Dejarás la tierra 5
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Huácar es un caserío de callecitas despercudidas y entreveradas al pie de una sucesión de montes con residuos de vegetación.

Se llega siguiendo el camino a Oyón desde el portal que marca la entrada a Huánuco.

Su gente es tímida o esquiva, pero no desconfiada.

Las casas son de adobe y sus puertas permanecen siempre abiertas para que los perros pacíficos entren y salgan a su antojo.

Nos hospedamos en la provincia de Ambo, en la residencia de la familia Trelles, una casona pétrea de hace dos siglos que tiene un jardín donde crecen sin romperse los naranjos y los árboles del aguacate, y un estanque donde habitan unos sapos que croan por la tarde pero difícilmente se dejan ver.

Por las mañanas, desayunábamos tamales de maíz, jugo de capulí y un café con canela hirviente antes de iniciar nuestras rondas de averiguaciones por el pueblo.

Por las noches, al regreso de cada jornada, compartíamos nuestros avances con los anfitriones, bebíamos en la pérgola un cóctel hecho de pisco con arándanos, y en un salón de maderas crujientes escuchábamos valses en una pianola cuyas teclas se movían solas como si un fantasma obediente las tocara desde el más allá.

En lo profundo de Huácar vive un multitudinario ejército de Cisneros.

Solo en el primer recorrido conocimos a Seragio Cisneros, Alcides Cisneros, Didiosa Cisneros, Austrajilda Cisneros, Constancia Cisneros, Epifanía Cisneros, Casilda Cisneros, Eleuteria Cisneros, Apolinaria Cisneros, Asunta Cisneros, Pascual y Pascuala Cisneros.

Así mismo, a Teodoro Cisneros Ponce, hijo de Cirilo Cisneros Baldeón, nieto de Vinicio Cisneros Puente, medio hermano de los Cisneros Melgarejo, los Cisneros Estela, los Cisneros Martell, y nieto de Pío Cisneros Zevallos, que era padre de Leo y Sabina Cisneros Martínez, nietos de Isaac Cisneros Reynoso y de Eutimia Cisneros Lavalle.

También conocimos por ahí a un hombre con el brazo derecho mutilado y un ojo de vidrio que se presentó como el coronel Próspero Cisneros, «cacique de Yanahuanca», y a una Damiana Cisneros, homónima del personaje de Pedro Páramo , una mujercita de mejillas coloradas que tenía la manía de morderse la lengua y que no supo si celebrar o llorar cuando le conté que su nombre figuraba en una novela donde las ánimas conversan con los vivos.

Las casas de todas esas familias eran gemelas: viviendas angostas, de techos y muros carcomidos que tenían el aspecto húmedo del barro.

En las paredes, colgados de tachuelas, se veían imágenes de vírgenes opacas, afiches de artistas folclóricos, calendarios del mes anterior.

No había nada que indicara la hora ni nadie que necesitara saberla.

Detrás de una cortina se adivinaba el único dormitorio familiar: un modesto habitáculo en cuyo piso de tierra se apilaban catres, montículos de ropa y una infinidad de cachivaches.

A falta de lámparas sobraban velas que iban y venían en botellas de gaseosa improvisadas como candelabros.

No bien entrábamos, nos ofrecían sentarnos en los banquitos, cajas y baldes que componían el juego de sala, y enseguida, antes incluso de que acabáramos de explicar la razón de nuestra visita, ya teníamos enfrente una mesa desplegada con choclos hervidos, lonjas de queso, humitas dulces, caldos sustanciosos, chicharrones grasientos y envases de Pepsi rellenos con chicha de jora.

El tío Gustavo me hacía señas disimuladas para que no dejara de servirme pues la inapetencia podía tomarse como un desaire.

Aquellos Cisneros formaban una sensacional muchedumbre de hermanos, primos, cuñados, tíos, sobrinos, hijos y entenados que habían crecido con la tradición de emparejarse entre sí, descompaginados, promiscuos, sin orden, sin que nadie se escandalizara por lo incestuoso de sus relaciones y lo inaudito de sus matrimonios.

El coronel Próspero —padre de tres mujeres, Zelmira, Eufemia y Sufrida Cisneros, casadas las tres con un solo hombre, Plácido, que por añadidura era su hermanastro— aseveró que los caseríos adyacentes de Chicopata y Viroy estaban aún más infestados de hombres, mujeres y niños con el mismo apellido.

«Todos son Cisneros allí, hasta los cerdos de los corrales, los gallos de las calaminas y los monos del zapote», acotó riéndose con un conjunto de dientes corroídos, con el ojo de cristal abierto y dando un estéril aplauso de manco.

No es descartable que muchos de los Cisneros de esas aldeas fuesen descendientes del arisco Juan, el primogénito de Nicolasa y Gregorio Cartagena, quien pasó muchos años en Huánuco antes de aislarse en las alturas de Pasco, donde tuvo varios hijos y donde vivió escabullándose cada vez más en la espesura de la Selva, como renegando de un origen que presumía torcido, escribiendo unas pocas y angustiosas cartas en las que mencionaba con insistencia a su madre y sus otros hermanos pero no a Gregorio, el cura, su padre real, tampoco a Roberto Benjamín , el viajero, su padre inventado.

Cada vez que les preguntábamos por el sacerdote Cartagena, dándoles referencias exactas acerca del lugar y época en que había vivido y trabajado, los Cisneros de Huácar se miraban entre sí encogiéndose de hombros.

La plaza de Huácar está escoltada por el templo de San Miguel Arcángel, el primer centro de evangelización de la región.

Su campanario, oxidado y amarillo, es el mirador más alto de todo el valle.

De lejos, la iglesia parece una basílica.

De cerca, un retablo resquebrajado. Es el mismo templo donde Cartagena ofició durante años y que ya luego, desmoronado por chubascos y aguaceros, debió ser reconstruido y fortificado.

En aquel campanario, además de anunciar los acontecimientos del pueblo golpeando el hierro de las campanas con el badajo, Gregorio escondía a los niños que escapaban del maltrato de padres alcohólicos y a los varones que huían de la tunda de algún marido cornudo.

Esa mañana nos atendió el párroco Víctor Fabián, un hombre bajo, cilíndrico y hablantín que arrastraba una túnica gigante que le borraba los pies y avanzaba como un aparecido deslizándose sobre las mayólicas.

—Padre, buscamos unas partidas de bautizo —le informé después de darle los buenos días.

—¿De quiénes? —preguntó, hojeando unos papeles.

—De los primeros hijos de Nicolasa Cisneros —contestó el tío Gustavo.

—¿De qué años estamos hablando? —se interesó. Entonces nos prestó atención.

—Entre 1828 y 1837 —dije—. ¿Será posible hallarlas en el archivo de la iglesia?

—Imposible —contestó—. Los libros de la parroquia se quemaron en 1945, cuando estaba por aquí el padre Anatolio Trujillo.

—¿Qué ocurrió?—indagó el tío Gustavo.

—Fue un domingo. El parte oficial decía que un rayo incendió la parroquia, pero los ancianos de la comarca sospechaban del padre Anatolio porque ese día acabó la misa antes de la hora, decomisó las limosnas, botó a los feligreses y trancó las puertas.

Una hora más tarde, después de robarse las coronas de la Virgen y las alhajas de San Miguel, le prendió fuego al templo.

Pero eso se supo tiempo después. Al principio todo mundo creía que se trataba de un accidente.

—¿Cómo se enteraron de que el fuego había sido provocado?

—Un monaguillo murió carbonizado. Encontraron su cuerpecito abrazado a una columna. Un montón de huesos manchados. Cuando el padre Anatolio se enteró, no pudo cargar con la culpa y confesó todo.

—¿Quedó algo?

—El templo se salvó, pero el archivo no. Cenizas nomás quedaron.

En la plaza de Huácar hay un busto de Simón Bolívar y una placa herrumbrada que acredita su paso por este pueblo en 1823, año en que conoció a Gregorio Cartagena, convocándolo para que lo ayudara a engrosar su Ejército.

El párroco Víctor Fabián dice que mucha gente se lucra hasta hoy con el recuerdo de la visita del Libertador.

«Las agencias de viaje han hecho un negocio de todo eso», se quejó esa mañana.

Según él, hay montones de guías turísticos que timan a los extranjeros llevándolos a un cuartucho anexo a la iglesia donde les muestran una cama con dosel y columnas de bronce, y les cuentan que Bolívar durmió allí.

—Los gringos se lo creen y se hacen fotos, pero es puro cuento para sacarles plata —nos dijo.

—De quién es la cama, entonces —preguntó el tío Gustavo.

—Un obispo de Ambo la donó a la parroquia hace treinta años. Era de una de sus abuelas, que murió de paperas. Nadie quería quedarse con la cama, por eso la trajo.

En los contornos, frente a la iglesia de San Miguel Arcángel, hay una botica mal abastecida que atiende las veinticuatro horas, una sastrería sin sastre, una comisaría sin comisario y una bodega llamada Wilder, igual que su dueño, un hombre que atiende a los clientes sin moverse de su hamaca.

El decorado del perímetro concluye con la escuela secundaria más importante de la localidad, ubicada frente al templo, en el jirón Comercio.

Su nombre: Institución Educativa Pública Gregorio Cartagena.

En el frontis, al lado de un escudo color aceituna, pueden leerse los preceptos que el colegio propugna: «Disciplina, Honradez, Responsabilidad».

Esa mañana de agosto del 2012, el director se había reportado enfermo y su despacho estaba cerrado.

Pero nos dejaron recorrer los tres pabellones del edificio, por donde deambulamos buscando sin suerte un retrato de Cartagena.

Me pareció inverosímil que ni maestros ni alumnos —casi todos hijos de arrieros y agricultores, provenientes de los caseríos de Acobamba— hubiesen visto antes una imagen del personaje que daba nombre a su lugar de trabajo y estudio, y que, además, ofrecieran versiones discordantes y claramente disparatadas sobre su biografía.

Al principio se mostraron huraños, renuentes a colaborar, presas de un mutismo sospechoso, pero bastó que uno abriera la boca para que el resto se animara.