Dejarás la tierra 11 #2
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Mi bisabuelo Luis Benjamín regresó con su familia al Perú a finales de agosto de 1885, el mismo año en que el general Andrés A.

Cáceres derrocó al presidente Iglesias y en que murió su hermana Catalina.

Decaído por esa nueva pérdida, también por el desastre que había significado la guerra con Chile, y sin rentas que le permitieran, ya no la añeja opulencia que ahora sentía ajena sino un mínimo respiro económico, escribió nuevos poemas que leyó en el centro de Lima, sobre los escenarios de El Ateneo y el Casino Español, en recitales abarrotados de donde al menos salía artísticamente reconfortado.

Por primera vez pareció olvidarse de la política, incluso descartó la propuesta del presidente Cáceres de ser su ministro de Hacienda.

En vez de eso, para tener con qué amortiguar sus muchas deudas y sostener a su familia, aceptó llevar adelante la construcción del Teatro Nacional después de que el alcalde de Lima se lo pidiera.

Aunque sus hijas Helena, Adriana y Olga estudiaban esos años como internas en el colegio Belén, Luis Benjamín se empeñó en volver a darles lecciones como aquellas en París, y en sus días libres las paseaba por el parque de la Exposición, la alameda de los Descalzos y la plaza de Armas, destacando la majestuosidad de cada construcción, la génesis de cada edificio, la relevancia de cada rincón, los secretos de cada monumento.

Las niñas terminaban exhaustas con tanto conocimiento embutido y solo aguardaban el final de esos paseos para hacer su acostumbrada parada en la calle de Las Mantas, donde tomaban jugos de limón helado en el bazar Leonard, que era atendido por un viejo polaco que lucía permanentemente insolado, cuyo nombre era Félix Jawooski, al que todos llamaban Leonard por alguna razón que no quedaba muy clara, que hablaba francés como si tuviera la lengua cortada por la mitad y ofrecía bajo el mostrador unos viscosos brebajes medicinales de contrabando que muy pronto mi bisabuelo se vería en urgencia de adquirir.

Un domingo, mientras visitaba a sus hijas en el patio del Belén, una de ellas, Adriana, ya de dieciséis años, advirtió en su padre un tic nervioso: un ligero, casi imperceptible pero constante movimiento que le hacía girar la cabeza de un lado al otro, como si negara todo.

Luis Benjamín le dijo que no había que inquietarse, que quizá era algo de tensión, nada que no pudiesen solucionar los dudosos remedios caseros del polaco Leonard.

Pero un mes después, cuando precisamente Adriana —la «generosa y desprendida», la favorita del Poeta— cayó enferma de una fiebre tifoidea tan letal que se le apagó la vida en siete días sin que nadie pudiese evitarlo ni creerlo, los temblores de Luis Benjamín se volvieron violentos y persistentes.

Como la del pequeño Gonzalo en su momento, la muerte de Adriana lo hizo despreciarse y sentirse a la deriva.

Al principio trató de resistir la ausencia atroz de su hija y escribió lo que pudo casi por terapia, e insistió en dar con sus hijos paseos instructivos aunque cada vez más desganados por las plazas del Centro, hasta que un buen día se sintió incapaz de seguir dando zarpazos inútiles y, vulnerado o consumido por todas las tristezas que lo rebasaban, perdió el control sobre su cuerpo y empezó a sacudirse como un epiléptico.

Un equipo de doctores encabezado por su amigo Casimiro Ulloa lo trató con baños eléctricos y aplicaciones de puntos de fuego, pero al cabo de semanas de no acertar un diagnóstico, le recomendaron buscar la opinión de médicos en Europa.

Mi bisabuelo no tenía dinero suficiente para cubrir nuevos gastos después de haber arrendado un rancho en Barranco para toda su familia, en la que fuera la última de sus inversiones, así que la depresión lo acorraló acentuando ese mal sin nombre que empezaba a privarlo del sueño, a atrofiarle los músculos, a rellenarlo de migrañas.

Sus amigos le pidieron al presidente Cáceres investirlo de cualquier cargo en Europa, el que fuera, con tal de tener cómo solventar el tratamiento.

En enero de 1889 Cáceres lo nombró vicecónsul en Burdeos y escribió estas líneas a su esposa, Cristina, a quien conocía de la juventud: «Nada es para mí tan satisfactorio como atender las indicaciones de usted y de todos los de su familia; y solo siento que obstáculos ajenos a mis deseos demoren muchas veces las manifestaciones de la deferencia que les guardo como amigo».

Antes de instalarse en Burdeos fueron a París, donde Luis Benjamín recobró algo de incentivo para recorrer las calles por donde tantas veces había caminado a sus anchas.

Al llegar a un cruce, se dio la vuelta como siguiendo un presagio y entrevió a lo lejos los bares venidos a menos de Montmartre.

Más tarde, al pasar por Tullerías, rememoró las conversaciones con el paradójico Monsieur Fysquet, y antes de que acabara el día visitó a algunos amigos que estaban igual de enfermos que él o incluso peor.

Galvanizado por todas esas memorias y reencuentros, se animó a subir hasta el tercer nivel de la excesiva construcción de hierro en forma de torre que acababa de ser inaugurada con el nombre de su arquitecto, Gustave Eiffel.

Un día antes de que los médicos lo auscultaran se citó en un café al lado del Pont Neuf con su hija Adelaida, a quien no veía hacía más de quince años, desde que la internara en un colegio de Versalles.

Tal vez por ello esperaba ver a una chiquilla resentida sin saber que se toparía con una mujer desenvuelta a la que le costó unos minutos reconocer.

Acaso ablandada por la enfermedad visible de Luis Benjamín, o porque descubrió de pronto que las discordias y odios hacia él habían drenado al punto de disolverse en un completo desinterés, Adelaida desplegó a lo largo de la conversación un aire compasivo que no pensaba que sería capaz de tener: un aire nada propio en los hijos que se saben postergados, que crecieron sintiéndose un estorbo.

Le hablaba a su padre mirándolo sin recelo, dejándole creer que ya se habían reconciliado, y al concederle ese alivio, al verlo componer una especie de mueca pacífica —aunque ya vacía de la energía y el furor de antes—, captó que no habría más oportunidades como aquella, y pensó que tal vez no sería tan difícil perdonar a ese viejo caduco y ya sentenciado que solo inspiraba lástima.

Al día siguiente, Luis Benjamín se puso en manos de dos neurólogos, los doctores Charcot y Babinski, quienes lo sometieron a pruebas y pinchazos que duraron diez semanas.

Una tarde de la siguiente primavera, los médicos le ratificaron que el suyo era un mal que iría socavando progresivamente su sistema nervioso, anulando sus acciones voluntarias y conduciéndolo a la parálisis e indefectiblemente a la muerte.

«Es una enfermedad que no tiene nombre», le dijeron, pero señalaron que los síntomas se parecían mucho a los descritos en el libro Ensayo sobre la parálisis , que unos años atrás había publicado en Inglaterra un doctor llamado James Parkinson.

Sumido en la mayor pesadumbre de las muchas que le había tocado padecer, emprendió su viaje de regreso definitivo al Perú.

La muerte de su madre, hijos y hermanos, el desahucio, la quiebra, habían mermado todo lo que en él había de confianza.

Una mañana llegó a sentir que su cuerpo estallaba en millones de fragmentos y que las astillas de sus huesos salían disparadas en distintas direcciones, y que ese polvo o arena restante era tal vez lo único que le pertenecía.

Sentía como si alguien hubiese reventado su esternón a pedradas, como si su corazón estuviese habitado en alguna de sus cavidades por un pequeño animal ya descompuesto.

Dominado por tales impresiones, una madrugada llegó a aproximarse demasiado a los barrotes del barco en el que viajaba a Lima, se cogió del pasamanos, observó el reflujo de las mareas y pensó en arrojarse por la borda, pero en el último minuto, como en tantas otras encrucijadas en que la vida lo había puesto, le faltaron agallas para dejarse caer, o tal vez ni siquiera pensaría seriamente en matarse sino tan solo en la dramática idea de intentarlo.

Cierta mañana, atravesando los tumbos del Caribe, todo ese apremio y despecho se convirtió en lumbre y, con la última firmeza de su pulso, con los últimos presagios e intuiciones, escribió un poema, «El mar y el hombre», que recitó luego para sí mismo con la mirada fija en los nudos de las aguas revueltas.

Una vez en Lima, se encerró tres semanas en el rancho de Barranco.

La enfermedad trabó su lengua, mantuvo incontrolable el vaivén de su cabeza, sembró nuevas vibraciones en sus manos, castigó las articulaciones de sus piernas e hizo total escarnio de sus habilidades.

Ante esas dificultades recurrió a su penúltimo hijo, el último hombre, Fernán, mi abuelo, para dictarle sus poemas, sus cartas a Ricardo Palma, así como una serie de documentos dirigidos a distintos Ministerios.

Desde la primera línea que escribió a pedido de su padre, Fernán comprendió la magnitud y trascendencia de cada una de esas palabras.

Sabía que no eran sus palabras, pero al estar escritas con su puño y letra de algún modo lo eran.

«Son —pensaba— las palabras de ambos». Luis Benjamín, trémulo, hablaba por intermedio de su hijo y el hijo sabía que mientras el padre viviera —o más bien para que viviera— él tenía que transfigurarse y prestarle su escritura, dándole oxígeno y desahogo con esas frases y oraciones que eran de los dos, aunque menos suyas que de su padre.