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Una mañana, a mis ocho o nueve años, abrí el diccionario enciclopédico donde me habían dicho que encontraría el nombre de mi bisabuelo.
«Luis Benjamín Cisneros: poeta, político liberal, diplomático, economista».
Un dibujo en carboncillo resaltaba su expresión antigua y quejumbrosa.
No sentí nada al mirarlo. Al lado de la imagen, un manojo de datos puntuales informaba sobre sus libros, su trabajo en Europa, su coronación. Su biografía se agotaba en un párrafo.
Por esos días también me pareció oír que el malecón Cisneros de Miraflores —ese largo mirador que limita parte de la costa de Lima con el Pacífico— debía su nombre a Luis Benjamín, pero no recuerdo que aquello me incitara a conocer algo más acera de él.
A esa edad, el malecón era el lugar por donde yo montaba en bicicleta cruzando por delante del faro de la Marina y del puente con varas amarillas que los suicidas de esa época escogían para desbarrancarse.
No me interesaba saber nada de mi bisabuelo: la escueta definición del diccionario sobraba en los poquísimos momentos en que percutía dentro de mí una cierta, magra, lejana necesidad de averiguar más.
Más tarde, en las primeras reuniones familiares a las que asistí, cuando mis tíos empezaban a contar historias acerca de sus andanzas literarias, bostezaba sin proponérmelo.
Los méritos que alcanzó en vida me sonaban igual de tediosos que los personajes con quienes alternó.
Al oír esos nombres solo podía asociarlos con los lugares, edificios y establecimientos que eran parte de la ciudad del siglo xx en que yo vivía.
Ricardo Palma era una clínica. Casimiro Ulloa, un hospital.
Piérola y Salaverry, avenidas. Era como si el tiempo, los usos y costumbres hubiesen vertido grandes, inamovibles capas de cemento sobre la memoria de mi bisabuelo y de la gente a la que él más había querido.
Si algo era Luis Benjamín para mí, era eso: cemento, roca.
Un bloque gris e impenetrable. Un monolito noble pero arrinconado que formaba parte de la escenografía histórica de los Cisneros.
Tampoco me inquietó, siendo ya mayor de edad, enterarme de que en el centro de Lima, bien metido en los Barrios Altos, había un colegio de varones que llevaba su nombre.
Después supe que ese inmueble había sido originalmente la casona de la calle de la Peña Horadada donde mi bisabuelo nació y vivió sus primeros años.
En la década de los sesenta un terremoto la dejó hecho cascajos y, al momento de reconstruirla, decidieron convertirla en colegio.
Precisamente muy cerca de esa zona queda el periódico donde trabajé durante diez años, El Mundo .
Cierto día, mi jefe, el editor de la sección «Actualidad», me asignó la cobertura de un evento político en un local que quedaba en las proximidades del Centro.
Decidí ir a pie. Era una mañana de junio inusualmente calurosa.
Mientras caminaba, distrayéndome con el bullicio de los cruces colmados de gente y con los efectos de la luz solar derramándose sobre el vidrio de las ventanas abiertas de los edificios más altos, pasé frente al colegio.
No fue deliberado. Me di cuenta solo después de toparme con un centenar de chiquillos que practicaban una marcha militar como si se prepararan para un desfile.
Vestían camisas blancas, pantalones grises, delgadas corbatitas negras.
Al reparar en la casona mitad ladrillo, mitad entramado de caña de la cual entraban y salían como hormigas, advertí en uno de los muros el número del colegio, n.
° 937, y su escudo distintivo, que contenía tres letras blancas montadas sobre una circunferencia roja, con un fondo azul eléctrico: «L.
B. C.». Me bastó reconocer las iniciales de mi bisabuelo —tantas veces vistas en los libros que los tíos nos hacían leer— para que su nombre acabara de escribirse en mi cabeza. Más abajo se indicaba en una placa:
La Municipalidad recuerda la figura romántica de Luis Benjamín Cisneros, primer poeta que la ciudad conmovida coronó con laureles.
Enseguida los chicos formaron cuatro filas en plena vía pública, ganándose la curiosidad de los transeúntes que se detuvieron a verlos.
Con una gallardía marcial, sin abandonar la posición de firmes, se llevaron una mano al torso y elevaron la barbilla.
Tenían expresiones de adultos. Pensé entonces que entonarían el himno nacional, pero cantaron a capela el himno del colegio.
Aquí nació Cisneros, el Poeta aquí nació,
rindámosle tributo de amor y admiración.
Resuena aquí su paso, se escucha aquí su voz,
su voz es un gorjeo, sublime ruiseñor.
Nada más oír la primera estrofa quedé descolocado.
Me pareció sentir que la gente me miraba o señalaba, como si de un instante a otro el calor se hubiese vuelto abrasivo al punto de derretir mi máscara de periodista y dejarme al descubierto.
Al ver a esos adolescentes, tan camaradas, cantándole a Luis Benjamín con solemnidad y vanagloria, recuerdo haber sentido, más que intriga, algo parecido a la envidia.
Resultaba patente que mi bisabuelo tenía arraigo entre esos chiquillos.
Después supe que le profesaban un culto encendido, que conocían su legado, lo veían a diario en la foto que colgaba de una pared de la biblioteca, lo consideraban una influencia, un objeto de estudio, lo dibujaban en los concursos de pintura con bigotes, pluma y pergaminos.
Yo, en cambio, estaba en blanco. Apenas si recordaba lo que había leído una vez en el diccionario.
Ni siquiera sabía con precisión por qué era considerado una personalidad.
Al oír a esa muchedumbre escolar romper filas y gritar al unísono «¡Soy del Cisneros!», sentí una molestia en un lugar del cuerpo que no supe localizar y reanudé mi camino para evitar que el fastidio se expandiera.
En el cielo las estrellas,
en el campo las espinas,
y en el medio de mi pecho
la República argentina.
Esa cuarteta de José Piñeiro —un español que en 1896 se embarcó como polizón rumbo a Argentina en busca de su padre— la escuché montones de veces en boca de mi padre y mis tíos nacidos en Buenos Aires.
La recitaban antes y después de los brindis, durante los almuerzos familiares de mi infancia.
Al inicio me divertía su rima consonante y con mis hermanos componíamos variantes no patrióticas que los demás festejaban con risas.
Después fue la imagen del cielo y el campo poblados por estrellas y espinas lo que más me interesó de esos versitos entrañables.
Qué elementos más distintos las estrellas y las espinas.
Unas remotas, celestes, luminosas, inasibles; las otras, cuerpos puntiagudos como aguijones y dolorosos si se clavan en tu carne.
Unas, orientadoras para el navegante extraviado; las otras, protectoras para la flor acosada por bestias herbívoras.
La cuarteta de Piñeiro regresó como un flechazo la tarde en que pasé providencialmente por el colegio n.
° 937: Luis Benjamín Cisneros, y minutos después, mientras cumplía con cubrir el evento partidario para el cual había sido comisionado por mi editor de El Mundo , me sorprendí escribiéndola en mi libreta dos o tres veces.
«En el cielo las estrellas, en el campo las espinas...».
No sabría explicar bien por qué, pero intuyo que se gestó en mí un deseo por discutir internamente asuntos relativos a la procedencia.
¿Toda estrella pertenece a una constelación?
¿Toda espina es prolongación de un tallo mayor?
Ese día no supe responderme, pero fui consciente como nunca antes de la distancia inabarcable que me separaba de los primeros hombres de mi familia, esos personajes casi bíblicos que habían instaurado las normas de un misterioso carácter al que, de pronto entendí, no estaba unido, sino atado.
La segunda vez que me invadió una sensación similar fue en los primeros años de mi etapa como profesor universitario.
Al terminar una clase, una alumna se acercó y me avasalló con preguntas, deseosa de saber si yo era «algo» de Luis Benjamín Cisneros.
Me dijo que estaba preparando una tesis de literatura comparada sobre «los autores más representativos del periodo romántico en el Perú» y pensó, con razonable lógica, que yo tal vez podría facilitarle información inaccesible sobre el Poeta.
Le dije que era su bisnieto y sentí un inmediato encogimiento por desconocer las obras y datos sueltos que ella mencionaba con atolondrada erudición.
Ha pasado ya mucho tiempo desde aquello.