Dejarás la tierra 6 #3
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Lo que sí se sabe —porque así consta en los archivos contables de Virgilio Luzuriaga— es que en algún momento el cura inició un voluntario peregrinaje por las faldas de la cordillera y que un día, de tanto errar, llegó hasta unos caseríos postergados donde empezaban a establecerse nuevas familias.

Gregorio se instaló entre ellas, ayudó a organizarlas y dedicó sus días a predicar en voz alta: santificaba el trabajo de la comunidad, enseñaba a los niños los mandamientos y las bienaventuranzas, e instruía a los padres para entender los misterios del rosario, perseguir las virtudes cardinales y temer los símbolos del apocalipsis.

Aquellos hombres eran tan primitivos y supersticiosos que comenzaron a ver la proliferación de sus cosechas no como resultado de las lluvias copiosas ni de la fertilidad del terreno que labraban de sol a sol, sino como un milagro de los sermones y bendiciones impartidos por el advenedizo padre Cartagena.

Lo mismo pasó cuando sus animales de pastoreo empezaron a aparearse y a multiplicarse por puro instinto: lo tomaron como un prodigio suyo.

Y cuando, en el colmo de su esoterismo, creyeron que era Gregorio quien aplacaba las enfermedades de sus hijos con sus proverbios curativos —cuando los virus simplemente remitían por caprichos del organismo—, le levantaron una ermita y empezaron a desarrollar hacia él una precoz idolatría.

Pasados unos meses, a Gregorio llegó a asustarle que su presencia fuese tomada como cábala infalible y que se le adjudicara hasta el más mínimo beneficio propio de los ciclos de la naturaleza, así que decidió marcharse de allí antes de que llegaran las temibles sequías, se acabara la abundancia y los becerros y vicuñas comenzaran a morirse, pues sabía que cuando eso sucediera los pobladores demandarían su intercesión sobrenatural para desafiar a los cielos como era su costumbre, y tras desengañarse ante sus gestiones infructuosas y sus sortilegios ya sin magia, muy posiblemente querrían sacrificarlo acusándolo de hechicero o diabólico y, ante la hambruna general, hasta pensarían en ofrecerlo a los apus convertido en alimento.

Después de cabalgar durante semanas sin medir el paso del tiempo y sin otro bulto que su precaria humanidad, montado sobre un caballo famélico, Gregorio Cartagena llegó a Lima con sus últimos arrestos, se encerró como único huésped en un hospicio que pertenecía a su diócesis y allí se quedó esperando que alguna divinidad o providencia se apiadara de su alma.

No estaba enfermo de nada pero a la vez parecía como si llevara a cuestas todas las epidemias del mundo.

Durante semanas buscó algún sacerdote a quien confesarle sus faltas, pero no hubo nadie dispuesto a prestarle la absolución general.

Si su muerte no se produjo en soledad fue por la nobleza de Isidora Zabala, la criada sordomuda que acudió desde Huacaybamba hasta la capital y se mantuvo a su lado, insomne, velando su sueño de fiebres altas, tomándole el pulso, escuchándolo enumerar unos pecados que le arrancaban gimoteos de la pura impresión y afilando las horas como si fuesen cuchillos largos.

Así estuvo hasta que una noche su enjuto patrón cerró los ojos obedientemente y se hizo cadáver en un santiamén.

Días antes, desvaído pero todavía cuerdo, Gregorio había dictado su última voluntad declarándose «cura, vicario y juez eclesiástico» ante un escribano.

Aunque juró «no tener herederos forzados ni otros legales», distribuyó sus bienes casi íntegramente entre los hijos que había tenido con Nicolasa.

Restando los quinientos pesos que donó a cada una de las iglesias parroquiales donde sirvió y los trescientos que destinó a dos hospitales de Huánuco, el resto lo cedió a su negada familia de sangre:

«Un crédito de catorce mil pesos a favor de doña Nicolasa Cisneros para que sean distribuidos entre sus siete hijos».

A Isidora Zabala le dejó una bolsa con cien pesos, especies de plata labrada y su caballo, un jamelgo de pezuñas agrietadas al que ya se le habían acabado los relinchos.

También dejó anotada la ubicación exacta donde serían depositados sus restos al morir: el nicho 255 del sector «C» del pabellón San Job del cementerio Presbítero Maestro.

Gregorio Cartagena murió el 8 de diciembre de 1865.

Fue enterrado tras una ceremonia presidida por una cruz alta en señal de su jerarquía religiosa.

Durante los oficios de la misa, que contó con la presencia de dos monseñores, cuatro frailes, un sacristán, un campanero, un organista y tres cantores desencajados, el cuerpo de Gregorio estuvo expuesto en un catafalco sagrado.

Los asistentes —entre ellos Nicolasa, en tercera fila, irreconocible, casi consumida por una tuberculosis incipiente— comulgaron con unción, rezaron jaculatorias, aspiraron los humos aromáticos del incensario y amenizaron la vigilia vaciando no pocas jarras de vino dulce.

Según el acta de defunción, Cartagena murió de «consunción».

Enflaquecido y extenuado.

Es decir, murió de cansancio.

Se cansó de ser quien no era.