Dejarás la tierra 4 #5
22%

4 #5

Nicolasa pensaba que la voz de Dios había usurpado su conciencia y, para no sentirse inmunda ni perseguida, para acallar sus dilemas y remordimientos, comenzó a desvelarse repasando las cuentas del rosario fabricado con madera de Jordania que encontró en el baúl que contenía las últimas pertenencias de sus padres difuntos.

Pero aun cuando rezaba con convicción, y se detenía a pronunciar los credos delante de pequeños relicarios y portapaces que había ordenado en el alféizar de su ventana, y se encomendaba al Cristo de la Agonía para ahuyentar las tentaciones, y se mortificaba con ayunos, y se laceraba con golpes de pecho, incluso atando cilicios en sus muslos una vez por semana, aún con todo eso, no podía evitar sentirse subyugada y, más que eso, cautivada, amparada por la serenidad de ese hombre doce años mayor que prometía no abandonarla, que la despejaba con su conocimiento ecuménico, que la evangelizaba con su liturgia hecha de parábolas sencillas, citas proverbiales y cantos carismáticos, y que parecía saberlo todo sobre el pasado que ya no se recordaba y el futuro que nadie conocía.

Consentir el amor de Cartagena significó para Nicolasa vivir negando una parte de sí misma.

No estaba enceguecida por una rabieta, al revés, asumía perfectamente el estado de las cosas.

Sabía que ese señor casado con la Iglesia era un hombre prohibido, vedado, pero puesta a elegir entre la pasión y la conciencia, cuando ya no tuvo más escapatoria, optó por la pasión defendiéndola con las mismas enervantes ganas con que antes había defendido la infancia de sus hermanos y la emancipación de su pueblo.

Deseaba libertad para sí y para el resto.

Pero de qué serviría la soberanía de los demás, se preguntaba, si ella misma no se sentía libre de corazón, y, por el contrario, de qué serviría que lo fuese, si su patria continuaba sojuzgada.

Nicolasa no era capaz de entenderlo, pero hacía mucho tiempo que se hallaba bajo la aureola de todo lo que acontecía a su alrededor.

O quizá sí lo entendía y por eso mismo tomó una decisión definitiva: aunque el mundo tal cual lo conocía le diera la espalda, aunque los hipócritas la señalaran por «impura» o «inmoral», aunque los beatos recriminasen su audacia, aunque los justos y santurrones la privaran en sus oraciones de la promesa de la salvación y destinaran su alma al infierno, y aunque le llegaran, una a una, todas las represalias de Dios, ella, Nicolasa Cisneros, no renunciaría a su forma de pensar y querría hasta el final, hasta el último día, al cura Gregorio Cartagena y sería su amante con ese amor terco y condenado que le salía tórridamente del fondo de las tripas.

Durante esos años, el día a día de los dos no varió sustancialmente.

Nicolasa acudía puntual a los acantonamientos donde las mujeres, repartidas en carpas, cumplían las muchas tareas que la gesta independentista demandaba: recolectar los alimentos, preparar la comida, dosificar las porciones; confeccionar prendas de tocuyo para la tropa; almacenar municiones, pertrechos y suministros; custodiar mulas y caballos; curar a soldados que volvían mutilados y desfallecidos de algún atrincheramiento; recoger huérfanos; albergar viudas dándoles prioridad a las parturientas, e inventariar medicinas, literas, sables, bayonetas y toda clase de armamento.

Algunas de esas mujeres, las más bellas, las de mayor astucia, disfrazadas o vestidas con mantas y sayas, se jugaban el pellejo al enviar correspondencia entre patriotas, tejiendo una red de espionaje y propaganda en favor de las guerrillas montoneras de la Sierra que colaboraban con el Ejército libertador.

Cierto día, Nicolasa vio a un recluta arrastrándose hasta el campamento y se acercó a atenderlo de inmediato.

Estaba casi desangrado. Era un muchachito que no llegaba ni a los veinte años.

Nicolasa lo encontró tan parecido a su hermano Pedro que se esmeró en cuidarlo y después de dos semanas de curaciones, ungüentos, compresas de yodo, infusiones de muérdago y caricias caritativas que lo resucitaron, el soldado le declaró su amor.

Se llamaba Darío Lechuga. Tenía un lunar blanco de nacimiento que le ensombrecía la mitad del rostro, los ojos pegados a la nariz arqueada, las orejas erguidas y una barbita hirsuta con unos pelos de anémona marina.

—¿Me rechazas porque soy muy joven o porque no te gusto? —le preguntó el convaleciente Darío cuando Nicolasa le pidió que se dejara de declaraciones y tonteras.

—Lo que no me gusta, Darío, es que no respete mi decisión —rechistó ella mientras le retiraba las últimas vendas de una pierna.

—Eso dice tu cabeza, pero tu corazón piensa distinto.

—Lo que piense mi corazón es asunto mío.

—¿Acaso piensas morirte virgen, Nicolasa? —le reprochó el soldado, con su tic de parpadeos compulsivos.

—Sí. ¡Y qué! —reaccionó ella, con cólera.

Se quedaron callados varios minutos. Cuando Darío se aprestaba a salir de la carpa, todavía rengueando, se dio la vuelta.

—Despreciándome no vas a ganarte el cielo.

—Le aseguro, Darío, que en el cielo no hay lugar para mujeres como yo —decretó Nicolasa sin levantar la vista.

Cartagena, por su parte, iba y venía de Huácar a Pasco en misiones cristianas, repartiendo misericordias y penitencias, aprovechando en dictar Matemáticas y Ciencias de la Naturaleza en las escuelitas olvidadas de los poblados sin nombre, y así intercalaba servicios religiosos y académicos con las obligaciones cívicas que entrañaba su nuevo rol de agente bolivariano, entre ellas, reportar lo que sucedía a la élite política limeña, tan dependiente de Simón Bolívar.

A pesar de la intranquilidad general y de las ocupaciones que los absorbían, el fragor amoroso no decayó sino que fue expandiéndose con la consistencia de una marea.

Las citas en casa de Nicolasa seguían siendo cautelosas y nocturnas, pero ahora contaban con la silenciosa complicidad de Dominga Prieto, quien bajaba los ojos de par en par con resignación cada vez que el cura Gregorio se anunciaba desde la calle, detrás de la verja, mediante un silbido que solo los tres reconocían como contraseña.

En esa casa celebraron juntos las victorias de Junín y Ayacucho —que sellaron la independencia a finales de 1824—, así como el triunfal regreso de Pedro, quien en cuanto volvió a Huánuco pidió a Cartagena un favor imperioso: oficiar su boda con Trinidad Rubín, a quien un año antes había pedido matrimonio en secreto.

Así se hizo.

Algunos de los hermanos Cisneros que vivían en alejadas provincias alcanzaron a llegar a tiempo para asistir a la ceremonia, que se realizó el segundo día de enero en la iglesia de San Cristóbal.

Ahí conocieron presencialmente al cura Gregorio, de quien tanto habían oído hablar en las cartas que Nicolasa y Pedro les remitían cada tanto.

La noche de la boda fue la madre de Trinidad quien la acompañó al altar.

Ambas traían cara de velorio. El padre, el coronel Joaquín Rubín, baluarte del Ejército español, había muerto días atrás en la batalla de Ayacucho.

Murió ignorando que su hija mantenía un noviazgo furtivo con Pedro Cisneros, enemigo suyo como todos los patriotas.

De haber sobrevivido, se habría opuesto tenazmente al enlace.

El día de la batalla, el 9 de diciembre anterior, el coronel Rubín y sus dos mil hombres esperaban la aparición de los independentistas en las faldas del cerro Condorcunca, exactamente en la explanada de la pampa de la Quinua.

En cuanto los distinguieron en el horizonte avanzaron hacia ellos.

El enfrentamiento fue encarnizado desde el primer momento y poco a poco se incrementaron las luchas cuerpo a cuerpo.

El coronel estaba a punto de dar indicaciones a un hombre de su regimiento cuando oyó muy de cerca el largo silbido de una bala.

En cuanto sintió el impacto, soltó una exhalación y, acto seguido, sin grandes aspavientos, casi teatralmente, cayó tumbado.

En segundos, tras buscarse la herida en el abdomen y darse cuenta del profundo orificio por el que manaba sangre a borbotones y empezaban a asomar sus vísceras, supo que le había llegado la hora.

La transpiración fría y los calambres no hicieron más que confirmárselo.

Antes de expirar, con el último hilo de conciencia, aguzó la vista y alcanzó a identificar a su verdugo.

Del otro lado del revólver, empuñando aún el arma, recuperando recién la visibilidad en medio de una batahola de humo, tronidos, detonaciones y estertores, Pedro enfocaba sus pupilas desorbitadas y se daba cuenta con el rostro atónito de que el hombre al que acababa de impactar un certero disparo frontal, que ya empezaba a morirse y cuya mirada cavernosa no olvidaría jamás, era el padre de su novia.