Dejarás la tierra 6 #2
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Solo horas después, sentado en el estudio mal iluminado de la casa donde vivía en un desorden de viudo, dando vueltas al tambor vacío del revólver con que años atrás había dado accidental muerte al coronel Joaquín Rubín y que nunca volvió a disparar, Pedro hilvanó los hechos implícitos en la confesión de Nicolasa y fue comprendiendo quién era quién en esa historia.

Una vez que dedujo el papel que jugaba Gregorio Cartagena en la vida de su hermana, se le estrujaron los intestinos.

No dirigió su furia hacia ella exactamente sino hacia él y se pasó los días y noches siguientes despotricando en su contra, acariciando su arma, frotando el gatillo con el índice.

Le repugnaba pensar en los años que había vivido engañado por el sacerdote, en cómo este se había burlado de su familia sacando provecho de la ausencia de los hermanos para merodear subrepticiamente la casa grande e intimar con Nicolasa.

Al traer a la mente a sus sobrinos, a Pedro se le escarapeló el cuerpo.

«O sea que todos son hijos de ese miserable», rumió, cerrando los puños como si no quisiera que se le escapara la rabia.

Ahí terminó de aborrecerlo. Días después, su hermana le imploró por escrito que recapacitara, que no tomara represalias contra Gregorio, pero ya era tarde.

En los códigos de un general, decía Pedro, una afrenta así de execrable no puede quedar impune.

Una de esas noches, mientras planeaba su venganza haciendo girar una bala de metal entre las muelas, se dio cuenta de que desde los tiempos del suicido de Trinidad Rubín no lo envolvía tanta amargura, y aunque este dolor era diferente —laceraba el estómago, no roía los huesos— bastaba para sacar a relucir su parte más oscura.

Por eso un día de 1846, siendo jefe del Gabinete de Ramón Castilla, buscó al presidente para ponerlo al tanto de unas teóricas quejas que le «habían llegado» referidas a un párroco huanuqueño «muy conflictivo, de carácter agrio e intratable», a quien era preciso escarmentar.

Ahora era él quien mentía y juraba en vano.

Sin pedir ningún otro elemento incriminatorio, ignorando que era una estratagema para un desquite personal, el presidente Castilla firmó confiado el papel que Pedro había redactado disponiendo que «el señor clérigo don José Gregorio de Cartagena y Meneses» fuese enviado como capellán a una dependencia militar ubicada en lo alto de la meseta de Bombón.

Destino más desgraciado, imposible.

Aquella meseta no era más que una puna olvidada, un pudridero sin Dios ni diablo donde la crudeza del frío altiplánico tronchaba el espinazo de los dos o tres soldaditos que montaban guardia a la intemperie, aletargados pero estoicos, abrazados a sus fusiles gélidos; un frío que paralizaba con dolores esperpénticos a los viajantes que muy eventualmente aparecían por allí, desorientados por el mal de altura, con las manos entumecidas y los labios rajados, e incluso ahuyentaba a las aves más recias, los cóndores, que se replegaban ateridos dando aletazos con las plumas escarchadas, la gorguera tiesa y el pellejo del pescuezo cuarteado.

Así maltrataba el frío en Bombón, así dolía.

Cuando le llegó la notificación de su nueva tarea, Gregorio se encaminó hacia ese horrible lugar sin protestar, como quien se dirige al patíbulo, y acató la penitencia impávido, intuyendo que era cosa de Pedro.

Allí vivió los meses más calamitosos que recordaría jamás: tragaba alimentos insípidos cuando no vencidos, se privaba de las novedades del mundo porque el correo militar no llegaba hasta esos páramos, se cubría con abrigo insuficiente, y llegó a enfermarse a tal punto que se pasaba las noches temblando, castañeando las muelas, tosiendo como tísico terminal y escupiendo los carámbanos de hielo que se le formaban en las paredes de las tripas.

En ese purgatorio invernal, sin posibilidad de cumplir siquiera con el servicio asignado pues el cuartel no era otra cosa que un depósito enmohecido adonde nadie acudía nunca en busca de ningún servicio y de ningún perdón, padeciendo las arritmias propias del mal de altura y tomándose las costillas que se le congelaban como estalactitas debajo de la piel, Cartagena se limitaba a rezar diarias pero infructuosas novenas de indulgencia, a musitar las letanías de la santísima Virgen de los Remedios y a soportar como un mártir sin fe su condición de desperdicio humano.

Siete meses más tarde, a través de unas rotundas cartas de disconformidad del arzobispado, el mariscal Castilla se enteró del ardid que él mismo había avalado y ayudado a pergeñar con su puño y letra.

Entonces reprendió a Pedro por haberle mentido con premeditación, lo apartó de su entorno y por un buen tiempo impidió su ingreso en las instalaciones del Ejército.

Acto seguido, cursó la contraorden de devolver a Cartagena a la última parroquia donde trabajó antes de ser recluido en ese infierno glacial del que nadie pensó que volvería con vida.

Dolido con el proceder del mandatario, Pedro le volvió la espalda y empezó a declararse su enemigo en cada lugar al que iba.

«En este país gobierna un cacaseno», repetía en bares, pasillos y cafés, con repulsión, con ojos de resentimiento, sabiendo que lo escuchaban los correveidiles del presidente.

Al enterarse, Castilla respondió con igual hostilidad haciéndole llegar mensajes intimidatorios con los escasos conocidos que les quedaban en común, acusándolo de ser «desagradecido, mentiroso y desertor».

Tras pasarse un decenio así, intercambiando provocaciones y escaramuzas verbales, cuando ya quedaba la sensación de que aquello no pasaría de ser una larga cuenta pendiente sin saldar, llegó el día en que se vieron las caras.

Fue en la batalla de La Palma, en Miraflores, una tarde de enero de 1855.

La presidencia ya no estaba en manos del mariscal sino del conservador José Rufino Echenique, quien se había visto inmiscuido en un grosero caso de corrupción y despilfarro.

La población quería defenestrarlo y fue Castilla quien lideró esa revolución.

El día de la batalla, bajo un cielo cerrado, nuboso, el mariscal encontró en la primera fila de la caballería gubernamental al general Pedro Cisneros, su ex primer ministro, su viejo amigo, ahora convertido en su más ríspido adversario.

Nada más iniciadas las acciones, Pedro, al galope, lanzó un ataque sorpresa que buscó desorganizar uno de los batallones que conducía Castilla, pero su intrepidez fue contraproducente: no solo no consiguió aventajar a sus oponentes sino que quedó rápidamente malherido después de que la bayoneta de uno de los rebeldes del escuadrón Sagrados Invencibles —correligionarios del mariscal— le ensartara el pulgar derecho, amputándoselo de un tirón.

Su caballo alazán empezó a corcovear y se encabritó con tanta violencia que Pedro perdió el control del animal, resbaló de la montura y salió disparado hacia una elevación donde el ejército contrario tenía acantonada su artillería.

Allí estaba el general Cisneros, derribado, inerme, revolviéndose en medio de la polvareda y los cartuchos de bala, lanzando imprecaciones contra Ramón Castilla, mirando con estupor el chorro de sangre que manaba de su dedo cercenado.

Estaba levantándose, a punto ya de incorporarse, cuando el súbito, potente estallido de un cañón lo sorprendió por la retaguardia, le anuló los reflejos y lo sacudió hasta descoyuntarle las clavículas del esqueleto.

Solo varios segundos después, diluida la compacta nube de pólvora que caía a su alrededor, Pedro, otra vez desde el suelo, reparó en que tenía las orejas taponadas.

Un zumbido continuo y punzante comenzó a poblar entonces los túneles de sus oídos, como si un pelotón de moscas diera vueltas sin parar en el cilindro de su cabeza.

Aunque el dolor vino enseguida, estaba tan desorientado que le costó varios minutos darse cuenta de que se había quedado completamente sordo.

También de que habían perdido la batalla.

Esa doble tragedia, que él se negaba a reconocer como consecuencia de su garrafal error de cálculo y que en el futuro definiría en sus relatos como producto de «una emboscada imperdonable», no puso término a su carrera —aún se alistaría como reservista en el combate del 2 de Mayo de 1866 frente a España, con un guante negro en la mano lisiada—, pero marcó un evidente punto de no retorno.

Sus últimos meses los pasó archivando tomos decrépitos en una vetusta biblioteca militar, cuyo silencio conventual lo ayudaba a olvidar momentáneamente los percances irreversibles de su sordera.

Jamás admitió ante médicos, amigos ni parientes lo humillante que había sido para él quedarse sin audición.

«Al menos ya no voy a envenenarme con los chismes de mierda de este pueblo de hipócritas», se consoló Pedro el día que volvió a Huánuco, la cabeza vendada, la mano mocha, la mirada torva, ya sin ganas de vincularse con las gentes de ese lugar en el que, como solía repetir con aires de misántropo, solo quedaba sentarse a esperar el fin del mundo.

No se sabe con certeza cuál fue la suerte que corrió Gregorio Cartagena los años que siguieron a su confinamiento en lo alto de la meseta de Bombón, pero ya fuera por las secuelas corporales y emocionales de aquel ostracismo, o por algún otro desplazamiento imprevisto, o simplemente porque la vida se encargó de que así sucediera, el cura permaneció alejado físicamente de Nicolasa y de los hijos de ambos.