Defensa propia (Inspectora Ferrer 2) 18. La regla de la mano
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18. La regla de la mano

El viernes a mediodía, Claudia le llevó la bufanda a Noelia.

Llevaba diez días en la guantera del coche, doblada en cuatro, gris, con los seis últimos puntos hechos en un minuto sin mirar. No había encontrado el momento. O no había querido encontrarlo.

Noelia vivía en casa de su hermana Rosa, en Cornellà, en un tercer piso con ascensor y una terraza llena de geranios.

Le abrió la puerta ella misma. Llevaba unos vaqueros, un jersey de punto beis y el pelo suelto, sin la pinza de plástico.

Las marcas del cuello ya casi no se veían: una sombra amarillenta debajo de la mandíbula, nada más.

Tenía otra cara. Claudia tardó un segundo en reconocerla.

—Inspectora.

—Claudia.

Noelia sonrió. Fue la primera vez que Claudia la veía sonreír.

—Claudia. Pase. Iris está en el instituto. Hoy tiene un examen de Historia.

Se sentaron en la salita, una habitación pequeña con un sofá de flores y una mesa camilla con brasero.

Por la puerta de cristal se veía la terraza, llena de geranios que Rosa había cubierto con plásticos para protegerlos del frío.

Rosa les sacó dos cafés y se volvió a meter en la cocina.

Claudia dejó la bufanda encima de la mesa camilla, entre las dos tazas.

—Es de Amparo —dijo—. La terminó delante de mí. Antes de que nos la lleváramos. Me pidió que te la diera.

Noelia se quedó mirando la bufanda sin tocarla.

—¿Cómo está?

—En su casa. —Claudia cogió el café—. Ayer el juez le dio la libertad provisional.

Setenta y cuatro años, sin antecedentes, con arraigo, con las rodillas como las tiene.

La fiscal ya habla de defensa de tercero.

De estado de necesidad. —Hizo una pausa—.

Va a haber juicio. Pero no creo que vuelva a entrar en ningún sitio.

Noelia cerró los ojos. Soltó el aire, despacio.

—Me dijo que lo sentía —siguió Claudia—. Que no debió pedirte eso. Que pensó que te estaba salvando y te metió en la cárcel.

—Me salvó —dijo Noelia, sin abrir los ojos—. Y me metió en la cárcel. Las dos cosas. —Abrió los ojos—. No sé cómo puede ser.

—Puede ser —dijo Claudia—. Casi siempre es así.

Noelia cogió la bufanda. La desdobló. La miró a contraluz, contra el cristal de la puerta de la terraza.

Luego se la puso alrededor del cuello, despacio, una vuelta y otra, tapando la sombra amarilla de debajo de la mandíbula.

—Pica un poco —dijo.

—Es lana de verdad.

—Siempre picaban. —Noelia se rió, con la bufanda hasta la barbilla—. Amparo me ha hecho una bufanda cada invierno durante catorce años. Todas pican. Y me las he puesto todas.

*  *  *

El sábado por la mañana, Valentina ya no tenía fiebre desde hacía más de una semana y estaba en el salón con Xavi, construyendo un castillo de Lego encima de la alfombra. Queen dormía dentro de la caja vacía de las piezas.

—¡Mamá! ¡Es un castillo con torre! ¡Y la torre no tiene ventana para que no castiguen a nadie!

—Muy buena idea.

—Ha sido idea mía —dijo Xavi, sin levantar la vista de una pieza azul—. Bueno, de los dos. Ella ha dicho lo de la ventana. Yo he puesto la puerta de atrás.

—¿Para qué es la puerta de atrás?

—Para salir —dijo Valentina, como si fuera evidente.

Claudia se quedó mirándolos.

Xavi levantó la vista. La miró un segundo. Luego volvió a la pieza azul.

*  *  *

Comieron los tres juntos, con la ventana empañada por el vapor de la olla.

Macarrones. Los había hecho ella mientras los dos terminaban la torre, con tomate de bote, un poco de chorizo y demasiado queso, como le gustaban a Valentina.

Se le habían pasado un minuto, como siempre, y nadie dijo nada.

Queen se instaló debajo de la mesa a esperar que cayera algo, y algo cayó, más de una vez y no siempre por accidente.

Valentina se comió los suyos y luego la mitad de los de su madre, que la dejó hacer.

Después del café, Xavi se fue a su casa y el piso se quedó para ellas solas.

A las cinco y media ya era de noche. En noviembre las tardes se acababan antes de empezar, y Claudia tenía su manera de plantarles cara: velas. La gorda de canela en la estantería y dos pequeñas en el alféizar.

Le preparó un Cola Cao a la niña y un té para ella, y bajó la luz del techo hasta que solo quedaron las llamas y la lámpara de pie.

Luego se sentaron en la mesa del salón, con un folio en blanco y la caja de rotuladores.

La buena, la de cuarenta y ocho colores, la que solo salía los fines de semana.

—¿Vamos a dibujar?

—Vamos a aprender una cosa. Una cosa que enseñaba una maestra a sus alumnos.

—¿Qué maestra?

Claudia pensó en Paula en el balcón de la costa, con el reloj de plástico en la muñeca.

—Una maestra muy valiente —dijo—. Se llama Paula.

—¿La señora de la torre?

Claudia la miró. Valentina la miraba a ella con los ojos muy abiertos, sin pestañear, con un rotulador verde en la mano.

—Sí —dijo Claudia—. La señora de la torre.

Valentina asintió, satisfecha. Como si lo hubiera sabido siempre.

—Pon la mano encima del papel. La que quieras. Con los dedos abiertos. Así.

Valentina puso la mano izquierda encima del folio, con los dedos muy separados, apretando contra la mesa. Claudia le dibujó el contorno con un rotulador negro, despacio, dedo a dedo, rodeando cada uno, mientras la niña se reía porque le hacía cosquillas entre los dedos.

Cuando terminó, Valentina levantó la mano y miró el dibujo. Una mano pequeña, de cinco años y medio, con los dedos gordos y torcidos.

—Ahora —dijo Claudia—, en cada dedo tienes que escribir el nombre de una persona mayor. Una persona en la que confíes mucho, mucho. A la que le podrías contar cualquier cosa. Aunque fuera muy fea. Aunque te diera vergüenza.

—¿Cualquier cosa?

—Cualquier cosa. Si alguien te hace daño. Si alguien te da miedo. Si alguien te pide que guardes un secreto que no te gusta.

Valentina se quedó pensando, con el rotulador en la boca.

—¿Y por qué cinco?

—Porque si se lo cuentas a uno y no te cree, te quedan cuatro.

Valentina abrió mucho los ojos. Lo pensó un momento. Luego asintió muy seria, como quien acaba de entender algo muy importante, y destapó el rotulador rojo.

En el pulgar escribió MAMÁ. Con letras enormes, torcidas, la M al revés. Se le salió del dedo y siguió por el papel.

En el índice, con el azul, escribió XAVI. Sin pensarlo. Sin levantar la vista.

En el corazón, con el verde, escribió TÍA CLARA. Le costó mucho. Claudia la ayudó con la C.

En el anular se quedó un momento pensando. Luego cogió el gris.

—¿Queen cuenta?

—¿Queen?

—Queen es muy lista —Valentina la miró muy seria—. Y nunca se chiva de nada.

Claudia se tapó la boca con la mano.

—Queen cuenta —dijo.

Valentina escribió QUEEN, con la Q enorme, y le dibujó al lado una coronita.

Luego llegó al meñique.

Se quedó con el rotulador en el aire, encima del dedo pequeño, mucho rato. Claudia la miraba. Valentina miraba el dedo. Queen, desde la caja de Lego vacía, levantó la cabeza.

—Mamá.

—Dime.

—¿El señor del columpio cuenta?

Claudia no contestó.

Valentina esperó un momento. La miró. Esperó otro. Luego volvió a mirar el dibujo. Destapó el rotulador naranja.

Y, sin esperar respuesta, en el meñique, con letras pequeñas, apretadas, que casi no cabían, escribió:

ADRIAN

Sin tilde.

Luego le dibujó al lado un columpio.

*  *  *

Esa noche, cuando Valentina ya dormía, Claudia cruzó el rellano y llamó a la puerta de Xavi.

Le abrió con las gafas de leer y un lápiz detrás de la oreja. Detrás, en el salón, la pantalla del portátil iluminaba la mesa.

—¿Qué pasa?

Claudia le dio el folio.

Xavi lo miró. La mano. Los cinco dedos. MAMÁ, XAVI, TÍA CLARA, QUEEN. Y en el meñique, en naranja, con un columpio al lado, ADRIAN.

Se quedó mirándolo mucho rato.

—Me ha puesto en el índice —dijo al fin.

—Sin pensarlo. Ni un segundo.

Xavi asintió despacio. Se quitó las gafas. Se frotó los ojos.

—Clau.

—Dime.

—No te voy a pedir nada. —Lo dijo bajo, apoyado en el marco de la puerta—.

Llevo cinco meses sin pedirte nada y no voy a empezar ahora.

Solo quiero decirte una cosa, y luego me voy a seguir escribiendo una escena que no me sale.

—Se puso otra vez las gafas—. Me duele. No te lo voy a negar.

Me duele bastante. Pero me alegro por ti.

Claudia no supo qué decir.

—Y él… —Xavi señaló el meñique con el dedo—. Si ella lo ha puesto ahí, después de verle una vez, en un columpio, es que sabe escuchar. Val no se equivoca con eso. —Le devolvió el folio—. Nunca se equivoca con eso.

—Xavi…

—Buenas noches, Clau.

Le dio un beso en la frente. Rápido. Como se le da a alguien a quien se va a seguir queriendo de otra manera.

Y cerró la puerta despacio.

Claudia se quedó en el rellano, entre las dos puertas, con el dibujo en la mano. Por la rendija de la suya asomó una cabeza gris. Queen la miró, miró la puerta de Xavi, volvió a mirarla a ella.

Luego cruzó el rellano, se sentó delante de la puerta de Xavi y se quedó allí, quieta, como un centinela.