Dejarás la tierra 2 #4
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Además de esa denuncia pública, aquel episodio supuso el traslado expeditivo de Gregorio desde Lima a Huácar.

Retirado en esa provincia, pensaron sus consejeros espirituales, estaría más tranquilo.

No obstante, aunque la Iglesia lo respaldó —más que nada por conveniencias políticas, ya que la familia Cartagena había aportado a favor de los diocesanos una vivienda alta compuesta de tiendas y huertas con arbustos de aguaymanto situada en una de las esquinas de la plaza Mayor de Huánuco—, y aunque el influyente sacerdote Toribio Rodríguez de Mendoza había firmado un certificado de disciplina favorable, para la gente común, tanto en Lima como en Huánuco, el nombre de Gregorio estaría por mucho tiempo asociado a los exabruptos de esa mañana en que incursionó bebido en el barrio de Los Huérfanos y acabó armando lío al lado de «mujeres de catadura incierta».

Una vez que los chismes llegaron a Huácar, Gregorio debió afrontar durante largos meses imputaciones vergonzosas y mofas callejeras.

Bastaba con que se asomara a la puerta de la sacristía de la iglesia principal —que además era la única—, para que las mujeres del pueblo lo señalaran cotorreando, refiriéndose a él como «el fraile pervertido».

Algunas incluso afirmaban, muy seguras, que «el nuevo padrecito falta continuamente al celibato»; otras decían que «un pagano como él es una deshonra para los clérigos», y unas pocas, las más venenosas, besándose las yemas de los pulgares y elevándolas al cielo, juraban que «ese hombre infractor» sufría de «crisis masturbatorias» y hasta que tenía «piojos y pulgas en la entrepierna».

Cartagena oía esas calumnias y se sentía un fraude, un estorbo, una interferencia entre Dios y los devotos.

Durante todo el tiempo que duró aquel hostigamiento no hubo noche en que no desconfiara de los caminos de su vocación, ni temiera el desenlace de su destino.

Solo con la amnesia de los años, pero sobre todo con los replanteamientos de su conducta disipada, la comunidad de Huácar fue olvidando las querellas y cambió gradualmente su actitud recelosa.

Vieron que era Gregorio quien, con dinero sacado de la faltriquera de su túnica, mandaba restaurar las parroquias y capillas alejadas que quedaban maltrechas tras el impacto de las nevadas, y que hasta él mismo apuntalaba y recomponía santuarios que se remontaban a siglos pasados, que después de los temporales habían sucumbido bajo gruesas capas de barro.

Vieron que invertía minuciosas horas en la sacristía leyendo manuscritos y volúmenes de tratados antediluvianos que le servían no solo para instruir a los analfabetos, sino para presagiar las estaciones del clima y desmentir públicamente ciertas leyes, supuestamente universales, que las autoridades del virreinato invocaban buscando aprovecharse de las creencias y supersticiones de la población.

Vieron cómo se las ingeniaba para hacer las veces de campanero de la iglesia principal; y unos cuantos notaron que cumplía con dar la hora al mediodía, anunciar los nacimientos, comunicar las muertes, notificar las bodas y prevenir los desastres naturales sin repetir el mismo tañido de campanas.

Vieron que no le importaba desobedecer a sus superiores ni rebelarse a los protocolos con tal de dar rápida solución a las necesidades y sufrimientos de los fieles.

Y vieron con especial aprecio que era capaz de dejar el templo a cualquier hora, inclusive de madrugada, para socorrer las urgencias de los demás, aún las de aquellos padres y madres que lo invocaban aterrados asegurando que sus primogénitos adolescentes estaban contorsionándose en sus camas poseídos por el demonio o por algún espíritu maligno, botando espumarajos verdosos por la boca y la nariz.

En esas ocasiones, Gregorio ejecutaba la misma operación sin quitarse la ropa de dormir: se colocaba una estola alrededor del cuello, acomodaba unos frascos en un maletín, acudía hasta el hogar en emergencia, adivinaba inmediatamente en los falsos posesos el tufo pestífero y los retortijones típicos de la borrachera, y entonces les limpiaba los vómitos, los espabilaba con dos cachetadas limpias de abajo hacia arriba, les hacía engullir un purgante de perejil que mitigara las náuseas de la resaca y, para no ponerlos en evidencia ante sus padres, que no dejaban de llorar ni santiguarse, les rociaba la frente con gotas de agua bendita y fingía exorcizarlos improvisando aleluyas y conjuros en latín.

El mismo carácter insumiso que llegó a convertir a Cartagena en un dolor de cabeza para los priores más recalcitrantes y los gobernadores españoles enviados por la Corona, lo transformó, a ojos de los hombres y mujeres de Huácar, en un presbítero cada día más valioso, al punto que llegó a ser para ellos un modelo de valentía en medio de la zozobra de aquellos años previos a la independencia.

Por dentro, sin embargo, Gregorio no era hombre logrado.

Se asumía incompleto, disminuido, como si le doliera la ausencia de un brazo o una pierna que no sabía que le faltaba.

Y aunque todos los domingos, desde el púlpito, persistía en definirse ante los feligreses de Huácar como un «ferviente soldado de Dios» e intentaba dejar atrás los sucesos que en su día le acarrearon fama de profano y libertino, en su interior sentía trabarse ilusiones contrarias a los votos de castidad, sentimientos sin identificar ni nombrar pero que, una vez avivados tras el reencuentro con Nicolasa Cisneros, no volverían a aplacarse más.