Dejarás la tierra 6
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Pedro Cisneros, el militar de patillas con boca de hacha, el hermano más unido a Nicolasa, el viudo de Trinidad Rubín, se había sentido agradecido con Cartagena desde el día en que el presbítero impulsó un decreto para que se otorgaran pensiones y montepíos a los militares que, como él, habían integrado el ejército libertador y luchado con denuedo en las batallas de Junín y Ayacucho.

A raíz de aquel gesto su vieja admiración por el cura ganó hondura hasta volverse un cariño cierto.

Si antes lo veía como un amigo ocasional, a partir de entonces lo sintió como un pariente.

Fue en nombre de ese afecto que pasó muchos años haciendo oídos sordos a quienes persistían en susurrar por las calles de Huánuco que su hermana andaba liada con el clérigo.

Pedro presentía que esos cuentos y elucubraciones nacían de la malignidad y envidia ajenas; así que, para rebatirlos, vio conveniente organizar una recepción que tendría como invitados centrales al párroco Gregorio y a Roberto Benjamín , su cuñado, el esposo de Nicolasa, el padre de sus sobrinos, el hombre invisible de los constantes viajes.

Eso, supuso, pondría fin a las habladurías.

Pero el conflicto con Bolivia estalló en esos días y Pedro volvió a alejarse de la vida familiar, como había ocurrido antes durante las contiendas independentistas.

Esta vez la batalla de Ingavi resultaría ser su pesadilla más terrible: allí derrotaron al Ejército peruano, asesinaron al presidente Gamarra —cuya protección se le había encomendado a él por ser primer edecán—, y encima los bolivianos lo tomaron prisionero y lo llevaron a pie hasta la cárcel de Palca Grande, en Cochabamba, confinándolo, junto a otros cientos de oficiales, a la humedad de un calabozo donde pasó ocho meses con las muñecas encadenadas a los barrotes.

Tuvo que pasar algo más de un año antes de que Pedro pudiese volver y reunirse otra vez con Nicolasa en la casa de Huánuco.

Lo hizo ya como general y amigo íntimo del nuevo presidente electo, el mariscal Ramón Castilla, quien antes lo había nombrado prefecto de Arequipa y Tacna, y lo designaría luego ministro de Guerra.

La amistad entre ambos surgió en los meses de prisión en Cochabamba, de donde salieron juntos después de que se firmara el tratado de paz con los bolivianos.

La tarde del reencuentro con su hermana, cuando después de hacer compras y diligencias por la plaza Mayor pudieron sentarse a tomar el té en el traspatio de la casa, Pedro no quiso hablar de la guerra y le pidió a Nicolasa que le hiciera un recuento de lo que había sucedido en Huánuco durante el año de su captura.

Desde una mecedora, ella pasó a comentarle las novedades de los vecinos.

Los Figueroa. Los Pancorvo. Los Sánchez Aizcorbe.

Familias con las que habían crecido, que habían visto crecer.

En cierto momento, mientras la oía hablar, Pedro se quedó mirando a los hijos de su hermana, que iban y venían por los pasillos de la casa y de golpe se concentraban en el umbral del vivero del jardín del fondo, y recordó las murmuraciones que vinculaban a su hermana con Cartagena y se le ocurrió indagar una vez más por Roberto Benjamín .

—Dime una cosa..., ¿y tu marido? —le preguntó, interrumpiéndola.

—¿Por qué lo preguntas así, de la nada?

—Nada más por saber. ¿Sabes que antes de la guerra se me había ocurrido hacer una gran recepción con él y con Gregorio? Quisiera retomar la idea. ¿Dónde está? Ya es hora de conocerlo.

Aún sorprendida, Nicolasa dio su versión habitual.

—Ya lo sabes: de viaje, por negocios.

—¿Otra vez? —dudó Pedro.

—Sí, sí, otra vez —resopló ella. Enseguida tomó la jarra de té caliente, los ojos fijos en el chorro oscuro que inundaba las tazas.

—¿Y por dónde anda ahora? —insistió Pedro.

—En su última carta decía que había desembarcado en el sur de España.

Nicolasa tenía prevista esa respuesta.

—El sur de España es muy grande. ¿En qué lugar exactamente?

—No me lo ha especificado.

—¿Pero ese será su paradero definitivo?

—Tampoco lo precisó.

—¿Y cuándo estará de regreso?

—No antes de diciembre —inventó Nicolasa.

Desde el regazo, sus manos, enlazadas pero inquietas, la desmentían.

—¡Pero estamos en febrero!

—Tal vez un poco antes.

A Pedro esas respuestas no le supieron bien.

Las sintió teatrales, evasivas, inconsistentes.

Por dentro se negaba a dar crédito al viejo y malvado chisme del amorío de su hermana con el cura Gregorio, pero carecía de pruebas para contrarrestar esa infamia y a esas alturas la única evidencia sólida era la presencia física de Roberto Benjamín , o al menos una seña genuina que acreditara su existencia.

—¿Me mostrarías su última carta? Así conoceré al menos la caligrafía de mi cuñado —pidió Pedro con curiosidad, colocando su taza sobre la mesa de mármol.

—Cuánto quisiera, Pedro, pero no guardo esas cartas. No bien termino de leerlas, las quemo. Sabes mejor que nadie cuánto me disgusta ponerme nostálgica. No les hace bien a los niños verme así.

No eran las excusas de Nicolasa sino la fingida despreocupación con que las alegaba lo que incitó a Pedro a seguir escarbando.

«¿Qué oculta Nicolasa y, sobre todo, por qué?

—pensaba—. ¿Desde cuándo me encubre las cosas?

». De repente ideó la urgencia de poner en orden la enmarañada documentación familiar y comentó que iba a necesitar recabar varios certificados de todos los hermanos.

—Es sugerencia de Gibson, un doctor en temas legales. Me estoy asesorando con él y me ha recomendado tener nuestros papeles en regla. No tenemos nada archivado.

—Me parece bien. ¿Y en qué puedo ayudarte?

—Pensaba..., ya que estoy aquí, que podíamos empezar contigo. ¿Tienes tu acta de matrimonio?

Nicolasa abrió los ojos del susto. Aquello le pareció un disparate sin asidero.

—Ya te digo, es solo por un asunto legal —se justificó Pedro, reacomodándose en el sillón—. No habrás quemado también el acta, ¿o sí?

Nicolasa reconoció la sorna de su hermano y detectó sus intenciones. Dejó la mecedora para ponerse de pie y, dándole la espalda a Pedro, aseveró que el acta se le había traspapelado.

—Quizá pueda dártela en unos días —titubeó.

Sus palabras se intercalaban con el crujido cada vez más leve de la silla, que no terminaba de mecerse, como si un alma en pena estuviera allí balanceándose.

—¡Quiero verla ahora ! —la emplazó Pedro, vehemente, seguro de que Nicolasa solo pretendía ganar tiempo.

—No me tortures —rogó Nicolasa—. ¿De qué se trata todo esto? ¿Qué cosas legales son esas que dices? ¿Qué buscas, Pedro? —añadió antes de petrificarse en medio de la sala, sin parpadear, frotándose las manos mientras maquinaba una salida.

—¡Sin ese papel tu honor y el de la familia están en entredicho, ¿acaso no te das cuenta?! —acertó Pedro con un ademán enérgico, develando finalmente sus miedos.

—Mi honor no es de tu incumbencia —le remarcó Nicolasa y caminó hacia el ventanal del traspatio buscando inútilmente alejarse de la conversación.

Pedro, ofuscado, fuera de sí, se levantó y avanzó hacia ella sujetándola de un antebrazo para zarandearla.

—¡Ahora mismo vas a decirme qué está sucediendo!

—¡Suéltame!

Ella logró zafarse solo para volver a negar lo que había negado tantas veces con una firmeza que empezaba a descascararse como una cebolla podrida.

—¡Roberto no está! ¡No está! ¡Cómo quieres que te lo haga entender!

La explosión de su voz dio paso a una agitación que ya luego fue un murmullo, un ruido trémulo a la altura del corazón. Pedro la presionó con una cascada de preguntas dichas ya sin cólera, apenas con una crispada desilusión en los ojos:

—¿Quién es Roberto Benjamín , Nicolasa? ¿Por qué nunca lo hemos visto en todos estos años?

¿Por qué? ¿De quién se esconde? ¿Tiene problemas con la justicia?

Si es así, yo podría ayudarlo, con Gibson veríamos la manera —agregó lánguidamente, con estéril optimismo.

Al ver que no conseguía sonsacarle nada a su hermana, volvió a sentarse, derrotado.

Después de varios segundos de mudez, acomodándose la mantilla que se le había deslizado en el forcejeo, con la mirada vidriosa y un escalofrío a lo largo de toda la piel, sin desatender a sus hijos, que tropezaban allá en el vivero arrancando flores que despedían luminosas capas de polen, Nicolasa advirtió la creciente penumbra de las seis de la tarde, percibió la necesidad de encender los candelabros de la casa y correr las cortinas, y solo entonces dejó caer su coraza y despegó los labios para soltar tres frases cortantes que llevaban la contundencia de lo inexorable:

—Ya estamos viejos para andarnos con secretos. Ese papel que buscas no existe. Ese hombre tampoco.

Antes de que su hermano pudiese reaccionar, aún en vilo, Nicolasa se obligó a mirarlo con desdén para dar la conversación por concluida:

—Ahora haz el favor de largarte y dejarme en paz.

Pedro depuso su gesto severo, bajó los párpados y suplicó en silencio que fuesen mentiras las verdades que acababa de oír y que juntas dolían como si alguien de pronto le hubiera hundido toda una corona de espinas en la cabeza.

Justo cuando la taza de té se le soltaba de la mano, sorbió lo último para no desplomarse, se puso de pie, irguió la espalda, contrajo los omóplatos, tensó la mandíbula y se alisó la chaqueta del uniforme antes de marcharse sin despedirse de nadie.

Ni siquiera dejó que Dominga Prieto le abriera la puerta al salir, y cuando la morena le dio las buenas tardes bajando la vista, él descifró en ese gesto culposo su cooperación en todo aquel entuerto, y a pesar de que se trataba de su nana de siempre, de que había crecido queriéndola como a una segunda madre, de que incluso de niño había lactado no pocas veces de su pecho robusto, no dudó en mirarla con asco y acribillarla con un grito seco:

—¡Negra alcahueta!