Dejarás la tierra 5 #3
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También encontré un informe de 1829, elevado por el ciudadano Melitón de Herrera ante el gobernador eclesiástico del Arzobispado de Lima, donde se decía lo siguiente:

El cura y vicario de Huácar, José Gregorio Cartagena, raras veces aporta a su doctrina por estar de rector del colegio de Ciencias.

No planifica. Tiene hasta dos secretarios cuando no requiere más que uno y, por si fuera poco, para el vecinazgo de Huácar, su comportamiento moral no es nada ejemplar.

Salvo esa imputación, donde podría advertirse una alusión indirecta o sutil a su relación con Nicolasa —en 1829 ya había nacido Juan, su primer hijo—, no hallé ninguna otra que hiciera referencia a su romance camuflado o a sus hijos ilegítimos.

En una ocasión, se le pidió a Gregorio remitir a sus superiores una opinión del caso del padre Anacleto Landaeta, un pícaro curita de Lauricocha, caserío ubicado dentro de la jurisdicción de su parroquia.

Según la denuncia de unas señoras muy contrariadas, Anacleto Landaeta vivía en «escandaloso concubinato» con una mujer que trabajaba en la sacristía, con la que se paseaba por el casco de la región «a vista y paciencia» de la comunidad.

«No contento con eso —proseguían las denunciantes en su escrito—, el incontinente ha seducido hasta a cinco feligresas más, proponiéndoles tener trato carnal en el confesionario aprovechándose de la intimidad de la penitencia».

Las viejas pedían o bien que se cumplieran a rajatabla las leyes canónicas y se excomulgara al padre Anacleto por los delitos de «solicitación y fornicación» —pues además maliciaban que era suya la última hija de la esposa del doctor Orestes Murillo, el matasanos de Lauricocha: «una niña idéntica a él»—, o bien que se le sometiera a alguna de las torturas públicas que la Inquisición española deparaba a los «infieles» y que aún se mantenían vigentes en ese pueblo, como las pinzas y tenazas ardientes para desgarrar y abrasar el pene, la castración, la extirpación del miembro o, directamente, la amputación de la triada completa «antes de que haga de Lauricocha una Sodoma».

Cuando Cartagena recibió la denuncia con semejantes demandas, acaso por identificación o solidaridad, o quizá en atención al reclamo de otros vecinos, que veían completamente natural la conducta del padre Anacleto Landaeta y exigían su permanencia, escribió una nota eximiendo a su colega y salvándolo de la capadura.

Mientras se acumulaban en su contra acusaciones que no prosperaban, Gregorio mantenía una cátedra en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde gozaba de pleno respaldo académico.

También las actividades políticas lo mantenían distraído.

Después de su primera experiencia como diputado por Junín en 1827, fue elegido diputado y senador en representación de otras zonas de la Sierra.

Su más alta responsabilidad llegaría en diciembre de 1841, cuando lo hicieron miembro del Consejo de Estado: un órgano de la época integrado por diez parlamentarios que asumían las atribuciones del presidente durante su ausencia o enfermedad.

Siendo parte del Consejo, Cartagena suscribió la declaración de guerra a Bolivia después de que las tropas de ese país —al mando del infame caudillo sureño José Ballivián— asesinaran al presidente peruano Agustín Gamarra en la batalla de Ingavi y ocuparan los territorios de Moquegua, Puno y Tarapacá.

Cartagena no solo colocó su rúbrica en la declaración, sino que, a pedido del Consejo, redactó el comunicado que, en forma de volantes repartidos de mano en mano en calles y plazas, anunciaba la guerra al país.

Peruanos: vuestro Consejo de Estado escuchando el voto nacional y cumpliendo sus obligaciones, acordó la declaratoria de guerra a Bolivia, enemigo capital del Perú, y a Ballivián, el más ingrato y pérfido de sus tenientes.

Al autorizar esta terrible pero necesaria medida, no se propuso exigir de Bolivia otro sacrificio que el de prestar al Perú seguridades de que su tirano no tendría el poder de atentar contra nuestra tranquilidad e independencia, y que nuestra patria no volvería a ser víctima de sus maquinaciones aleves, ni teatro de las matanzas feroces con que inició su usurpación.

Mas parece que la providencia ha querido probar nuestra entereza, haciendo que el Ejército encargado de tan noble y desinteresada misión sobrellevara un revés cuando contaba con la victoria, y que el generalísimo Presidente Gamarra y los principales jefes y oficiales perecieran bárbara e ignominiosamente a manos de ese pueblo, degollados por orden del funesto Ballivián, a quien habían favorecido en su infortunio y reconciliado con su patria.

Desde que se supo la ejecución de estas atrocidades sin ejemplo, un grito de indignación y furor resuena incesantemente por todo el ámbito de nuestra República, y el Consejo, como intérprete fiel del sentimiento público, se apresuró a robustecer al Gobierno para vengar los ultrajes inferidos al honor nacional por un enemigo que se jacta de atropellar los derechos de la guerra y de la misma humanidad.

Las plegarias que nuestros compatriotas nos dirigieron en sus agonías para llamarnos a las armas, se repiten por todos los padres y todas las madres, cuyos hijos, esposos y hermanos han pagado su deuda a la naturaleza y a la patria.

Ellos nos piden venganza en los trasportes de su dolor, y la obtendrán sin ofensa de la moral, porque tan horrendos crímenes no deben quedar sin punición.

¿¡Qué!? ¿Porque un contraste no previsto ha destruido una parte de nuestro Ejército, se lisonjearán los enemigos de poder disponer de nuestro territorio al antojo de su ambición para imponernos la ley, o reducirnos a aceptar una paz vergonzosa?

¡No! La nación llena de confianza en su Gobierno, que es el paladión de su independencia y de su seguridad, encontrará en el patriotismo de sus hijos recursos suficientes para rechazar pretensiones insensatas; y si la fatalidad agravara sus desgracias hasta el punto de ser imposible contenerlas, nos sacrificaremos todos, antes que consentir nuestra degradación y nuestra infamia.

Peruanos: salvar la República alejando de su seno los horrores de la guerra; precaver a nuestros hermanos del sur, del incendio, del pillaje y del asesinato, es y será el voto del Consejo.

El Perú tiene necesidad de paz, y la desea; pero la quiere honrosa y digna; y para alcanzarla, está resuelto a emplear tanto ardimiento como ferocidad han desplegado sus enemigos después de la batalla.

Lima, 7 de diciembre de 1841.

Aun cuando Cartagena habla en nombre del Perú y refiere motivaciones idealistas, por momentos, en algunos pasajes, pienso ahora, esa carta parece la misiva fervorosa que hubiera querido enviarles a sus hijos biológicos, implorándoles que defiendan la honorabilidad de su madre si alguna vez la verdad saliera a la luz.

Quizá esa fuera la única manera que Gregorio encontró en vida de volcar en un papel todo cuanto quería decir en privado, valiéndose de simbolismos bélicos y metáforas patrióticas para sublimar a Nicolasa e intentar llegar al corazón de unos hijos que en esos años aún no se sabían negados por él, que seguían mirándolo como se mira a un pariente, mientras aguardaban el improbable arribo de su padre, Roberto Benjamín .