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En Barranco recibió la visita diaria de los pocos amigos leales que le quedaban.
En Barranco nació su última hija, Zulema, concebida antes de que la enfermedad se intensificara.
En Barranco vio la pobreza más cruda agazaparse como una fiera vengativa sobre su familia y, sin dinero para el sustento digno, vendió a precio irrisorio las pocas acciones que le quedaban de la demolida Compañía Salitrera, se desprendió de las alhajas y baratijas de su esposa, y consiguió que sus hijos Alfonso y Fernán asistieran a colegios dirigidos por amigos suyos que, por puro y reverencial aprecio, desistieron de cobrarle una pensión.
Y cuando con gran dolor le comunicó a la vieja Mamaína que tendría que prescindir de sus servicios después de veinte años, la mulata le dijo llorando:
—No me pague nada, don Luis. Sus hijos son mis hijos, cómo me voy a ir de aquí. Adónde, además.
—¿Hablas en serio, Clodomira?
—Claro que sí, don Luis.
—Te lo agradezco.
—No tiene por qué. Entre pobres tenemos que darnos la mano.
Una carta le anunció por esos días la muerte en Arequipa de Casimiro Ulloa, el Rojo, el médico que fue su hermano y confidente antes que amigo y cuñado.
El Poeta se encerró nuevamente en su escondite de lamentos y con ayuda de Fernán escribió unos textos afligidos que una mañana, en un arranque de furia o desengaño, a espaldas de su hijo, arrojó a la basura como pudo, luchando contra sus convulsiones, y les prendió fuego con un fósforo que bailaba en su mano.
Su amigo Ricardo Palma debió viajar por esas fechas a España y le pidió que lo supliera en la dirección de la Biblioteca Nacional de Lima.
Luis Benjamín entendió que era una invitación misericordiosa ya que no tenía capacidad física para ese ni ningún otro puesto, pero aceptó la designación interina y se mudó a una vivienda de dos pisos con balcones, en el número 164 de la calle Sacristía de San Marcelo, muy cerca de la biblioteca.
Su esposa e hijos lo seguirían días después. Esa sería su última casa.
Cuando Palma retomó su puesto, el Poeta, retirado de toda actividad, recluido en su habitación, soportando sin paliativos los rigores del párkinson, ocupó los meses siguientes en dictarle más poemas a Fernán y recibir visitas, sin perder de vista la situación vacilante de la política, pidiéndoles a sus hijos que le relataran todo cuanto transcurría en las calles.
Andrés A. Cáceres había vuelto al poder tras la muerte del presidente Remigio Morales Bermúdez; pero antes de que se cumpliera un año de su ascenso, un caldeado día de marzo, fue derrotado por el Califa, Nicolás de Piérola, quien —a caballo, pistola en ristre, gorro blanco, pantalón bombacho— llegó a Lima por la entrada del barrio de Cocharcas con tres mil montoneros a sus espaldas, se parapetó en la calle del Teatro, llegó hasta el Palacio de Gobierno y se impuso a Cáceres tras un sangriento combate de cuarenta y ocho horas que dejó un reguero de más de mil cadáveres en las calles, cuerpos que a la mañana siguiente hedían tumefactos, reventados al sol.
En medio de aquella trifulca, unos forajidos seguidores de Cáceres se ensañaron y prendieron fogatas que se propagaron vorazmente por las inmediaciones del palacio provocando varios incendios; uno de los inmuebles afectados fue la casa de balcones encajonados de mi bisabuelo que, casi inválido, al verse cercado por los lengüetazos de fuego, clamó desaforadamente por auxilio.
Sus hijos Alfonso y Fernán lograron rescatarlo de su estudio y lo trasportaron —ensopado, tiznado por el humo, con quemaduras de primer grado en las manos, chamuscada la escasa cabellera— por los tejados aledaños hasta llegar a la vivienda de un vecino, quien dio cobijo a toda la familia durante las semanas que duró la reconstrucción de la casa, donde dos estancias de la primera planta habían quedado calcinadas.
Por esos años el Poeta vio compensadas sus carencias materiales y las fatigas de la enfermedad con imprevisibles reconocimientos a su trabajo.
El Gobierno de Piérola lo nombró director del Archivo Nacional, adonde acudiría diariamente acompañado de su principal amanuense, su hijo Fernán, ya de quince años, quien empujaba por las veredas de la ciudad la chirriante silla de ruedas en que se movilizaba Luis Benjamín.
También fue invitado a participar en una velada patriótica en el Salón de Máquinas del Palacio de la Exposición, por un aniversario más de la independencia del Perú, y compuso especialmente para la ocasión el poema «El momento supremo», pero el día de la ceremonia sus dolencias no lo dejaron levantarse y declinó acudir pidiéndole a Fernán que ocupara su lugar.
Sería una noche memorable. En el escenario, el hijo —mi abuelo en el futuro— sudaba del susto.
Por sugerencia de alguien, se subió a una silla para ganar presencia.
Le costó unos minutos tomar aliento pero consiguió recitar el poema.
Y lo hizo con desenvoltura. Con limpieza.
Con la maestría del padre. Si días antes le había prestado sus manos para escribir esos versos, ahora le prestaba su voz para compartirlos en público.
Cuando disparó la última línea con la boca seca, escuchó ese aplauso formidable, y no supo si lo aplaudían a él o a su padre enfermo, y creyó que él era su padre, o que su padre lo había poseído, y sintió una misión ineludible en la vida: encarnar a su padre, personificarlo, seguirlo como se sigue a un ídolo y extender esa vida agónica a través de la suya.
Por unos minutos Fernán fue Luis Benjamín.
El cuerpo era del hijo, la poesía del padre, y esa fusión acabó o se consolidó con la ovación de los cientos de desconocidos que lo miraban allá abajo con ojos embelesados y que él observaba atónito, ciego por las luces.
Desde arriba Fernán alcanzó a identificar a Ricardo Palma y al poeta José Santos Chocano, un jovencito que se peinaba escrupulosamente hacia atrás y llevaba unos bigotes negros y retorcidos que simulaban los cuernos de un bisonte.
Ambos se acercaron a abrazarlo como hubiesen abrazado a su padre, y le agradecieron como le habrían agradecido a aquel, y le dijeron que se sentían felices de que Luis Benjamín encontrara en su último hijo varón al heredero de todas sus vocaciones.
Y en medio de esos cariños, hurras y espaldarazos, Fernán sonrió orgulloso al sospechar que tenía precisamente eso entre las manos, una vocación recién gestada, recién descubierta o recién reconocida, porque ya la traía dentro de él, solo que ahora se había puesto en evidencia y surgido impúdicamente en medio de ese entrevero de sensaciones.
Ahí estaba mi abuelo Fernán, sonriendo frente al auditorio, ignorando la carga trágica de esa herencia.
Porque junto con las palabras y la poesía más adelante le tocaría hacer suya la necesidad que alguna vez tuvo su padre de conocer su origen.
Y llegarían los días en que sentiría curiosidad por Nicolasa, por el cura Gregorio Cartagena, por el fantasma de Roberto Benjamín , por los bastardos, personajes de los que hasta ese momento no había oído decir ni una palabra pero que, sin saberlo, ya lo atormentaban.
Fueron los amigos José Santos Chocano, Ricardo Palma, Juan Francisco Pazos y Javier Prado quienes propusieron al director de El Ateneo la coronación de Luis Benjamín Cisneros como Poeta Nacional; un homenaje similar al que hacía poco se había hecho en Granada al español José Zorrilla.
El director de El Ateneo se prendó de inmediato de la idea y garantizó el patrocinio de la coronación.
Enterado de eso, el Poeta dictó a su hijo Fernán una carta de gratitud que, debido a las marchas y contramarchas de la enfermedad, tardó tres días enteros en ser redactada.
Ante la excepcional distinción que va a dispensárseme, para la cual podría haberse designado a alguno de los eminentes escritores nacionales de reputación americana y europea, me siento profundamente emocionado; y solo me decido a aceptarla considerando que tal vez lo que se trata de premiar en mí es el ardiente amor que siempre he profesado a la poesía noble y elevada y el inalterable culto que durante mi vida le he consagrado.
Considero también que la insólita honra con que se proyecta enaltecer, en mi nombre, el culto por la poesía, reflejará en la patria querida, y recaerá sobre mis hijos, y no soy, por lo tanto, dueño de rehusarla.
A pesar de los síntomas habituales de mi neurótico malestar, me prometo hacer un esfuerzo y asistir al acto que se sirve Ud. indicarme.
Un lunes de agosto, a las siete en punto de la noche, Luis Benjamín, cogido de los brazos de sus hijos Alfonso y Fernán, hizo su ingreso al local de El Ateneo de Lima, en los altos de la Biblioteca Nacional.
Tanteaba el suelo con un bastón de empuñadura dorada.
De las solapas del traje colgaban sus desgastadas insignias de Académico y Comendador de Isabel la Católica.
Sus andares reumáticos tenían la parsimonia del caracol, su cuerpo lívido se notaba poblado de espasmos, de chasquidos de huesos que solo él escuchaba, y sus ojos se movían nerviosos, encharcados de lágrimas.
El local se repletó con unas trescientas personas o quizá más.
Sus amigos llenaban la segunda fila, detrás de su esposa Cristina.
Todas las instituciones científicas y literarias del país tenían allí un representante.
Solo faltó el presidente Piérola, quien no asistió porque, según explicó, se le había muerto una sobrina atragantada con una aguja.