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Esas eran las cosas que ocurrían en el París al que llegó mi bisabuelo Luis Benjamín con su agobio precoz.
Era el París de finales del Segundo Imperio, el París de Flaubert y Baudelaire, cuyo libro Las flores del mal fue denunciado por «escabroso» por Ernest Pinard, el mismo abogado imperial que solo meses antes había acusado a Madame Bovary de ser una novela obscena (y de quien luego se sabría que era secreto autor de cuentitos eróticos, además de entusiasta pornógrafo).
Era el París que gozaba con los relatos de Alejandro Dumas y las primeras predicciones de Julio Verne.
El París que hacía no tanto había llorado las muertes de Stendhal y Balzac, y que dentro de cinco años celebraría el surgimiento de Mallarmé.
Era el París reconstruido con expectativas estéticas y políticas, en una Francia resguardada por ejércitos que ahora se encontraban en Solferino, al mando de Napoleón III, resistiendo a las fuerzas austríacas en apoyo a Giuseppe Garibaldi, artífice de la unificación italiana.
Era el París donde, con la llegada del estío, se celebraba la democrática fiesta anual del Hôtel de Ville, la única ocasión que tenían oficinistas y humildes tenderos de juntarse con las familias de los subprefectos y los negociantes encopetados.
Y era también el París donde florecían ídolos populares como Charles Blondin, que no era cualquier Blondin sino el Gran Blondin, un equilibrista que acababa de convertirse en el primer hombre en cruzar la garganta de las cataratas del Niágara caminando sobre una cuerda floja.
Según Le Tour du Monde , Blondin cruzó un trayecto de 335 metros de largo a una altura de cincuenta metros sobre el agua.
Cientos de parisinos —entre profesionales, estudiantes, obreros— viajaron hasta Estados Unidos para vivir con horror y escalofríos esa hazaña fantástica, ese sueño alucinado que luego el acróbata repetiría en otros escenarios, con variaciones cada vez más temerarias: con zancos, con los ojos vendados o, la más demencial, cargando en la espalda a su agente, incluso tomando asiento con él a mitad del tramo para preparar tortillas suspendidos en el aire.
Luis Benjamín financió sus primeros estudios de francés con el exiguo subsidio que le enviaba Nicolasa.
Asistió a cursos libres en La Sorbona y —ahorrándose las distracciones del Barrio Latino y el barrio estudiantil, que era por donde cualquier joven escritor vagaba naturalmente— se encerró a trabajar en los capítulos de su primera novela, Julia .
No bien terminó de escribirla, la envió al Perú para tentar suerte y a los pocos meses recibió el anuncio de su publicación.
Aquel empujón anímico lo hizo sentirse vivo, entero, tan vivo y entero como la noche en que estrenó su primera obra de teatro.
Y cuando meses más tarde corroboró la buena recepción que Julia había tenido en Lima, entendió que había un escritor dentro de él y decidió permanecer indeterminadamente en París.
Quería nutrirse, contactar con escritores que pudieran moldear, allanar y enriquecer su estilo y personalidad.
Se matriculó en asignaturas de Filosofía y Literatura, consultó a profesores más allá de las horas fijadas en clase, compró libros y cuadernos hasta endeudarse.
Cada vez que regresaba a la pensión de la Rue de Lutéce, compartía el té con Madame Leblanc, le hablaba de las novelas que quería escribir en el futuro, y luego se encerraba en su pieza a hacer cuentas y trazar proyectos, empecinado en rehacerse lejos de Lima y convertirse en otro, un artista respetado, un intelectual del primer mundo.
Ciertas noches sus deseos se veían súbitamente frenados por los recuerdos tenaces de la gente que había dejado atrás: sus hijas, que crecían sin padre como creció él; su madre envejecida; sus hermanos, sobre todo Luciano, con quien seguiría organizando complots patrióticos de estar juntos allá en Perú; sus amigos más queridos, Ricardo Palma o Casimiro Ulloa, el Rojo Ulloa, esposo de su hermana Catalina, que más que cuñado era un hermano, uno más en esa orgullosa familia de bastardos con un solo apellido.
Todos ellos eran figuras que viajaban sin gravedad en los sueños de Luis Benjamín, y él sentía que le hablaban desde una galaxia acuosa donde las palabras eran ecos o burbujas o pistas cuyo significado inútilmente intentaba desentrañar.
Por más que quería zanjar el pasado, esos nombres y visiones lo amortiguaban, lo frenaban, convirtiéndose en la atadura que por un buen tiempo le impidió tender una línea imaginaria pero definitoria entre quien había sido y quien quería ser.
Lo único que hacían esos recuerdos era acrecentar más la rabia por sus mentiras, sus malas decisiones, su falta de valor, rabia que se traducía en unos desvelos tan espantosos que el Poeta a veces llegaba a pensar que nunca más podría volver a dormir.
Una noche de noviembre, en el café Guerbois del bulevar de Batignolles —que años más tarde se convertiría en el club de pintores como Manet y escritores como Zola o Maupassant—, conoció a otro joven peruano, el periodista Narciso Álvarez, quien llevaba algunos años asentado en París.
Fue él quien le contó la historia de Louis Colet con Victor Cousin y quien, a poco de conocerse, compadeciéndose de la languidez económica de Luis Benjamín, lo invitó a compartir su alojamiento, el departamento número 11 de la Rue de la Sorbonne.
El Poeta no sabía que esa mudanza, que al inicio estimó provisional, demarcaría su porvenir, no en ese momento sino más adelante, mucho más, dentro de nueve años exactamente.
El padre de Narciso Álvarez era don Gervasio Álvarez, un vocal vitalicio de la Corte Suprema de Lima.
Un día de enero de 1869 don Gervasio recibiría de manos del Poeta Cisneros una encomienda enviada por su hijo Narciso desde París.
Ese día del futuro, Luis Benjamín —de paso por Lima— llegó a la calle Mariquitas, en el Centro, entre Quemado y Mogollón, y tocó la puerta de la casa número 363.
Don Gervasio estaba sentado en una mesa manipulando una baraja de naipes, jugando al tresillo con sus amigotes de la Corte: media docena de magistrados veteranos, de cachetes fláccidos, que chupaban pipas de arcilla, expelían columnas de humo abriendo apenas sus bocas delineadas por un mostacho denso y vaciaban de a poco, señorialmente, sus diminutas copas de coñac.
Desde su silla, don Gervasio sintió confiable la voz del Poeta.
No parecía la voz del hombre que, según oía comentar por todo Lima, se había marchado a Francia dejando varadas a las tres hijas ilegítimas que tenía con la más conocida de las amantes de Ramón Castilla.
Se puso de pie para recibirlo ajustándose el chaleco.
Luis Benjamín hizo su entrada y frenó a mitad de camino, como si bruscamente lo hubiese asaltado un recuerdo.
No se sobrecogió tanto al ver el cuadro de los seis magistrados vegetando alrededor de esa mesa, sino al divisar allá al fondo, en el patio que colindaba con la huerta interior, a una jovencita que, más que tocar las teclas de un piano, las pellizcaba como si pasaran corriente.
Observó su cabellera lúcuma maniatada en una trenza y recogida con un lazo escarlata, sus zapatos de charol, sus guantes perlados, su piel tersa, sus labios anémicos.
Iba vestida de un blanco tan pulcro que, en conjunto, daba la impresión de ser el espíritu de una adolescente recién muerta.
«¿Quién es?», se preguntó Luis Benjamín.
Pronto sabría que se trataba de Cristina Bustamante Álvarez, la única nieta y ahijada de don Gervasio, sobrina por tanto de su amigo Narciso.
Ella sintió el peso de unos ojos nuevos y se giró para ver a quién pertenecían.
Al atisbar el intercambio de miradas que ambos se procuraron, e intuir el tipo de promesas que allí parecían estar implícitas, el viejo exvocal abrigó un presentimiento oscuro y se arrepintió de haberle pedido minutos antes al criado hacer pasar «al poeta Cisneros».
¿No hubiese sido mejor recibir la encomienda en la puerta?
¿Para qué dejarlo entrar? ¿Para qué ceder al morbo de conocerlo en persona?
En cuestión de segundos don Gervasio se dio cuenta de su error y, mirando de lejos a su nieta, se deprimió ante lo que sabía inevitable.
—Ay, carajo, esta niña ya se me echó a perder —rezongó para sí mismo y, ante la sorpresa de sus colegas magistrados, bebió de un solo trago lo que le quedaba de coñac, se sonó la nariz con fuerza y lanzó al suelo un espeso salivazo.
Durante las semanas que siguieron, cada vez que la virginal Cristina recibía al Poeta para tocar juntos el piano o conversar en los canapés de la sala o los sillones de mimbre de la huerta, el viejo los espiaba bufando de cólera.
Tan pronto Luis Benjamín se despedía y pisaba la calle, Gervasio corría a envenenar a su nieta diciéndole que su pretendiente era «un farsante», «un padre desnaturalizado», «un degenerado que malvive en París dedicado a la bohemia, embriagándose con bebidas baratas bajo puentes fétidos, durmiendo en callejones nauseabundos y desbandándose por los muladares más sórdidos para practicar todo tipo de aberraciones sexuales con mujeres depravadas, portadoras de la peste negra y sabe Dios qué asquerosas enfermedades venéreas».