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El Poeta agradeció con entusiasmo la retribución económica que le diera María Cristina de Borbón por ese empleo, aunque lo cierto es que a esas alturas ya había dejado de pasar apuros económicos y disfrutaba del dinero ganado con su intervención en ciertos espinosos asuntos legales de la política peruana; el más famoso, el caso Dreyfus.
Había sido él quien propuso al presidente José Balta que un solo agente oficial, establecido en Europa, comprase todo el guano del Perú.
En aquel tiempo el guano se ofrecía a los consignatarios, comerciantes que vendían el producto independientemente y obtenían altísimas utilidades pero con un manejo descuidado que afectaba gravemente al fisco del país.
Luis Benjamín gestionó la suscripción de un contrato con Auguste Dreyfus, un próspero banquero francés de origen judío, casado con una señora peruana, al que había conocido accidentalmente en París, en uno de los pasillos de una librería italiana de la calle Rivoli.
Después de persuadir a Dreyfus de que aceptara la administración del guano bajo un sistema más ventajoso, Luis Benjamín se comunicó con el presidente Balta, quien aprobó la idea a pesar del zafarrancho político que prometía desatarse.
Meses después, tras una polémica estimulada por los consignatarios desfavorecidos, que dieron batalla hasta el final, el Congreso dispuso el nuevo procedimiento para la venta del preciado recurso natural.
En una nueva carta a Casimiro Ulloa, Luis Benjamín celebró así la concreción del trato:
El telégrafo habrá anunciado ya el fabuloso resultado de la suscripción para el empréstito de los ferrocarriles peruanos.
¡Seis veces cubierto! ¡Un empréstito de doce millones de libras!
Dreyfus ha abierto al crédito del Perú este nuevo y vastísimo porvenir.
Ya hay seguridad de que se construirán, no solo los actuales ferrocarriles en ejecución, sino muchos más de los estimados.
Me parece que podemos estar contentos de haber inspirado en Dreyfus la idea de negociar con el Gobierno, de haberlo puesto en contacto con él y de haberlo cobijado bajo nuestra sombra.
No dudo de que la impresión en el Perú entero será gratísima.
La tranquilidad en Le Havre no le duraría mucho.
Convertido París en un hervidero por la caída del Segundo Imperio tras la derrota de Napoleón III en la batalla de Sedán contra el Ejército prusiano, y ante una probable ocupación de la ciudad, Luis Benjamín envió a Inglaterra a Cristina, que iba a entrar en el quinto mes de su primer embarazo.
El secretario de la legación peruana en Londres, Ernesto Jaramillo, amigo del Poeta, la recibiría temporalmente en su casa, en el número 39 de Gloucester Place.
Mi bisabuelo llegó allí tres meses después, tras la capitulación francesa en Metz, justo antes del sitio de París, del que varios franceses lograron escapar con las técnicas más impensadas, algunos incluso en globos aerostáticos construidos artesanalmente, que se perdían como pájaros robustos en la concavidad del cielo, desde donde dejaban caer unos volantes con octavillas que —tal como le escribió Luis Benjamín a su amigo Ulloa— hacían infructuosa publicidad revolucionaria contra el régimen invasor y acababan en el suelo como lo que eran, unos panfletos inservibles que el viento barría y confundía con las hojas.
En esta quincena se ha esfumado la más seria esperanza de triunfo para Francia y la República contra los alemanes.
No lo creerás, Casimiro, pero Metz capituló ¡sin que el mariscal Bazaine tentara una acción desesperada!
¡Con ciento cincuenta mil hombres, tres mil cañones y cuarenta millones de francos!
Este desastre es superior al de Sedán y todo deja ya pensar que la Francia se verá constreñida a firmar una paz falsa, que no será sino una tregua.
Sin embargo, París está aún en pie y puede hacer algo grande y glorioso.
Una gélida medianoche del noviembre londinense, enflaquecida después de pasar doce días en cama, Cristina, con solo quince años, dio a luz a su primera hija: Helena.
La bebé parecía una muñeca de biscuit en los brazos adolescentes de la madre, que sollozaba de alegría y al mismo tiempo de desconsuelo pues esperaba con ansias un varón.
Luis Benjamín la apaciguaba diciéndole: «Mejor que sea mujer, así no irá a la guerra ni hará revoluciones».
Pasaron a vivir en un apartamento del segundo piso del edificio 45 de Paddington Street y contrataron a una nodriza peruana, Clodomira Bustíos, a quien Helena, una vez que empezó a hablar, bautizó como su Mamaína.
Londres se había vuelto una metrópoli industrial, maquinista, flanqueada por muelles y factorías navieras, bifurcada por rieles que permitían la tracción de trenes y locomotoras.
Esos rieles comunicaban entre sí unas estaciones ferroviarias de amplias dársenas que se multiplicaban incluso más allá de los barrios periféricos donde, a diario, por la mañana, mercachifles y vendedores de pescado se concentraban en extensas hileras y masas de huelguistas protestaban por mejores salarios, dejándoles la noche libre a prostitutas, rufianes, vagabundos y borrachos belicosos, cuyas peleas con botellas de brandi partidas por la mitad no cejaban hasta bien entrado el amanecer.
Cristina y Luis Benjamín se volcaron sobre esas calles con avidez topográfica.
Solían caminar primero por los límites del sector este, eludiendo el barrio de Lambeth, conocido por la sordidez de sus callejuelas inhóspitas, en las que bullían niños hambrientos de zapatos rotos que se hurgaban las fosas nasales con el dedo y sujetos de ropas raídas que parecían ser sus padres, muchos de ellos hacinados en letrinas y fumaderos de opio; calles hediondas que menos de veinte años más tarde serían la cuna de Chaplin y el escenario predilecto de los crímenes de Jack el Destripador.
Horas después, con los valses tocados por los organilleros de las plazas como música de fondo, recorrían los sectores acomodados del oeste, donde el crepúsculo se recortaba en las elevadas cornisas de las mansiones y doblaba las esquinas de los portentosos edificios públicos.
A las siete de la noche veían salir de allí a turbas de empleados vestidos con camisa y corbata, dispuestos a matar la jornada internándose en las decenas de pubs y cervecerías de las inmediaciones, cuyas fachadas eran presididas por carteles con luces parpadeantes de dos colores donde podía leerse nombres como Dog and Duck, Bear and the Bottle, Iron Duke o Black Bulls.
Era la Londres romántica y oscura, donde se puso de moda dar largos paseos nocturnos para «conocer las inquietudes de una gran ciudad que se revuelve y sobresalta antes de dormirse», como dejó escrito Charles Dickens, quien había muerto repentinamente de un derrame cerebral hacía cinco meses nada más, impregnando al país, pero en especial a su capital, de un desánimo neblinoso que viajaba en el aire y del que nadie parecía haberse curado.
Cristina y mi bisabuelo llegaron a trazar una ruta matinal: recalaban en Piccadilly Circus, se detenían a desayunar en el café Royal de Regent Street y luego visitaban el Museo Británico, donde nunca dejaban de maravillarse con las momias y sarcófagos de la colección egipcia.
Si llovía, se refugiaban en la Ópera —las compañías de ballet daban espectáculos diarios—, y al escampar vagaban por el London Bridge con dirección a Trafalgar Square.
Un mediodía, vieron allí desfilar por segunda vez a la reina Victoria, ahora ya muy achacosa, convertida a lo lejos en una perla diminuta pero aún resplandeciente entre una multitud que se iba extendiendo a su alrededor como una mancha de sangre.
Cada vez que regresaban al apartamento, Cristina filtraba el té, la Mamaína servía unas galletas o bizcochos y Luis Benjamín corría a tomar a la bebé Helena en sus brazos para mimarla con una convicción paternal que no había manifestado antes con ninguna de sus tres primeras hijas.
Era como si dentro de él se hubiesen producido desplazamientos físicos y emocionales de los que solo entonces empezaba a ser consciente.
Imaginaba su organismo como una gran ciudad enmarañada en la que, de pronto, suburbios enteros —bloques de casas, aceras, parques, habitantes—.
se movilizaban buscándose, agrupándose convenientemente por un instinto de supervivencia o conservación, deseosos de salvarse del caos, de darle una atmósfera pacífica y definitiva a esos paisajes.
El Poeta reconocía esa nueva y saludable coreografía interior y lamentaba que sus primeras hijas no pudieran beneficiarse de la armonía que ahora afloraba y parecía orquestar su vida.
A aquellas les había tocado crecer entre lo inestable, lo ilegal y lo callado, sufriendo el actuar pusilánime de un padre joven y dubitativo que vio su horizonte hacerse tempranamente añicos.
En contraste, Helena y los seis hijos que vendrían después crecieron en un hogar confortable, organizado, sólido, experimentando el amor y dedicación de un padre diplomático, orgulloso de haberse unido legítimamente a su esposa, y por eso vivirían sus primeros años dominados por la jovial sensación de haber nacido en el lugar y la época correctos.