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Durante esos meses y años varias cosas habían cuarteado la vida de Luis Benjamín, acentuando su fatalismo, fogueándolo en la tristeza y el rencor.
Primero la muerte de su hermana Francisca en 1865, luego la de su hermano Feliciano en 1866 y ahora, solo un año más tarde, en enero de 1867, la de su propia madre.
El telegrama de su hermano Luciano informándole que Nicolasa acababa de fallecer lo encontró en la cubierta del buque que lo conducía precisamente a Lima.
Solo al terminar de leerlo, Luis Benjamín advirtió los fuertes vientos que no amainaban, las persistentes salpicaduras de agua salada en su piel y sobre todo los bandazos que el barco venía dando hacía minutos.
Y mientras observaba a los pasajeros correr despavoridos de aquí para allá contraviniendo las órdenes que daba la tripulación de quedarse quietos —algunos incluso asomándose peligrosamente a las barandillas para ver la violencia con que el mar picado golpeaba las paredes metálicas de la embarcación—, reparó en su total indiferencia hacia la posibilidad de un naufragio y, de regreso a su camarote, al dar vuelta en la última chimenea, se sintió huérfano por primera vez.
Era a instancias de su madre que se había marchado a París y era por ella que volvía al Perú, de modo que a la pena inaudita de su muerte le añadió la impotencia de no poder recompensarla material ni afectuosamente por aquellas atinadas exhortaciones en los días de los chantajes y amenazas viperinas de Lucrecia Colichón, días peliagudos en que Nicolasa lo animó a irse al extranjero y vencer el miedo que lo enfermaba.
Y aunque era cierto que en Francia su vida había adquirido consistencia y su carácter se había acerado hasta desaparecer todo rastro de su vieja abulia, esa tempestuosa mañana de enero de 1867, con la noticia de la madre muerta, dándose cuenta de que ya no podría despedirse de ella, el Poeta volvió a ser víctima de aquella antigua desorientación, y cuando horas después le llegó el turno de descender del barco, cruzó la pasarela por pura inercia, y a punto de pisar el embarcadero del Callao y reencontrarse con la ciudad de la que había escapado hacía tanto, se vio a sí mismo como el niño timorato y desamparado que quizá nunca había dejado de ser.
En los minutos siguientes fue resignándose a la idea de tramitar el funeral, gestionar una lápida de mármol con una inscripción que —lo decidió en ese instante— diría «Sus hijos la querrán siempre» y enterrarla en el lugar que ella había indicado en su testamento y que tenía reservado desde hacía mucho en el cementerio Presbítero Maestro: el nicho 253, en el cuartel San Job, exactamente al lado de la tumba de ese hombre al que Luis Benjamín y sus hermanos ya habían olvidado que odiaban, y cuyo nombre los hacía contener la respiración aún después de tanto: Gregorio Cartagena.
La mañana del sepelio, cuando el general Pedro Cisneros se dio cuenta de que los restos de su hermana Nicolasa estaban a punto de ser colocados junto a los del sacerdote, ordenó a los enterradores detenerse —«¡No muevan ese ataúd un centímetro más, mierda!
»—, y de inmediato exigió hablar con el director del cementerio a fin de exhumar los huesos de Cartagena y mudarlos, no de sepultura ni de pabellón, sino de camposanto.
El hombre bajo de rampante calvicie que se ocupaba de la Beneficencia Pública lo recibió en su despacho y, pese a la dureza con que Pedro lo esquinó, se negó a satisfacer sus demandas.
El general lo levantó furibundo de las solapas con una sola mano, como si fuese un espantajo, lo estrelló contra una pared y le hubiese dado un par de sopapos con el dorso de su mano libre —su mano de cuatro dedos—, si no fuera porque el retaco, los pies elevados del suelo, los cuatro pelos desacomodados, logró quejarse con voz desafinada: «¿Acaso usted no entiende que su hermana y el cura querían pudrirse juntos aquí?
». Pedro llevaba tantos años con los tímpanos perforados que no hizo el menor esfuerzo por leer los labios del burócrata y lo mantuvo varios segundos en el aire antes de devolverlo al suelo.
Lo único que ahora mantenía al Poeta de pie era la ilusión por el reencuentro con sus tres hijas, Elvira, Adelaida y María Luisa, pero el día que las vio, al regreso del entierro de Nicolasa, notó rápidamente en sus caras cambiadas, en sus actitudes hacia él, el paso irremediable de los años transcurridos.
Siete años de no verlas, oírlas ni tocarlas.
Siete años que ahora pesaban como veinte.
Los abrazos de ellas eran rígidos, los besos desabridos, los gestos aguados, las miradas endurecidas.
Luis Benjamín sintió la animadversión, olió el rechazo, se dio cuenta de que el viejo amor se había disipado, y supo que sería muy difícil traspasar esos paredones como de hierro que parecían interponerse entre sus hijas y él.
Nombrado nuevamente cónsul en Le Havre, antes de volver a París le confió el cuidado de las niñas a su hermana Catalina.
La tarde de la despedida, Elvira, la hija mayor, que tenía doce años cumplidos pero aparentaba siete, se encaprichó en acompañarlo, menos deseosa de conocer el mundo que de vivir con su padre y poder tenerlo cerca siquiera una vez.
Luis Benjamín aceptó pensando que así la niña suavizaría su inquina, que tal vez hasta podría recuperar su cariño, pero una vez en Le Havre, al darse cuenta de que su trabajo le impedía dedicarse a ella y que la niña pasaba los días en el puerto desatendida, no encontró otra opción que internarla en un convento alemán que más parecía un orfelinato, lo que inevitablemente astilló el corazón de Elvira, que desde entonces y para siempre vería en su padre a un hombre indolente y extraño.