Dejarás la tierra 7
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A Nicolasa no le pareció grave que sus hijos fuesen ilegítimos.

Lo que la hizo más infeliz fue tener que mantenerlos celosamente apartados de la verdad.

Nunca pudo o supo decirles que el cura Cartagena era su padre y Roberto Benjamín solo una fantasía.

Por eso, imitando la estrategia de Gregorio, compensó esa cobardía ante sus hijos dejándoles en su testamento una constelación de cabos sueltos que les servirían para desmantelar algún día su patraña.

«¿Por qué el sacerdote le habrá cedido aquella finca?

», se preguntaba el escribano Custodio Palacios sin dejar de tomar nota de las frases que con dificultad articulaba la moribunda, ni de recordar la declaración que Gregorio hiciera dos años atrás al dictar su testamento y que en su día también llamó su atención.

Ahora le bastaba relacionar el contenido de ambos documentos para llegar a conjeturas que, por ética, debía mantener en privado, pero que esa misma noche compartió con su esposa antes de irse a dormir.

«Hoy descubrí que el párroco Cartagena se entendía con la señora Cisneros», soltó el escribano sin mirar a su mujer.

Se lo dijo después de apagar la luz, reduciendo el tono, como si la oscuridad y la voz baja hiciesen menos indiscreta la divulgación de los asuntos ajenos.

—Siempre te enteras tarde de todo —rechistó ella, sin énfasis, dándole la espalda dentro de las sábanas.

Nicolasa indicó ante Custodio Palacios que no había tenido más que siete hijos, dos ya fallecidos, Francisca y Feliciano, y al nombrar a Feliciano se acordó con pena de las hijas de este, sus dos nietas perdidas, alejadas, a las que hacía mucho había dejado de ver.

Feliciano, el quinto de los bastardos, había tenido una hija legal y otra extramatrimonial, concebidas casi en paralelo.

Reconoció a la ilegítima cuando nació, pero se desentendió por completo de ella y compró el silencio de la madre con una suma de dinero.

Por una especie de azar justiciero, ambas niñas coincidirían en el mismo colegio, y, más que eso, en el mismo salón, y, más que eso, en el mismo pupitre, y desde el primer año congeniarían hasta hacerse las amigas más inseparables y queridas.

El día de su primera comunión —para la cual se habían preparado con tres meses de clases y ensayos—, justo después del momento de renovar los votos de bautismo, mientras cantaban en coro un tedeum frente a la gente que llenaba la iglesia, las amigas intercambiaron los devocionarios y las medallitas recordatorias con los nombres de sus padres y, al cotejarlas, se dieron cuenta de que el nombre de su padre era el mismo.

Feliciano Benjamín Cisneros . Entonces las dos niñas se miraron con la inocencia de sus once años recién cumplidos y enseguida supieron o sintieron que eran hermanas de sangre, hijas de un hombre que llevaba años ocultándoles la verdad.

Cuando se volvieron a buscarlo con los ojos, solo encontraron su espacio vacío en un banco.

Aquella situación las confundió y defraudó tanto que durante años prefirieron no tocar el tema.

Lo hablarían una vez, en el futuro, y desde ese día procuraron estar siempre pendientes la una de la otra, pero nunca perdonaron a su padre y en cuanto consiguieron marido se mantuvieron alejadas de él y de sus parientes Cisneros, y así permanecieron hasta que se enteraron de la muerte de Feliciano.

Ninguna de las dos acudió al cementerio pero se pusieron de acuerdo para enviar un solo ramo de flores con una esquela que provocó respingos y habladurías: «Que descanse en paz. Si puede».

Cuando Nicolasa cayó enferma, sus hijos ya llevaban un buen tiempo asumiendo que el matrimonio con Roberto Benjamín era una farsa. Hacía mucho que el encantamiento de los primeros años había terminado por resquebrajarse, solo que no dijeron nada ni al principio ni después.

De chicos habían creído firmemente en la existencia de ese hombre, aun sin verlo, persuadidos por las narraciones verídicas que Nicolasa hacía de sus viajes «por el Caribe, París, Portugal, España, África y Pekín», hablándoles de unos trayectos marítimos rocambolescos que solo eran viables en la geografía de su imaginación y que despertaban en los niños constantes preguntas, ya no solo sobre el paradero de su padre sino sobre las verdaderas dimensiones del mundo.

Los hijos también creían ver a Roberto en las prendas que Nicolasa colocaba en rincones puntuales de la casa con la ayuda de Gregorio, quien, ya por cariño o remordimiento, organizaba en su parroquia las colectas benéficas de ropa y artículos usados de donde salían los sobretodos, las bufandas, los sombreros, los zapatos, las pipas, los guantes, los libros, las navajas de afeitar que usaba el etéreo Roberto Benjamín y hasta la jofaina donde presuntamente se rasuraba, y desde luego las valijas, lápices y cartapacios que eran su figurado material de trabajo.

En la ingenuidad de los niños todas esas eran pruebas más que fehacientes de que el padre vivía, y de que a veces llegaba a la casa de madrugada, cuando ellos ya dormían.

Algunas noches los hijos se escurrían soñolientos fuera de su habitación, incautaban algunos de esos utensilios que creían paternos y volvían a la cama con ellos como una resignada forma de estar más próximos a ese hombre al que no necesitaban ver para llevar en el corazón.

Hubo veces en que hasta la propia Nicolasa, de tanto manipular esos bártulos, de tanto reservar para su «esposo» el taburete de la cabecera del comedor a la hora de los desayunos, almuerzos y cenas, de tanto desacomodar la parte de la cama donde él hipotéticamente dormía, y de tanto escribir cartas para sus hijos con otra caligrafía, firmándolas como si fuesen de Roberto Benjamín , llegó a pensar que él podía, en efecto, corporeizarse y quizá aparecerse una mañana en aquel hogar donde, pese a sus esfuerzos diarios y a los de Dominga Prieto por sacar a los muchachos adelante, se echaba tanto de menos la presencia de un hombre de carne y hueso.

Un mediodía reconvino a Dominga en medio de la cocina al verla tomar una cuchara para probar un caldo, arranchándole el cubierto de las manos con fuerza.

«¡Esto es de mi marido!», le gritó. Los niños ni siquiera estaban presentes.

La negra la miró con susto y pensó que una absurda nostalgia por el fantasma había empezado a desquiciarla.

Durante la adolescencia y juventud, los hijos no dejaron de creer en su «padre», pero poco a poco fueron aceptando lo que las gentes del vecindario especulaban entre dientes: que Roberto Benjamín se había olvidado de ellos, que no volvería, que tenía «otra familia» en alguno de esos países remotos donde negociaba con metales preciosos.

Nicolasa les decía que esos eran comentarios maliciosos, pero ellos le pidieron que ya no les contara más historias y decidieron erradicar el nombre de «ese señor» de sus conversaciones por el resto de los tiempos.

Un buen día, sin embargo, se dieron cuenta de que no eran hijos abandonados sino negados, y de que su padre real no era ningún viajante sino el cura Gregorio Cartagena.

Nadie se los contó. Nadie tuvo que abrirles los ojos.

Simplemente dejaron de presentirlo, ataron cabos y comenzaron a saberlo desde las tripas.

Fue una certeza visceral. Instinto puro.

De buenas a primeras afloraron los indicios, las evidencias se hicieron clamorosas, y todo lo que antes era turbio pasó a tener la claridad más diáfana.

Entendieron de golpe que el Roberto Benjamín de sus partidas de bautizo, el protagonista de los incongruentes relatos de Nicolasa, era solo un mito que habitaba las tinieblas mentales de su madre, y —lo más delicado, lo que fue un detonante— captaron que solamente podían ser hijos del único hombre que había visitado la casa a lo largo de aquellos años, el cura Gregorio, al que iban a escuchar cada domingo a la misa de las doce, al que saludaban con la señal de la cruz, de quien recibían un beso en la frente en el momento de darse la paz, y cuyos rasgos y facciones, solo ahora parecían advertirlo, estaban desparramados por el rostro de cada uno de ellos.

Años después el testamento de Nicolasa no haría sino confirmarles la verdad, pero desde que la descubrieron siguiendo esas corazonadas premonitorias, experimentaron una decepción tajante.

Se vieron a sí mismos desamparados, vacíos, como si les hubieran usurpado el centro que los sostenía, arrancado el caparazón y trastocado el mundo que su madre les había dado a conocer con sus fabulaciones.

Fue tal la vergüenza que empezó a suscitar en ellos la menor referencia al cura Cartagena y a la Iglesia en general que, apenas murió Nicolasa, y a pesar que de niños recibieron con gusto los primeros sacramentos, y se educaron con el catecismo en la mano, y aprendieron de memoria los nombres de los profetas y hasta ciertos versículos del Antiguo Testamento, y a pesar que llevaban años ayunando en Cuaresma y encendiendo velas en la fiesta de Pentecostés, pasaron a deplorar maquinalmente todo emblema religioso: rompieron sin clemencia sus rosarios de filigrana, desclavaron con saña los crucifijos de las paredes, redujeron a cenizas sus escapularios de la Inmaculada Concepción y mandaron desaparecer las estatuas de tamaño natural de los santos apóstoles con las que habían crecido y que siempre miraron con miedo y respeto, como si fuesen unos parientes severos y petrificados.

Gregorio llevaba dos años muerto, así que no podían exigirle explicaciones, aunque quizá tampoco se las hubiesen pedido de haber estado vivo.

Preferían sepultar su recuerdo, y por eso jamás dijeron una sola palabra.

Se callaron el asunto del cura con un silencio sin fisuras, un silencio cónico, metálico, subterráneo.

Pero no era tan sencillo. Gregorio había sido ese hombre cercano al que a veces hasta llamaban «padrino», el mismo que después de cada noche de lluvias llegaba temprano a la casa para enseñarles a reparar las filtraciones del viejo techo.

Lo hizo decenas de veces. Subían juntos al tejado, removían con una espátula el salitre acumulado por la humedad y luego resanaban con capas de cal y polvo de ladrillo.

Nunca pudieron quitarse de encima ese aprendizaje.

Por eso durante décadas, aunque se resistieran, aunque bajaran la cabeza, cerraran los ojos y apretaran los labios, el ruido seco y persistente de cualquier gotera traería siempre consigo la cara y el nombre del presbítero.

Las últimas palabras que Nicolasa inmortalizó en su testamento fueron estas:

A los hijos míos les pido que le condonen una deuda a su tío Pedro en consideración al paternal cariño que siempre les ha profesado y que, por amor a su madre, conserven la más perpetua unión y sigan los buenos ejemplos de moral cristiana que les he inculcado toda la vida.

Al día siguiente murió de tisis.

Ni viva ni muerta, Nicolasa fue alcanzada por el rencor que sintieron los hijos ante la certidumbre de su bastardía.

Fue al sacerdote impostor al que precisaban ignorar, desconocer y, en lo posible, olvidar.

A ella, en cambio, no le increparon nada, más bien la hicieron depositaría de una veneración que era consecuencia de un amor filial descompensado: la enaltecían por ser la madre que era y por suplantar al padre que nunca tuvieron.

Jamás le reprocharon el quedarse callada ni la culparon por falsificar papeles ni por llenarles la cabeza con esas invenciones descabelladas.

«Ella sabrá por qué nos mintió», decían los hijos perdonando sus sacrificios, sin ganas de explorar ni remover ningún sedimento.

En realidad la habían absuelto desde mucho antes, desde el día en que decidieron usar el Cisneros como primer apellido para que así prevaleciera ante la ausencia manifiesta de su padre.

En esa época Nicolasa aún vivía y cuando los hijos le comunicaron su resolución, ella les preguntó a bocajarro qué harían con su apellido paterno, el «legal», el de Roberto Benjamín .

Ellos vacilaron hasta que Manuel, el segundo, arguyó terminante: «A ese hombre del que siempre nos hablas nunca lo hemos visto, no tenemos contacto con él, no sabemos siquiera dónde vive o con quién, su apellido no nos representa, no le debemos nada, nosotros somos como tú, Cisneros».

Feliciano, el quinto, sugirió no extirparse el apellido paterno del todo sino relegarlo a la categoría de segundo nombre.

El resto se avino e incluso las mujeres aceptaron la ambigüedad que sus nombres adquirirían desde ese instante: Francisca Benjamín Cisneros, Catalina Benjamín Cisneros.

—¿Y si alguien pregunta por nuestro segundo apellido? —consultó nerviosa Francisca.

—Ustedes digan que también es Cisneros —decretó Nicolasa.

—¿Y si nos acusan por no tener padre? —se preocupó Manuel.

—Dirán la verdad: que su padre sigue de viaje.

—¿Ese hombre existe, mamá? —preguntó Feliciano—. ¿O es verdad lo que dicen: que somos bastardos?

Nicolasa se acercó y sin pensarlo le bajó la cara de una cachetada limpia.

—¡Nadie tiene derecho a decir esa palabra en esta casa!

Así, sin trámites oficiales, por un acuerdo simbólico, los hijos resolvieron tener en adelante dos nombres y solo el apellido de su madre.

El pacto, sin embargo, quedó abolido una vez que empezaron a casarse.

Era previsible. Al ser hijos naturales de una mujer soltera temieron ser descalificados socialmente y que se viesen afectadas sus expectativas familiares y laborales.

La única forma de ponerse «en regla» y conseguir validación era resucitando al padre fantaseado.

Así lo hicieron. Rellenaron sus partidas nupciales bajo la fórmula torcida de sus actas de bautizo —«hijos legítimos de Roberto Benjamín y Nicolasa Cisneros»—, se casaron ante la Iglesia y cantaron salmos y tomaron la eucaristía aun cuando hacía poco, muy poco, habían renegado de Dios para siempre como una manera de despreciar a Gregorio Cartagena.

Los hijos de Nicolasa constituyeron precoces hogares católicos tratando de no contaminarlos con las frustraciones de su orfandad y, más adelante, para conjurar el maleficio del pasado, desactivar las confusiones, suprimir los malentendidos y desterrar el oprobio, bautizaron a sus hijos con el apellido Cisneros, esperando no tener que darles jamás explicaciones.

Solo el menor, Luis Benjamín, el hombre que se convertiría en mi bisabuelo, se abstuvo del matrimonio. Al menos en un principio.

A cambio, se desvió precisamente por el tenebroso callejón sin salida que la experiencia aconsejaba a gritos eludir. Se obsesionó con la mujer de otro hombre y, a través de ella, conoció a la vez el amor y el desasosiego.

Estaba en él. Lo había heredado. Por mucho que se hubiera esforzado, no habría podido doblegar los impulsos de su naturaleza.