Defensa propia (Inspectora Ferrer 2) 15. A solas
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15. A solas

Mónica la llamó a las ocho y diez, cuando Claudia acababa de aparcar en el garaje de su edificio, con la bufanda gris de Amparo todavía en el asiento del copiloto.

—Ya está —dijo—. Asuntos Internos me ha dado el nombre del usuario.

Claudia apagó el motor.

—Dímelo.

—Oriol Puig Casas. Cabo. Treinta y un años. Sala Central de Egara, turno de noche. —Una pausa—. Es sobrino de Ferran Puig. El magistrado de la Audiencia.

Claudia se quedó con el móvil en la oreja, mirando la columna de hormigón de la plaza catorce, el extintor, el cartel de prohibido fumar con el bigote pintado.

Ferran Puig. Uno de los que cenaban con Roberto los jueves en el Círculo. Uno de los de la mesa del restaurante del Turó Park, la noche del primer lunes, cuando todavía nadie sabía nada y en aquella mesa ya lo sabían todo.

—Mañana a las ocho lo citan en Egara —siguió Mónica—. Con abogado. Si lo hacen bien, a las diez ya habrá hablado.

—No va a hablar.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque es sobrino de un magistrado —dijo Claudia—. Y a estas horas alguien ya le habrá recordado de quién es sobrino.

Mónica no contestó enseguida. Se oía una tele de fondo, un concurso, aplausos.

—¿Y lo de Collblanc?

—La vecina. Doña Amparo. Zurda. Setenta y cuatro años.

Entró con una llave y se lo clavó por la espalda mientras él estrangulaba a Noelia contra la nevera.

—Claudia cerró los ojos—. Ha confesado delante de mí, de la niña y de la tía.

Marta la ha llevado a comisaría. Mañana hay que pedir la libertad de Noelia a primera hora.

Silencio al otro lado. Luego, un suspiro largo.

—Ferrer.

—Qué.

—Eres un grano en el culo. —Otra pausa—. Y la mejor inspectora que he tenido. Vete a dormir.

Colgó.

*  *  *

No se fue a dormir.

Subió a casa. Valentina estaba tumbada boca abajo en la alfombra del salón, con el pijama rosa de florecitas y una corona de cartón dorado torcida en la cabeza, y Queen tumbada a su lado, pegada a su costado.

Tenía abierto delante un cuento de princesas y castillos, y lo leía en voz alta, o hacía como que lo leía, pasando el dedo por debajo de las líneas e inventándose la mitad.

Queen la escuchaba con los ojos entornados, como quien ya se sabe el final.

Xavi estaba en la cocina, fregando la sartén de las croquetas. A las cuatro y media, Claudia le había escrito desde Collblanc: Se complica. ¿Puedes recogerla tú?

Xavi había contestado con un solo pulgar hacia arriba. A las cinco en punto estaba en la puerta del colegio, entre las madres y los abuelos, y Valentina había salido corriendo hacia él con la mochila rebotando en la espalda, como siempre.

Claudia se quedó en la puerta de la cocina.

—Xavi.

—Dime.

—¿Te puedes quedar con ella esta noche? En tu casa. —Se oyó a sí misma y se odió un poco—. Tengo que salir.

Xavi cerró el grifo. Se secó las manos en el trapo de cuadros que llevaba al hombro. Se giró despacio y la miró.

No preguntó a dónde. No preguntó con quién.

—Claro —dijo.

—Gracias.

—No me las des. —Xavi dobló el trapo y lo dejó en la encimera, muy recto, como si fuera importante que quedara recto—. Ve.

*  *  *

Esa noche no miró el retrovisor.

Más tarde pensaría en eso muchas veces. En que había cogido un taxi en la avenida Icària, delante de su portal, sin mirar a un lado y a otro de la calle.

En que se había bajado en la calle Pujades, delante del número 112, y había llamado al telefonillo del ático sin girarse.

En que, durante casi dos semanas, había cambiado de tren tres veces para ir a ver a Paula, y aquella noche ni siquiera se le ocurrió mirar si había un coche aparcado al otro lado de la calle con las luces apagadas.

Estaba cansada. Llevaba doce días sin dormir de verdad. Acababa de ver a una anciana terminar una bufanda antes de que la detuvieran. Acababa de oír a una niña de dieciséis años preguntar si las dos cosas a la vez se pueden.

Y quería subir.

Eso fue todo. Quería subir.

*  *  *

Adrián le abrió la puerta del portal en camisa, sin corbata, con las mangas remangadas. Subieron en el ascensor sin tocarse, cada uno en una esquina, mirando los números de los pisos.

El ático estaba a oscuras, como la otra vez. La ciudad entraba por los ventanales. La Torre Glòries, al fondo, estaba de color rojo.

—¿Quieres algo? ¿Un vino? ¿Agua?

—Agua.

Adrián le llenó un vaso en la cocina. Se lo dio. Ella bebió de pie, junto al ventanal, mirando la torre. Él se quedó a dos pasos, apoyado en el respaldo del sofá.

—Lo que te dije en la terraza —dijo Claudia, sin girarse—. Lo del cristal. Lo de mi hija. No fue justo.

—Fue justo.

—No.

—Fue justo —repitió él—. Pero dolió.

Claudia se giró.

—Tú también me mentiste.

—Lo sé.

—Con el silencio.

—Lo sé. —Adrián no apartó la mirada—. Pensaba que estaba protegiendo a una niña. Me equivoqué de niña. O de persona. No lo sé. —Se pasó la mano por el pelo—. Noelia me lo ha contado esta tarde, en Wad-Ras, cuando se ha enterado de lo de Amparo. Ha llorado una hora. No por ella. Por Amparo.

—Mañana sale.

—Mañana sale. —Adrián sonrió, cansado—. Gracias a ti.

—Gracias a Iris.

—Gracias a una inspectora que le miró las mangas a una niña cuando todos le miraban la cara.

Se quedaron en silencio. La torre cambió de rojo a azul.

—Tu hija —dijo Adrián, muy bajo—. El sábado, en los columpios. Me dijo que le dijera a mi cristal que no es justo.

—Me acuerdo.

—Se lo he dicho. —Se tocó la cicatriz del pulgar—. Todavía no me ha contestado.

*  *  *

Se lo contó sentados en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá y la ciudad delante.

El piso de la calle Balmes. El reloj de pie, de caja de nogal, que había sido de su abuelo.

Una noche de marzo de 1993. Tenía nueve años.

Su padre se llamaba Andreu, era notario y se ponía colonia de lavanda por las mañanas, y por las noches, algunas noches, cuando volvía tarde, se convertía en otra persona.

—No era siempre —dijo Adrián—. Eso es lo que la gente no entiende. No era siempre. Había meses enteros en que era el mejor padre del mundo. Me llevaba al fútbol. Me enseñó a hacer el nudo de la corbata con siete años. Y luego, una noche, sin avisar…

Aquella noche de marzo la empujó contra el reloj. La cabeza de su madre contra la puerta de cristal. El cristal se rompió. Adrián estaba en el pasillo, en pijama. No pensó nada. Se metió en medio.

—Puse la mano —dijo, mirándose la cicatriz—. No sé por qué. Para que no le diera otra vez contra el cristal roto. Y me corté aquí.

—Y él se paró.

—Se paró. —Adrián asintió despacio—. Diez segundos. Mi madre dice que diez segundos. El péndulo se quedó quieto y él se quedó quieto, mirando la sangre. Mi sangre. Luego cogió el abrigo y se fue. Esa misma noche. No volvió nunca.

—¿Nunca?

—Murió en 2009, en Valencia. Me llamó una mujer a la que no conocía para decírmelo. Su segunda esposa. —Adrián soltó una risa sin humor—. Me preguntó si iría al entierro. Le dije que no. Me preguntó por qué. Le pregunté si él le pegaba. Colgó.

Claudia no dijo nada. Le cogió la mano izquierda. Le pasó el pulgar por la cicatriz, despacio, la pequeña media luna blanca.

—Por eso defiendes a esas mujeres.

—Por eso defiendo a esas mujeres. —Adrián la miró—. Porque mi madre tardó diez años en dejar de esperar que volviera. Y yo tardé treinta en entender por qué no se había ido antes.

*  *  *

No recordaría quién se acercó primero. Recordaría que la torre estaba de color violeta. Que él le preguntó «¿Sí?», con la frente apoyada en la suya, igual que la primera vez, y que ella dijo que sí antes de que terminara de preguntar.

Recordaría que esta vez no hubo prisa. Que no fue contra la pared del pasillo.

Que fue despacio, en el suelo primero y luego en la cama, con la ciudad entrando por el ventanal y la luz de la torre cambiando de color sobre la piel de los dos, violeta, azul, verde.

Que él la miraba como se mira algo que no se quiere romper.

Que ella, por primera vez en mucho tiempo, cerró los ojos sin pensar en nada. En nadie. En ninguna torre.

Lo demás, como la otra vez, no lo recordaría con palabras.

*  *  *

El móvil vibró a las dos y media.

Claudia lo oyó desde muy lejos, como desde el fondo del agua. Tardó en saber dónde estaba. La habitación a oscuras. Un brazo encima de su cintura. La torre, al otro lado del ventanal, apagada.

Cogió el móvil de la mesilla. Xavi.

—¿Sí?

—Clau. —La voz de Xavi era tranquila. Demasiado tranquila—. Perdona. Val tiene fiebre. Treinta y nueve. Le he dado el Dalsy y ya le está bajando. No es nada. Pero se ha despertado llorando y pregunta por ti.

Claudia ya estaba sentada en la cama.

—Voy.

—No hace falta que…

—Voy, Xavi.

Colgó. Buscó la ropa a oscuras. Los vaqueros en el suelo. La blusa en el respaldo de una silla. Una bota debajo de la cama. La otra no aparecía.

Adrián encendió la lamparita.

—¿Qué pasa?

—Mi hija. Fiebre. —Encontró la otra bota junto a la puerta—. No es nada. Pero pregunta por mí.

Adrián se levantó. No le preguntó nada más. Le buscó la chaqueta, que estaba en el sofá del salón. Se la sostuvo abierta por los hombros para que metiera los brazos, sin decir nada. Le abrió la puerta del ático.

—Escríbeme cuando llegues.

—Te escribo.

Bajó la escalera corriendo. En la calle, en la esquina con Llull, paró un taxi que pasaba con la luz verde encendida.

Tampoco esa vez miró el retrovisor.

*  *  *

La puerta del piso de Xavi estaba entornada. Dentro, la luz de una lámpara pequeña, la del salón.

Valentina estaba dormida en el sofá. Tumbada encima de Xavi, que estaba tumbado debajo, con la espalda contra el brazo del sofá, una mano en la espalda de la niña y la otra colgando hacia el suelo.

Valentina tenía las mejillas coloradas, el pelo pegado a la frente y la boca abierta.

Nube estaba aplastado entre los dos. Queen dormía encima de las piernas de Xavi, una bola gris.

Xavi estaba despierto. Miró a Claudia desde el sofá, sin moverse, para no despertar a la niña.

Claudia se quedó en la puerta.

Llevaba la blusa mal abrochada, un botón en el ojal equivocado. El pelo suelto. Las botas sin calcetines, otra vez.

Xavi la miró. La blusa. El pelo. Las botas. No dijo nada. No había reproche en su cara. No había nada en su cara, salvo una cosa que Claudia tardó un segundo en reconocer y que le dolió más que cualquier reproche.

Cansancio. Un cansancio viejo, muy viejo, de alguien que lleva mucho tiempo esperando una cosa que ya sabe que no va a llegar.

—Ya le ha bajado —susurró él—. Treinta y siete y medio.

—Gracias.

—Ha preguntado por ti tres veces. A la tercera le he dicho que estabas salvando a una señora. Se ha quedado dormida.

Claudia cruzó el salón. Se arrodilló junto al sofá. Le puso la mano en la frente a su hija. Caliente, pero menos. Valentina se movió en sueños, abrió un ojo, la vio.

—Mamá —dijo, con la voz pastosa—. ¿La has salvado?

Claudia le apartó el pelo de la frente.

—Sí —dijo—. A una. Hoy he salvado a una.

—¿Del todo?

Claudia pensó en Noelia saliendo de Wad-Ras al día siguiente. En Amparo en un calabozo de comisaría, con setenta y cuatro años y las rodillas malas. En Iris en la acera, con la capucha bajada.

—Casi del todo —dijo.

Valentina sonrió con los ojos cerrados. Y se volvió a dormir encima de Xavi, que no había movido la mano de su espalda en ningún momento.

Claudia se quedó arrodillada en el suelo, con la mano en la frente de su hija, y no se atrevió a mirar a Xavi a la cara.

*  *  *

A las siete y doce de la mañana le vibró el móvil. Un número que no tenía guardado.

Soy Paula. Àngels me deja su teléfono. Necesito verte. Tengo algo que darte. Es importante.

Claudia leyó el mensaje dos veces, sentada en la cocina de Xavi, con un café de la Nespresso en la mano y Valentina todavía dormida en el sofá.

Escribió: El domingo. Iré yo.

Luego, sin saber por qué, añadió:

¿Estás bien?

La respuesta tardó un minuto.

No lo sé. Por eso necesito verte.