Defensive Desire (Iron Ridge Icehawks Series 4) 24. Capítulo veinticuatro
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24. Capítulo veinticuatro

Capítulo veinticuatro

Logan

S eattle lo quiere. Seattle lo quiere. Seattle lo quiere.

Las palabras no dejan de dar vueltas en mi cabeza. La forma en que lo ha dicho Big Mike, con tanta naturalidad, como si yo debiera haber estado emocionado, como si hubiera debido esperármelo.

Nunca me esperé esto.

Nada de esto.

La sala de descanso de los jugadores vibra con esa clase de energía de satisfacción que sigue a un evento con éxito.

Media plantilla está desparramada por los sofás de cuero, todavía con el subidón del Día de la Experiencia en el Pabellón, mientras que la otra mitad se agrupa alrededor de la mesa de billar, chinchándose unos a otros por los tiros fallidos.

Me apoyo contra los ventanales que dan a la pista de entrenamiento, observando cómo Emma se desenvuelve por la sala como si hubiera nacido para esto.

Tiene la tableta de Sophia en las manos y va pasando las fotos del evento de hoy; su rostro se ilumina con una alegría que no le he visto desde... joder, puede que nunca.

Está impresionante. Nunca ha estado más guapa.

—Kane, ¿me escuchas? —Connor aparece a mi lado, cerveza en mano—. He dicho que los niños no paraban de hablar de tu voz de cuentacuentos. ¿Quién iba a decir que el Gran Logan tenía un talento oculto para la literatura infantil?

Gruño, dando un trago a mi propia botella. —No es nada. Los niños son fáciles. No juzgan.

—A diferencia de los amargados fans del hockey —interviene Ryder, que todavía lleva su camiseta de la Veterinaria Iron Ridge de su propio taller con Mia de hoy—. Pero en serio, tío, lo has bordado. Ese crío mellao te ha pedido el autógrafo como cinco veces.

Blake se acomoda en el sillón frente a nosotros, luciendo en cada gesto como el capitán orgulloso que es. —Buen trabajo hoy. Todos vosotros. Este evento era exactamente lo que el equipo necesitaba antes de que empiece la temporada.

La fiesta posterior continúa entre el equipo y, pronto, la voz de Sophia corta el murmullo, proyectada para que se oiga en toda la sala.

—¡Atención a todos! ¡Tengo un anuncio que hacer!

La sala se queda en silencio y todas las miradas se dirigen a donde ella está, cerca de la zona del café, con la tableta apretada contra el pecho como un escudo.

Mis ojos encuentran los de Emma al otro lado de la sala. Está de pie cerca de la cafetera, haciendo girar una rama de canela entre los dedos. Cuando nuestras miradas se cruzan, sus labios se curvan en esa sonrisa... la que hace que me duela el pecho de una forma que nunca creí posible.

Le devuelvo la sonrisa, ignorando el nudo en el estómago.

La voz de Sophia llena la estancia, algo sobre cifras de participación y éxito en las redes sociales, pero sus palabras se vuelven borrosas. En lo único en lo que puedo pensar es en esa maldita reunión de mañana con Big Mike.

Seattle lo quiere.

Tres simples palabras que podrían destrozarlo todo.

Mi vida está aquí ahora. Y ya no es solo por el hockey. Es Emma. La cafetería. Este puto pueblo que de algún modo se ha convertido en mi hogar mientras yo no miraba.

¿Se da cuenta Big Mike de lo que me está pidiendo? ¿O cree que soy simplemente otro jugador más que hará las maletas y seguirá el rastro del dinero?

Emma asiente a lo que sea que dice Sophia, con su pelo sedoso captando la luz. Parece feliz, orgullosa de lo que hemos construido hoy. De lo que estamos construyendo juntos.

Mierda.

Toda la tarde, un pensamiento ha dominado mi mente: ¿acaso tengo elección en esto? Los contratos son los contratos. Si la directiva quiere traspasarme, me traspasará. Así de simple.

Pero por primera vez en mi carrera, la idea de marcharme hace que sienta que me ahogo.

Emma vuelve a mirarme y frunce ligeramente el ceño al notar mi expresión. Articula sin voz: «¿Estás bien?».

Asiento con la cabeza, obligando a mi rostro a relajarse.

No estoy bien. Estoy aterrado. No por Seattle. No por un nuevo equipo.

Estoy aterrado por perderla a ella.

—Acabo de terminar de revisar todos los datos de los eventos de hoy —continúa Sophia, y me obligo a concentrarme por un momento—. Y me complace decir que Emma y Logan lideran oficialmente las métricas de compromiso con la comunidad por un margen significativo.

Los chicos sueltan un fuerte vitoreo. Connor silba. Ryder grita lo suficientemente fuerte como para despertar a un muerto.

Pero yo solo puedo centrarme en la cara de Emma. En la forma en que se le abren los ojos, con la mano volando a su boca como si no pudiera terminárselo de creer.

—Por supuesto, la decisión final se anunciará al público mañana por la mañana —continúa Sophia—, pero entre nosotros... —Sonríe, mirando directamente a Emma—. ¡Emma Carter, prepárate! Creo que Chapter es pequeño, oscuro y perfecto para lo que tengo en mente.

Pasan unos minutos antes de que Emma se cuele detrás de mí, cerrando la puerta a sus espaldas.

—Logan, qué estás...

La corto con mi boca, presionándola contra la puerta, con mis manos agarrando ese suave jersey verde que me ha traído loco todo el día. Sabe a champán y a victoria, y soy adicto a ambas cosas.

—Has estado increíble hoy —le susurro contra los labios, dejando un rastro de besos por su cuello—. Verte brillar así, ver cómo te adueñabas de ese espacio... Joder, Emma. Nunca he estado más enamorado de nada en mi vida.

Sus dedos se enredan en mi pelo, atrayéndome más hacia ella. —¡Logan! ¡Oh, guau!

Presiono a Emma con más fuerza contra la puerta, con mis manos recorriéndola por todas partes a la vez. Su piel, su pelo, la curva de su cadera... no tengo suficiente.

Cada caricia se siente como si la estuviera memorizando, como si intentara grabar a fuego el tacto de su cuerpo en mi piel de una vez por todas.

—Logan, ¿qué te pasa? —jadea ella, pero no se está quejando. Sus dedos se enganchan en mi camisa, tirando de mí.

—Tú —gruño contra su cuello—. Tú me pasas.

Toda la frustración, todo el miedo por lo de Seattle, por dejarla. Lo canalizo todo en este momento. En nosotros.

La levanto, pegándola contra la pared, y ella me rodea la cintura con las piernas. El pequeño sonido que emite me vuelve loco y un gruñido bajo suena más animal que humano cuando sale del fondo de mi garganta.

—Logan. No deberíamos... no aquí —susurra, pero su cuerpo cuenta una historia diferente.

—Dime que pare, entonces. —Paso los dientes por su clavícula, sintiendo su escalofrío—. Dímelo, Emma. Y lo haré.

Su respuesta es volver a atraer mi cara hacia la suya, besándome con un hambre que iguala la mía. Mis manos se deslizan bajo su jersey, encontrando su piel cálida, y ella gime en mi boca.

—Has estado increíble hoy —murmuro entre besos—. Verte, ver cómo respondía todo el mundo ante ti... Dios, Emma.

Estoy perdiendo el control, perdiéndome en ella, y ahora mismo me parece que es lo único que tiene sentido. Los rumores de traspaso, la incertidumbre... Nada de eso importa cuando la estoy tocando. Cuando ella me mira de esa forma, como si yo fuera todo lo que siempre ha deseado.

La beso con más fuerza, con más profundidad, intentando demostrarle lo que no puedo decir.

Que estoy aterrado de perder esto. Que estoy aterrado de perderla a ella.

—Logan —suspira mi nombre, con los dedos enredados en mi pelo—. ¿Qué va mal?

—Nada. No cuando estoy contigo. —Niego con la cabeza, sin querer arruinar este momento con palabras—. Vas a conseguir ese café, nena.

—Lo vamos a conseguir —corrige ella sin aliento—. Lo vamos a conseguir.

Esa afirmación me golpea como un disco de hockey directo en la puta frente.

Porque podría no haber un «nosotros» después de mañana. Podría ser solo ella, dirigiendo la cafetería de sus sueños, expandiendo su negocio mientras yo estoy a mil kilómetros de distancia, intentando reconstruir mi vida en alguna ciudad nueva.