Dejarás la tierra 2 #2
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A Nicolasa, por su parte, la maternidad no le resultó tan trabajosa debido a la sapiencia ganada en casa.

Sus padres —dos españoles que a fines del siglo xviii , al llegar al Perú, se asentaron en Huánuco esperando hacerse ricos con montañas de oro que se cansaron de buscar— habían muerto de tuberculosis cuando ella tenía diecisiete años; de modo que le tocó hacerse cargo, bajo la supervisión de Dominga Prieto, de sus seis hermanos menores: Antonio, Pedro, Pablo, Gerónimo, Armenio y Rosita.

Al adoptar tempranas actitudes maternales, Nicolasa ganó pericia hogareña y, en cuanto cumplió los veinte, se volvió una mujer concienzuda, autosuficiente y resuelta ante el menor contratiempo.

Tanto es así que años después ninguno de sus hermanos cuestionó la clandestinidad de su parto ni la de su misterioso matrimonio, y hasta recibieron con júbilo la noticia de la llegada del primer sobrino, el pequeño Juan.

Claro que cuidarse de no incomodar a su hermana mayor con preguntas impropias no quiere decir que no sintieran curiosidad por saber de dónde había salido el escurridizo Roberto Benjamín , ese señorito de nombre eufónico, seguramente honorable, que de la noche a la mañana desposó a Nicolasa convirtiéndose en pariente sin que nadie lo conociera, sin que nadie lo hubiese visto una sola vez en esos pagos.

Los hermanos se sentían intrigados pero no se entrometían, y solo en voz baja daban rienda suelta a sus especulaciones y detrás de las paredes comentaban sus expectativas por conocer pronto «al cuñado Roberto», agasajarlo y darle la bienvenida oficial a la familia.

Una ocasión que, desde luego, jamás llegaría.

Gregorio Cartagena había visto a Nicolasa por primera vez a las once de la mañana del viernes 15 de diciembre de 1820.

Aunque cundía el calor, ese día llovía finamente sobre la plaza central de Huánuco.

Una semana atrás, el vecindario, enterado del más reciente y prometedor triunfo del Ejército patriota sobre las fuerzas realistas españolas, se había pronunciado unánimemente a favor de la independencia en cabildo abierto.

Por eso aquel viernes de diciembre, a las once en punto, Nicolás de Herrera —delegado del general Álvarez de Arenales, mano derecha del general en jefe de la expedición libertadora del Perú, el argentino José de San Martín—, recogiendo la voluntad de los lugareños, se puso de pie sobre un proscenio hecho de la unión de cuatro mesas forradas por un viejo mantel bordado y desde allí, rodeado de hombres, mujeres y niños llegados de las aldeas de Huamalíes, Huallanca y Ambo, todos con sus precarios vestidos de gala y aspecto de no comprender del todo aquello que atestiguaban, con el paisaje terroso como escenografía, infló los pulmones para exclamar:

—Huanuqueños, ¿juráis por Dios y una señal de cruz el ser independientes de la Corona y Gobierno del rey de España y ser fieles a la patria?

El «Sí, juro» de la población rebotó en los cerros causando un estruendo.

Lo que siguió fueron los vivas, el descoordinado repique de campanas, las serenatas, las comparsas improvisadas, la entonación de tedeums y misereres en los dieciséis templos de la ciudad, y el tronar incesante de unos cohetes y bengalas artesanales que despedían luces efímeras.

El alcohol no tardaría en pasarse de mano en mano y poco a poco la celebración fue descontrolándose.

La fiesta programada para una noche al final duró dos días y en algunas casas se prolongó hasta tres.

En esos primeros minutos, rebosante de alegría y confundida entre el hormiguero de gente, la joven Nicolasa caminaba bajo las serpentinas y los cordeles de farolitos de aceite recién tendidos sobre la plaza.

A pocos metros, Gregorio Cartagena —que había participado en el cabildo abierto— apreciaba cómo los pobladores se disgregaban en racimos por los recodos, agitando sus matracas, dando brincos, volantines, experimentando en la sangre los primeros síntomas de la libertad.

Al levantar el cuello con lentitud, vio a Nicolasa.

Fue un ramalazo. Se quedó estático y durante varios segundos no pudo quitarle la mirada de encima.

Cuando le pareció que ella por fin reparaba en su presencia, le sonrió de manera automática y efusiva, como si sus músculos faciales no hubiesen discutido antes con el cerebro la necesidad o pertinencia de esa sonrisa que bien podía ser malinterpretada por alguien, por ejemplo por ese vecino miembro del cabildo que ahora le dirigía un repentino gesto ceñudo.

Al sentirse descubierto, Gregorio tensó los nervios de la cara, recompuso su expresión, giró sobre su eje y apuró el paso.

No avanzó muchos metros antes de ceder a la tentación de volverse.

Nicolasa seguía allí. Otra vez lo estremeció la energía que irradiaba, la sensualidad de sus movimientos, la jovialidad y maestría con que maniobraba las antorchas que solo los hombres estaban autorizados a manipular.

Todo eso le bastó para conjeturar que se trataba de una muchacha que había crecido sobreponiéndose al infortunio, disimulando su necesidad de protección.

Se quedó así un rato más, vigilándola desde lejos con prudencia, encandilado con sus pupilas, las pupilas más hambrientas y exaltadas que había visto nunca.

Aún Gregorio no podía vaticinar que a su lado, por su culpa, por cosas que él forzaría, esas mismas pupilas acabarían convertidas en un triste depósito de aflicciones.

No se conocerían, sin embargo, hasta cuatro años después, en los primeros días de 1824.

El viernes 19 de diciembre de 1823, el libertador venezolano Simón Bolívar llegó a Huánuco en su camino a Cerro de Pasco.

Llevaba tres meses en el Perú, al frente de una expedición que buscaba acabar con los rezagos del virreinato español y consolidar la independencia declarada en Lima por San Martín en 1821.

Arriba de Palomo —el mitológico caballo blanco de cola enhiesta y cascos bien engrasados que lo seguía desde Panamá y que no dejaba que nadie excepto él le colocara las carrilleras, le acariciara el hocico y lo espoleara—, Bolívar camuflaba su bajo porte y flacura con la prestancia del uniforme de los granaderos: casaca militar de cuello alto, faldones hasta las corvas, charreteras bordadas, banda tricolor, calzón ajustado sobre las pantalonetas azules, polainas de cuero hasta la rodilla, espuelas inoxidables, capote airoso y un gallardo bicornio emplumado.

Ese viernes Bolívar decidió pernoctar en el pueblo de Huácar.

Necesitaba engrosar las filas de su regimiento y acopiar víveres y ganado para sus hombres, por lo que pidió ponerse en contacto con una autoridad local.

Los pobladores le dieron una sola alternativa porque fue la única que se les ocurrió: Gregorio Cartagena.

Quién mejor que el párroco, pensaron, para ayudarlo a conseguir racionamientos y atraer voluntarios que integrasen el Ejército libertador.

Bolívar lo mandó llamar y, una vez presentados, tras intercambiar someros puntos de vista sobre esto y aquello, el militar encontró confiable al sacerdote y lo designó como uno de sus principales enlaces en la sierra central.

En lo sucesivo, cada vez que se detuvo en las proximidades de Huánuco, buscó directamente al cura para que lo mantuviera al tanto de sus avances.

Desde un principio, Gregorio apoyó con sinceridad el proyecto de Bolívar, ignorando el tamaño de su ambición dictatorial y el desdén con que se refería a los peruanos en privado.

Primero se limitó a ser un mero informante de novedades, pero luego, por precaución, para no despertar suposiciones maliciosas ni ser visto como correveidile o soplón, solicitó responsabilizarse exclusivamente de los reclutamientos en Huácar.

Concedida la petición, Cartagena pasó a organizar las convocatorias dominicales en la plaza, anunciándolas después de oficiar la santa misa de las doce y de dar lectura a los avisos parroquiales.

Decenas de hombres y mujeres, militares retirados, jóvenes desempleados, jubilados civiles y hasta niños precoces acudieron a los llamamientos, todos inflamados de pundonor patriótico, adheridos íntegramente a la causa libertadora, queriendo formar parte de una historia que no estaba concluida y que para muchos acababa de comenzar a escribirse.

A diferencia de otras provincias donde el emplazamiento de reclutas fue brutal e indiscriminado, en la comunidad de Huácar las cosas se hicieron civilizadamente gracias a la intervención de Gregorio, quien cribaba a los voluntarios según sus propios parámetros, sin hacer tanto caso a lo estipulado por Bolívar: «Recuerde que no me hacen falta cobardes que quieran desertar, ni incapaces que cuestionen mandatos ni debiluchos que vayan a enfermarse por no dormir».

Un domingo de enero apareció por allí Nicolasa Cisneros junto con Pedro, el tercero de sus hermanos, el más cercano en cariño, un patilludo militar de veinte años que, al igual que otros soldados peruanos, había dimitido estando en las filas realistas españolas y ahora se alistaba a combatirlas.

Al ver a Nicolasa, Gregorio Cartagena no tardó ni un minuto en reconocerla.

Mientras tendía una mano dándole la bienvenida, notó cómo asomaban en su rostro los inconfundibles pómulos saltones, luego el botón rojo que sustituía la boca, y finalmente los ojos, cuya forma alargada y color opaco asoció, no en ese momento sino después, con las hojas del eucalipto.