Dejarás la tierra 8 #4
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Para 1859, el mariscal se había vuelto un déspota impasible y veleidoso que se dejaba ganar por una corte de adulones que corrían a besarle la mano y organizarle festejos que, tal como contaban los propios mayordomos del Palacio de Gobierno, eran unas parrandas etílicas donde el mariscal, narcisista como él solo, dirigía a los asistentes insufribles peroratas en las que se comparaba con Alcibíades, Trajano y Alejandro Magno.

Luis Benjamín sabía que si Castilla llegaba a enterarse de su traición, dispondría sin contemplaciones que lo despellejaran vivo y después seguro mandaría a su cancerbero, el desalmado Mono Quintín, a darle a Lucrecia y sus hijas sabe Dios qué impronunciables escarmientos.

En una reacción apurada que lamentaría más tarde, por el puro deseo de romper todo contacto con el Gobierno, el Poeta renunció al Ministerio.

Quedarse desempleado solo agravaría la situación.

Lucrecia lo acorraló con un ultimátum:

—Si en un mes no anuncias la boda, me marcho del Perú con las niñas aunque no tenga un centavo.

Luis Benjamín se enajenó con esa posibilidad.

En los días que siguieron comenzó a deambular por el Centro, emborrachándose en pulperías y chinganas del siglo anterior, de donde salía sin coartadas, pensando en lo insignificante e infeliz que sería viviendo apartado de sus hijas.

Le dolía su indecisión, su escaso coraje, su facilidad para desistir ante la primera adversidad.

Le dolía parecerse tanto a su padre, el cura Gregorio Cartagena, un hombre al que no había conocido del todo pero que sabía lleno de incoherencias, titubeos y miedo, el mismo miedo que ahora reptaba dentro de él.

Nicolasa no tuvo más que verlo una noche en la calle, ebrio, zangoloteándose entre postes y transeúntes, para saber o constatar que algo destruía por dentro a su hijo menor.

Lo mandó traer con Dominga Prieto, lo sentó en la mesa de la cocina de la casa de la Peña Horadada, le sirvió un chupe de habas hirviendo y esperó que sorbiera la última cucharada para confrontarlo.

—¿Me lo dices tú o te lo digo yo?

Entonces el Poeta, cubriéndose la cara con las manos, soltó unas palabras aprensivas y acabó por confesarle todo entre suspiros, tiritando como un pájaro recién desplumado.

Nicolasa lo escuchaba absorta, sin asumir el impacto brutal de tantas noticias juntas.

Sintió tan dentro de ella el extravío del Poeta que, envolviéndolo con sus brazos, le suplicó que no corrompiera más su espíritu y, una vez que lo sintió más calmado, lo conminó a dejarlo todo, a que fuera él quien abandonara «ese hogar espurio», se marchara lejos del país y salvara su corazón de las desgracias que lo ahorcaban y de las inmensas penumbras que sin duda vendrían.

—¡Vete a París! Allí debes estar —le dijo sin inmutarse—. Yo cuidaré de tus hijas —añadió para animarlo.

Luis Benjamín rebatió de plano la oferta de su madre, pero la sopesó al cabo de unas semanas, después de que la inflexible Lucrecia lo chantajeara con no ver a las niñas si no concretaba una ceremonia «mañana mismo».

Al mediodía siguiente, aprovechando que Lucrecia había salido rumbo a la estación del ferrocarril para recibir a unas tías llegadas de Jauja, el Poeta entró en la habitación de las pequeñas Elvira, Adelaida y la recién nacida María Luisa, les puso encima los primeros vestiditos que encontró en la única cómoda, colocó sus demás ropas en una sola valija y las condujo donde Nicolasa lo más deprisa que pudo.

En cuanto abrió la puerta y vio a ese elenco de muñecas rotas, la abuela quedó conquistada y, olvidándose enseguida de la animosidad que despertaba en ella la madre de las niñas, las colmó de regalos y dulces preparados por Dominga Prieto, que ya era una anciana de canas tiesas que, mientras cojeaba, sonreía como pitonisa satisfecha al ver que la historia de los Cisneros no era más que una profecía condenada a cumplirse una y otra vez.

—Cómo les gusta joderse la vida —susurraba.

El Poeta se arrodilló para estar a la altura de Elvira, la hija mayor, la sietemesina de cuatro años que parecía menor, y con la voz desgajada le dijo que debía hacer un viaje largo pero que no se preocupara, pues la abuela Nicolasa cuidaría de ella y sus hermanas.

Elvira, un nudo en la garganta, las coletas sujetadas de cualquier manera, preguntó por Lucrecia.

Queriendo calmarla, viéndose en la disyuntiva de decirle la verdad o seguir mintiendo, Luis Benjamín la confundió con una frase impulsiva que la niña tardaría lustros en procesar:

—A partir de ahora tu abuela será tu madre.

Antes de irse, abrazó a las tres con las fuerzas que le quedaban, les musitó unos consejos que ellas olvidarían de inmediato, les plantó un beso en la frente y desde la puerta se mordió los labios y apretó la mandíbula para no atragantarse con sus lágrimas.

A la mañana siguiente, con el puerto del Callao convertido por la neblina en un deshabitado bosque de humo, más agrisado aún por las tribulaciones de los viajantes que, como él, parecían estar huyendo de un asedio o persecución, el Poeta se embarcó en una goleta hacia la ciudad de Colón, en Panamá, y veinticuatro horas después abordó el barco Sharon rumbo a Francia.

En altamar, decaído pero desaforado, escribió los primeros versos de un poema que titularía «Aurora amor».

¿Dónde estoy? Yo he llorado...

Sobre el lecho

de solitario camarote estrecho

presa me siento de mortal desmayo.