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El Poeta puso un pie en suelo francés a las dieciséis horas de una tarde plúmbea que se deshacía en lloviznas.
Su equipaje constaba de una sola maleta.
Pasó cerca de veinte minutos observando el movimiento del puerto de Le Havre, adecuándose a la luz del ambiente, las bocinas de los barcos, las voces, el idioma y el aspecto de los hombres que pasaban a su lado.
Sin dinero suficiente para tomar el ferrocarril, consiguió que un cochero lo transportara hasta París a cambio de diez francos.
La pensión era regentada por una mujer mayor, algo reblandecida, Madame Georgette Leblanc, quien hizo denodados esfuerzos por comprender algo del francés rumiado de su nuevo inquilino sudamericano.
Minutos después de registrase, Luis Benjamín subió los once peldaños de la escalera y cerró la puerta de su habitación: una madriguera de cinco metros cuadrados cuya única ventana —con postigos de madera que el viento batía con facilidad— ofrecía una vista del Sena recortada por la cúpula del Tribunal de Comercio de París y el recién inaugurado Pont au Change.
Al pasear los ojos por la desfondada caja de fósforos que sería su cama, por el aguamanil y la palangana acomodados con displicencia sobre el velador apolillado, y por la endeble silla que prometía venirse abajo en cuanto hiciera el amago de sentarse, Luis Benjamín recordó la precariedad de los cuchitriles donde habían nacido sus hijas y se sintió investido de toda la pena que era capaz de sentir un hombre en sus condiciones.
En los días iniciales, mientras terminaba de hallarse en esa ciudad pletórica, monumental y siempre agitada, donde las gentes parecían avanzar indiferentes o hastiadas de la belleza que las envolvía, el Poeta escribió decenas de cartas a Lucrecia pidiéndole perdón por escapar de Lima de manera abrupta.
No se atrevió a enviar ninguna. Eran cartas que más bien pareció escribir para sí mismo, en un ritual autocompasivo que prolongó durante dos meses y solo cortó después de recibir las misivas donde su hermano Luciano le contaba que Lucrecia, tras sostener un altercado callejero con Nicolasa, había aceptado finalmente que las niñas crecieran en casa de su abuela.
Fue la propia Colichón quien fijó nada más que para los domingos sus visitas a Elvira, Adelaida y María Luisa.
A Luis Benjamín no le sorprendió tal desapego: años atrás Lucrecia había aceptado que la esposa de Castilla criara a su hijo Agapito, al que ni siquiera había querido amamantar.
En esas cartas, Luciano le informó que Lucrecia había vuelto a vivir con el mariscal en la casona rústica, a frecuentar los viejos salones junto a sus amigas las mazorqueras y a usar esos miriñaques que antes le sirvieron para disfrazar sus embarazos.
Le comentó que la habían visto en la fiesta de la Valvanera, en la plaza de Acho, en la Quinta de Presa, y hasta bailando cuecas y resbalosas en los saraos de la aristocracia.
E incluso le hizo saber que circulaba el rumor de que Lucrecia trabajaba nuevamente por las noches para Hilario Buenaventura.
Luis Benjamín se martirizaba releyendo esos papeles, los estrujaba despechado y pensaba que la madre de sus hijas había vuelto a ser la misma mujer arrogante que él vio por primera vez en el teatro cinco años atrás, y comprendía que, al retomar su vida anterior, lo que Lucrecia pretendía era borrar o negar todo lo vivido a su lado, y sentía de pronto que su amor por ella no era más que una pasión avinagrada, y que si no fuera por esas tres hijas que tenían en común, nada habría en el mundo que los uniese.
Se remordía al confirmar que no había afectado a la vida de Lucrecia tanto como creía, y sentía vergüenza de sí mismo, y deseaba que nunca hubiesen sucedido todos aquellos eventos impetuosos que, precisamente porque sucedieron, acabaron arrastrándolo a ese exilio forzado al que no terminaba de adaptarse.
Luis Benjamín ocupó sus días en dar provechosas caminatas, bien por la avenida de La Ópera, la Rue de Rivoli o por los bulevares de Sébastopol y Saint-German.
Le gustaba internarse en la médula de París y aspirar el caos generado por los trabajos finales de la reforma dispuesta por el emperador Luis Napoleón Bonaparte, Napoleón III, quien había encargado al prefecto del Sena, el barón Haussmann, construir avenidas anchas, calles rectilíneas, nuevos bulevares, así como restaurar fachadas, remodelar parques, conservar monumentos, crear alcantarillas, llevando a cabo una íntegra transformación de la ciudad.
Luis Benjamín avanzaba entre los escombros de las casas demolidas del casco antiguo, se rezagaba bajo los altos ganchos de hierro que se movían como marionetas artríticas, contemplaba con detenimiento las vigas de acero de los gigantescos hormigones armados y recorría ávidamente los bordes del río sin esquivar los esqueletos de las instalaciones hidráulicas.
Otros días permanecía en su buhardilla, aislado del estruendo monocorde de las máquinas y poleas del exterior, sumergido en lecturas que caían en sus manos, buscando despojarse de los sentimientos descoloridos que se le presentaban cuando Lima era el centro de sus cavilaciones.
Una de esas mañanas encontró un libro en la credencia del hall de entrada de la pensión.
Era una novela recién publicada titulada Lui , firmada por una tal Louise Colet, hija de Henriette Leblanc, hermana de madame Leblanc, quien no disimulaba ante Luis Benjamín las antipatías hacia su sobrina.
Fue por su casera como se enteró de que Louise —apellidada Révoil de soltera— era «una rubia pedante e irascible», una «poetisa de segunda línea que no tiene más mérito que haber seducido a Gustave Flaubert», a quien superaba en edad por once años y de quien fue amante durante casi diez.
Tras la aparición, dos años atrás, de Madame Bovary , sintiéndose aludida y maltratada en el personaje de Emma, Louise había querido responderle a Flaubert con Lui , que acabó siendo una biliosa novelita en clave que no tendría mayor repercusión.
Por boca de un amigo peruano afincado en París, Luis Benjamín se enteró, además, de que en 1838, ocho años antes de conocer a Flaubert, estando casada con el flautista Hyppolite Colet, Louise se enredó con el ilustre filósofo Victor Cousin, quien llegaría a ser ministro de Educación y de quien quedó embarazada a los dos años de haberse conocido.
Mientras oía esa historia, Luis Benjamín no dejaba de asociar a Louise Colet con Lucrecia Colichón: le ponía su rostro, su voz, su falsa dulzura, los modales a veces grotescos o más bien quisquillosos con que actuaba en la intimidad.
Hasta los apellidos se le antojaban similares, Colet, Colichón, y sintió que se trataba de retorcidas almas gemelas, almas volátiles y telepáticas que operaban a distancia, reconociéndose afines, dictándose mutuos consejos sobre cómo dañar a los hombres que las habían querido o intentado querer.
La comparación no era muy justa para Lucrecia, ciertamente, pues Louise era depresiva, por no decir desequilibrada.
Un día, un importante periodista francés, Alphonse Karr, sugirió mordazmente en un diario que Louise Colet había cometido adulterio e insinuó que el hijo que esperaba no era de su esposo, el flautista, sino del ministro Cousin.
Haciendo un satírico juego de palabras afirmó que el embarazo de la escritora se debía a une piqûre de Cousin , una picadura de mosquito.
Al leer el artículo, Louise sintió náuseas, averiguó dónde vivía Alphonse Karr, fue hasta su edificio, aporreó sin parar la puerta de su apartamento y cuando el periodista abrió, fuera ya de sus cabales, sin decirle nada, se arrojó sobre él y lo atacó con un cuchillo de cocina, clavándoselo tres veces en la espalda.
Las heridas, aunque profundas, increíblemente no fueron mortales.
Cuando salió del hospital, Karr pidió a la Policía quedarse con el cuchillo todavía ensangrentado y lo colgó en medio de su sala con la inscripción: «Obsequio de la señora Colet».