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Algunos decían que Gregorio había sido un dadivoso curandero o vidente español que sufría de alucinaciones, que hablaba de la trasmigración de las almas y obraba ocasionales milagros gracias a sus poderes síquicos, y mencionaron el «célebre caso» de la mujer ciega de nacimiento que vivía en Pachitea, que tenía las pupilas rojas como ciruelas, a la que el cura Cartagena devolvió la visión restregándole los párpados con el agua de una acequia y limpiándoselos con una falsa réplica del santo sudario.
Otros declaraban que había sido un navegante fluvial de ojos celestes, altísimo y jorobado, que vivió años enteros entre los bejucos de la ribera del río Huallaga y que llegó a convertirse, nadie sabía cómo, en el primer y último comendador de la ciudad de Huánuco.
Y hasta hubo un profesor, el responsable de la biblioteca del colegio, que sostenía muy convencido que Cartagena había sido un famoso y acaudalado militar caribeño, patrocinador de la gesta de Bolívar, que ya de viejo se marchó a la Selva detrás de una mujer albina de cabellos plateados, hija de los primeros colonos austro-alemanes de una zona ubérrima conocida como Codo de Pozuzo, y que allí se quedó hasta su muerte, causada por envenenamiento tras la mordida de un impreciso animal.
Dejé Huácar con la impresión de estar desocupando un capítulo de la historia de mi familia que había permanecido clausurado, tapiado por siglos.
Salvo el tío Gustavo, nadie había mencionado nunca aquel lugar.
Al recorrer sus callejuelas, midiendo la respiración de la gente, el desorden de las construcciones, el volumen de esos cerros que parecían atentas deidades, sentí que descorría un velo inmemorial, traspasaba una frontera e ingresaba en un territorio donde los vivos y los difuntos podían convivir de manera amigable, formando un elenco de presencias titilantes como bombillas gastadas.
Esa mañana escribí en mi libreta:
En este lugar se conocieron Nicolasa y Gregorio. Aquí aprendieron a amarse y a esconderse. En el aire se puede aspirar el miedo que los abrumó. Lo que debe haber sufrido Nicolasa callándose. Lo que debe haber llorado. No es fortuito que Huácar signifique precisamente eso. Llorar .
Un sábado fuimos a buscar a Virgilio Luzuriaga, un médico e historiador cuya memoria es considerada la caja negra de Huánuco.
Luzuriaga es un hombre orondo, de cabellera blanca y unos ojos negrísimos que, aumentados por las lunas de sus lentes, parecen los de una salamandra en cacería.
Estudió toda la primaria en un salón que tenía escrito sobre la pizarra el nombre de mi bisabuelo, «Luis Benjamín Cisneros», y desde el primer día sintió ganas de saber quién había sido ese señor.
Nos recibió en su consultorio, una habitación algo oscura en el interior de una pequeña clínica ubicada a tres manzanas de la plaza Mayor.
Sentado tras su escritorio, de espaldas a una vitrina donde podía apreciarse una cantidad indeterminada de frascos vacíos, cráneos rotos, volúmenes de medicina despellejados, dentaduras postizas, relojes de arena atascados y un sinfín de objetos rociados de polvo, Virgilio Luzuriaga lanzó una hipótesis sobre Gregorio Cartagena que nos desconcertó y que se sumaba a las teorías delirantes que habíamos escuchado en Huácar, aunque esta resultaba menos absurda.
«Cartagena era colombiano —afirmó—. Se dice inclusive que era quintacolumnista de Simón Bolívar, quien lo habría enviado al Perú como espía y agente de sabotaje».
Agregó esto último apoyando las dos manos sobre la mesa, abriendo su mirada anfibia para escrutarnos.
De todo lo que dijo esa mañana, sin embargo, eso no fue lo más interesante.
Lo que sí se me grabó como una cicatriz instantánea fue el comentario que un renombrado historiador le hiciera veinte años atrás, cuando Virgilio pretendió averiguar si el cura Cartagena, como ya se farfullaba desde entonces, tenía algo que ver con la familia Cisneros.
El historiador lo desaconsejó diciéndole: «No investigue usted eso, Virgilio, que sobre esas cosas hay que poner un manto de silencio porque gente muy respetable puede salir dañada.
Lo invito cordialmente a que lo olvide».
Un manto de silencio. Gente dañada. Olvido.
Escribí en mi libreta esas palabras así: juntas pero independientes, encadenadas por puntos seguidos, como si fuesen el verso de un poema minimalista o inconcluso, las claves de una historia todavía misteriosa.
La exhortación del historiador a Virgilio Luzuriaga revelaba una costumbre que, en el Perú, o en ciertos sectores del Perú, tiene el peso de una tradición que se cumple ritualmente: la costumbre de proteger con el silencio.
O más bien de creer que el silencio protege.
En mi familia, como en muchas, acaso todas, hay gente proclive a callar, a no contar, a no decir «más de lo debido», a recurrir a la prudencia para «no dañar», a forzar el olvido con tal de que ciertos episodios no salgan a la luz. No vaya a ser que lo estropeen todo.
Después de frustradas idas y vueltas a los sótanos del obispado en busca de documentación, fuimos al colegio Leoncio Prado, otro de los que fundara Gregorio.
Tampoco allí encontramos ninguna fotografía o retrato suyo.
Algunos pobladores lo conocían de oídas pero nadie sabía si era alto o bajo, grueso o delgado, pálido o rubicundo, tosco o suave. Su apariencia seguía siendo un enigma.
Frente al edificio del Leoncio Prado, junto a la iglesia de San Francisco, se extiende un parque que lleva el nombre de Cartagena: consta de seis bancos atornillados sobre bloques de asfalto, tres postes de alumbrado público y parcelas de jardín donde no destaca ninguna flor especialmente vistosa y donde los troncos de los árboles están blanqueados con cal para ahuyentar a los insectos.
Sentado en uno de esas bancos, tuve la sensación de que Gregorio estaba por todos lados y ninguno, de que era una presencia que de pronto se evaporaba, como si no se hubiese muerto del todo y estuviera tal vez no fuera sino dentro de mí, no de una forma tangible pero tampoco de un modo meramente espiritual.
Nos gusta pensar que los fantasmas habitan casas viejas y rincones oscuros, pero uno, en cuerpo y alma, va convirtiéndose en eso también: una casa vieja, un rincón oscuro, un depósito donde se dan cita las memorias de los hombres que te antecedieron, cuyo descanso un día decidiste perturbar.
Una vez allí, pensé movilizarme hasta Huacaybamba, a conocer los vestigios de la hacienda adonde Cartagena envió a Nicolasa para que el nacimiento de su primer hijo pasara inadvertido.
Es más, quise seguir el sendero de alturas escabrosas por donde Gregorio cabalgaba cuando iba a la provincia de Huamalíes para inspeccionar el estado deplorable de las iglesias relegadas, pero no pude completar ninguna de las dos rutas: eran trechos arduos y agotadores que únicamente podían cubrirse a caballo, capeando temperaturas extremas.
Solo alcancé a ver una iglesita desvencijada, en cuyo portón enclenque podía leerse un cartel sin fecha donde decía, como si de un suceso irrepetible se hubiese tratado: «Por aquí pasó el señor don Gregorio Cartagena, presbítero de mucha ilustración y campanillas».
Una pestilencia provenía del interior. Minutos más tarde un poblador me confesaría que hacía ya mucho tiempo que ese templo había dejado de funcionar como lugar de culto y que, si bien mantenía su fachada original, los hombres de la localidad se habían visto en el penoso apuro de tener que utilizar sus instalaciones para otros fines; primero, convirtiéndolo en cárcel del pueblo para ajusticiar a bandidos y ladronzuelos de los que nadie quería hacerse cargo, después transformándolo en un burdel clandestino donde atendían unas putas jóvenes y demacradas que tenían prohibido enamorarse de sus clientes, y luego —más recientemente, precisó— en letrina pública o, como él dijo textualmente, «cagadero comunal».
El cartel alusivo a Cartagena, sin embargo, seguía sin ser removido.
A mi regreso a Lima, mientras buscaba nuevos datos para resolver ese acertijo que era mi tatarabuelo, revolví esas historias tan disímiles acerca de su origen.
¿Sería peruano, español, venezolano o colombiano?
La incógnita quedó despejada la mañana en que con el tío Gustavo encontramos su acta de bautismo en el penúltimo anaquel de un corredor del archivo del arzobispado.
En esta Santa Iglesia Parroquial de Huánuco, en veinticuatro días del mes de abril del año 1788, exorcicé, bauticé con óleo y crisma a José Gregorio, niño de un día, hijo legítimo de don Francisco Cartagena y doña María Soledad de Meneses Aparragué.
Fue su padrino don José Florencio de Zavala.
Testigos: el capitán don Cleto de Laura y el señor maestre de campo don José González.
Y para que conste, lo firmó el clérigo Pedro Gallegos.
Mi tatarabuelo, ya no cabía duda, era peruano. Sus padres eran españoles como los de Nicolasa y, al igual que los de ella, llegaron al Perú por mar en pos de tesoros míticos que jamás vieron.
Entre los documentos aparecieron también unas notas del coronel Antonio Echegoyen, por varios años alcalde constitucional de Huánuco.
En los días en que las mujeres y el alcohol parecían ser la perdición del revoltoso subdiácono Cartagena, Echegoyen lo defendió cerradamente ante las autoridades religiosas de Lima, con las que mantenía estrechos vínculos.
En una esquela definió a Gregorio como «un joven de buena índole y buena educación».
Quizá el coronel lo apreciaba con franqueza, o lo mismo quiso ayudarlo debido a que la casona decorada con celosías y cruces de Huamantanga que él alquilaba en el centro de la ciudad a excelente precio pertenecía a don Francisco Cartagena, padre de Gregorio.