Dejarás la tierra 10 #3
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Luis Benjamín decidió mandar a Francia a dos de sus hijas mayores, Adelaida y María Luisa —de quince y trece años—, para que estudiaran de internas en el colegio de la Santa Infancia de Versalles, buscando por medio de una educación de primer mundo restañar las grietas de su relación con ellas.

Y aunque las hijas mayores viajaron y disfrutaron esa larga temporada en Versalles y recibieron, en efecto, una educación diferenciada e hicieron amigos inolvidables y pasearon por el continente, la compensación fue insuficiente.

Los agujeros abiertos por la ausencia del padre eran profundos como cráteres y tenían gruesas raíces de decepción, muy difíciles de extirpar.

Algo entre mi bisabuelo y sus hijas se había roto en el pasado y perdido para siempre, y por mucha voluntad que pusieran ambas partes, la herida no podría regenerarse ni cicatrizar.

Luis Benjamín se vio obligado a volver al Perú cuando el Gobierno le propuso administrar el ferrocarril Lima-Chancay, que cubría los acantilados de Ancón. Como en otras ocasiones, aceptó sin conocer del todo el terreno que pisaba.

En Lima se rearmó.

En Lima nacieron sus hijas Adriana y Olga.

En Lima invirtió su dinero en bonos alcanzando una holgura económica que se tradujo en ciertos lujos: compró una casa alta en la calle de La Cueva frente a la entrada del templo de la Encarnación; adquirió un auto —cuyo motor arrancaba con bencina—; se hizo con un palco de primera fila en el teatro, y ganó varios kilos organizando cenas a las que asistía con frecuencia el general Mariano Ignacio Prado, ese hombre de halo autoritario y barba telarañosa que había sido y volvería a ser presidente, al que nadie recordaba haber visto un solo día sin sus botas desgastadas, hechas, según él, con la piel de un caimán de agua dulce.

Fue por esa época que el Poeta recobró algo de pulsión literaria: escribió poemas y obras teatrales, y comenzó a asistir con sus amigos Ricardo Palma y Numa Pompilio a las sesiones del Club Literario, una sociedad que luego se transformaría en El Ateneo, el mayor centro cultural de Lima en esos años.

Sin embargo, al cabo de unos meses de haber recuperado cierto tesón literario, se dejó secuestrar otra vez por la política al aceptar la gerencia de la Compañía Salitrera, postergando numerosos proyectos personales, la mayoría de los cuales no retomaría más.

En un movimiento bancario altamente aventurado, apostó todos sus ahorros a las inversiones de la Compañía Salitrera, obsesionado con la idea de incrementar su ya abundante capital, pero años después, durante la guerra del Pacífico, cuando Chile ocupó Tarapacá y desalojó las salitreras para apropiarse de ellas y así «costear los gastos del conflicto», Luis Benjamín perdió todo su patrimonio.

Los pocos ahorros que guardaba en casa se evaporaron en cosa de días.

Para evitar que sus hijos se percataran de que ahora vivían en los linderos de la pobreza, mi bisabuelo hizo toda clase de malabares llegando en una ocasión al extremo de instituir en el hogar falsas tradiciones cristianas: apeló a nombres de próceres religiosos inexistentes e inventó efemérides según las cuales había que almorzar frugalmente, abstenerse de cenar tres días por semana, reusar las mismas prendas de vestir y prescindir de todo signo que sugiriera boato.

Una noche, Cristina por fin alumbró al varón que tanto esperaba.

Le pusieron de nombre Gonzalo y a las cinco semanas, con el pretexto de su bautizo, los amigos de Luis Benjamín —sabiendo lo apretado de su economía— le organizaron una fiesta en la que corrió vino a raudales.

El momento cumbre de esa noche fue estelarizado por el propio anfitrión, el poeta Carlos Augusto Salaverry, quien, rememorando la época dorada de las primeras tertulias de los poetas bohemios, una vez que estuvo medianamente macerado, se trepó sobre el piano de la sala e improvisó un soneto que dedicó al recién nacido.

Lo que en ti auguro y en tu faz asoma

desde el lecho infantil, tu primer nido

es algo del jilguero y la paloma.

Soñarte un César, esperanza ilusa.

Mas bien serás Don Juan, pues has nacido

del beso de un poeta y de una Musa.

El nacimiento de Gonzalo fue solo un descanso en medio de los desbarajustes ocasionados por la guerra con Chile.

Hacia mayo de 1879, el Perú se sumía en una terrible depresión y se requirió del concurso de la ciudadanía entera para que el país no se hundiera definitivamente.

Junto con otros colegas suyos, y por iniciativa de su cuñado Casimiro Ulloa, Luis Benjamín compareció como voluntario ante el Ejército de reserva y fue designado jefe de una sección de ambulancias.

Por su parte, Cristina —como hiciera Nicolasa en el pasado para subvencionar la gesta de la independencia— donó collares, sortijas y costosos prendedores que contribuyeron a la compra de buques, además de fundar una agrupación de mujeres que recaudaban fondos destinados a amparar a los huérfanos y viudas del conflicto.

Una noche de octubre, mientras cenaban en la casa de la calle de La Cueva por el cumpleaños de Cristina, en lo que debió ser una celebración más bien magra y apagada debido al ambiente general de la guerra, se oyó desde fuera el traqueteo de un carruaje.

La voz del cochero pregonaba una noticia que ensombreció a invitados y sirvientes: durante la captura del monitor Huáscar a manos chilenas había muerto el almirante Miguel Grau, querido amigo de Luis Benjamín y compadre de Cristina, madrina de su octava hija, Victoria.

Mi bisabuelo pidió que se acatara un minuto de silencio en honor a quien, con los años, se convertiría en el héroe más importante de la historia del Perú.