Dejarás la tierra
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Primera parte
Ese día llegamos al cementerio con la urgencia de verificar si era cierto o no que el esqueleto de la tatarabuela Nicolasa se encontraba enterrado junto al del cura Gregorio.
Eran las doce. El sol recalentaba las tumbas y cegaba a los perros sin dueño que vagaban buscando la sombra.
De a pocos, el silencio del Presbítero Maestro fue disolviéndose, primero con nuestra respiración, luego con el eco de los pasos desganados de las contadas personas que a esa hora se movilizaban para comunicarse con sus muertos.
La luz natural no hacía menos tétrico el laberinto de esos pabellones que parecían componer barrios enteros de edificios de ventanas selladas, jardineras de flores marchitas y cruces negras pintadas como lágrimas.
Edificios decrépitos, como bombardeados, llenos de cadáveres cuyos espectros seguramente aguardarían la noche para deambular intercambiando olvidos, misterios y pesares.
Al pasar delante de las puertas de rejas oxidadas que se levantan cada cierto tramo y comunican el cementerio con el reino de los vivos, advertimos que los vigilantes habían abandonado sus puestos para ir en busca del almuerzo, o quizá todavía no se presentaban a trabajar, o quizá no había vigilantes que fueran a ocupar nunca esas casetas desteñidas que de lejos simulaban sarcófagos vacíos.
Sin informantes a quienes recurrir, nos tomó una hora ubicar el cuartel San Job después de hacer falsas paradas en San Estanislao, San Joaquín, San Calixto, donde nos entretuvimos con los gestos dolientes de los arcángeles de piedra que coronan las criptas y mausoleos de ciertos héroes republicanos.
Una vez en el San Job, guiado por una intuición hasta aquel instante adormecida, el tío Gustavo caminó lánguido pero con convicción hacia las lápidas del sector «C» y empezó a recorrerlas con la mirada, repitiendo tres dígitos en voz alta:
Dos, cinco, tres.
Dos, cinco, tres.
Dos, cinco, tres.
Parecía un sonámbulo pronunciando el conjuro que lo devolvería a la vigilia.
Así estuvo unos segundos hasta que dio con la tumba que buscaba. Detrás de partículas de tierra sedimentada y restos de telarañas ya quebradizas, los datos del mármol se leían con nitidez.
Aquí descansa doña Nicolasa Cisneros
Nació el 10 de setiembre de 1800
Falleció el 3 de enero de 1867
Abajo, una inscripción en latín: Adveniat Regnum Tuum . «Venga tu reino».
Al pie, más que un epitafio, una sentencia:
Sus hijos la querrán siempre
Al pasar una mano por mi antebrazo sentí la piel erizarse.
Sabía que allí dentro no había otra cosa que una calavera arrinconada, carcomida por larvas, si acaso envuelta en unos trapos deshilachados que ya no constituían una vestimenta; lo sabía, pero por un minuto quise creer que algo del espíritu de esa mujer que había sido mi tatarabuela, estando a tan escasos centímetros de nuestro mundo, podía filtrarse por alguna de esas grietas o ranuras que el calor abre en el cemento, manifestarse de alguna forma puntual y aprobar nuestra visita o echarnos de allí para que dejásemos de importunarla.
El tío Gustavo se concentró en limpiar el vidrio con un trapo.
Al principio lo hizo con serenidad y delicadeza, como si lavara la cabellera de un moribundo, pero ya después con una vehemencia sin proporción.
Había algo en él que necesitaba doblegar o penetrar el bloque de cemento y profanar ese depósito con el afán de recoger por unos minutos los escombros de aquella señora que, dos siglos atrás, nos había heredado su apellido, y de reconocer en esos despojos la materia de la que también nosotros estábamos hechos.
Se detuvo de repente, al reparar en la escultura en bajorrelieve que destacaba en el centro de la lápida.
Era la silueta de una mujer tomando a un niño entre sus brazos.
«Fíjate bien —dijo—, es una madre con su hijo, está sola, no hay padre».
Tomé nota de su observación en mi libreta y seguí examinando los detalles de la escena esculpida, atento a todo cuanto pudiese encerrar algún significado.
No había terminado cuando mis ojos se sintieron atraídos o interpelados por el nombre del muerto del foso vecino. El nicho 255. La superficie estaba recubierta por unos remolinos de polvo que removí con los dedos.
—Mira quién está aquí —inquieté al tío Gustavo.
Algunas letras se habían despintado o corroído, pero las palabras podían distinguirse a la perfección. Cuando se dio la vuelta, las venas dilatadas de sus pupilas se ramificaron por la sorpresa o el susto.
«¡Ya ves!, ¡era cierto!», reaccionó, aludiendo a los papeles que días atrás habíamos descubierto en el archivo arzobispal; en los que se daba a entender, o nosotros quisimos entenderlo así, que Nicolasa y Gregorio, en un último acto justiciero, reservaron tumbas contiguas para compartir la eternidad con la cercanía que les fue prohibida en vida.
A continuación el tío Gustavo, los anteojos levantados, se colocó a un centímetro de la losa para cerciorarse.
8 de diciembre de 1865
Aquí yace el Dr. Gregorio Cartagena
Cura de Huácar
No fue necesario ver su semblante para saber lo que ocurría en su interior.
Lejos de desmoronarse, sentí que, a los ochenta años, revivía.
Como si aquel hallazgo hubiera dado repentino sentido a su arqueología de décadas.
O como si alguien acabara de contestar por fin la pregunta que de niño le hizo a su padre en los días del exilio de Buenos Aires y que este no respondió: «¿Quién fue tu abuelo, papá?
». O como si volviera a adentrarse por unos segundos en el cuerpo del muchacho de quince años recién llegado a Lima que una mañana, acaso un mediodía igual que este, de la mano de Agripina, la única de sus tías que no se callaba los secretos, vino hasta este mismo cementerio, entonces más arbolado o menos mustio, y oyó por primera vez hablar de estas tumbas.
«Las tumbas de los amantes», susurró Agripina sin añadir nada más, sembrando en él una duda destinada a incrementarse hasta volverse insufrible y también un recuerdo que permanecería años sepultado.
«Yo he estado aquí antes», balbuceó el tío Gustavo mirando alrededor, como si acabara de tener una revelación y de reconocer el entorno.
Al contemplarla ahora, su vida entera —curtida por la pérdida de su primera esposa, la partida de varios de sus hijos, sus incontables deslices amorosos, el dinero gozado a manos llenas, la posterior bancarrota y la persistencia en preservar la casi extinta mística familiar— parecía de pronto justificada frente al paredón de los muertos.
Concluida nuestra expedición necrológica salimos sin decir nada, dejando atrás el conjunto de aromas rancios del cementerio.
Caminamos muchas manzanas, en paralelo a la gran avenida, hasta que abordamos un taxi rumbo a un restaurante de Miraflores que el tío Gustavo decía conocer.
Con el transcurrir de los minutos me percaté de que le costaba identificar calles y atajos; de que continuaba sumido en una perplejidad que lo desorientaba.
En tres ocasiones el conductor se quejó de sus indicaciones incorrectas y estuvo a punto de bajarnos del auto.
A mitad del trayecto, como una forma de certificar aquello que acabábamos de descubrir y que aún parecía una ficción, me dijo:
—¿Viste? Ya te lo había dicho. La vieja y el cura se enterraron juntos.
En el espejo retrovisor, el taxista oscureció la mirada.
Llegamos finalmente al restaurante, ubicado en el jirón Tarapacá, y tomamos una mesa colindante a una ventana que ofrecía un generoso ángulo de la avenida Arequipa.
Del otro lado del cristal se adivinaba el rumor inagotable de la calle: el movimiento de los pequeños negocios, los transeúntes aglomerados en las esquinas a la espera de un bus que tardaría varios minutos en llegar, bandadas de pájaros color aluminio refugiándose de los bocinazos o los cercos eléctricos.
La ciudad sumida en su habitual desconcierto.
Después del primero de los muchos wiskis que tomaríamos esa tarde, coloqué sobre la mesa mi grabadora encendida y le pedí al tío Gustavo repasar detalladamente la historia que me había contado tantas veces y que desde hacía unos años veníamos reconstruyendo juntos; él con apuntes milimétricos, yo con desordenada obsesión.
—Ahora sí quiero escribirla —le dije detrás del vaso.
Él compuso un gesto de satisfacción y cautela: el gesto de alguien que se ha resignado a abdicar y transferir su proyecto más valioso, un proyecto que merece sobrevivir y ser apreciado por alguien, que se ha mantenido inexplicablemente oculto y que ahora ya depende de otras manos.
—Si esto no lo cuentas tú, nadie más lo va a hacer —decretó con pena.
No mucho después comenzó su relato, conocido aunque siempre nuevo, de los sucesos ocurridos en Huánuco en los años veinte de hace dos siglos, cuando aún estaban vivos esos hombres y mujeres que actuaron y tomaron decisiones sin saber que se convertirían en nuestros antepasados; hombres y mujeres combativos pero también medrosos, de cuyo agitado paso por el mundo ya solo quedan esquirlas.