ¿Para qué publicar un libro lleno de infidencias? Se me hubieran tirado todos encima.

—¿Entonces no te incomoda que yo lo cuente?

—Ya te lo he dicho: si tú no te encargas, estas cosas van a perderse.

—¿No vas a dejar de hablarme después?

—Ya no estoy en edad para resentimientos. Escribe ese libro de una vez. Eso sí: no te garantizo que los demás vayan a quedarse tranquilos.

—No tendrían por qué inquietarse. Voy a escribir una novela, no una biografía.

—Van a protestar de todos modos.

—Ya me imagino los argumentos: «¡Cómo te atreves a meterte con los muertos de la familia!».

—Bueno, los entendería. Nadie está preparado para que otro saque sus secretos a la luz.

—Ahí está el tema. ¿Acaso son suyos solamente? ¿No son mis secretos también? ¿Uno no hereda eso?

El tío Gustavo le hizo al camarero un gesto con la mano pidiéndole un wiski más.

Yo hacía durar lo que aún me quedaba en el vaso: aunque había una grabadora en la mesa, quería conservar frescos en la memoria aspectos de la conversación que la máquina no podría retener y que pensaba anotar en la libreta tan pronto como mi tío se levantara para ir al baño. Necesitaba estar lúcido.

—Hablemos de los bastardos.

—¡Otro término innecesario! —El tío Gustavo dejó escapar una mueca de desagrado.

—¿Por qué?

—Ya nadie usa esa palabra.

—La palabra es lo de menos, el asunto es el fondo.

—«Bastardos» suena muy trágico.

—Perdóname, pero ser negado por tu padre es una tragedia, ¿no?

—Luis Benjamín y sus hermanos eran «hijos naturales», hijos no reconocidos, algo muy común en el siglo xix y después también. Hasta hoy encuentras por ahí cientos de chicos sin padre. ¿Acaso en la calle les gritan «bastardos»?

—Una cosa es no tener padre, otra es que te inventen uno. Roberto Benjamín fue un invento.

—Nicolasa hizo lo que tenía que hacer.

—No dijo la verdad.

—Yo lo veo de la siguiente manera: si te falta una pierna, te tienen que conseguir una prótesis, ¿no?

—¿Esa es tu mejor analogía? Una prótesis...

—Si ayuda a disimular lo que falta, sirve.

Mientras más esfuerzos hacía el tío Gustavo por evitar o proscribir la palabra «bastardo», más me apetecía decirla.

Decirle que su abuelo había sido un bastardo tenía algo de ultrajante y blasfemo, pero había algo liberador en ese ultraje, algo reparador en esa blasfemia.

Además, por qué tanto miedo de decir las cosas por su nombre.

La bastardía, después de todo, es una condición de nacimiento involuntaria, como tal, está desprovista de toda moral.

Nadie elige ser bastardo. Nadie opta al nacer por tener un padre o no.

Por otro lado, la bastardía tiene algo de callosidad que no se borra.

Las implicaciones no son las mismas para un hombre cualquiera que para un hombre bastardo.

Menos aún para un poeta bastardo. Menos aún para un poeta-bastardo-peruano coronado por una sociedad que repulsa lo distinto.

—¿El término te parece deshonroso?

—Al principio sí, mucho. Estaba influenciado por mis tíos, mis primos mayores, mis hermanos. Nadie hablaba de eso. Pero nadie . El solo hecho de preguntar por mi abuelo ya les parecía inmoral.

—A mí no me escandaliza ni avergüenza en absoluto. No me preguntes por qué, pero esa aureola de ilegitimidad en Luis Benjamín me hace verlo incluso con mejores ojos. Es más, me gusta que haya sido bastardo.

—Si te escucharan hablar, varios parientes te acusarían de hereje.

—Y yo los acusaría de cobardes por callarse estas cosas.