Defensa propia (Inspectora Ferrer 2) 17. Denegada
90%

17. Denegada

Claudia leyó la libreta entera el domingo por la noche, en la mesa de la cocina, con Valentina dormida y Queen enroscada encima de una silla.

Línea a línea. Con la letra redonda de maestra, la de la pizarra, para que se entendiera. Sin un tachón. Sin un adjetivo. Sin una lágrima en el papel. Fecha, hora, cuarto, lo que pasó, por qué.

Once años.

A la una y media de la madrugada, Claudia se levantó a hacerse un café y se dio cuenta de que tenía la cara mojada. No sabía desde cuándo.

Volvió a la mesa. Pasó las páginas hasta marzo de 2017.

La entrada estaba sola, en mitad de una página en blanco, separada de la anterior y de la siguiente por un espacio de varias líneas, como si Paula no hubiera querido que tocara nada más.

6 de marzo de 2017. Lunes. 23:15. Cuatro notas.

Volvemos del entierro de Teresa Bosch. Se quita el abrigo en el recibidor y me lo da para que lo cuelgue. Mientras lo cuelgo, de espaldas a él, dice en voz alta, sin mirarme, como quien piensa en voz alta:

«Joaquín ha tenido suerte. Las escaleras no hablan».

Me quedo quieta con el abrigo en las manos. Él sube al dormitorio. Catorce segundos.

No lo he dicho nunca a nadie.

Claudia se quedó mirando la frase mucho rato.

Joaquín ha tenido suerte.

No decía «pobre Joaquín». No decía «qué desgracia». Decía suerte. Como se dice de alguien a quien le ha salido bien algo que podía haberle salido mal.

Las escaleras no hablan.

Pensó en lo que Paula le había contado esa misma mañana, en el piso de la costa.

Una cafetería de la Rambla de Catalunya.

Ernesto Salcedo con su brandy, diciendo con su voz fina: «Pobre Teresa.

Con lo torpe que era con las escaleras».

Y un viudo de cara cansada que no contestó.

En un informe de defunción que había leído un domingo en el portátil, con Valentina dibujando a su lado: traumatismo craneoencefálico, precipitación accidental en domicilio, sin autopsia judicial, sin diligencias, sin nada.

Pensó en doña Amparo en el rellano de Collblanc: Paco se cayó. Eso dijo el juez.

Cerró la libreta. Puso las dos manos encima, como hacía Paula con la bolsa del brazalete.

No durmió.

*  *  *

El lunes a las nueve y diez, Mónica la llamó a su despacho y cerró la puerta.

Era la segunda vez en tres semanas que Mónica cerraba la puerta. Claudia lo supo antes de sentarse.

Encima de la mesa había un periódico. No uno de papel: la pantalla del portátil de Mónica, girada hacia la silla de las visitas.

El Observador Digital. Portada. Una foto en blanco y negro, con grano, tomada de noche con teleobjetivo: una mujer con coleta y chaqueta oscura en el portal de un edificio, con la mano en el telefonillo.

Al lado, otra foto: la misma mujer saliendo del mismo portal, sola, con el pelo suelto.

EXCLUSIVA | La inspectora del «caso del juez del 112» pasa la noche en casa del abogado de las víctimas

Claudia no se sentó.

Leyó el titular. Leyó el subtítulo. Leyó la primera línea, la que decía «según ha podido saber este medio», y la segunda, la que decía «fuentes de la defensa del magistrado Valcárcel», y no leyó más.

—Miércoles —dijo Mónica—. Once y doce de la noche. Calle Pujades, 112. Salida a las tres menos cuarto.

—Ya lo sé.

—Ya sé que lo sabes. —Mónica se quitó las gafas de leer y las dejó encima de la mesa, muy despacio—. Te lo dije, Ferrer. El primer día. Delante de la cámara, de usted y a dos metros. Detrás de la cámara, no quiero saber nada.

—No sabía que había cámara.

—Siempre hay cámara. —Mónica no levantó la voz. Eso era lo peor—. Siempre. Tú lo sabes mejor que nadie. Llevas casi tres semanas cambiando de tren tres veces para ir a ver a esa mujer. Y el miércoles por la noche cogiste un taxi en la puerta de tu casa y te bajaste en la puerta de la suya.

Claudia no contestó. No había nada que contestar.

—Ignasi Salcedo ha presentado un escrito esta mañana a primera hora en la Sala —siguió Mónica—.

Con las fotos adjuntas. Pide la nulidad del atestado.

Dice que la instrucción policial está contaminada por una relación personal entre la inspectora y el abogado que asesoró a la víctima desde el principio.

Que el abogado fue el primero en hablar de un reloj.

Que la inspectora y el abogado han coordinado la investigación. Que todo es una caza de brujas.

—Adrián no es el abogado de Paula.

—Ya lo sé. Y el escrito también lo sabe. Y le da igual. —Mónica se frotó los ojos—. ¿Sabes lo que va a hacer Ruiz-Alarcón con esto?

Claudia lo sabía. No lo dijo.

—Lo que va a hacer —dijo Mónica— es lo que le han pedido que haga. Y ahora tiene una excusa que puede firmar sin que se le caiga la cara.

*  *  *

El auto llegó a las doce y cuarto.

Sílvia Roca lo reenvió al móvil de Claudia desde el pasillo del Palacio de Justicia, sin una palabra, solo con el archivo adjunto. Catorce páginas. Claudia se saltó las doce primeras. Fue directa a la parte dispositiva.

Se deniega la orden de protección solicitada por doña Paula Ortiz Llorens.

Leyó los fundamentos en diagonal. Conflicto conyugal de larga duración.

Versiones contradictorias de las partes.

Antecedentes psiquiátricos documentados de la denunciante, con diagnóstico de trastorno de ansiedad generalizada con episodios de desrealización.

Informe psiquiátrico forense pendiente de emitir.

Declaración notarial de la cuñada de la denunciante sobre episodios previos de alteración.

Y luego, en el último párrafo de los fundamentos, la frase que lo resolvía todo:

Sin perjuicio de lo que resulte de la instrucción, esta Sala no puede ignorar las dudas razonables sobre la imparcialidad de la investigación policial que han sido puestas de manifiesto por la defensa del investigado, y que aconsejan extremar la cautela antes de adoptar medidas restrictivas de derechos contra un miembro de la carrera judicial.

Contra un miembro de la carrera judicial.

Claudia leyó la frase tres veces.

Luego bajó a la página once, donde Sílvia había marcado algo en amarillo.

Un párrafo corto, casi escondido:

Por lo que respecta al registro de llamadas aportado por las operadoras, del que resulta que no consta llamada alguna desde las líneas del domicilio conyugal al número de doña Inmaculada Valcárcel en la madrugada del 17 de agosto, esta Sala considera que dicha circunstancia no es concluyente, por cuanto no excluye la posibilidad de que la denunciante utilizara otro terminal.

No consta llamada alguna.

Paula tenía razón. No había llamado a Inma. No había llamado a nadie. Inma había mentido ante notario. Y el auto lo decía, en la página once, en una frase subordinada, y lo despachaba con otra.

Otro terminal.

Claudia se quedó mirando la pantalla del móvil, sentada en su mesa, con el auto abierto, mientras a su alrededor la unidad seguía funcionando: teléfonos, teclas, la máquina de café rota, Ribas riéndose de algo en su mesa.

Marta se acercó. Le puso un café de máquina delante. No dijo nada. Se quedó de pie a su lado, con la mano en el respaldo de su silla.

—La han denegado —dijo Claudia.

—Ya lo he visto.

—Por mí.

—No. —Marta apretó el respaldo de la silla—. Por un juez que le debe la plaza a otro juez. Tú eres la excusa. No la razón.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo, jefa. —Marta se agachó hasta quedar a su altura—. Y lo sabes.

*  *  *

Mónica la volvió a llamar a las dos.

—Te aparto del caso Valcárcel.

Claudia no dijo nada.

—No es una sanción. No hay expediente. Asuntos Internos no va a abrir nada porque no hay nada que abrir: una inspectora adulta pasa la noche en casa de un abogado adulto que no es parte en el procedimiento.

—Mónica cogió aire—. Pero mientras esas fotos estén en internet, cualquier cosa que toques en ese caso la anula Ignasi Salcedo con un escrito de dos páginas.

Lo lleva Marta. Tú sigues con todo lo demás.

—¿Y Paula?

—Paula sigue en el piso de la costa. Sigue protegida. Sigue teniendo abogada. Y sigue teniéndote a ti, aunque no lleves el caso. —Mónica bajó la voz—. Eso no te lo quita nadie, Ferrer.

—Oriol Puig.

—Suspendido de empleo y sueldo desde esta mañana.

Ha declarado tres horas con abogado. —Mónica soltó una risa corta, sin humor—.

Dice que consultó la ficha catorce veces porque tenía un problema con el sistema y no le cargaba bien.

Que no habló con nadie. Que no conoce a Roberto Valcárcel más que de vista, de dos cenas de Navidad en casa de su tío. Las mismas palabras. Exactas.

—Se las ha dictado alguien.

—Ya lo sé. —Una pausa—. Y otra cosa. La residencia de Zaragoza. He llamado esta mañana a la fiscal de mayores de allí, que estudió conmigo. Ha paralizado el traslado de la madre de Paula. Nadie la mueve de la habitación 214 sin una autorización judicial y sin que Paula lo sepa.

Claudia cerró los ojos.

—Gracias.

—No me las des a mí. Se lo prometiste tú. —Mónica tardó un segundo en seguir—. Ferrer.

—Qué.

—Siento lo de las fotos. —Lo dijo muy rápido, como quien se arranca una tirita—. No por ti. Por él. Parecía buen chico.

Y colgó.

*  *  *

Adrián la llamó a las tres y media. Claudia estaba en el coche, en el aparcamiento de la comisaría, con la libreta de Paula en el asiento del copiloto.

—Ha sido culpa mía —dijo él, antes de que ella dijera nada—. Lluch llevaba una semana en mi portal. Lo sabía. Te lo dije en los columpios. Y el miércoles no lo miré. No miré la calle.

—Yo tampoco.

—Debería haberte dicho que no subieras.

—¿Me lo habrías dicho?

Silencio al otro lado.

—No —dijo Adrián al fin—. No te lo habría dicho.

—Pues ya está.

Se quedaron callados. Por el parabrisas, Claudia veía la fachada de la comisaría, el cartel del 016, una patrulla que salía.

—Sílvia va a presentar recurso de apelación —dijo él—. Le he pasado tres sentencias del Supremo sobre registros de llamadas y testigos de referencia. La de la cuñada no se sostiene. Lo sabe todo el mundo.

—Lo sabe todo el mundo y da igual.

—Hoy da igual. —Adrián hizo una pausa—. Mañana, a lo mejor no.

—Adrián.

—Dime.

—Tengo algo. —Claudia miró la libreta—. No del caso de Paula. De otra cosa. De antes. Algo que dijo él una noche, al volver de un entierro.

—¿De qué entierro?

Claudia abrió la libreta por marzo de 2017. Miró la frase. Las escaleras no hablan.

—Te lo cuento cuando te vea —dijo—. Por teléfono, no.

*  *  *

A las seis menos cuarto le sonó el móvil con un número que ya se sabía de memoria. El de Àngels.

—¿Claudia?

La voz de Paula. Más firme de lo que esperaba.

—Paula.

—Me ha llamado Sílvia. —Una pausa—. Me la han denegado.

—Sí.

—Por las fotos. Las tuyas. Con el abogado.

Claudia cerró los ojos.

—Sí. Lo siento, Paula. Lo siento muchísimo. Ha sido…

—No. —La voz de Paula la cortó, suave pero sin dejar hueco—.

No lo sientas. Esas fotos no las hiciste tú.

Las mandó hacer él. Como mandó a Inma a un notario.

Como fue a ver a mi madre con un dibujo que encontró en mi caja de Navidad.

—Una pausa—. Él hace las cosas así. Lo sé mejor que nadie. Llevo once años viéndole hacerlas.

Claudia no supo qué decir.

—¿Has leído la página? —preguntó Paula.

—La he leído.

—¿Sirve para algo?

Claudia miró la libreta, en el asiento del copiloto. La frase sola en mitad de la página en blanco.

—No lo sé todavía —dijo—. Pero creo que sí.

Al otro lado, Paula se quedó un rato en silencio. Claudia oyó el mar. Lejos, constante, yendo y viniendo, sin prisa.

—Mi orden de protección la ha denegado un juez que le debe la plaza a su mejor amigo —dijo Paula al fin—. Si voy por ahí, por lo mío, por mis costillas y mis fechas, no voy a llegar nunca. Ellos siempre van a tener otro terminal. Otro notario. Otro psiquiatra.

—Paula…

—Pero Teresa no era su mujer. Teresa era la de Joaquín.

—La voz de Paula bajó—. Y Joaquín, aquella noche en la cafetería, cuando se me cayó el azúcar, me miró como si quisiera decirme algo.

Me acuerdo. Me acuerdo perfectamente. Me miró como se mira a alguien que va por el mismo sitio por el que fue otra persona antes.

Claudia apretó el móvil.

—¿Qué estás diciendo, Paula?

Paula tardó en contestar. Cuando lo hizo, lo hizo con la voz de la vista. La de las fechas. La de los cuartos.

—Que por la mía no podemos —dijo—. Entonces habrá que subir por otra escalera.