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Viendo que su nieta no era receptiva a tan calumniosas advertencias, Gervasio se dedicó a maldecir en silencio a su hijo Narciso, pues no se explicaba cómo su primogénito había enviado a tan desagradable emisario desde París, en lo que consideró era un inconcebible boicot familiar.
Para mala suerte del abuelo, su yerno, el padre de Cristina, Arnaldo Bustamante, quien apreciaba los libros y artículos periodísticos de Luis Benjamín y odiaba a Ramón Castilla, no solo aprobó los cortejos del escritor sino que alentó el idilio con su hija, ignorando los histéricos gruñidos de su suegro y minimizando otro hecho que para el cascarrabias de don Gervasio era inmoral e imposible de pasar por alto: Luis Benjamín era diecisiete años mayor que Cristina, que acababa de cumplir los catorce sin haber tenido todavía su primera menstruación.
Pero todo aquello ocurrirá en los primeros meses de 1869, nueve años después de que mi bisabuelo llegara a Francia.
En París, creyendo que la escritura lo haría más pobre de lo que ya era, el Poeta dejó los estudios de literatura para abocarse a la economía política.
Así se lo había recomendado Elíseo Zevallos, su viejo jefe en el Ministerio de Relaciones Exteriores, quien tras cruzarse con él casualmente promovió su contratación como cónsul en Le Havre, el mismo puerto al que había llegado tantos meses atrás.
Luis Benjamín retomó así la diplomacia y asumió una tarea puntual: organizar la distribución del guano peruano exportado a Francia.
También tuvo tiempo para redactar artículos políticos que enviaba quincenalmente a su amigo Casimiro Ulloa y avanzar su siguiente novela, Edgardo , pues la editorial parisina Rosa y Bouret estaba interesada en publicarla.
Al inicio se sintió un escritor infiel disfrazado de funcionario, pero luego ya era un funcionario que escribía en sus ratos libres y poco después un cónsul novato que extrañaba escribir y que se dejaba deslumbrar por la fastuosidad del entorno diplomático y por los personajes que iba conociendo en Le Havre, desde los más conspicuos hasta los más singulares.
Uno de ellos fue Monsieur Fysquet.
Fysquet era un hombrecito de setenta años.
Tenía un modesto puesto en la oficina de dirección del puerto pero fanfarroneaba presentándose como «excorsario con honores de alférez de Marina», y asegurándole a todo aquel que conocía que en 1816 había «pirateado con Simón Bolívar en la expedición que llevó al libertador de Santo Domingo a Venezuela en un buque llamado El Bello Inca».
Con una velocidad de movimientos admirable en un cuerpo añoso y raquítico como el suyo, Fysquet no daba tregua a sus interlocutores, aturdiéndolos con soporíferas anécdotas marítimas en las que él cobraba un protagonismo hercúleo que no guardaba proporción alguna con su avanzada miopía de nacimiento, su esmirriada constitución física ni el ostensible pasado sin gloria de su musculatura.
Desde que le presentaron a Luis Benjamín en la fiesta anual del Hôtel de Ville, Fysquet lo buscaba en su casa todos los domingos.
Se aparecía por las noches como un roedor y en cada visita, después de referir por enésima vez sus peripecias náuticas, siempre acababa mencionándole sus «animadas conversaciones con Bolívar»; aunque jamás precisaba en qué habían consistido.
Una de esas noches, después de honrar cinco botellas de borgoña, acabó confesando avergonzado que sus supuestos fecundos diálogos con el militar venezolano en verdad se reducían a un lacónico intercambio de palabras, una fugaz charla de cabotaje a bordo de un bergantín mientras cruzaban la isla Margarita.
—¡Suboficial Fysquet!, tome ahora mismo su catalejo y dígame si el buque que se aproxima lleva una bandera.
—La está izando en este momento, general.
—¿Se trata de una bandera española?
—No, general, es inglesa.
—Indíqueme su rumbo.
—Igual al nuestro, general.
—Si es así, no hay por qué alarmarse.
Eso había sido todo.
El alcohol también le hizo admitir que durante las refriegas bélicas que le tocó vivir como segundo del contramaestre de la tripulación, en realidad no trepó los mástiles, ni disparó los rifles ni encendió la mecha de los cañones, como había dicho en anteriores oportunidades, sino que se ocupó de contabilizar las bajas, arrojar los cadáveres al mar, quitar las salpicaduras de sangre de la cubierta y disipar el hedor de los muertos.
En cambio, Monsieur Fysquet no exageraba cuando contaba que su participación en aquella expedición le había valido recibir sendas medallas de oro de los Gobiernos de Colombia y Venezuela, las dos más valiosas de una colección hecha básicamente de medallas menores, todas de plata, otorgadas por acciones de salvamento en distintos puertos franceses.
En ocasiones de gala, colgaba todas las medallas juntas en la pechera de su frac, dejando siempre un espacio visible «para la próxima».
Apareció vestido así la noche en que asistió a un baile en el Palacio de las Tullerías junto con su amante, Evarista Charpentier, una aldeana bretona, rolliza y descachalandrada a la que, a sugerencia de su propia esposa, hacía pasar en público como su hija adoptiva.
La concesiva Madame Fysquet decía no tener problemas en aguantar los flirteos otoñales de su marido «con esa niña velluda y campechana» siempre que fuera prudente.
Cuando Fysquet le contó lo muy afortunado que se sentía por tener a ambas mujeres sin que mediara mayor conflicto, Luis Benjamín no pudo evitar pensar en el mariscal Castilla, Lucrecia Colichón y Francisca Diez Canseco; ese otro triángulo sentimental que él había desbaratado temporalmente en esa vida anterior que ahora parecía ser su pasado.
Esa noche de 1862, ganado por la testarudez de su amigo francés, también Luis Benjamín asistió al baile de las Tullerías.
Nunca olvidaría la experiencia.
Allí participó del besamanos del emperador Napoleón III, a quien los sirvientes llamaban a sus espaldas la Esfinge en alusión a las muchas horas que podía pasar en inmóviles trances meditativos en los lugares menos pensados del palacio.
Y si bien encontró llamativo el atuendo satinado del monarca —el uniforme azul y rojo de los Grenadiers—, se impresionó más con la parafernalia palaciega que fue revelándosele a medida que se adentraba en esa construcción monumental: la elegancia de los carruajes descubiertos; los yelmos de acero de la unidad de élite de Los Cien Guardias, alineados y estáticos como maniquíes o soldados de cera; la majestad de los pabellones esféricos; la corpulencia de las galerías; el esplendor de las bóvedas ojivales; las soberbias cúpulas con motivos heráldicos; los pórticos romanos con pretiles de piedra; el oro rojo de los ventanales; el cristal de Murano de los lamparones; el granito del suelo de las antesalas; el brillo de los espejos venecianos; la espesura de las alfombras chinas; el terciopelo de las cortinas de Damasco; los escudos navieros bordados en paneles que cubrían paredes enteras; los biombos de Persia que separaban cámaras y gabinetes; las escenas de amor rural en los gobelinos flamencos; los tapices de Bruselas con temáticas bucólicas; el marfil tallado de las ánforas de Pekín; los retablos de ébano que parecían saqueados de algún monasterio; la prominencia de las escaleras con rellanos y tramos de ida y vuelta; los cisnes de porcelana al fondo de una decena de relojes góticos con péndulos que marcaban horas distintas; los canarios africanos que parecían dormir en unas pajareras de bronce, y siempre, por todos lados, allá arriba, esos techos inalcanzables donde sobresalían prodigiosos frescos con alegorías del juicio final.
Había algo magnético y perturbador en aquellos pasillos relucientes a través de los cuales ahora Luis Benjamín accedía a unas anchas terrazas donde siglos atrás había caminado la reina Catalina de Médici, la antojadiza diseñadora del palacio, quien, obnubilada con las predicciones de un astrólogo que vaticinó que ella moriría en esas dependencias, decidió darles todavía más prestancia y mandó construir el aparatoso arco de mármol de la entrada e insistió en aumentar la extensión de los extravagantes jardines florentinos, cuyos caminillos, pérgolas, bancos, plazoletas con los nombres de los continentes y estanques de peces colorados reemplazaron los viejos arenales de la zona, y serían las únicas construcciones que sobrevivirían al incendio de 1870, cuando tras el fin del Segundo Imperio se rociaron con petróleo los muros de las Tullerías para que ardiera el mayor símbolo de la vieja monarquía francesa.
Luis Benjamín se quedó contemplando toda esa nobleza cortesana desde un retiro del jardín y desde allí, rodeado de orquídeas, azucenas y otras flores que no distinguió, vio cómo la nieve empezaba a caer con tibieza, casi al compás de los valses de la orquesta, dando que hablar a los invitados, entre ellos los poetas Téophile Gautier y Charles Baudelaire, el barón Taylor y los pintores Henri Fantin y Édouard Manet, quien a los pocos días pintaría una escena de esa misma fiesta titulada Música en las Tullerías .
No volvió a ir a un baile como ese ni a ningún otro en los años que siguieron: no quería que las fiestas lo distrajeran ahora que la diplomacia ocupaba todas sus horas, incluyendo aquellas que hasta hacía poco consagraba a la escritura.
Más cónsul que poeta, Luis Benjamín se dedicó a aprender legislación comercial y descubrió en la compraventa de productos la mejor manera de ayudar al Perú.
Para cuando cumplió veinticinco, se había hecho sin querer experto en transacciones, precios, fletes, ganancias e ingresos fiscales.