17. Capítulo diecisiete
Capítulo diecisiete
Emma
L a luz del sol entra sesgada por la ventana torcida, moviéndose lentamente sobre los tablones de madera del suelo y dibujando suaves líneas sobre el hombro desnudo de Logan.
Tiene el brazo apoyado sobre mi cintura y su aliento es cálido en mi nuca.
Al principio no me muevo.
Porque, joder . Así es como debería sentirse uno al despertar. Con suavidad. En silencio. Llena de músculos soñolientos y con ese olor a humo y a bosque cubierto de rocío.
Al final, sin embargo, las ganas de café ganan la batalla.
Poco a poco, y con cuidado, me safo de debajo del brazo de Logan. Pesa aproximadamente lo mismo que una viga de cemento, pero me las apaño para levantarlo y salir de la cama de todos modos.
Él emite un ruido bajo, como el de un oso, pero no se despierta. Tiene el pelo hecho un desastre y se ve todo revuelto, con un aire infantil e injustamente sexy por la mañana.
Me pongo una de sus camisas de franela, que me queda enorme de la mejor manera posible, y camino descalza hasta la cocina de la cabaña.
Aquí arriba no hay cobertura, pero reviso el móvil por pura costumbre.
Sigue sin haber nada.
Por favor, que Lucy, Ethan y el abuelo Walt no hayan quemado mi cafetería hasta los cimientos.
Pienso en los marcapáginas que hice que Logan cortara para el Día de la Experiencia en el Arena. Doscientos rectángulos diminutos que casi le cuestan su último gramo de paciencia.
Si se han esfumado en una columna de humo porque Ethan se dejó la plancha de los paninis encendida toda la noche...
Esbozo una sonrisa para mis adentros. El hombre se pondría fiera .
El olor a beicon me atrae a la cocina, donde Nate está manejando una antigua sartén de hierro fundido como un profesional. Cole está encaramado a un taburete, rebuscando en una bolsa de provisiones con el suspiro más dramático del mundo.
— Joder ... No hay suficiente café —anuncia a nadie en particular.
—Y buenos días para ti también —digo, frotándome los ojos—. ¿Os importa si me pongo a ello?
Nate me observa por encima de su taza. —Ehm. ¿Estás segura? Logan dice que tu forma de cocinar es... experimental.
Jadeo, fingiendo ofensa. —Perdona. Soy dueña de una cafetería . Sé hacer tortitas. Nadie ha muerto todavía.
Cole resopla y me desliza un cartón de huevos. —Bueno, pues ahora tengo curiosidad. Y hambre.
Casco los huevos en un bol y empiezo a batir la masa. Afuera, el lago brilla entre los árboles y el canto de los pájaros llena el aire como música de fondo.
—Pensábamos que Logan sería el primero en levantarse —dice Cole con la boca llena de beicon—. Ese tío suele ganarnos siempre a la hora de ir al lago.
Me encojo de hombros mientras doy la vuelta a la primera tortita. —Supongo que anoche lo dejé agotado.
Ambos hermanos dejan escapar unos quejidos idénticos que parecen los de dos osos heridos, y tengo que contenerme la risa.
Dios, son unas auténticas reinas del drama antes del café.
—Me lo he buscado —murmura Cole.
—No. Has patinado directo hacia ello —sonrío—. Como Blake Maddox en el cuarto partido de los playoffs la temporada pasada.
Nate suelta una risita, pero su mirada se suaviza. —Se ha sentido... más ligero, ¿sabes? Le has hecho feliz.
Intento concentrarme en la sartén, en lugar de en la forma en que los dos hermanos de Logan me miran ahora mismo.
—Eso espero —digo—. No pensaba que encajaría en todo esto.
Hago un gesto hacia la rústica cabaña y el hermoso paisaje que disfruté explorando ayer.
—Los árboles. La pesca. Esas... opiniones tan entusiastas sobre el beicon.
—Es más que eso —dice Nate, apoyándose en la encimera y haciendo girar las pinzas en un dedo—. Le das estabilidad. Eso no es fácil de conseguir. Y menos con Logan.
—Que me lo digan a mí. El tío estaba más tenso que el suspensorio de un portero la temporada pasada —añade Cole amablemente—. Podíamos verlo incluso a través del escudo de la pantalla del televisor.
—Encantador —respondo, dando la vuelta a una tortita.
Un estruendo sordo resuena desde el pasillo. Logan ronca como un oso que ha perdido una apuesta contra una motosierra.
Nate mira hacia el dormitorio. —En serio. No pensé que él fuera el que se quedara dormido.
Cole sonríe. —¿Seguro que no lo has roto ?
—Está bien —digo, incapaz de ocultar mi sonrisa—. Probablemente solo esté agotado de tanto aire puro.
—Ya. Aire puro —bromea Nate, bebiendo su café con mirada cómplice.
Mi corazón hace ese molesto revoloteo. El que intento ignorar pero nunca puedo.
Sirvo las tortitas en los platos justo cuando mi móvil vibra sobre la encimera. Mierda. ¡Ha vuelto la señal! Aunque sea brevemente.
Cojo el móvil y leo rápido; veo que el mensaje es de Lucy. También hay una foto de Ethan detrás de la cafetera espresso, con un delantal rosa y cara de ligero pánico.
— ¡Todo bien por aquí! Ethan no ha roto nada todavía. El abuelo Walt está supervisando como si esto fuera el alunizaje.
Me río y le respondo rápidamente con un emoji de pulgar arriba, pero el cosquilleo en mi pecho se atenúa un poco.
Siento que la realidad se está colando de nuevo. Dirigir Chapter and Grind. Intentar ganar la cafetería. El Día de la Experiencia en el Arena. Esa vida loca a la que debo volver en... ¿qué, dos días?
Estoy mirando la foto, todavía sonriendo, cuando Nate vuelve a hablar.
—En fin. Solo esperamos que Logan no se esté estresando demasiado con los rumores de traspaso. Sé que le está reconcomiendo.
Parpadeo y me giro sobre mis talones, enderezando la espalda.
¿Qué rumores?
Nate se detiene a mitad del trago y levanta la vista hacia mí. —¿No lo sabías?
Se me revuelve el estómago. —¿Saber qué , Nate?
El rostro de Nate cae al registrar mi expresión. —Mierda, Em. ¿Logan no te lo ha dicho?
Dejo la espátula, con el corazón golpeándome de repente en los oídos. —¿Decirme qué, exactamente?
Cole y Nate intercambian una mirada que hace que se me caiga el alma a los pies.
—Seguro que no es nada —dice Cole, con voz deliberadamente casual—. Solo son habladurías que circulan por la liga. Pasan antes de cada nueva temporada.
—¿Qué clase de habladurías? —Mi voz suena más firme de lo que me siento ahora mismo.
Nate suspira, pasándose una mano por el pelo. —Ha habido cotilleos sobre que Big Mike busca mover a un defensa. El nombre de Logan ha salido en algunos programas de hockey en la ESPN.
De repente, la cocina se siente demasiado calurosa, demasiado pequeña.
Cole se encoge de hombros como si estuviéramos hablando del tiempo. —Pero en serio, Emma, estos rumores surgen todo el tiempo. La mayoría son gilipolleces.
Me agarro al borde de la encimera. —Pero no todos.
—No —admite Nate, con la mirada suavizada—. No todos.
La tortita en la plancha empieza a humear. Le doy la vuelta mecánicamente, viendo cómo aparece el lado chamuscado.
Pienso en los cambios de humor de Logan últimamente. En lo tenso que estaba después de entrenar cada día. En la forma en que revisaba su teléfono con ese ceño fruncido, o en las cosas que me ha estado diciendo sobre lo feliz que es ahora que estoy en su vida.
Mierda.
¿Qué hay de todos esos momentos en los que parecía estar a punto de decirme algo importante, solo para estrecharme entre sus brazos en su lugar?
—¿Cuánto hace que circulan esos rumores? —pregunto.
—Un par de semanas —dice Cole—. Pero en serio, Emma, no te asustes. Logan probablemente solo intenta protegerte de preocuparte por algo que quizá no suceda.
—Ya —digo, forzando una sonrisa que siento como plástico en mi cara—. Por supuesto. Seguro que no es nada.
Pero el peso en mi pecho cuenta una historia diferente.
Porque, de repente, estoy de pie en la cocina de esta encantadora cabaña, sosteniendo una espátula, fingiendo que todo va bien mientras la persona en la que más confío podría estar ocultándome algo enorme.
Algo que podría cambiarlo todo .
Y ni siquiera lo vi venir.
La puerta cruje detrás de mí y oigo pasos firmes por el pasillo.
Logan entra en la cocina, con el pelo revuelto, la camisa medio abotonada y las mejillas sonrosadas de dormir. Se ve injustamente bien para ser un hombre que ronca como un tren de mercancías y roba las mantas durante toda la noche.
—Buenos días —murmura, situándose detrás de mí para darme un beso en la mejilla.
Me quedo petrificada, incapaz de devolverle el simple saludo. Es solo por un segundo, pero es suficiente para que él se dé cuenta.
Por supuesto que se da cuenta.
Sus labios quedan cerca de los míos un instante antes de retirarse.
—¿Estás bien? —pregunta, mirando a Cole y a Nate a mi lado—. ¿Estos capullos os están dando la lata?
Alcanzo la espátula. Siento los dedos rígidos, como si hubieran olvidado cómo moverse con naturalidad.
—No, no. Estoy bien —digo, con un tono demasiado alegre—. Solo... no he dormido muy bien.
Por el rabillo del ojo, pillo a Nate lanzándole una mirada a Cole.
Ambos lo saben.
No saben ... pero lo saben.
Ahora hay una pesadez en la habitación. Un cambio en el aire que no estaba allí hace cinco minutos.
Vierto otro círculo de masa en la sartén, pero chisporrotea demasiado rápido. El fuego está demasiado alto porque no estoy prestando atención.
Logan se queda detrás de mí. Su mano se posa suavemente en mi hombro y su pulgar me acaricia la curva como hace siempre cuando estamos a solas, cuando somos nosotros.
Pero no somos nosotros ahora mismo. No del todo.
Me muevo, lo justo para fingir que estoy ajustando la sartén, y su mano se resbala.
Frunce el ceño. —Em... ¿estás segura de que...?
—Estoy bien —digo, raspando los bordes de la tortita. Ya está empezando a quemarse, pero parece que no me importa—. Solo pienso en las cosas de la cafetería. La Experiencia en el Arena. La subvención. Ya sabes.
Es solo una verdad a medias.
—Ya —dice Logan lentamente—. Está bien. Tiene sentido.
Pero no lo tiene. Lo noto en su voz. Está intentando atar cabos y yo no le estoy dando el hilo.
Entramos en un ritmo extraño y silencioso. Yo doy la vuelta a las tortitas, Logan sirve café y los hermanos fingen torpemente que no están presenciando toda esta escena en tiempo real.
Siento el calor de la mirada cautelosa de Logan como un sol abrasador a través de un cristal.
Pero ¿qué se supone que debo hacer? ¿Qué debería decir?
Oye, cielo, mientras roncabas como un hombre de las cavernas, tu hermano me ha dicho que podrían traspasarte fuera del estado y, por lo visto, no has creído que fuera importante mencionarlo.
Sí. Eso sentaría estupendamente en el desayuno.
Casco otro huevo y lo echo en el bol.
Mi cabeza no deja de dar vueltas.
¿De verdad ha estado cargando con esto él solo? Mientras jugábamos a las casitas aquí arriba en el bosque —riendo, pescando, besándonos como si el mundo no acechara justo tras los árboles—, ¿él ha estado lidiando con esto ?
¿Y no me lo ha dicho?
La voz en mi cabeza suena inquietantemente parecida a la de mi madre: Siempre eres tan egocéntrica, Emma. Tan rápida para enamorarte de tus sueños. Nunca ves la realidad.
Quizá tenía razón todo el tiempo.
Quizá he estado tan ocupada convenciéndome de que esto era real que no vi las grietas en los cimientos.
¿O es que simplemente no confiaba en mí lo suficiente como para contarme la verdad?
La tortita de la plancha vuelve a soltar humo. Le doy la vuelta demasiado tarde.
—Cariño —dice Logan con suavidad—. ¿Seguro que todo va bien?
Me pongo una sonrisa forzada y me giro, sosteniendo un plato como si fuera un escudo. —Sí. Una tortita ligeramente quemada, marchando. Toma, cógela.
Él la coge, pero sus ojos no se apartan de los míos. Y por primera vez, no puedo sostenerle la mirada. No sin derrumbarme.
Todos nos sentamos a la pequeña mesa, rozando nuestros hombros mientras el raspado de los cuchillos en los platos viejos chirría en mi cabeza.
Nate hace un chiste sobre que el beicon está perfectamente crujiente por una vez. Cole dice algo sobre que necesita cinco tazas más de café antes de poder siquiera mirar otra cerveza.
Logan suelta una risita siguiendo la corriente, pero hay algo forzado en ello. Como si estuviera actuando.
Como si ambos lo estuviéramos haciendo.
Mastico mi tortita lentamente, sintiendo el quemado de los bordes rozar el paladar. Todo me sabe a azúcar quemada y a una oportunidad perdida.
La mano de Logan se desliza bajo la mesa y sus dedos rozan los míos. Una ofrenda silenciosa y, normalmente, yo le apretaría la mano de vuelta.
Esta vez... retiro la mano, fingiendo que voy a por el sirope, a pesar de que mis tortitas ya nadan en él.
Siento su confusión en el aire que nos separa, pero no vuelve a preguntar.
Creo que sabe que no debe hacerlo.
Termino mis tortitas rápido y me levanto de la mesa. —Voy a darme una ducha.
No le miro cuando lo digo. No puedo.
—Vale —dice él, con voz baja y un poco ronca.
Camino por el corto pasillo con el suelo de madera frío bajo mis pies descalzos. La puerta del baño se cierra tras de mí, pero eso no acalla el latido de mi corazón ni el dolor que ha empezado a brotar en mi pecho.
Me agarro al lavabo con ambas manos.
Mi reflejo en el espejo parece el de otra persona. No sé qué me asusta más: que Logan pueda ser traspasado...
O que no me lo dijera.
Que estuve en sus brazos toda la noche, besándolo como una mujer que por fin se sentía segura ...
Y él no dijo ni una palabra.
Cierro los ojos.
¿Cómo puedo confiar en que se va a quedar... cuando ni siquiera sabía que podría irse?