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Una noche, antes de retirarse a dormir, perfilada tras el resquicio de una puerta lateral a medio cerrar que daba al traspatio, sin querer fisgonear pero fisgoneando, Dominga se percató del momento exacto en que Cartagena, arrellanado en el borde de un sofá de tapiz granate, tomaba una mano de Nicolasa aprisionándola como si fuese un canario y conduciéndola lentamente hacia su boca para besuquearla una, dos, tres y más veces, con unos besos ansiosos que pronto alcanzaron la muñeca, el brazo, el hombro huesudo, el cuello casto, el cartílago de la oreja.
Presa de una súbita turbación, Dominga se llevó una mano a la boca, atenazó un dedo entre sus dientes cuadrados y blanquísimos y se lo mordió para no gritar, machucándoselo con tal fuerza que le quedaría grabado para siempre un moretón en forma de medialuna debajo de la uña.
Antes de alejarse de la escena auscultó con un oído a través de la pared, pero al no escuchar nada echó otro vistazo para cerciorarse de que no estuvieran engañándola los espejismos del sueño.
El cuadro resplandecía de tan vívido: su niña, Nicolasa, ahora yacía sobre el pecho del bendito y se disponía a corresponderlo.
Dominga pegó un salto hacia atrás negando con la cabeza.
Sus pies regordetes por poco la hicieron trastabillar.
Corrió como pudo a su dormitorio, ubicado en uno de los cuartos traseros de la planta baja de la casa, y una vez allí, agitada, bufando de espaldas a la puerta, se persignó tres veces, arrugó la estampita de santo Toribio dentro del bolsillo de su delantal y se abofeteó con energía por andar husmeando donde no debía.
La temprana desaparición de sus padres había precipitado el crecimiento de Nicolasa.
Al ser la hija mayor, no tuvo más remedio que consagrar su adolescencia y juventud no solo al cuidado y formación de sus hermanos, sino también a la administración de los bienes heredados.
Eso no le impidió empaparse de los asuntos públicos y políticos que ya desde niña la estimulaban.
Recordaba, por ejemplo, que, a los doce años, cuando sus padres aún no habían contraído la enfermedad que acabaría por matarlos, había visto y oído, con pavor y delectación, los caóticos incidentes de la rebelión de Huánuco de febrero de 1812.
Durante aquellas refriegas un enjambre de indígenas malnutridos y de campesinos alzados salió a las calles a protestar exasperadamente ante los representantes y vasallos del rey de España, Fernando VII, por tolerar abusos de los oligarcas peninsulares, por avalar la imposición de tributos malvados, por el acaparamiento de las cosechas, por el reparto arbitrario de las mulas, por la prohibición del cultivo de tabaco y por incitar la erradicación de los sembrados que les daban de comer.
Los insurrectos —casi todos indios, algunos mestizos y criollos rudimentarios: herreros, tejedores, albañiles— no luchaban propiamente por su independencia sino por la restauración de un régimen monárquico más justo, o eso le pareció a Nicolasa al oír esas proclamas ambivalentes y contradictorias con las que vituperaban agriamente al rey pero sin dejar de darle vivas; o esas hurras que se pregonaban en nombre de Fernando VII para, al minuto siguiente, presionarlo con el anuncio del retorno de «un nuevo inca».
Ese supuesto inca vengador no sería otro que Julián Castelli, un expedicionario argentino que había llegado a tierras peruanas un año atrás azuzando a los indígenas descontentos a levantarse, persuadiéndolos de no escatimar esfuerzos a la hora de reclamar «lo que era suyo».
Durante cuatro días, bajo la arenga «Muerte a los chapetones», hubo motines, incendios, saqueos y toda clase de desmanes en las calles, fincas, ranchos, granjas y plazas de Huánuco.
Ni siquiera las iglesias se salvaron de ser esquilmadas a causa de la revuelta.
Varios de los sublevados —enardecidos, aunque pobremente armados con hondas, macanas, ollas, cuchillos y piedras— fueron alcanzados por las balas de acero españolas y acabaron flotando como sacos hinchados en el río Huallaga o rebotando contra las laderas peñascosas de la provincia.
Para que menguara la barbarie fue necesario que la esférica imagen de la Virgen de la Dolorosa saliera en informal procesión desde el templo, pero aun así, la rebelión solo quedó diluida del todo tras la mediación de una junta gubernativa compuesta por criollos notables, y de una comitiva de frailes y diáconos que salieron a las calles con sus mitras, sus casullas ornamentadas y sus báculos en ristre para apaciguar el ánimo todavía sulfúrico de los rebeldes.
Encaramada en un altillo de su casa, a espaldas de sus padres, que le tenían prohibido descorrer el visillo de las ventanas, y al lado de una azorada Dominga Prieto que no dejaba de clavarle las uñas como garras en el antebrazo, Nicolasa vio aquel espectáculo cruento sin comprender muy bien de qué se trataba pero fascinada ante la estampida telúrica de los insurgentes, con quienes se identificó por el poder que habían ganado paulatinamente en el transcurso de los días.
Con ese antecedente no fue raro que de adulta siguiera de cerca las incidencias de la campaña patriótica en pos de la independencia, ni que se comprometiera férreamente con ella, ya fuera donando sus joyas para financiar alzamientos aislados o prestando su casa para que sirviera de guarida a opositores de la Corona, que se juntaban allí en morosas tertulias subversivas que no pasaron nunca de ser simples conatos de conspiración.
Fue en medio de esa rutina familiar y política, dedicada a velar por la seguridad de sus hermanos y por el devenir de Huánuco, sin permitirse recreos ni distracciones, que Nicolasa decidió enrolarse junto con Pedro como voluntarios del Ejército libertador y tener un papel más activo en la resistencia.
Ahí conoció a Gregorio Cartagena, cuya figura invadió por entero su vida como una oleada de remanso, sabiduría y redención.
Si al inicio de sus encuentros ella aguardaba por él sin mayor expectativa, como una alumna aplicada solamente, de pronto comenzó a contar las horas que faltaban para verlo.
Creía no sentir nada más que admiración hacia el presbítero hasta que una noche, la primera en que Gregorio retardó su llegada sin avisar, Nicolasa detectó en su estómago un hormigueo ondulante que la carcomía.
No era ofuscación, sino ansia, impaciencia.
Algo dio un vuelco a partir de ese momento.
Una tarde, se descubrió acicalándose para recibirlo: recogió su cabello en un moño adornado con trenzas postizas, ciñó el encaje de su vestido vaquero y se cubrió con perfumados mantones de Manila que habían pertenecido a su madre.
Si antes solía jactarse de que no existía hombre que lograra intimidarla, ahora empezaba a verse doblegaba por la mirada vertical y las palabras musicales de Gregorio: ya no podía resistirlas sin bajar la frente ni abochornarse.
Los abrazos de despedida cada vez más prolongados la sofocaban de una manera que no había experimentado jamás, y al irse luego a la cama notaba, aturdida y maravillada, que la frecuencia de sus latidos tampoco era la de costumbre.
El día que Gregorio Cartagena tocó la boca de Nicolasa con sus labios por primera vez, al borde del sillón granate, ella reparó menos en el cosquilleo del beso y más en la rigidez de sus pezones tibios; y la tarde en que dejó que él avanzara una mano por la cara interior de sus muslos, sintió un chorro breve y veloz bajo la enagua, pero también la avalancha de una culpa hasta ese instante desconocida.
Esa culpabilidad se redobló la noche en que Gregorio desató con ternura los cordones de su vestido, desabrochó con destreza sus corpiños de manga corta, la despojó del ridículo andamiaje de sus bombachas, reprimió el fingido pudor de sus últimos recursos y la recostó en la cama para apartar sus piernas con delicadeza, besar su pubis frondoso e introducirse en su cuerpo, dejándola sentir poco a poco el vigor de su sexo hasta procurarle unos temblores que la estremecieron al punto de arrancarle unos jadeos y gemidos que la asustaron porque no sabía que podía llevar dentro esos resuellos de animal.
Al regresar del vértigo del orgasmo, aún en trance, en medio de pálpitos y taquicardias, Nicolasa abrazó a Gregorio con desesperación, sin recato, pero al notar enseguida una secreción rojiza que goteaba desde su entrepierna, se alejó al otro lado de la cama con violencia, cubrió su desnudez como pudo con las sábanas blancas y le pidió a Cartagena encarecidamente que la dejara sola.
Solo entonces miró en derredor y ahí, sin acabar de reconocer los techos y paredes de su habitación de toda la vida, se sintió atrapada en un limbo.
Desde esa noche, una voz la martilló recordándole que se hallaba en pecado mortal y que no merecía la expiación.