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Luciano tomó la palabra y habló en nombre de su hermano, que aunque no hubiera estado enfermo difícilmente podría haber soltado siquiera un jadeo de lo conmovido y cansado que se encontraba.
Un obispo se acercó a ceñirle la corona de laureles en esa cabeza cuya piel translúcida ya dejaba ver el cráneo, y entonces los vivas y aclamaciones se escucharon durante varios minutos, incluso cuando un grupo de estudiantes rompió el protocolo para entregarle una tarjeta con inscripciones de oro.
A continuación, recitaron poemas José Santos Chocano, Numa Pompilio y una nutrida lista de poetas jóvenes.
El último fue su hijo Fernán, que recitó «El mar y el hombre», el poema que Luis Benjamín había escrito sobre las aguas del Caribe ya con la certidumbre de su enfermedad y con el corazón tullido por la muerte de la pequeña Adriana.
Fernán entró nuevamente en trance y al terminar motivó una apoteosis que decretó el cierre del evento.
Fueron tres horas extenuantes para Luis Benjamín, que con todos esos honores encima se sintió de pronto menos demacrado.
Al día siguiente todos los diarios dieron cuenta de lo vivido en El Ateneo, y una crónica periodística reseñó la intervención del quinceañero Fernán:
El poeta encontró intérprete fiel en su digno vástago, y todos presintieron la sucesión atávica del genio. ¡Qué propiedad en las actitudes, qué inflexiones tan inteligentes en la voz, qué conciencia tan exacta de que se expresaba! Fue el hijo acariciando al genitor, probándole que es digno de él.
Luis Benjamín trabajó algún tiempo más en el Archivo, adonde iba siempre con Fernán, tomando los últimos tranvías de «tracción animal» que recorrían la ciudad y que eran jalados por unos caballos flacos de crines trenzadas.
En los tiempos muertos, que eran varios, escribía nuevos poemas y se empeñaba en pulir escritos anteriores para consultarlos después con los contados colegas con quienes mantenía comunicación.
En 1900, aunque ya paralítico, hizo sus dos últimas apariciones públicas cuando les pidió a sus hijos que lo llevaran a la presentación del primer fonógrafo que había llegado a Lima —un ruidoso armatoste hecho de cilindros— y a la proyección en el teatro Olimpo de una de las primeras películas cinematográficas que vería el país.
Lo que siguió fue el recrudecimiento de la enfermedad a límites dolorosísimos.
Una mañana, su esposa, viéndolo bajar de la cama a rastras, le ordenó enfurecida que no se moviera.
El Poeta hizo caso estricto y, con una disciplina sorprendente, se quedó postrado por días, sin moverse un centímetro.
Renunció al Archivo, pasó las mañanas, tardes y noches sentado en un sillón de terciopelo donde aguardaba que alguien le diera de comer verduras batidas o leyera para él los diarios, revistas y libros que no dejaban de enviarle sus allegados.
Fue la Mamaína la primera en atenderlo pero él, con engreimientos de carcamal, pidió que fuera su hija Olga —a la que llamaba amorosamente ma sœur de charité , como se les decía a las monjas caritativas— quien hiciera las veces de su enfermera, y ella pasó a bañarlo y vestirlo, sobreponiéndose al pudor de ver a su padre desnudo o haciendo como si no lo viera mientras enjabonaba su cuerpo.
Fernán continuó escribiendo los poemas que Luis Benjamín le dictaba con los hilos gastados de su voz; a veces juntando los versos por puro pálpito, y así es como a fines de 1903 quedó listo De libres alas , su último libro.
Con el verano de 1904 se radicalizaron los síntomas.
El Poeta temblaba más, se quejaba de hernias, de nuevos achaques y, cuando la parálisis afectó al resto de sus extremidades, ya no se comprendía bien lo que decía ni gesticulaba.
Su cabeza se agitaba en el aire dando la sensación de estar a punto de caérsele, y en la casa de dos plantas ya nadie podía dormir con la reiteración de sus taquicardias, la crepitación de sus fémures y los quejidos de su espíritu.
Los médicos redoblaron sus cuidados, Cristina lo cubría de cataplasmas, la Mamaína le daba mejunjes curativos, pero todo era inútil.
Un sacerdote jesuita, el padre Íñigo Covadonga, pasó algunas tardes confesándolo, y una mañana otro religioso, el cura Ludovico Rivero, le leyó pasajes del Evangelio antes de embadurnarle la frente con el aceite bendito de la extremaunción.
Hacia las diez de la mañana del día 29 de enero el Poeta exigió estoicamente que lo movieran al sofá de su habitación.
«Es de muy mal gusto morirse en la cama», alcanzó a bisbisear.
Ayudado por señas, en medio de un devaneo, le pidió a su hijo Fernán que apenas los médicos declarasen su defunción le cortara una vena de la muñeca derecha y colocara bajo la almohadilla de su ataúd el ejemplar de las obras completas de Lord Byron que guardaba en su mesa de noche.
Fernán le dijo que sí para calmarlo sabiendo que no se atrevería a obedecerlo cuando llegara la hora.
Los cinco hijos y Clodomira Bustíos se quedaron allí de rodillas, rezando en silencio, unos para que el Poeta continuara con vida, otros para que expirara ya mismo y no sufriera más el acoso inclemente de esa parálisis humillante.
A las dos de la tarde un sopor se instaló en el dormitorio.
Cristina colocó en cruz los brazos de su marido y hundió un crucifijo entre sus manos ásperas.
Diez minutos después, con los ojos detenidos en una pasmosa certeza de soledad, Luis Benjamín exhaló el último aire.
Tenía sesenta y seis años pero con la muerte encima parecía de cien.
Aparecieron artículos necrológicos en todos los diarios.
El Comercio decía: «Vivirás eternamente, maestro, rey de la estrofa, emperador del verso».
La Opinión Nacional aseguraba: «A este ilustre hombre lo lloramos todos. Lo lloran la literatura, la ciencia, la sociedad y la patria».
En El Tiempo se escribió: «Como un sol que se esconde en el mar de la historia, aunque proyectando hasta el final los claros resplandores de su privilegiado talento, el poeta nacional acaba de extinguirse».
Y Ricardo Palma lo despidió así en una carta pública: «Hoy me abandonas, egregio poeta e inolvidable amigo, la ausencia no será larga. Adiós hermano, hasta pronto».
El Gobierno de Manuel Candamo asumió los gastos de los funerales, adonde acudieron autoridades políticas y eclesiásticas, ministros, exministros, diplomáticos nacionales y extranjeros, intelectuales, jueces y abogados, banqueros y empresarios, periodistas y poetas.
Hubo, además, una decena de responsos y panegíricos que sus hijos y amigos íntimos repitieron tomando las cintas blancas que colgaban del cajón.
En medio del gentío se vio a los expresidentes Nicolás de Piérola y Andrés A.
Cáceres anticiparse y pedir cargar juntos el ataúd.
Ambos, viejos y enconados adversarios que habían colisionado toda la vida por razones políticas, se dieron tregua deponiendo su enemistad ante la tumba de Luis Benjamín.
Pasado el entierro, el Congreso dispuso una decorosa pensión para la viuda y los hijos.
Seis años más tarde, gracias a diligencias de Fernán, se publicó De libres alas en edición póstuma y en 1935, en un aniversario de la fundación de Lima, se colocó una placa de bronce en la casa de la calle de la Peña Horadada donde Luis Benjamín había nacido.
Finalmente, en 1937, al cumplirse cien años de su nacimiento, el Gobierno publicaría sus Obras completas .
Mi abuelo Fernán tenía veintidós años cuando su padre murió y fue el testigo más implicado en todo lo ocurrido alrededor de ese suceso: un acontecimiento que sería su patrimonio y su locura.
Para sobrellevar la muerte de Luis Benjamín, los demás hijos buscarían recordar los días del Poeta junto a Cristina en tantos lugares.
Fernán no. A él no le bastaban esos recuerdos porque entendía que su padre habitaba en él.
Lo creía firmemente. Sentía que algo muy íntimo y secreto se había fundado entre ambos durante esas caminatas silenciosas por las playas de Barranco y Chorrillos, durante los paseos por el puente de Palo y la plaza de Acho hasta que el atardecer declinara, durante las lecturas de Amado Nervo, Byron, Espronceda y Victor Hugo, durante cada día en que escribió lo que su padre le dictaba, y en especial durante la noche en que recitó públicamente los poemas de Luis Benjamín de pie, sobre una silla, y recibió esos aplausos que eran y no eran para él.
Desde entonces estaba convencido de que debía ser como su padre, una versión o extensión suya, pero sabía que para lograrlo necesitaba concretar algo primordial, algo que, pese a la cercanía, el afecto y la amistad alcanzados con Luis Benjamín, no había conseguido del todo: conocerlo.
Necesitaba saber quién era o quién había sido Luis Benjamín Cisneros debajo de sus medallas, su corona de laurel, su fama indiscutible, y, sobre todo, debajo de ese único apellido que su madre le puso un día para que nadie se atreviese a decirle bastardo.