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Luciano se esforzaba por distraer a Luis Benjamín de la pérdida de Gonzalo y lo empujaba a caminar por las aceras del Barrio Latino de París, ver las exposiciones universales, las comedias del teatro histórico, los musicales del Vaudeville, visitar las casas de juego clandestinas y hasta observar a las prostitutas pulular por Tullerías, Notre-Dame o el barrio italiano, pero ni así conseguía quitar del rostro de su hermano menor esa amargura que ya comenzaba a parecer indeleble.
Además de desalentado, Luis Benjamín se sentía inapetente y apenas si tocaba los platos que Luciano le alcanzaba durante el desayuno, el almuerzo o la cena, y ya ni las botellas de bourbon o ginebra, que antes habían sido sinónimo de festejo y que él era el primero en abrir y regar sobre las copas, servían para reanimarlo ni sacarlo de su atasco.
Mientras tanto, en Lima, iba muriéndose el resto de sus tíos, los hermanos de Nicolasa, primero Gerónimo y después Pedro, el general de las patillas boscosas, el hombre sin dedo ni audición, el que intentó pero no pudo ajusticiar a Gregorio Cartagena, el único que vio crecer a los bastardos y con mucho el que más los había querido.
Sin dinero con qué pagar colegios, se arriesgó a educar personalmente a los mayores y diseñó una rutina disciplinaria, dos o tres veces por semana, de nueve de la mañana a la hora del almuerzo, para llevarlos a conocer museos, monumentos, fábricas, bibliotecas, edificios históricos y jardines de cuya importancia y auge les hablaba con antelación.
Les daba pacientes lecciones generales sobre arte, historia, geografía y literatura, pero también sobre el proceso de confección del papel, la porcelana, el chocolate, el pan, mientras les pedía primero repetir en coro y luego anotar en un cuaderno cada explicación aprendida.
Les enseñó a mantenerse impecables, a cepillar bien sus ropas, cortar las hilachas sobrantes de sacos y vestidos, pegar botones a las camisas, anudar pasadores, caminar erguidos en la calle, sin arrimarse a las paredes ni arrastrar los zapatos por mucho cansancio que tuvieran.
Al llegar a casa no toleraba que ninguno se sentara a la mesa despeinado, y revisaba sus manos y uñas para cerciorarse de que no hubiese un solo rastro de mugre.
Cada hijo tenía un turno para hablar, pero si alguno lo hacía con un bocado sin deglutir, él les golpeaba la cima del cráneo con los nudillos; lo mismo si alguno se expresaba inadecuadamente después de haber sido corregido.
Como buen hombre decimonónico, Luis Benjamín desconfiaba del lenguaje espontáneo por asociarlo con lo vulgar, y obligaba a los niños a utilizar adjetivos y sustantivos muchas veces pomposos o rebuscados como «latente», «impío», «iracundo», «estupefacción», «jactancia».
Los sábados iban a comprar postres a la pastelería Stohrer y los domingos a la misa, donde les traducía las epístolas del sacerdote, y les dictaba en voz baja la manera en que debían hacer genuflexiones y seguir los procedimientos de la liturgia.
Por las noches, si algún temor puntual no los dejaba dormir, él se quedaba a los pies de cada cama como un centinela, y su sola presencia era una especie de arrullo silente que tenía el efecto de encaminar a los niños al sueño.
Cuando no instruía a sus hijos, el Poeta escribía metódicamente y recomenzaba los poemas abandonados años atrás.
Pero no volvió a ser el mismo. Las noches en que no podía escribir, salía a dar vueltas solo, con el ímpetu y las ganas de riesgo que le faltaron la primera vez que vivió en París, más de quince años atrás.
Así, aventurándose por calles que no conocía, descubrió los sótanos de Montmartre, reconvertidos en clubes noctámbulos de techos abuhardillados, aglutinados en un bulevar que de lejos se confundía con una hilera de escarabajos gigantes y, más de cerca, con una fila de vagones destartalados.
En uno de esos locales herméticos, de luces bajas y aceitosas, concentrados de tabaco, voces y transpiración, y atestados de hombres de aire salino y estragado que deambulaban con aspecto de ser intelectuales o de querer serlo, conoció a Ernest Renan, quien se le presentó diciéndole: «Soy el mejor escritor y artista de mi tiempo».
Luego —imantados por las elucubraciones filosóficas con que Renan buscaba llamar la atención— se sentarían a su mesa el doctor Louis Pasteur y Alejandro Dumas hijo, autor de La dama de las camelias , quien ya era entonces un escritor consagrado.
Durante las noches de varios meses los cuatro se reunieron en esos bares azulados, congestionados de gentes pintorescas, para debatir sobre literatura y prolongarse en charlas en las que Luis Benjamín era sobre todo un oyente atento que se fascinaba lo mismo que se frustraba porque, en el fondo, quería ser tan escritor como ellos, saber lo que ellos sabían, lucir como lucían, recordar como recordaban; quería tener una mente capaz de fantasear con mayor fecundidad, y una memoria que pudiese abarcar y reproducir todo lo visto y leído; quería ser y actuar como un marginal en París, no como un inmigrante sin fulgores que echaba de menos su vieja vida pequeñoburguesa; y mientras los otros hablaban con autoridad real, él se regañaba por haberse involucrado tanto en la política, por dejarse llevar por corrientes insustanciales y barrosas, por canalizar sus energías hacia agotadoras labores patrióticas o burocráticas, desconociendo que era ante todo un escritor, aunque ahora, en esos sótanos que hervían de poetas, ya no estaba tan seguro de serlo y pensaba que, con más de cuarenta años encima, era muy tarde para convertirse en uno y no debía engañarse, y cuanto más bebía más se le estrujaban las tripas de cólera, más implacable era consigo mismo y más se avergonzaba de no haberse atrevido a ser un escritor de verdad, de haberse contentado con ser un diplomático patriota que escribía libros ínfimos que quizá no lo sobrevivirían, un seudoescritor, un escritor baldío al que le faltaba fiebre y tenacidad, y recordaba de repente que estaba en la bancarrota, que había perdido todo su dinero por una guerra absurda, y se decía que más digna hubiera sido su pobreza, más realce hubiera tenido, si al menos se hubiese entregado por completo al sordo vicio de la escritura, y sentía inexplicables, angustiantes deseos de ser un poeta sin dinero en París, un poeta pobre pero rabioso, y no ese remedo de novelista que tenía miedo, que siempre había tenido miedo de actuar como el hombre libre que le tocaba ser.
Renan, Pasteur y Luis Benjamín asistieron un día al Instituto de Francia, donde conocieron a un anciano de ochenta y tres años que, entronado en un sillón imperial desde el cual parecía contemplar el espacio con apatía, charlaba con una veintena de escritores jóvenes que lo miraban como si fuese, más que una eminencia, una pirámide de granito.
El anciano era Victor Hugo. Tenía la frente surcada por líneas irregulares, la nariz maciza, la mandíbula avasallante, los hombros disparejos, caídos como andenes, el anillo como una prótesis en el índice de la mano izquierda, el chaleco de seis botones ajustado, las uñas limpias pero puntiagudas, sin cortar, la mitad de la cara hundida en los racimos de una barba plateada y, debajo los párpados, unas bolsas pronunciadas que parecían contener la dilatada memoria de unos ojos que habían viajado y sufrido como los de nadie.
Con el rostro demudado, los tres oyeron al genio reflexionar sobre sus ideas republicanas y hablar de su padre, un general francés con devoción por la lectura y por España; de sus cuatro hijos muertos, en especial de Leopoldine, ahogada en el Sena, de cuya desaparición él se enteró por un periódico; de su admiración por Chateaubriand; de sus prácticas de espiritismo; de su repudio visceral al «ominoso usurpador» Napoleón III, y de su exilio en un edificio medieval de la Grand-Place de Bruselas.
Su voz era pastosa y remolcaba las palabras como si masticara vidrio molido.
Fue tal la impresión que sintieron que enseguida se declararon sus discípulos incondicionales.
Luis Benjamín no tenía un centavo para mantenerse, pero le bastaba escuchar un minuto a ese viejo sabio para sentirse frente a un oráculo y verse arropado por una fe dura y tangible como una roca.
Cuando solo un mes después Victor Hugo falleció, los tres amigos sintieron que esa muerte los unía, los marcaba y los obligaba a firmar un pacto que no supieron nombrar.
El día de las pompas fúnebres, se colaron en el interior de una vivienda alta para ganar un balcón y desde allí, apretujados, observaron el multitudinario cortejo pasar por la Place de L’ÉToile custodiado por una legión de coraceros a caballo, y se miraron entre ellos, sin consciencia de estar viviendo un futuro capítulo de la historia universal.
Mientras seguían el incierto curso del ataúd, que se tambaleaba sobre la masa como la botella de un náufrago, notaron que en la puerta de cada casa, al pie de las ventanas, incluso en las cornisas, la gente lloraba recitando versos de Las contemplaciones y pasajes enteros de Nuestra Señora de París y de Los miserables como si fuesen himnos mortuorios u oraciones aprendidas en algún punto clave de la infancia.
A la mañana siguiente los tres asistieron juntos al velorio bajo el Arco del Triunfo y acompañaron la procesión que se dirigió al panteón, donde el cadáver amortajado de Victor Hugo quedaría enterrado en una cripta que ellos, en un último arrebato de compromiso o amistad, vigilaron hasta la madrugada siguiente como guardianes o soldados, armados con antorchas empapadas en brea.