Defensa propia (Inspectora Ferrer 2) 14. Cuerda
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14. Cuerda

Oriol llamó el miércoles a las diez y media de la noche. No al prepago de la guantera, que ya no existía. Al fijo de casa.

Roberto estaba en su despacho, con un sumario abierto encima de la mesa y una copa de coñac que no había tocado.

El teléfono sonó en el recibidor, en el aparato antiguo de baquelita que había sido de su padre y que nadie usaba desde hacía años.

Lo dejó sonar cuatro veces. Luego se levantó y lo cogió.

—¿Sí?

—Señor Valcárcel. —La voz de Oriol no era la de la otra vez. Era más aguda, más rápida, sin respiración entre las palabras—. Perdone que le llame aquí. No sabía a dónde. El otro número ya no…

—Te dije que no me llamaras.

—Ya lo sé. Ya lo sé. Pero es que me ha llamado mi sargento.

Hace una hora. A casa. Dice que mañana a las ocho tengo que presentarme en Egara.

En Asuntos Internos. Con un abogado. —Oriol tragó saliva—.

Tienen los registros, señor Valcárcel. Las catorce consultas. Mi número de usuario. Las horas. Todo.

Roberto se quedó de pie junto a la consola del recibidor, mirando la bandeja de plata. Las llaves. Nada más.

—¿Y qué quieres que haga yo, Oriol?

Silencio al otro lado.

—Usted me dijo… —La voz se le rompió—. Usted me dijo que no había hecho nada malo. Que había consultado una ficha en el ejercicio de mis funciones. Que eso no era nada.

—Y no lo es.

—Pero me van a preguntar por qué. Por qué catorce veces. Por qué esa ficha. A esas horas. Y si me preguntan si hablé con alguien…

—¿Hablaste con alguien, Oriol?

Más silencio. Largo. Roberto oyó al chico respirar al otro lado, como respira alguien que ha corrido escaleras arriba.

—Con usted —dijo Oriol al fin. En un susurro.

Roberto cogió aire. Despacio. Lo soltó.

—Oriol —dijo, con la voz de las cenas—. Escúchame bien, porque solo te lo voy a decir una vez.

Yo no te conozco. Te he visto dos veces en mi vida, en dos cenas de Navidad en casa de tu tío, hace años, sentado al final de la mesa con los primos.

No sé tu número de teléfono. No he hablado nunca contigo.

Y si alguien te dice lo contrario, tendrá que demostrarlo.

—Pero señor Valcárcel…

—Tu tío Ferran te consiguió esa plaza en la Sala Central.

Tu tío Ferran te prestó dinero para el piso de Gràcia.

Tu tío Ferran es magistrado de la Audiencia desde antes de que tú nacieras.

—Roberto hizo una pausa—. Piensa en tu tío Ferran mañana a las ocho, cuando te pregunten si hablaste con alguien.

Colgó.

Se quedó un momento con la mano encima del auricular de baquelita.

Negro, frío, pesado. Su padre llamaba desde ese teléfono a la Audiencia de Girona todas las mañanas a las ocho y cuarto, antes de salir, para preguntar si había alguna novedad.

Su madre le servía el café mientras hablaba, de pie, a su lado, con manga larga.

Desenchufó el cable de la pared. Lo enrolló alrededor del aparato. Lo guardó en el armario del recibidor, en el estante de arriba, detrás de las cajas de zapatos.

Luego volvió al despacho y se bebió el coñac de un trago.

*  *  *

El jueves por la tarde, el hombre de la voz neutra le dejó un sobre en el buzón de latón. Sin sello, sin remitente.

Roberto lo abrió en la cocina, de pie, junto a la encimera.

Dentro había un informe de tres páginas, mecanografiado, sin firma. Y seis fotografías.

La primera página resumía la semana de la inspectora Ferrer.

Comisaría de Les Corts, de ocho a ocho. Collblanc, L'Hospitalet, lunes y miércoles.

Ciudad de la Justicia, martes. Colegio de la calle Llull, a las nueve y a las cinco, con la niña.

Y el primer sábado: Viaje en tren desde Sants.

Cambio de tren en Bellvitge. Salida en Passeig de Gràcia.

Entrada en bar de la calle Aragó. Pérdida del objetivo.

Una línea más abajo, añadida a bolígrafo: Sabe que la siguen. Muy buena.

Roberto pasó a la segunda página.

El sábado, en el parque de la Ciutadella, el abogado Serrano se acercó a mi vehículo.

Me identificó por mi nombre. Me fotografió con su teléfono móvil.

Me amenazó con una denuncia ante el Colegio de Detectives si volvía a acercarme a menos de cien metros de la menor.

Me retiré para no comprometer el encargo.

Debajo, a bolígrafo: Recomiendo cambiar de operativo.

Roberto dejó la hoja en la encimera. Se quedó mirando por la ventana de la cocina el jardín, el limonero, la verja de hierro, la calle en cuesta.

Pensó en el abogado. En la foto de la tele, el traje oscuro, la cara seria.

En que se había acercado a la ventanilla de un coche en mitad de un parque, con una niña de cinco años en un columpio detrás, y había llamado al conductor por su nombre.

No le gustó. No le gustó nada.

Pasó a la tercera página.

Miércoles. 23:12 h. La inspectora Ferrer entra en el portal del número 112 de la calle Pujades. Ático. Domicilio del abogado Serrano. Jueves. 02:47 h. La inspectora sale del portal. Sola. Toma un taxi en la esquina con Llull.

Y debajo, las seis fotografías.

Roberto las extendió encima de la encimera, una al lado de otra, como se extienden las pruebas en un sumario.

Nocturnas, con grano, tomadas con teleobjetivo desde un coche aparcado al otro lado de la calle.

La inspectora en el portal, con la coleta y una chaqueta oscura, de espaldas.

La inspectora en el portal, de perfil, con la mano en el telefonillo.

El abogado abriendo la puerta de cristal del portal, en camisa, sin corbata.

Los dos en el vestíbulo, detrás del cristal, sin tocarse.

La luz del ático encendida. La luz del ático apagada.

La sexta: la inspectora saliendo sola del portal, a las tres menos cuarto, con el pelo suelto.

Roberto las miró mucho rato.

Luego las recogió, las ordenó por hora, las metió en el sobre con el informe y guardó el sobre en el segundo cajón del aparador del comedor. Debajo de los manteles buenos. Al lado de la caja de terciopelo azul con el hueco vacío.

Todavía no, pensó. Las cosas, en su momento.

*  *  *

El viernes por la mañana, en la Audiencia, alguien comentó en la máquina de café que habían detenido a una anciana en L'Hospitalet por lo del conductor de autobús. Que la mujer, la que estaba en Wad-Ras, había salido. Que el abogado era ese, el de la tele, Serrano.

—Las ha sacado a las dos —dijo el de la Sección Novena, con un vaso de plástico en la mano—. A la mujer y a la vecina, prácticamente. La fiscal ya habla de defensa de tercero. Ese chico es bueno.

—Muy bueno —dijo Roberto.

Tiró el vaso a la papelera sin haberlo probado y volvió a su despacho.

*  *  *

El sábado, a las ocho en punto, Roberto Valcárcel dio cuerda al reloj.

Lo había hecho cada sábado durante veintiséis años, desde que murió su padre. Antes que él, lo había hecho su padre durante cuarenta y uno. Antes que su padre, su abuelo. Nunca, en ninguno de esos sábados, había estado solo en la casa.

Siempre había alguien. Primero su madre, en la cocina, preparando el desayuno con la radio baja.

Luego Paula. Paula en la cocina, cortando dos rebanadas de pan de payés exactamente iguales, con los pasos descalzos sobre el suelo hidráulico, cuidadosos, pequeños, los de alguien que intenta no molestar.

Esa mañana, la cocina estaba en silencio.

Apretó la moldura izquierda de la base de la caja con el pulgar. Clic. El cajón diminuto se abrió.

Dentro estaba la llave de latón, con la cabeza en forma de trébol. Y al lado, ocupando casi todo el espacio, un Nokia de teclas, gris, barato, con la tapa quitada. Y una tarjeta SIM en una bolsita de plástico.

Roberto cogió la llave. No tocó el teléfono.

Abrió la puerta de cristal. Metió la llave en el primer agujero de la esfera, el de la marcha. Quince vueltas. Contó en voz baja, moviendo los labios, como su padre. El segundo, el de los cuartos. Quince. El tercero, el de las horas. Quince.

Cerró la puerta. Guardó la llave en el cajón, junto al Nokia. Clic.

El péndulo dorado iba y venía, tranquilo.

Todo en orden.

Se quedó de pie delante del reloj, en mitad del salón vacío, con la mano todavía en la madera.

Y entonces, sin saber muy bien por qué, subió al altillo.

*  *  *

La escalera plegable hizo un ruido de huesos al desplegarse. Arriba hacía frío y olía a polvo y a cartón viejo. Hacía treinta años que no subía. Desde la Navidad en que murió su madre.

La caja estaba donde siempre. NAVIDAD, en letras mayúsculas, escrito con rotulador por la mano de su madre en 1979, ya casi borrado.

La abrió en el suelo.

Las bolas de cristal, envueltas una a una en papel de seda. La roja con el borde dorado. La plateada con nieve pintada. La dorada. Dos de ellas rotas, abiertas por un lado, con cinta adhesiva por dentro, vacías.

Las sacó. Las dejó en el suelo de madera, una al lado de otra. Le temblaron un poco las manos, y no supo por qué.

Debajo de todo, en el fondo de la caja, doblado en cuatro, había un papel.

Lo desdobló.

Un dibujo hecho con ceras por un niño. Un colegio, de ladrillos rojos, con muchas ventanas. Y delante del colegio, más alta que el colegio, una mujer con el pelo largo y una capa azul con estrellas. Debajo, con letras torcidas de niña de siete años:

SEÑO PAULA ES UNA SUPERHEROINA

Roberto se quedó mirándolo.

No sabía que existía. Once años en aquella casa, y no sabía que existía. Ella lo había escondido allí, en el único sitio de la casa al que él no subía, debajo de las bolas de su madre. Porque él odiaba la Navidad. Porque él no subía nunca.

Pensó en su madre. En las mangas largas en agosto. En que de niño pensaba que tenía frío.

Pensó que su madre también había tenido una caja en algún sitio. Seguro. Una caja con algo dentro que él nunca encontró.

Dobló el dibujo en cuatro, por las mismas marcas.

Se lo guardó en el bolsillo de la camisa, junto al corazón.

Luego volvió a meter las bolas en la caja, las enteras y las rotas, sin papel de seda, de cualquier manera. Cerró la caja. Bajó la escalera. La plegó. La guardó.

*  *  *

A las nueve y media, el Audi gris salió del garaje de la calle Jaume Piquet.

En el asiento del copiloto había una caja de bombones de una pastelería de la calle Muntaner, envuelta en papel dorado con un lazo granate.

Y una carpeta de cartón con el informe del doctor Pons, una copia de la declaración notarial de Inma y un formulario en blanco de la Diputación General de Aragón, con el membrete de una residencia de mayores de Zaragoza.

En la autopista, a la altura de Martorell, Roberto encendió la radio. Música clásica. Un adagio, lento, de cuerdas.

Pensó en una mujer muy mayor, sentada junto a una ventana, que desde hacía dos años llamaba a su hija con el nombre de su hermana muerta. En que esa mujer no tenía a nadie más en el mundo que a su hija. Y en que su hija ya no tenía teléfono, ni casa, ni dirección.

Pero su madre sí.

Su madre seguía exactamente donde siempre. En la habitación 214 de una residencia de Zaragoza, a las afueras, con vistas a un pinar.

Se tocó el bolsillo de la camisa. El dibujo doblado en cuatro.

Pisó el acelerador.