Dejarás la tierra 10
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Luis Benjamín retornó a Lima para entrevistarse con el nuevo presidente, José Balta, y de paso cumplió el pedido de su amigo Narciso de entregar unos encargos a su padre, don Gervasio Álvarez.

Fue allí, en la calle Mariquitas, donde se produjo ese primer encuentro con Cristina, la angelical pianista de catorce años cuya mano pidió solo dos semanas después.

Mientras los padres, Amelia y Arnaldo, no dudaron en dar su pleno consentimiento, el abuelo Gervasio estalló de enojo al enterarse del matrimonio de su nieta menor de edad con Luis Benjamín Cisneros.

—Por muy diplomático que sea, ese hombre tiene tres hijas malas con una adúltera, por no decir nada de su fama de pervertido y descarriado allá en Europa —refunfuñaba el viejo.

(Si hubiese sabido además que el novio era hijo bastardo de un sacerdote y que su apellido no era el que le correspondía, habría reventado de la indignación).

La boda religiosa se celebró en la propia casa del abuelo, a la misma hora y lugar en que él solía reunirse con sus infaltables amigos de la Corte Suprema.

Horas antes, al enterarse de que se suspendería el juego de tresillo para dar lugar a la ceremonia, el anciano se encerró en su dormitorio y desde dentro comenzó a rugir amenazas.

—¡Voy a colgarme del techo! —berreaba.

Nadie se preocupó. Era una de sus típicas pataletas de viejo que solo servían para escocerle el hígado, congestionarle los pulmones y multiplicarle las arrugas.

Al final, ablandado por su nieta, que encima lo forzó a ser testigo del matrimonio, Gervasio garabateó su firma en el acta a regañadientes sin ocultar su desaprobación ante los invitados, en especial ante el cura, al que señaló con el dedo, resentido, por darle al novio «unas bendiciones de pacotilla que no alcanzarán para borrar sus pecados».

Para poder unirse a Cristina sin que los Bustamante ni los Álvarez se enterasen de la verdad de su origen, Luis Benjamín recurrió al único sacerdote del mundo que podía apañarlo: el obispo de Huánuco don Leandro Teodoro del Valle, hermano de Catalina del Valle, esposa de su hermano Manuel Benjamín.

El obispo —que conocía bien la historia entre Nicolasa y Gregorio Cartagena, y había casado y escudado a cada uno de los bastardos sin sentir la menor contrición— viajó a Lima solo para oficiar ese nuevo enlace conyugal y rubricó la constancia a sabiendas de que contenía varios datos adulterados.

El Poeta, como antes habían hecho sus hermanos mayores, pidió figurar en los papeles como «hijo legítimo de Roberto Benjamín y Nicolasa Cisneros».

Cada vez que le preguntaban por su padre, repetía maquinalmente las palabras que Nicolasa les había ordenado en el pasado: «Sigue perdido en uno de sus tantos viajes».

Los esposos pasaron la primera noche en casa de unos parientes de Cristina y a la mañana siguiente —una mañana fría, de nubes cargadas— zarparon rumbo a Europa.

Mientras el barco se alejaba provocando los chirridos del muelle, levantando tumbos en el mar verdoso y espantando a las aves guaneras, los esposos desde la cubierta se despedían de los familiares y amigos reunidos en el espigón y hasta de la banda de músicos que don Arnaldo Bustamante había contratado para darle algo de fanfarria a la partida de su única hija.

Aprovechando que Cristina se distraía agitando una mano, diciéndoles adiós a todas esas personas de bien, Luis Benjamín rodeó a su esposa por detrás, descansó el mentón en su hombro derecho, frotó la curva de sus hombros con ambas manos, besó su cabellera a la altura del cuello y enseguida, sin que ella se diera cuenta, deslizó en el bolsillo derecho de su vestido un pañuelito enigmático que Cristina desenrollaría minutos más tarde, ya lejos del puerto, sin tierra a la vista, para encontrarse con unos versos que al inicio le parecieron ilegibles pero que luego leyó una y otra vez hasta aprendérselos de memoria, versos que en realidad jamás olvidaría y que mucho después, años más tarde, recitaría delante de sus hijos mientras los preparaba para ir al colegio o para dormir, diciéndoles, orgullosa, envanecida, que su padre los había escrito la mañana del primer día de su luna de miel, y ellos, que no tenían lo que se dice una memoria privilegiada, que eran claramente amnésicos, acabarían transcribiendo esos ocho versos y los enmarcarían en un pequeño cuadro de madera que fue amarilleándose de mano en mano, de pared en pared, de casa en casa, de siglo en siglo, hasta que un buen día se perdió y acabó en ese lugar inescrutable a donde van a parar las pertenencias que los muertos arrebatan a los vivos como castigo por no cuidarlas bien.

Blanca rama de azahares,

símbolo de su pureza.

corona de su cabeza,

diadema de su beldad:

¿por qué al acercar mi mano

me parece profanarte?

¿por qué tan solo al mirarte

tiemblo de felicidad?

Al arribar a Londres, mi bisabuelo y Cristina se registraron durante tres días en un hotel ubicado en Paternoster Row.

Al segundo día, mientras desayunaban en un café de Saint Saint Paul’s Churchyard, vieron un tumulto de gente y coches a caballo dirigirse hacia el sector sur de la ciudad.

Minutos después se sumaron a la curiosidad general y, desde el centro de aquella aglomeración, consiguieron ver a la reina Victoria —una mujer ya en sus cincuentas, los mofletes abultados, la complexión vacuna, la raya al medio marcada fijamente debajo de la tiara y el velo— dar por inaugurado el reconstruido puente de Blackfriars, que ya por esos días era muy demandado por cientos de londinenses sin sosiego que lo elegían para saltar y quitarse la vida entre las aguas plomizas del Támesis.

Después de Londres visitaron París, donde una noche acudieron a la ópera para escuchar arias de Rossini y Donizetti en la voz de la soprano Adelina Patti, una italiana que impactó al público por lo delgaducha y enjoyada que lucía pero también porque, en un pasaje del espectáculo, tras un esfuerzo descomunal por alcanzar una nota inhumana, se desvaneció y empezó a sangrar por los oídos ante la perplejidad de los músicos, que, mientras la artista era auxiliada sobre el escenario, no dejaron de tocar sus instrumentos.

También en París vieron un día a Napoleón III, a la emperatriz Eugenia y al príncipe heredero encabezando una parada militar.

Mientras seguían el desarrollo del desfile, Luis Benjamín, esperando asombrar a su joven esposa, le contó que siete años atrás, en el Palacio de las Tullerías, él había conocido y besado las manos de esos personajes que ahora lucían tan inalcanzables.

Cristina lo miró y le dio un beso en la frente con una mezcla de incredulidad y compasión.

Dejaron París para mudarse cerca de Le Havre, en la comuna de Sainte-Adresse, en un chalet de la ribera donde vivirían los próximos años.

Días después de afincarse supieron que la anciana que vivía en el castillo almenado contiguo era la exreina de España, María Cristina de Borbón, quien llevaba más de dos décadas exiliada en Francia, privada de la pensión vitalicia que antaño le concedieron las Cortes, y a quien las autoridades de su país acababan de acusar de «ladrona» por haber sustraído millones en joyas y alhajas de la Corona española.

Enterada de la presencia de una pareja peruana en el vecindario, la antigua reina invitó a los esposos a cenar no una sino varias veces, entablando una amistad que se estrecharía con el pasar de los meses, estaciones y calendarios.

«Me pongo a disposición de su merced», le dijo una noche Luis Benjamín después de que la exmonarca solicitara sus oficios, «como buen hombre de letras», para organizar su archivo personal, que constaba de un primer borrador de su testamento y una voluminosa correspondencia que no había caído antes en manos de nadie y a la que él tuvo un acceso sin restricciones.

Mi bisabuelo debió firmar un juramento de confidencialidad antes de pasar varias tardes entre los árboles turquesas del jardín del castillo leyendo esas cartas en las que María Cristina de Borbón se explayaba sobre los pormenores —velados para la Corona— de su primer matrimonio con su tío, el rey Fernando VII, quien había abusado de ella en la noche de bodas y que moriría de apoplejía solo cuatro años después; sobre su matrimonio morganático con un sargento de su Guardia de Corps, celebrado en secreto por un sacerdote cómplice tres meses después de que ella enviudara; sobre sus estadías en fincas alejadas para ocultar los ocho embarazos fruto de la relación prohibida con el sargento, y sobre la falsificación de los pasaportes de sus hijos, a los que debió enviar fuera de España en cuanto nacieron para no despertar sospechas entre sus enemigos políticos, siempre a la caza de algún motivo para desalojarla del trono.

Luis Benjamín encontró tan familiares aquellas historias de amores ilegítimos, sintió a su madre y a él mismo tan representados en esas líneas que, durante los días siguientes, mientras clasificaba la documentación con una acuciosidad y rapidez de las que él mismo se sorprendió en más de una ocasión, tuvo el pálpito desagradable de estar repasando y a la vez ordenando ciertos capítulos desconocidos de su propia biografía.