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En cosa de segundos, sin dejar de atender a Pedro —que, para impresionarlo, justo se largó con una fogosa alocución acerca del amor a la patria—, Gregorio recapituló mentalmente la sucesión de aquellos hechos de diciembre de cuatro años atrás: la llovizna en Huánuco, las palabras de Nicolás Herrera, las campanadas, los cohetes, el fuego de las antorchas.
Entonces se dio cuenta de que no había olvidado a esa mujer de belleza más bien enjuta que aquella mañana de 1820, en medio de una multitud congregada en la plaza de Armas, lanzaba vivas eufórica, cantaba tonadillas y repartía emocionados abrazos tras la declaración de independencia de su ciudad.
Desde ese día Cartagena la había evocado tantas veces para sí que ahora que la tenía en frente por segunda vez, ahora que ya no era un arquetipo ni una bruma ni un recuerdo, ahora que sabía su nombre, no vaciló en tomar el reencuentro como una dádiva de la providencia, una oportunidad que se le concedía desde alguna instancia divina para que pudiera explorar el único terreno donde sus afanes eran todavía un mar de angustias.
Gregorio había progresado en la vida sacerdotal sin que se le escamoteara ninguno de los grados u ocupaciones que anhelaba.
No fue sencillo. Su carrera solo pudo tonificarse por completo después de superar las consecuencias del actuar licencioso que mostró en sus inicios, en los días en que estudiaba en Lima preparándose para su ordenamiento como subdiácono.
El mismo día de su ordenación, el martes 14 de marzo de 1815, solo horas después de la ceremonia en la catedral, un ciudadano de nombre Juan Antonio Monserrat se acercó al vicariato para denunciarlo.
«Vengo a dejar constancia ante esta dependencia eclesiástica de los comportamientos indebidos y la insolvencia moral de un joven cura de apellido Cartagena», declaró el tal Monserrat ante los delegados del vicario.
A continuación, les explicó que «se le ha visto involucrarse en un lío de faldas e insultar a personas honorables con los depravados vicios de la embriaguez».
Por aquellos días, Gregorio concurría a las fiestas de Josefa Posadas, mujer de busto sobrado y caderas lisas que tenía «la gracia de cantar, tocar guitarra y contar chistes» ante los vecinos del barrio limeño de Los Huérfanos.
Josefa recibía cada tarde a montones de invitados que se quedaban allí hasta la madrugada, para desdicha de su aún marido, un caballero estulto y malhumorado de nombre Ramón Heredia, quien vivía acechándola, pues no se resignaba a la separación definitiva que Josefa había planteado, después de echarlo de casa, harta de su vagancia y dejadez.
De todos los visitantes ocasionales, el que más celos despertaba en Ramón Heredia era el joven Cartagena, cuya condición de clérigo no era impedimento para que cualquier mañana, en plena vía pública, de acera a acera, le lanzara a Josefa un atrevido repertorio de guiños, piropos y cumplidos que ella recogía con picardía y que Ramón descalificaba por inauditos y sacrílegos viniendo de quien venían.
A lo largo de dos meses, Heredia tuvo con Gregorio «riñas y vivas divergencias que terminaron sin avería», pero el día de la ordenación de Cartagena ambos cruzaron el límite que sin querer habían trazado.
Ese martes, al pasar por la catedral como todas las mañanas, Ramón Heredia se persignó aliviado al ver a Gregorio alinearse en la fila de los flamantes subdiáconos y pensó que el muchacho de veintisiete años, al fin encaminado seriamente en la vida religiosa, dejaría de perturbar a Josefa, permitiendo que él y su mujer recuperasen la armonía extraviada.
Ramón se acercó hasta la puerta del templo y, en el instante en que los subdiáconos se hincaban frente al altar, desvió los ojos al cielo y creyó ver en el perfil simétrico de unas nubes lentas las formas trenzadas de un hombre y una mujer.
Sonrió para sí, repentinamente convencido de que aquello era una señal divina, un ostensible anuncio de que su matrimonio aún no estaba finiquitado.
Se retiró agradecido, pero cuando tres horas después ingresó sin anunciarse en la casa de Josefa Posadas y la encontró junto a Cartagena «libando licor en exceso y en inminente actitud de intimar», sus cándidas corazonadas se hicieron polvo y se puso a gritar como un energúmeno.
Poseído por un odio descomunal, desalojó al cura a empujones y lo retó a salir a la calle para «arreglarse como los hombres».
Una vez que alcanzaron la avenida, ambos se cuadraron frente a frente dispuestos a saldar sus discrepancias a trompadas, susurrando amenazas, mirándose con un desagrado que rayaba en el asco, impávidos ante la vista y paciencia de hombres y mujeres insidiosos que empezaban a arremolinarse y a cerrar una ronda en medio de murmuraciones.
Josefa Posadas intercalaba súplicas a grito pelado.
Gregorio remangó su hábito colocándose en guardia, a la vez que Ramón Heredia enrollaba los bajos de sus pantalones sin perderlo de vista.
—¡Aquí ya no puedes esconderte, Cartagena!
—No necesita esconderse quien está en paz consigo mismo.
Mientras a Ramón le temblaba la quijada del coraje, el cura, achispado y todo, se lucía por su autocontrol.
—¡Degenerado! ¡Eso es lo que eres!
Los hombres y mujeres rumiaban expresiones de sorpresa.
—Cuida tu lengua, Ramón, no querrás que estas buenas personas vayan a creer que los celos están nublándote el cerebro.
Los dos rotaban en círculo, midiéndose.
—¡Y tú cuida tu fe si en verdad la tienes contigo!
«¡Bravo, Heredia!», vociferó alguien en la muchedumbre. Otras voces masculinas secundaron la arenga.
—No hagas el ridículo, Ramón. Lo mejor que puedes hacer es marcharte.
—¡El que tiene que largarse de aquí eres tú! En este barrio no son bienvenidos los hipócritas.
Los aplausos del público a favor de su contrincante hicieron que Gregorio se sintiera incómodo por primera vez. Buscó a Josefa Posadas con la mirada, pero ya no la encontró.
—¿Ni siquiera vas a abrir el pico para pedir una disculpa?
—No sabía que te hubiese ofendido.
—Ahora lo niegas todo...
—¿Alguien sabe de qué habla este señor? —preguntó Gregorio, mirando en derredor.
—¡Confiesa, mentiroso! —gruñó Heredia.
—No tengo nada que decirle a nadie. Mucho menos a ti.
—Sigues abusando de tu suerte, pero muy pronto se te va a acabar.
—Lo único que se me va a acabar es la paciencia, Ramón.
La gente, cansada de tanto rodeo, comenzó a abuchear.
—¡Por qué mejor no cuentas qué andabas haciendo con mi esposa allá dentro!
El incremento del rumor de las voces obligó a Gregorio a dejar su tono sosegado.
—¿Esposa? ¿Te refieres a la mujer que te botó a la calle hace dos meses por vago e indecente?
Al interior del barullo unos hombres rieron. Gregorio se volvió a mirarlos. Entre las caras reconoció algunos rostros presentes en las fiestas de Josefa Posadas.
—¡Aquí el único indecente eres tú! —gritó Heredia.
Envalentonados por el rugido del público, se acercaron un metro, aceleraron el ritmo y pasaron a posición de combate.
—¿A qué has venido, Ramón? —azuzó Cartagena—. Si quieres una bendición, te la doy. ¡Vete ya! Puedes irte en paz.
Las risas ahora se multiplicaban.
—Tus insolencias no me hacen daño, curita.
—Prometo orar por tus faltas y pecados.
Gregorio vio a dos viejas hacerse la señal de la cruz y sintió que ahora las personas estaban de su lado.
—¡Qué pecados ni qué diablos! ¡Basta de cacareo!
—Acércate, entonces..., si es que ya dejaron de temblarte las piernas.
—¡Un puño me alcanza para ponerte en tu sitio, Gregorio!
—Mi sitio está con Dios.
—¡Serás blasfemo!
—Mejor blasfemo que cornudo.
—¡Mejor cornudo que infeliz!
Ramón Heredia escupió para quitarse el nerviosismo de encima, avanzó dos pasos y, cerrando los ojos, lanzó el brazo derecho con todas las fuerzas de su rencor esperando conectar el rostro de Gregorio, pero se topó con el puro aire viciado de la tarde.
La sorpresiva mediación de dos señoritas que entraron en escena evitó que la gresca deviniera en un escándalo aún más notorio.
Se llevaron a Cartagena tirando de sus brazos, recordándole que esa misma mañana había iniciado los santos ejercicios de subdiácono, leído párrafos enteros del catecismo ante la cruz de la catedral, prestado juramento como «vigilante centinela de la milicia celestial» y prometido guardar «moderación y entendimiento».
Nadie conocía a ciencia cierta la identidad ni la procedencia de esas damas, aunque en su denuncia ante el vicariato el ciudadano Juan Antonio Monserrat las describió como «dos cantoneras de lupanar, tan desordenadas y prostitutas como Josefa Posadas».