10 #4
La guerra se había iniciado en la franja delimitada por la frontera entre Perú y Chile, pero no tardó en propagarse hacia el norte y llegar hasta Lima, donde en enero de 1881 se libraron batallas a cañonazos en los barrios de Chorrillos, San Juan y Miraflores.
Fue el verano más horrendo que recordarían los capitalinos en mucho tiempo, tanto por la cantidad de tropas movilizadas que veían pasar desde sus puertas, ventanas y balcones como por el alto número de bajas producidas ante la beligerancia del enemigo.
Los más de diez mil soldados chilenos doblegaban con facilidad las líneas defensivas peruanas, tomaban prisioneros a diario y luego, por las noches, se embriagaban en sus trincheras y ultimaban a sus rehenes fusilándolos o degollándolos mientras planeaban su siguiente embestida.
Junto con otros civiles, Luis Benjamín cooperaba como podía, ya fuese sofocando emergencias, trasladando moribundos a los hospitales colapsados, contabilizando difuntos, buscando desaparecidos o socorriendo a las mujeres que eran violadas por el Ejército adversario en sus salvajes incursiones y macabros saqueos a museos, iglesias, bibliotecas, escuelas, palacios, cementerios y casas privadas.
Entretanto, las familias de soldados y reservistas peruanos habían pasado a cobijarse en templos y colegios debidamente aprovisionados para resistir la andanada de disturbios, incendios, asaltos y linchamientos.
La sensación de duelo era generalizada. A la familia del Poeta le tocó permanecer doce noches en el colegio Belén, uno de los que menos sufrió el vandalismo de los invasores.
Una madrugada, guiada por la madre superiora que se improvisó con matrona, con la ayuda de la Mamaína y de otras dos mujeres que la iluminaban sosteniendo faroles de queroseno, Cristina dio a luz a Alfonso, su quinto hijo.
Fuera los balazos zumbaban y se oían los estertores.
En cuanto le acercaron el bebé, Cristina se aferró a él con algarabía.
Todos los que estaban allí se pusieron a llorar, algunos a aplaudir.
Era un soplo de humanidad en medio de aquella debacle.
Informados de que Luis Benjamín protegía y alimentaba a los refugiados, los chilenos amenazaron con arrebatarle su residencia.
Él no se dio por aludido, pero cuando las hostilidades se hicieron directas a través de advertencias escritas donde prometían afectar a cada uno de sus hijos, se convenció de que no había otra salida que dejar el país.
Entonces trasladó su biblioteca y algunos objetos de valor a casa de un vecino, remató muebles y enseres entre sus conocidos, y le ofreció todo el dinero recaudado a un jefe militar chileno para que les consiguiera pasaportes a él, Cristina, la Mamaína y los cinco niños.
El soborno procedió y dos noches después, sin más pertenencias que la ropa de dormir que traían encima, fueron trasladados hasta el Callao y, siguiendo las indicaciones de un emisario, abordaron un barco de carga y se apiñaron en un camarote del cual tenían prohibido salir.
Dos horas más tarde estaban otra vez rumbo a Francia.
Solo cuando los motores de la nave se pusieron en marcha, Cristina se sentó en la cama para amamantar a Alfonso.
Luis Benjamín no dejaba de repetirle que todo saldría bien aunque ni él mismo tenía seguridad de nada.
Los pequeños Helena, Adriana, Olga y Gonzalo, acurrucándose bajo los faldones de la Mamaína, la vigorosa criada mulata con quien se habían encariñado tanto, se miraban entre sí, mudos, sin entender la razón de tantas idas y vueltas, dejándose llevar, entretenidos o quizá intrigados con las oscilaciones de ese mar sin orillas que, a través de la ventanilla circular del camarote, viraba de azul a negro conforme pasaban las horas y que por su vastedad y movimiento parecía una gran sábana frondosa bajo la cual se entremezclaban, revolvían y apareaban todos los animales de la creación.
Una vez en Francia, se instalaron nuevamente en ese puerto que ya percibían como una segunda casa: Le Havre.
Allí se sintieron a salvo de los estragos de la guerra, aunque pronto comenzarían a tener novedades de la muerte.
Los primeros días de 1882, un conciso telegrama enviado por Luciano desde París informaba a Luis Benjamín que había fallecido en Lima su hermano Manuel, el segundo de los bastardos.
Luciano no precisaba si había sido por enfermedad o acción bélica.
Solo decía: «Manuel no está más. Llóralo conmigo».
Pero mi bisabuelo estaba por recibir un garrotazo aún más duro que ese.
Atacado de un día al otro por la difteria, una enfermedad respiratoria desatada por una bacteria, su hijo Gonzalo murió con la tráquea inflamada sin cumplir cuatro años.
Murió en un hospital, en los brazos exasperados de un enloquecido Luis Benjamín, que no podía consentir que aquella desgracia estuviese consumándose en sus narices.
Lo veló dos noches, después de las cuales decidió marcharse de Le Havre sin siquiera discutirlo con Cristina.
El puerto donde había sido tan feliz se tornó de pronto funesto e invivible.
Su hermano Luciano lo acompañó a enterrar el ataúd de su hijo en la cúspide del cementerio de Santa María y lo persuadió de pasar un tiempo juntos en su casa de París.
Al enterarse de la horrible muerte de Gonzalo, el poeta Salaverry, quizá como contrapeso al augurio que años atrás había improvisado en el bautizo del niño y que terminó siendo un pobre soneto de mal agüero, escribió una carta de condolencias que concluía con un verso que, en lugar de mitigar la desolación de Luis Benjamín, la avivó.
Ve a los Profetas: en su libro santo
que divinos lamentos atesoran
y en el mundo poético del canto,
los que cantan mejor son los que lloran.
Coge la lira, y que la envidia ciega
estudie tus estrofas de memoria:
la sombra de tu hijo te lo ruega,
en nombre de tu patria y de tu gloria.