Dejarás la tierra 4 #6
23%

4 #6

No se atrevió a confesárselo a Trinidad sino hasta quince meses después de haberla desposado, con consecuencias nefastas.

Le juró que había sido un accidente, pero de nada sirvió.

Ella no solo dejó de hablarle y de compartir la cama, sino que empezó a tener pesadillas donde el coronel, con las mejillas calavéricas y un hueco en el vientre, se presentaba para maldecirla.

Trastornada por esas alucinaciones y desolada ante el hecho, para ella incorregible, de estar casada para toda la vida con el asesino de su padre, Trinidad no pudo volver a conciliar el sueño.

Una noche, en su casa, después de llorar hasta sentir que las córneas se le reventaban, se encerró en la cocina y se cortó los cabellos en mechones disparejos con el mismo cuchillo con que a continuación se abrió las muñecas con dos tajos verticales.

Para asegurarse de pasar a la otra vida, destapó uno de los frascos que Pedro guardaba en el cajón de productos para desinfectar los establos, tomó un puñado de su contenido arenoso y se lo tragó sin ver.

Eran polvos de arsénico negro. Trinidad murió en menos de veinticinco minutos.

Cuando Pedro la encontró en el suelo, doblada sobre un charco de sangre, vómitos y flemas que le pareció que apestaban a ajo, era una momia joven: la boca cuarteada, detenida en un aullido que nadie escuchó, los brazos disecados sobre el abdomen en lo que fue el apretón de la última arcada, la refulgente cabellera rubia convertida ahora en un manojo de alambres amarillos.

Los años que siguieron fueron los del gobierno autoritario de Simón Bolívar en el Perú, una dictadura que contaba con el beneplácito de muchos oligarcas serviles, lo que llevó a pensar a las mayorías que la lucha independentista había sido en vano y que la tan mentada libertad no llegaría nunca y que, de llegar, no serviría para nada.

Después de tres años de concentrar el poder, oprimir a opositores, desoír a indígenas, postergar a esclavos y perpetrar maniobras ilegales para hacerse nombrar presidente vitalicio, Bolívar retornó a la Gran Colombia, de donde ya no volvería.

Posteriormente vendría una seguidilla de sublevaciones internas, la instalación del Congreso y, en 1827, la elección del mariscal La Mar como primer presidente de la nueva patria.

Debido a los terribles padecimientos sufridos en Huacaybamba durante el nacimiento de Juan, Nicolasa se negó a repetir el martirio de viajar hasta la hacienda Andaymayo cuando, en setiembre de 1829, se supo embarazada por segunda vez.

Para entonces ya había decidido que, de tener más hijos, estos nacerían o bien en el centro de Huánuco o bien en Lima.

Cartagena acató sus peticiones a sabiendas de que Dominga Prieto y la sordomuda Isidora Zabala atenderían ese segundo alumbramiento y los sucesivos con la misma paciencia, austeridad y reserva de la primera vez.

Así ocurrió en el curso de los años. Manuel, Francisca y Luciano nacieron en la casona de Huánuco; mientras que Feliciano, Catalina y Luis lo hicieron en Lima, en un predio de Barrios Altos que Nicolasa había adquirido para estar cerca de Gregorio, cuyas labores políticas lo obligaban a pasar largas temporadas en la capital.

Durante años estuvieron así, viviendo entre las dos ciudades.

Esa casa de Barrios Altos, ubicada en la calle de la Peña Horadada —llamada así por la peculiar piedra agujereada que alguien colocó en una esquina de la manzana siglos atrás y que, según las leyendas de los viejos habitantes, fue perforada por el mismísimo demonio para eludir la procesión de un santo—, era lo suficientemente amplia como para que los siete chicos jugaran dentro, en una especie de distraído cautiverio.

Mientras eran niños fue sencillo controlarlos y mantenerlos ocultos, pero cada año, conforme crecían y los ruidos del exterior picaban su curiosidad, hubo que ser más precavidos con los rigores del encierro.

«Si salen a la calle, se los comerá el diablo», los asustaba Dominga Prieto, hablándoles de la piedra maldita, siguiendo instrucciones de Nicolasa y Gregorio, que preferían esconderlos con mentiras antes que exponerlos a los cuchicheos del vecindario.

Que en ese tiempo los curas ocultaran a sus hijos no era extraño.

Hay archivos enteros de la época con nombres de hijos de sacerdotes, hijos no reconocidos que crecieron en el interior de casonas o monasterios y solo conocieron la calle después de cierta edad y tuvieron que aprender a vagar por ahí sin saber nada de sus padres biológicos.

Eso si es que lograban nacer, pues la mayoría de mujeres embarazadas por clérigos —damas de sociedad, nodrizas domésticas, internas de reformatorio o religiosas de clausura— eran forzadas a abortar y luego a guardar silencio sepulcral y a vivir con ese trauma perenne.

Quienes se ocupaban de desaparecer a los fetos eran unas monjas macabras que primero los estrangulaban, y luego los enterraban en túneles y catacumbas.

En Huánuco, a mediados del siglo xx , a raíz de la demolición de los conventos de Santa Isabel, San Teodoro o San Miguel, llegó a ser normal encontrar en los sótanos cerros de cadáveres minúsculos, cientos de esqueletos de niños abortados, pedazos de huesos o tejidos putrefactos de criaturas que habían sido arrancadas de sus madres y asesinadas en esas pocilgas recónditas por disposición de sacerdotes infanticidas.

Lo infrecuente de ese tiempo, por no decir lo insólito, era que los curas se enamoraran como se enamoró Gregorio Cartagena.

El presbítero de Huácar, mi tatarabuelo, llegó a distorsionar a tal punto su predicamento sacerdotal que dejó de ver su romance con Nicolasa Cisneros como un obstáculo y pasó a considerarlo un aliciente.

Si ella se sentía desventurada y se torturaba por disgustar a Dios con sus flaquezas, Cartagena le agradecía cada mañana a ese mismo Dios por poner en su camino a una mujer tan desprendida y generosa.

«Solo la divinidad del Señor pudo concebir un amor así de purificante», le repetía a Nicolasa con su tono episcopal, clarividente, intentando aliviar sus cuitas en esas vertiginosas noches de encuentros sumarios.

Cuántas veces le juró que sus sentimientos «contaban con la anuencia de Cristo y de María»; que sus besos «regocijaban a los santos, que también fueron humanos»; que sus tocamientos «no menoscababan ningún mandamiento, pues eran místicos y no pecaminosos»; que pasar la noche juntos «no era incompatible con el mandato de las escrituras», y que sus almas «no serían juzgadas por sus actos agraviantes sino por la pureza de sus intenciones».

Así le hablaba.

Y no era que Cartagena ignorase las graves repercusiones que su actitud podía acarrear: sabía muy bien que si era puesto en evidencia, sería denunciado ante el arzobispado y eventualmente expulsado de la Iglesia «por procederes reñidos con el ejercicio del ministerio», o bien presionado para declararse «apóstata», pero ese no era el primer sino el último pensamiento que venía a su mente cuando Nicolasa estaba delante y lo miraba con esos ojos que tenían un color y una forma que él siempre asociaría con las hojas del eucalipto.

La devoción del sacerdote por Nicolasa era tan verdadera como descarada. La amaba sin atenuantes ni discreción.

Irremediablemente. La prueba fueron los siete hijos que procrearon. Siete hijos a los que Gregorio educó y asistió, pero sin darles jamás el apellido.

Lo que ambos nunca tuvieron en cuenta fue que esa alianza nacida en el silencio y destinada al secreto podía provocar daños en sus hijos.

Tal vez no en todos, pero sí en alguno.

Al menos en uno.

Ese hijo, el que cargó con la impronta de ese amor ilegal, descarriado y sombrío; el que vivió tratando de explicarse por qué lo cicateaba una tristeza que estaba fuera de su dominio, por qué el amor en él era primitivo y por qué le crecían por dentro esas úlceras que nadie le enseñaba a curar, fue el último.

El séptimo bastardo. Mi bisabuelo.

Nació en 1837.

Lo llamaron Luis y fue inscrito en una iglesia de Lima como Luis Benjamín Cisneros, «hijo legítimo de don Roberto Benjamín y Nicolasa Cisneros».

La pena soterrada de los padres tuvo en él a su máximo heredero.