Defensa propia (Inspectora Ferrer 2) 16. Pilar
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16. Pilar

Los sábados a las cinco llamo a mi madre.

Lo hago desde hace dos años, desde que la llevaron a la residencia de Zaragoza.

Antes la llamaba desde el fijo de casa, con Roberto en el salón, leyendo el periódico, a tres metros, oyéndolo todo.

Ahora la llamo desde el móvil de Àngels, con número oculto, sentada en el balcón del piso de la costa, con el mar delante del tamaño de una sábana.

Àngels me lo propuso el primer sábado.

—¿Tienes a alguien a quien llamar?

—A mi madre. Pero no se acuerda de mí.

—Llámala igual —me dijo, y me dio el teléfono—. Las madres se acuerdan de cosas que no saben que se acuerdan.

*  *  *

Mi madre se llama Asunción Llorens. Tiene ochenta y tres años.

Fue maestra de escuela en un pueblo de Teruel durante cuarenta años, y me enseñó a leer con tres, con un libro de tapas verdes que se llamaba Mi primer libro.

Ahora no sabe en qué año vive. A veces cree que está en el pueblo, en la escuela, y que tiene que ir a tocar la campana del recreo.

A veces cree que yo soy su hermana Pilar, que murió en 1971, de unas fiebres, con diecinueve años.

Desde hace dos años, cuando la llamo, me llama Pilar.

Al principio me dolía. Luego dejó de dolerme. Luego empezó a gustarme un poco, porque Pilar era la hermana de la que me hablaba de pequeña, la que bailaba jotas en las fiestas, la que se reía tan fuerte que la oían desde la plaza. Pilar no tenía marido. Pilar no tenía un reloj en el salón.

A las cinco en punto, según el reloj de plástico de Àngels, marco el número de la residencia.

Me pasan con la habitación 214.

—¿Diga?

—Hola, mamá. Soy yo.

—¡Pilar! —La voz de mi madre se ilumina—. ¡Pilar, hija! ¡Qué alegría! ¿Dónde estás? ¡Hace tanto que no vienes!

—Estoy en la costa, mamá. Junto al mar.

—¿En la playa? ¿En noviembre? Tú siempre tan loca. —Se ríe—. ¿Te has bañado?

—Todavía no.

—Ten cuidado, que el agua está muy fría. —Y luego, sin cambiar de tono, como quien cuenta lo que ha comido—: Oye, Pilar. ¿Sabes quién ha venido a verme esta mañana?

Me quedo quieta en la silla del balcón.

—¿Quién, mamá?

—Un señor muy elegante. Muy alto, con el pelo así, plateado. Con un traje gris precioso y unos zapatos que brillaban como espejos. —Mi madre baja la voz, como si fuera un secreto—. Dice que es mi yerno.

El mar sigue ahí, delante. Gris. Sin barcos.

—¿Tu yerno?

—El marido de Paula. ¿Te acuerdas de Paula? Mi hija. La pequeña. La maestra. —Una pausa—. Se casó con un juez. Un juez, Pilar. Yo no fui a la boda, creo. ¿Fui a la boda?

Fuiste, mamá. Fuiste con el vestido azul marino y el broche de la abuela. Lloraste en la iglesia. Roberto te dio el brazo para bajar la escalinata y te dijo que me iba a cuidar como a una reina.

—Sí, mamá. Fuiste.

—Ah. —Mi madre se queda un momento callada—. Pues es muy guapo. Y muy educado. Me ha traído una caja de bombones con un lazo granate. Bombones de los buenos, de los que tienen licor dentro. La enfermera no me deja comérmelos todos. Me ha dejado comerme dos.

—Qué bien, mamá.

—Y me ha traído un regalo.

—¿Un regalo?

—Un dibujo. —Oigo papeles al otro lado. Mi madre debe de tenerlo en la mano—.

Un dibujo de un colegio, con una señora muy alta delante, con una capa azul con estrellas.

Lo ha hecho una niña. Pone: Seño Paula es una superheroína.

Con faltas de ortografía. —Se ríe—. Superheroína sin tilde.

A mis alumnos les ponía un punto rojo por cada falta.

No puedo respirar.

El dibujo de Martina. El que estaba en el fondo de la caja de Navidad, debajo de las bolas de cristal de su madre. En el altillo. Donde él no subía nunca.

Ha subido.

—Mamá —digo. Me sale muy bajo—. ¿Qué más te ha dicho?

—Que Paula está malita. —La voz de mi madre se pone triste, de golpe, como se ponen tristes los niños—.

Que tiene los nervios mal. Que está en un sitio para descansar, lejos, y que no puede llamar.

Que él la quiere mucho y que la está esperando en casa.

Que el sábado le dio cuerda al reloj él solo, porque ella no estaba, y que la casa está muy triste sin ella.

—Una pausa—. ¿Tú sabías que Paula estaba malita, Pilar?

—Sí, mamá.

—Pobrecita. —Suspira—. Con lo lista que era. Leía con tres años. Yo le enseñé.

—Ya lo sé.

—Y me ha hecho firmar un papel.

Me agarro a la barandilla del balcón.

—¿Qué papel, mamá?

—Uno muy largo. Con muchas letras pequeñas.

Yo no veo bien las letras pequeñas, ya lo sabes.

—Mi madre baja otra vez la voz—. Me ha dicho que es para que me trasladen a una residencia mejor.

En Barcelona. Cerca de su casa. Que así Paula podrá venir a verme todos los días cuando se ponga buena.

Y que él pagará todo. Que no me preocupe por nada.

—Se ríe—. Una residencia con jardín, Pilar.

Y con piscina. ¿Tú te imaginas, a mi edad, en una piscina?

Cierro los ojos.

Una residencia en Barcelona. Cerca de su casa. Pagada por él. Con mi madre dentro, en una habitación que él elegirá, con unas enfermeras a las que él saludará cada semana, con su traje gris y sus zapatos brillantes, con una caja de bombones con lazo granate.

Mi madre. Lo único que me queda fuera de él.

—Mamá. Escúchame. ¿Has firmado ya el papel?

—Claro, hija. Lo he firmado con mi letra de maestra. Me ha dicho que tenía una letra preciosa. —Una pausa—. ¿He hecho mal?

—No, mamá. No has hecho mal.

—Ah, bueno. —Se queda callada un momento. Luego dice, con una voz distinta, más clara, como si de repente se hubiera despertado—: Pilar.

—Dime.

—Ese señor. El yerno. —Una pausa larga—. Tenía las manos muy frías. Cuando me ha dado la mano, al irse. Muy frías. Como de muerto.

No digo nada.

—A ti nunca te gustaron los hombres con las manos frías —dice mi madre—. Decías que eran los que no sabían querer.

Y luego, sin transición, con la voz de antes, la del pueblo, la de la campana del recreo:

—Bueno, hija, te dejo, que va a empezar el rosario de la tele. Ven a verme pronto. Y no te bañes, que está muy fría.

Cuelga.

*  *  *

Me quedo en el balcón con el móvil de Àngels en la mano hasta que el sol se pone detrás de los edificios y el mar se vuelve negro.

Àngels sale a buscarme. Me pone una chaqueta de lana por los hombros. Se sienta en la otra silla del balcón, a mi lado, y no dice nada durante mucho rato.

—Ha ido a ver a mi madre —le digo al fin.

Àngels no pregunta quién.

—Le ha llevado bombones. Y un dibujo que estaba escondido en mi casa, en un sitio donde él no subía nunca. Y le ha hecho firmar un papel para trasladarla a una residencia en Barcelona. Cerca de él. Pagada por él.

Àngels sigue sin decir nada.

—Quiere que vuelva —digo—. Me lo está diciendo. Sin decirlo. Como lo dice todo. Tengo a tu madre. Tengo tu dibujo. Tengo tu casa. Tengo tu reloj. Vuelve.

—¿Y vas a volver?

Me miro la muñeca izquierda. La franja ya casi no se ve. Se ha ido igualando con el resto de la piel, poco a poco, en estas dos semanas, como si el brazo se estuviera olvidando de que alguna vez llevó algo.

—No lo sé —digo.

Es la verdad.

Pienso en mi madre en una residencia con jardín y con piscina, sola, en una habitación elegida por él, firmando con su letra de maestra los papeles que él le ponga delante.

Pienso en él entrando cada semana, con los bombones y el traje gris, dándole la mano fría al irse.

Pienso en que podría pasar cualquier cosa.

Una caída. Una pastilla de más. Un cambio de medicación.

Con lo torpe que está ya con las escaleras.

Y pienso que si vuelvo, si cojo el tren y me presento en la verja de la calle Jaume Piquet con la maleta en la mano, él abrirá la puerta y sonreirá con la sonrisa de las tomas de posesión.

Y le dirá a todo el mundo que me he recuperado.

Y mi madre se quedará en Zaragoza, en la habitación 214, con su rosario de la tele, a salvo.

Y yo no.

—Àngels —digo—. ¿Tú qué harías?

Àngels se queda mirando el mar negro mucho rato.

—Yo volví —dice al fin—. Dos veces. La primera, por mis hijos. La segunda, porque me dijo que se iba a matar si no volvía. —Se encoge de hombros—. A la tercera no volví. Pero hicieron falta tres.

No sabía nada de Àngels. Nada. Ni que tuviera hijos. Ni que hubiera estado al otro lado.

—¿Y por qué a la tercera no?

Àngels se gira hacia mí. Tiene los ojos cansados de siempre, de muchas noches, de muchas sopas.

—Porque a la tercera alguien me dijo una cosa que no me había dicho nadie —dice—. Me dijo: Tú no le debes nada. Ni a él, ni a nadie. Ni siquiera a tu madre.

*  *  *

Esa noche no duermo.

Me siento en la mesa de la cocina, debajo de la lámpara, con la libreta que me trajo Sílvia el martes.

Una libreta de tapas negras, de cuadrícula, de las de los niños de primaria.

Sílvia me dijo que escribiera todo lo que recordara.

Todo. Con fechas. Que lo que dije en la vista estaba muy bien, pero que hacía falta por escrito, firmado, página a página.

Llevo cinco días escribiendo. Ya voy por la mitad de la libreta.

Escribo con mi letra redonda de maestra, la de la pizarra, para que se entienda. Una línea por cada cosa. Fecha, hora, cuarto, lo que pasó, por qué. El café demasiado caliente. La toalla mal doblada. El autobús que se retrasó. Once años de motivos que no eran motivos.

Esta noche llego a 2017.

Escribo enero. Escribo febrero.

Y luego llego a marzo. Y me quedo con el bolígrafo en el aire.

El 3 de marzo de 2017 murió Teresa Bosch.

Se cayó por la escalera de su casa, en la calle Ganduxer.

El 6 de marzo la enterramos, en el cementerio de Sant Gervasi, con una lluvia fina que no mojaba.

Joaquín estaba junto al hoyo con la cara gris.

Ernesto le daba palmadas en la espalda. Roberto me apretaba el brazo por encima del codo, como siempre, para que no me moviera.

Esa noche, al volver a casa, Roberto se quitó el abrigo en el recibidor y me lo dio para que lo colgara. Y mientras yo lo colgaba, de espaldas, él dijo una frase.

No me la dijo a mí. La dijo al aire. Al recibidor vacío. Como se dicen las cosas que uno piensa en voz alta sin darse cuenta.

Yo me quedé quieta, con el abrigo en las manos. Durante casi ocho años he hecho como que no la había oído. Durante casi ocho años la he guardado en algún sitio de dentro sin puerta, debajo de los cuartos, debajo de todo.

Esta noche la escribo.

La escribo despacio, con mi letra redonda de maestra, para que se entienda. Una línea. Con la fecha y con la hora. El reloj dio las once y cuarto. Cuatro notas.

Luego cierro la libreta.

*  *  *

Claudia llega el domingo a las doce, en tres trenes, como siempre.

No puede quedarse mucho: le ha prometido a Valentina estar en casa para la merienda.

Trae una bolsa de mandarinas y una tarjeta de Valentina, hecha con rotuladores, con una señora en una torre y una mujer con coleta abajo y un gato gris con corona.

—Me ha dicho que te la diera —dice Claudia—. No sé si sabe que eres tú.

Miro el dibujo mucho rato. La señora de la torre tiene el pelo largo y un jersey rojo.

—Lo sabe —digo.

Le cuento lo de mi madre. Todo. Los bombones, el dibujo de Martina, el papel firmado, las manos frías. Claudia me escucha sin interrumpir, sentada en el sofá, con los codos en las rodillas, y cuando termino tiene la mandíbula muy apretada.

—Mañana llamo a la residencia —dice—. Y a la Fiscalía de Zaragoza. No van a trasladar a tu madre a ninguna parte sin que tú lo autorices. Te lo prometo.

—No prometas.

—Te lo prometo igual.

Luego le doy la libreta.

Se la pongo en las manos. Tapas negras, cuadrícula, letra redonda. Pesa poco. Pesa muchísimo.

Claudia la mira. Me mira a mí.

—¿Qué es?

—Todo —digo—. Once años. Con fechas.

Claudia la abre. Pasa las páginas despacio. Se para en una. En otra. Veo cómo le cambia la cara, poco a poco, página a página, como cambia la cara de alguien que entra en una habitación y se da cuenta de que es mucho más grande de lo que parecía desde la puerta.

—Paula…

—Hay una página —digo— que no sé si es importante. No sé si sirve para algo. Pero no se la he enseñado a nadie. Ni a Sílvia.

Claudia levanta la vista.

—¿Cuál?

Me miro la muñeca. Me he puesto el reloj de plástico de Àngels, el de la correa azul. Por primera vez. Encima de donde estaba la franja blanca.

—Lee la página de marzo de 2017 —digo.