Dejarás la tierra 2
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El camino de herradura hacia Huacaybamba era una trocha sinuosa y escarpada, con picos que rozaban los cuatro mil metros de altura y tramos tan agrestes que solo podían hacerse a pie.

Cada vez que Nicolasa flaqueaba y, agarrotada por el cansancio, pedía detenerse, Dominga Prieto le extendía un trapo remojado en agua.

«No podemos parar, mi niña, así dijo el padrecito Gregorio —le recordaba—.

Hágalo por la criatura», le repetía, sobándole el vientre.

Con el paso de las horas se acostumbraron a descansar ya fuera para alimentarse calculando la luz del mediodía; para dormir o intentar dormir en algún umbral del bosque donde el musgo hubiera crecido lo suficiente; o para que Nicolasa, arrebujada entre los matorrales, se recuperara de las constantes fiebres y escalofríos que la aquejaban a cualquier hora trayendo consigo amenazas de vómitos.

En cada una de esas paradas Dominga Prieto se retiraba unos metros murmurando avemarías y rezos de protección a san Cristóbal o santo Toribio y, una vez lejos, sentada sobre cualquier montículo, aprovechaba para quitarse los zapatos que le apretaban, reventarse las ampollas y darse fuerzas bebiendo aguardiente de la cantimplora que llevaba escondida en el mismo bolsillo del delantal donde guardaba sus estampitas religiosas.

En la entrada de la hacienda fueron recibidas presurosamente por una mulata espigada, ojerosa y sordomuda que de inmediato dejó en el suelo los cántaros y bateas que traía sobre los hombros y las condujo a la habitación más retirada.

Solo después de que ayudó a instalarlas prendió la caldera, reunió en el corral a las aves que se habían alborotado con las visitas y dio forraje a los caballos desnutridos, antes de desenredarles las crines, cepillarles las pezuñas y arrancarles las garrapatas de las orejas.

La mulata, que tenía el rostro, los brazos y el abdomen magullados con cicatrices de varicela, era Isidora Zabala, la única criada que Gregorio Cartagena tuvo en vida, quien se las ingeniaba con su alfabeto hecho de señas y sonidos guturales para reportar a su patrón las incidencias de todo cuanto sucedía en ese feudo donde no sucedía nada.

Pasada una semana en aquel dormitorio sin ventanas, tan parecido a una mazmorra, sobre las sábanas raídas de un camastro de fierro, flanqueada por cubos de hojalata llenos de agua caliente, un arruinado armario de caoba, dos mecheros de petróleo, y con Dominga Prieto haciendo las veces de partera, Nicolasa vio nacer a su niño después de pujar durante doce horas.

Quedó tan rendida, tan sin fuerzas, que al cabo de una exhalación se desvaneció de tal modo que Isidora Zabala —quien durante el alumbramiento había permanecido a su lado, de pie— se puso a mugir de espanto y a hincarle un dedo en el hombro varias veces para certificar que no hubiese fallecido.

—¡Déjala! —intervino Dominga Prieto—. Solo está desmayada.

Isidora Zabala alcanzó a leerle los labios gruesos, bajó la cabeza en señal de obediencia y un barullo ininteligible salió de su boca.

Cartagena llegó a la hacienda horas después, desmontó su cabalgadura y se dirigió con presteza a la habitación, donde encontró a Nicolasa dormida con el camisón aún empapado de sudor, y al bebé envuelto en un paño, tiritando entre los brazos mullidos de Dominga Prieto.

El cura avanzó de puntillas para que no rechinaran los listones del suelo y, una vez frente a su hijo, lo escudriñó sin acercarse demasiado, controlándose, como si practicara esa distancia nerviosa que más adelante sería decisiva.

Se buscó en aquel rostro frágil, pacífico, aún despoblado de gestos definidos, y se quedó varios minutos estudiando la frente venosa, la nariz diminuta, el mentón de juguete.

Dominga Prieto se lo ofreció como quien comparte un dulce pero él, sobresaltado, se contrajo apagando de golpe los sentimientos que acababan de manifestarse en su interior, y retrocedió de un salto haciendo crepitar la madera astillada.

El niño se despertó. «¿Le pasa algo, padrecito?

», preguntó Dominga. Gregorio negó con la mano, abrió la puerta con torpeza y masculló algo acerca de las labores pendientes en la hacienda antes de disolverse en la noche como un espectro sin paz.

Al cabo de dos meses, en la víspera de su regreso al pueblo de Huácar, su centro de operaciones, Cartagena compartió con Nicolasa la inquietud que lo rondaba como un moscón desde antes del nacimiento del niño.

—Muy pronto —le recordó— habrá que bautizarlo y registrarlo en las actas de la Iglesia Mayor.

Nicolasa asintió.

—Los datos de ley tendrán que ser cuidadosamente consignados —observó Gregorio, dando a entender sutilmente lo inconveniente que sería citar su apellido en documento alguno.

Antes de que los ojos de Nicolasa terminaran de pasmarse, Cartagena planteó la adulteración de los papeles.

—No quieres figurar como el padre, ¿verdad? —lo encaró.

—No puedo. Lo sabes.

—¿Y el nombre de quién vamos a poner? —se preocupó Nicolasa. Su voz delataba cierta arritmia.

—Tendrá que ser el de otro señor.

—¿Otro señor?

—Sí. Es cosa de inventarse cualquier nombre —dijo Gregorio con desparpajo.

Esa fue la misión, la hostil misión delegada en Nicolasa: la invención de un padre para el niño.

Un padre legal, aunque ficticio. Un padre fantasmagórico que librara al recién nacido de ser considerado lo que en el fondo era y sería siempre: un bastardo.

El hijo bastardo de un sacerdote que no podía o no quería o no se atrevía a reconocerlo suyo ante la ley de Dios y la ley de los hombres.

El primero de los siete hijos bastardos que él, el señor clérigo don José Gregorio de Cartagena y Meneses, tendría con doña Nicolasa Cisneros La Torre, con quien mantuvo una relación ilegítima que duró prácticamente medio siglo.

Nicolasa hubiera preferido negarse, tenía miedo, o más bien pánico, pero aceptó el encargo sin titubear, con esa firmeza que, ya por entonces, a sus veintiocho años, se imponía como su rasgo predominante.

Durante los días sucesivos, paseando junto con Dominga Prieto por los monótonos campos de arroz y demás plantaciones de la hacienda Andaymayo, se abocó a dotar de identidad al padre ilusorio de su hijo, su flamante esposo inmaterial.

Barajó nombres, descartó apellidos comunes, pensó en fórmulas compuestas que fuesen agradables al oído pero sobre todo ajenas y desconocidas, y las repitió en voz alta, paladeándolas, hasta quedarse con una.

Dominga Prieto la escuchaba en silencio y se preguntaba si los de Nicolasa eran pensamientos reales o solo un manojo de delirios.

Así fue como apareció don Roberto Benjamín .

Un hombre para todos enigmático, del que nadie nunca tuvo noticias porque nunca existió.

Roberto Benjamín fue una ficción, un artificio, una mentira urgente que perduró; un ser imaginado a la fuerza por una mujer cuya dicha de ser madre competía con la inevitable amargura de vivir esa maternidad proscrita, en las sombras.

Pasados unos pocos meses, tal como había sido estipulado, el niño recibió el sacramento en el sagrario de la iglesia de La Merced de Huánuco, en un bautizo masivo y anodino al que no asistió Cartagena, y que concluyó con una copiosa lluvia de harina arrojada por los presentes en señal de regocijo.

Llegado el momento de registrar a su hijo, Nicolasa lo hizo llamar Juan y pidió al escribano que anotara claramente en el acta que Juan Benjamín Cisneros era «hijo legítimo de don Roberto Benjamín y doña Nicolasa Cisneros».

Solo Dominga Prieto la escoltó aquel día sin sol y se mantuvo a su lado, rígida pero serena, con la misma compostura de aliada que guardaría en el futuro durante los bautizos de los otros hijos, que fueron naciendo entre 1828 y 1837, sobre los que recayó ese mismo apellido bienhechor pero fraudulento, Benjamín.

Los niños crecerían acostumbrados a preguntar por don Roberto, su padre falso —siempre en intempestivos «viajes de comercio de metales» a través de remotos países indistinguibles, de los que siempre estaba «a punto de regresar»—, y a ver al cura Gregorio, su padre auténtico, biológico, como un padrino afectuoso, un pariente con sotana que frecuentaba la casa para fungir de tutor, corregirles los defectos y, a veces, si se portaban bien, regalarles hostias sin consagrar que se deshacían como nieve en las papilas de la lengua.

Poco antes del nacimiento de Juan, en febrero de 1828, siendo ya párroco de Huácar, Cartagena había fundado el Colegio de la Virtud y luego, en abril —en su calidad de diputado por la provincia de Junín, función a la que había accedido un año antes, estrenándose en la política—, le tocó ser parte del Congreso que promulgó la tercera Constitución del Perú.

Acababa de cumplir cuarenta años y, pese a su relativa juventud, ya era párroco de su localidad, director de un centro educativo, joven constituyente de la Asamblea Nacional, padre de la patria, amante de una mujer y furtivo progenitor de un niño al que mantenía oculto.