Dejarás la tierra 9 #4
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Fue por entonces que las cartas de su hermano Luciano le informaron de la caída del presidente Ramón Castilla y, más tarde, de la alternancia de nombres sucesivos en el poder, variaciones que operaron en su ánimo de tal forma que de repente quiso viajar a Lima, recomponer allá su vida personal y solo después regresar a Europa, como le confesó por escrito a su amigo Casimiro Ulloa:

Querido Rojo, quiero ir a Lima, casarme, formar un hogar y volver para establecerme algún tiempo en Francia. Tengo planeados serios trabajos sobre la civilización, la historia de España y del Perú. Espero que Dios se apiade de mi ambición.

También le hizo saber lo mucho que le preocupaba la fijación que venían mostrando los gobiernos europeos hacia las repúblicas sudamericanas, y le dijo que intuía que podría ocurrir en Perú lo mismo que se vivía en México, que ya había sido invadido por Napoleón III después de que el presidente Benito Juárez congelara la deuda externa que mantenía con Francia.

Para sorpresa de Casimiro Ulloa, quien al principio tomó esas premoniciones como excesivas y equivocadas, las intuiciones de Luis Benjamín resultaron proféticas y en abril de 1865, con la toma de posesión de las islas de Chincha, empezaron los hostigamientos de España hacia el Perú por supuestos «costos» de la guerra de la Independencia.

El Poeta recibió en Le Havre la visita de su amigo Ricardo Palma, con quien recorrió una y otra vez las calles sobrepobladas del puerto, gozando de las vistas de Normandía y conversando sobre las muchas cosas sucedidas desde la última vez que se vieron en Lima.

En el diario de mi bisabuelo hay una anotación que, por la fecha en que fue escrita, es lícito asociar con ese reencuentro con Palma: «Con él me desahogo y vivo en la patria horas enteras».

Inspirado por esa presencia, Luis Benjamín dejó de lado las labores del consulado y se encerró a escribir prosas, poemas, ensayos y artículos que mandó a Lima para que aparecieran en La Revista de Lima y en La República , el nuevo periódico del Rojo Ulloa.

El envión creativo le duró poco y lo dejó tan agotado que prefirió focalizarse en la misión diplomática, porque además la situación política peruana no hacía sino recrudecer y requería todo su involucramiento, sobre todo después de que el presidente Mariano Ignacio Prado, en alianza con Chile, le declarara la guerra a España.

El Gobierno le asignó a mi bisabuelo la tarea de contactar a los distintos políticos y militares peruanos que llegarían a Europa en los siguientes días —«He entrado en comunicación con un almirante peruano de nombre Miguel Grau, quien se encuentra en Inglaterra alistando la salida de dos buques, Huáscar e Independencia, tan necesarios para contrarrestar el ataque español», le escribió por esos días a Casimiro Ulloa—; sin embargo, de un momento a otro, sin que medie mayor explicación, acaso por una falencia administrativa, el nuevo ministro de Relaciones Exteriores canceló su patente de cónsul y a Luis Benjamín no le quedó más alternativa que trasladarse de Le Havre a París, una contingencia que aprovechó para organizar un viaje relámpago a Lima, donde esperaba ver a Nicolasa, su madre, que luchaba contra la tuberculosis y se pasaba los días en cama, sometida a fatigosas inhalaciones de alquitrán.

Unos meses antes de dejar París se enteró de la muerte de un amigo de la juventud, José Gálvez, en el combate del 2 de Mayo. Triste pero sumido en su inacabable patriotismo, le escribió al Rojo Ulloa:

Recibí la gran noticia del descalabro de los españoles en el Callao y de nuestro gloriosísimo triunfo.

La colonia peruana no habla de otra cosa.

Todos los periódicos, distinguiéndose los de Le Havre, han reproducido los detalles dándoles toda la importancia que merecen.

El triunfo del 2 de mayo ha sido exclusivamente peruano; bajo este punto de vista nos honra más que el de Ayacucho.

En estos países, como para muchos peruanos mismos, la sorpresa es grande pues hasta ahora nos han creído más débiles de lo que somos.

Acabamos de ganar un noventa por ciento en la consideración de la Europa.

Ya saben las que se llaman potencias que están unidos todos los países de la América española y que sabemos y podemos defendernos.

El 2 de mayo puede, en mi concepto, marcar una nueva era de relación externa y de regeneración interna.

Mi contento no tiene límites, querido Rojo.

Muchas ilusiones había perdido sobre mi país, pero con este triunfo todas ellas renacen y yo mismo siento en mi espíritu como una resurrección.

Lamento la partida de José Gálvez por la falta que siempre hará al país, pero como amigo suyo, no lo lloro.

Gálvez solo podía morir así, y yo consideraría para mí esa muerte como una felicidad.