10. Capítulo diez
Capítulo diez
Logan
E l hielo se siente diferente hoy. Demasiado duro bajo mis patines. Demasiado resbaladizo. Como si intentara hacerme tropezar a propósito.
O quizá solo sea cosa mía.
El silbato del entrenador atraviesa el pabellón, agudo y cabreado como siempre. —¡Kane! ¿Dónde demonios tienes la cabeza hoy?
Gruño y vuelvo a incorporarme al ejercicio, forzándome a centrarme en el disco. Siento su mirada clavada en mi nuca.
Los chicos esquivan los conos, pasándose el disco con precisión profesional. Todos menos yo. No dejo de pifiarla como un maldito novato, mi manejo del palo es torpe y voy a destiempo.
Apenas me doy cuenta cuando el disco vuelve a saltar sobre mi pala, rebotando contra las vallas con un fuerte estrépito.
El entrenador Brody vuelve a pitar, y sé que va por mí. Joder .
Oigo las risitas de Ryder antes de que siquiera llegue a mi altura. —Llevas diez minutos mirando a la nada. ¿Acaso cierta dueña de una cafetería te ha dado descafeinado esta mañana?
Le lanzo una mirada fulminante que debería bastar para que se calle. Pero Ryder es como un maldito terrier… una vez que muerde algo, no lo suelta.
Patina de espaldas frente a mí, sin molestarse ya en seguir el ejercicio. Lo aparto de un empujón y paso de largo ignorando su risa. Pero tengo los hombros tensos y la mandíbula tan apretada que me duele.
¿Desde cuándo un solo beso me convierte en un desastre distraído?
Desde que Emma Carter presionó sus labios contra los míos, con ese sabor a vainilla y a algo tan jodidamente dulce que no puedo esperar a repetirlo.
Connor se desliza a mi lado, lanzándole una mirada de advertencia a Ryder mientras el entrenador prepara el siguiente ejercicio.
—Déjalo en paz —masculla. Luego, más bajo y dirigiéndose a mí—. ¿Estás bien, tío?
Suelto un gruñido. Supongo que puede interpretarse como un sí o un no. Connor parece tomárselo como ambas cosas.
Pero no es solo el entrenamiento lo que falla. Soy yo.
Mi cabeza está atrapada en un bucle de lo de anoche. En todo.
La forma en que Emma se reía mientras hablábamos, cómo se le iluminaban los ojos cuando le contaba cosas de Finlandia. Cómo me miraba, como si estuviera viendo algo más que al bruto ejecutor que todos los demás ven.
Mi mente sigue allí. Atrapada en ese momento en el que alzó la vista hacia mí, con los labios hinchados por mi beso y la nieve enredada en su pelo.
—¡Kane! —La voz del entrenador me devuelve de golpe a la pista.
Sacudo la cabeza, tratando de despejarme. El entrenador está de brazos cruzados, con cara de pocos amigos.
Empieza el siguiente ejercicio y me pongo en fila junto a Connor. Me da un ligero toque en el hombro, asintiendo para darme ánimos.
Ryder pasa patinando con una sonrisa burlona. —Debe de ser un café muy bueno si te tiene pegando golpes como un novato.—
—Cállate antes de que te cambie la cara —mascullo.
Pero incluso en el siguiente ejercicio, mis pensamientos vuelven directos a Emma. El modo en que me susurró buenas noches como si no quisiera dejarme marchar. Cómo se veía con aquel jersey, mi jersey… ese que le queda enorme y que envuelve su jodido y sexy cuerpo en mi olor.
Dios, soy patético.
El entrenador hace sonar por fin el silbato para terminar el entrenamiento, soltando algo sobre la concentración y el compromiso antes de marcharse de la pista echando chispas.
Los chicos empiezan a retirarse, estirando y charlando sobre los planes para después de entrenar.
Siento las piernas pesadas mientras patino hacia el banquillo, quitándome los guantes y limpiándome el sudor de la frente. Oigo que los otros siguen hablando, riéndose de los ejercicios de la mañana.
Yo no formo parte de ello. Hoy no quiero formar parte.
Mi mente sigue en aquel momento a las puertas de Chapter & Grind. Lo cerca que estuve de decir una estupidez. Algo como: — Entremos. —
No lo hice. Gracias a Dios.
Ella no está preparada para lo que le haré cuando por fin ponga mis manos sobre esas caderas perfectas y ese culo dulce y carnoso.
Finalmente, sigo a los chicos fuera del hielo, sin que el peso en mi pecho desaparezca. Quizá sea porque no estoy acostumbrado a esto... a desear tanto a alguien. Me está trastocando la cabeza. Y el juego.
El vestuario está lleno de ruido. Los chicos se chinchan unos a otros como siempre, se oye el chasquido de las toallas contra la piel desnuda y el estrépito del equipo al ser arrojado a las bolsas.
Me dejo caer en el banco de madera frente a mi taquilla, con el sudor aún enfriándose en mi nuca. Flexiono y relajo las manos, pero la tensión que se ha ido acumulando en mi pecho desde el entrenamiento no afloja.
Cojo el móvil de la taquilla, casi como si mis manos se movieran sin el permiso de mi cerebro.
Un mensaje de texto nuevo.
El pecho se me relaja solo un poco al ver de quién es.
Emma.
— ¡Espero que el entrenamiento haya ido bien! —
Puedo imaginármela diciéndolo, probablemente con esa pequeña arruga en la nariz que le sale cuando intenta ser educada pero también sabe que probablemente esté siendo un capullo con alguien en el hielo.
Deslizo el pulgar hacia el siguiente mensaje.
— ¡Dios, qué mañana de locos! Y tu jersey todavía huele a ti... ¿es raro decir eso? —
Mis labios se curvan y sacudo la cabeza. Jodidamente adorable.
El siguiente mensaje llega inmediatamente después:
— Olvida el último mensaje. Por favor, finge que soy normal. —
Una carcajada retumba en mi pecho antes de que pueda evitarlo. Miro a mi alrededor, esperando que nadie me haya oído.
Ryder sigue sonriendo como un idiota, a pesar de que Connor le ha dado un buen toque con un toallazo perfecto. Se sienta en el banco frente a mí.
Blake acaba de terminar de quitarse las protecciones y ladea la cabeza, notando claramente el buen humor de Ryder. —¿A qué viene esa cara de bobo, novato? ¿Por fin has marcado un gol en el entrenamiento sin tropezar con tus propios patines?
Ryder resopla, pero se le ponen las orejas rojas. —No. Solo... he tenido una buena mañana. Eso es todo.—
Connor sonríe con malicia. —¿Una buena mañana, eh? No tendrá nada que ver con la asistente del veterinario que vi merodeando antes del entrenamiento, ¿verdad?—
A Ryder se le ilumina la cara, y eso es toda la munición que los chicos necesitan.
Blake suelta un bufido. —No me lo creo. ¿Ryder ha conseguido hablar con Mia? Y yo que pensaba que solo te quedabas mirándola como un perrito faldero cada vez que está cerca.—
Ryder se eriza. —No la estaba mirando. Estaba...—
Connor lo interrumpe con una carcajada sonora. —Claro, claro. Solo la estabas... observando con fines de investigación. Para asegurarte de que está cualificada para trabajar con cachorritos y gatitos, ¿eh?—
Toda la sala estalla en risas y Ryder murmura algo entre dientes mientras se pone la camiseta por la cabeza.
No puedo evitarlo. ¿Una oportunidad de devolvérsela después de todas las tonterías que suelta él?
—¿Y bien? ¿De verdad le has pedido una cita o te has quedado ahí parado hasta que te ha dado palmaditas en la cabeza y una chuche?
—Solo me estaba preguntando por la recaudación de fondos del refugio de la semana que viene —responde Ryder bruscamente, a la defensiva—. Quería saber si ayudaría con el montaje.—
Blake le da un golpe en el hombro al pasar a su lado de camino a las duchas. —¿Y le has dicho que sí, o simplemente le has babeado en los zapatos como un buen chico ?
Ryder le lanza su toalla a Blake mientras este se aleja. —Le he dicho que sí, capullos. Ahora dejadlo ya.—
Me río mientras todos desaparecen en las duchas y escribo una respuesta rápida a Emma antes de hacer lo mismo.
— El entrenamiento ha sido una mierda. Echo de menos mi jersey. Y puede que a ti también. —
Le doy a enviar antes de pensármelo dos veces, guardando el móvil de nuevo en la taquilla. El pulso me va un poco más rápido de lo normal, y no estoy seguro de si es por el entrenamiento o por lo ligera que me hacen sentir la cabeza los mensajes de Emma.
Me doy una ducha fría para despejarme y me pongo ropa limpia para entrenar. Connor me da una palmada en el hombro antes de dirigirse al gimnasio para nuestra siguiente sesión.
Pienso en Emma de nuevo y caigo en la cuenta. ¿De verdad estoy pensando en algo más que en el hockey por primera vez en... años?
La idea es aterradora.
Pero, al mismo tiempo, se siente… bien.
Un toallazo contra mi hombro me devuelve a la realidad, y me doy cuenta de que Blake sigue allí, con una ceja levantada.
—¿Vienes al gimnasio, Kane?—
Dudo. Normalmente, aprovecharía cualquier oportunidad para quemar adrenalina, pero ahora mismo... solo quiero salir de aquí.
—Sí. Solo necesito un minuto —murmuro.
Blake asiente, como si lo tuviera todo claro, y se marcha.
Mi móvil vibra de nuevo y lo saco para ver otro mensaje de Emma.
— No me odies, pero he vuelto a hornear muffins. Te juro que esta vez no están quemados. —
Una media sonrisa asoma a mis labios.
— Yo seré el juez de eso —le respondo.
No puedo evitarlo. Me cambia el humor y, por primera vez hoy, la tensión de mi pecho se afloja un poco.
Me pongo en pie, estirando la rigidez de mis hombros.
Sí. Iré al gimnasio.
Tal vez levantar unas pesas me despeje la cabeza. Eso debería bastar.
La sala de descanso de los jugadores está a tope al final de otro agotador día de pretemporada.
La habitación está impregnada del aroma del café recién hecho y el despliegue de comida sobre la larga mesa de madera desgastada.
Una hilera de Gatorades de todos los colores ocupa un extremo, mientras que el otro está repleto de barritas de proteínas, fruta fresca y una bandeja de wraps de pollo a la parrilla con alioli picante.
Me instalo en un sitio cerca del fondo, cogiendo una bebida deportiva de naranja y manteniendo la cabeza baja, con los hombros encogidos.
Después de un largo día de entrenamiento, solo quiero entrar, oír lo que Big Mike y Sophia tienen que decir, y marcharme.
Después, por fin, podré ir a casa de Emma.