13. La mano mala
Nadie se movió.
Rosa seguía junto a la vitrina, con las manos en la boca. Iris, de pie junto a la silla, temblaba entera, con los puños cerrados dentro de las mangas. Claudia, delante de la mesa baja, no respiraba.
Doña Amparo se quitó las gafas. Las dejó encima de la bufanda a medio hacer, con la cadenita dorada enroscada sobre la lana gris. Se pasó la mano por la cara, despacio, de arriba abajo, como quien se quita algo que lleva mucho tiempo puesto.
—Siéntese, hija —le dijo a Claudia—. Siéntese, que me pone nerviosa verla de pie.
Claudia se sentó.
—Y tú, cariño —le dijo a Iris, sin mirarla—, ven aquí. Ven con la tía Rosa. Ya no tienes que prometer nada.
Rosa cruzó el salón y abrazó a Iris. La chica se dejó abrazar sin bajar los brazos, rígida, con la cara contra el hombro de su tía, y empezó a llorar sin ruido.
Amparo esperó a que el llanto se hiciera más bajo. Luego miró a Claudia.
—Fui yo, hija —dijo—. Ya está bien de que paguen ellas.
* * *
—¿Desde cuándo lo sabía? —preguntó Claudia.
—¿Lo de Julián? —Amparo se encogió de hombros—.
Desde siempre. Desde el primer año. Se oye todo, ya se lo he dicho.
Mi dormitorio da pared con pared con el suyo.
Catorce años oyendo a través de un tabique de ladrillo y yeso.
Los golpes que no eran de muebles. Las lavadoras que se ponían a las once de la noche para tapar otra cosa.
La niña llorando bajito, de pequeña, en su cuarto, para que no la oyera su padre.
—¿Por qué no llamó nunca a nadie?
Amparo la miró como se mira a alguien muy joven.
—Llamé, hija. En el dos mil once. A la Guardia Urbana.
Vinieron dos chicos muy jóvenes, muy educados.
Julián les abrió la puerta en pijama, con la niña en brazos, y les dijo que su mujer se había dado un golpe con el armario.
Noelia salió detrás, con hielo en la cara, y dijo que sí.
Los chicos le pidieron perdón a él por las molestias.
—Amparo sacudió la cabeza—. Al día siguiente, Julián me subió la compra.
Cuatro pisos. Con una sonrisa. Y al dejarme las bolsas en la cocina me dijo: Amparo, si algún día vuelve a molestar a mi familia, el que se va a caer por la escalera no va a ser su Paco.
Claudia no dijo nada.
—No volví a llamar —dijo Amparo—. Pero Noelia me dio la llave. «Por si un día pasa algo», me dijo. Y luego el recorte del abogado. «Por si un día pasa algo.» Siempre la misma frase. Yo lo guardé todo. La llave en el clavo. El recorte en el costurero. Por si un día pasaba algo.
—Y pasó.
—Y pasó.
* * *
—Cuénteme el viernes —dijo Claudia—. Desde que se despertó.
Amparo cogió aire.
—Me desperté a las siete menos cuarto. Como siempre. Y oí los imanes. Uno. Otro. Otro. Se caían de la puerta de la nevera, al otro lado de la pared, y hacían ese ruido, clac, clac, contra las baldosas. Y luego un golpe, uno solo, contra la nevera. Y luego nada.
—¿Nada?
—Nada. —Amparo la miró—. Cuando una lleva tantos años oyendo, inspectora, aprende que lo peor no es el ruido. Lo peor es cuando para.
—¿Qué hizo?
—Me levanté. Cogí la llave del clavo. Crucé el rellano en camisón, descalza. No me acuerdo de pensar nada. Las piernas fueron solas. Abrí la puerta. Desde el pasillo ya se veía la cocina, con la luz encendida.
—¿Qué vio?
—A él. De espaldas. Inclinado sobre la nevera, con las dos manos en el cuello de Noelia. Apretando. —Amparo levantó las suyas, las juntó en el aire, las cerró—. Así. Noelia tenía la cara morada. Los ojos fuera. Ya no daba patadas. Ya no se movía. Tenía los brazos colgando.
—¿Él la vio entrar a usted?
—No. Estaba de espaldas a la puerta. Y estaba muy ocupado.
—¿Dónde estaba el taco de los cuchillos?
—En la encimera. A mi izquierda, según entraba.
—¿Qué cuchillo cogió?
—El grande. El del jamón. El que estaba más cerca.
—¿Con qué mano?
Amparo se miró la mano izquierda. La que tenía encima de la labor, con las venas azules y los nudillos hinchados.
—Con la mala —dijo—. La que me ataban a la espalda.
—¿Dónde se lo clavó?
—Por la espalda. Aquí. —Se tocó su propio costado izquierdo, por detrás, por encima de la cadera—. De abajo arriba. No le llegaba más arriba. Ese hombre era un armario.
—¿Cuántas veces?
—Una. —Amparo se quedó callada un momento—. No me hizo falta más. Era muy grande, pero se cayó como un saco. Soltó a Noelia y se cayó.
Claudia se quedó quieta. Una sola herida. Desde atrás. A la izquierda. De abajo arriba. Con la hoja girada en el tejido, decía el informe de la doctora Vidal, como quien empuña con la mano izquierda y no tiene fuerza para sacarlo recto.
Todo encajaba. Cada palabra encajaba con un párrafo marcado en amarillo.
—¿Y después? —preguntó.
* * *
—Después apareció la niña.
Amparo miró hacia Iris, que se había separado un poco de su tía y la escuchaba con la cara mojada.
—En la puerta de la cocina. En pijama. Con las manos en la cara.
—Amparo hablaba ahora más bajo—. Noelia se había escurrido por la nevera hasta el suelo y tosía, tosía, buscando aire.
Y la niña vio a su padre en el suelo, y vio el cuchillo, y se tiró al suelo con él.
Y le sacó el cuchillo. Y le puso las manos encima, en la herida, y empezó a gritar papá, papá, papá…
Iris se tapó los oídos con las manos. Rosa la volvió a abrazar.
—Le quité las manos de encima —siguió Amparo—.
Le dije que ya no se podía hacer nada. Que se lavara.
Que se lavara bien, en el fregadero, deprisa, hasta los codos.
Que si la veían con las manos así, con las mangas así, la iban a meter en un sitio de esos para menores y no la iba a sacar nadie. Ella me hizo caso. Se lavó. Tiritaba.
—¿Y a Noelia qué le dijo?
—Que dijera que había sido ella. —Amparo levantó la barbilla—.
Que a ella la creerían. Que a ella le pegaba desde hacía catorce años.
Que la defensa propia era para ella. Que a una vieja de setenta y cuatro años que entra en casa ajena con una llave y le clava un cuchillo por la espalda a un hombre no la cree nadie.
A una vieja así la meten en la cárcel y se muere dentro.
—¿Y Noelia aceptó?
—Noelia no podía ni hablar. Tenía el cuello así. —Amparo se tocó la garganta—. Asintió. Le cogí el cuchillo a la niña y se lo puse a Noelia en la mano, para que tuviera sus huellas. Luego me llevé a la niña a mi casa. Le eché una manta por encima, que tiritaba. La senté en el sofá. Y llamé al 112.
—Y diez minutos después, al abogado.
—Y diez minutos después, al abogado. —Amparo casi sonrió—. El de la foto. El que defiende a las mujeres a las que nadie cree. Alguien tenía que defender a Noelia de lo que yo le había pedido que dijera.
Claudia se quedó callada un rato largo.
Pensó en Noelia en la sala de interrogatorios, con las manos en carne viva de tanto lavárselas, repitiendo «he sido yo» como una lección aprendida. Pensó en Noelia en Wad-Ras, con el chándal gris y las marcas violetas en el cuello. Doce días. Doce noches.
—Noelia lleva doce días en prisión, doña Amparo.
—Ya lo sé, hija. —Amparo bajó la vista hacia la labor—. Cada noche, desde el viernes, me he acostado sabiéndolo. Por eso le hago bufandas. Es lo único que sé hacer.
* * *
—Doña Amparo —dijo Claudia al fin—. Su marido. Paco.
Amparo levantó la vista.
—¿Qué pasa con Paco?
—La vecina del tercero me dijo que se cayó por la escalera. En el noventa y ocho.
Amparo la miró.
Durante un segundo, sus ojos pequeños y oscuros no tuvieron nada. Ni de abuela, ni de culpable, ni de víctima. Nada. Como un pozo en el que no se ve el fondo.
—Paco se cayó —dijo—. Borracho. Eso dijo el juez.
Hizo una pausa.
—Yo lo encontré por la mañana, en el rellano de abajo. Ya estaba frío. —Se puso las gafas—. Y aquella noche, por primera vez en veinte años, dormí del tirón.
No dijo nada más. Claudia no le preguntó nada más.
* * *
Amparo cogió la labor del regazo. La miró un momento: la bufanda gris, a medio hacer, la aguja clavada en el ovillo.
—¿Me deja terminar la vuelta? —preguntó—. Solo me quedan seis puntos. No me gusta dejar las cosas a medias.
Claudia miró la mano izquierda. La que las monjas le ataban a la espalda con una cuerda. La que había cogido un cuchillo de jamón en una cocina de Collblanc porque nadie más iba a cogerlo.
Pensó en lo que diría un juez. Defensa de un tercero. Estado de necesidad. Una mujer de setenta y cuatro años que salvó una vida.
Pensó en lo que diría otro juez. Entrada en domicilio ajeno. Un hombre apuñalado por la espalda. Doce días de mentiras. Una mujer inocente en prisión por encubrirla.
No le tocaba a ella decidirlo. Nunca le tocaba.
—Termine la vuelta —dijo.
La aguja entró. Enganchó. Tiró. Seis veces, rápida, sin mirar. Luego Amparo cortó el hilo con los dientes, hizo un nudo pequeño, lo escondió entre la lana y dobló la bufanda en cuatro, con cuidado, como se doblan las cosas que se van a regalar.
Se la tendió a Claudia.
—Para Noelia —dijo—. Que allí dentro hace frío.
* * *
Le leyó los derechos en el rellano, entre las dos puertas, la suya y la de los Prieto, con el celofán de los crisantemos marchitos todavía apoyado en el felpudo. Amparo los escuchó con la bata de guatiné, un abrigo encima y el bolso de piel colgado del brazo, muy derecha, como si fuera a misa.
No le puso las esposas.
Marta subió los cuatro pisos de dos en dos. Al llegar al rellano vio a la anciana, vio la bufanda gris doblada en las manos de Claudia, vio la cara de Claudia.
No preguntó nada. Se colocó al lado de Amparo y le ofreció el brazo.
—Con estas rodillas, la escalera… —dijo Amparo, agarrándose a su brazo.
—Despacio, señora. No hay prisa.
Bajaron escalón a escalón. En el rellano del segundo, Amparo se paró a coger aire y se volvió hacia Claudia, que bajaba detrás con la bufanda.
—Dígale a Noelia que lo siento. Que no debí pedirle eso. Que pensé que la estaba salvando y la metí en la cárcel.
—Se lo diré.
—Y dígale a la niña que hizo bien en contarlo. Que no se sienta culpable. Que la culpa es mía. —Amparo siguió bajando—. Yo ya soy mayor, hija. A mí ya no me pueden quitar nada.
En el rellano del primero, el presidente de la comunidad había abierto la puerta.
Estaba en el umbral, con la chaqueta de punto y el perro salchicha en brazos, mirando a Amparo con la boca abierta. El perro, por una vez, no ladraba.
Amparo pasó por delante de él sin mirarle.
—Buenas tardes, Ramón —dijo.
* * *
Cuando el coche patrulla arrancó, con Amparo en el asiento de atrás y Marta a su lado, Iris bajó corriendo la escalera y salió al portal. Se quedó en la acera, con la capucha bajada y la cara mojada, viendo cómo se alejaba el coche por la calle estrecha, entre la frutería y el bar.
No dijo adiós. No levantó la mano.
Claudia se acercó y se quedó a su lado. No la tocó.
—¿Mi madre sale? —preguntó Iris, sin dejar de mirar la calle.
—Voy a hacer todo lo que pueda para que salga mañana.
Iris asintió. Luego, sin mirarla, dijo: —Ella salvó a mi madre.
—Ya lo sé.
—Y luego me hizo mentir.
—Ya lo sé.
—¿Las dos cosas a la vez se pueden?
Claudia miró la bufanda gris en sus manos. Seis puntos hechos en un minuto, sin mirar.
—Se pueden —dijo—. Casi siempre se pueden.
* * *
A las siete menos cuarto, Claudia estaba sentada en su coche, en la esquina, con el motor apagado y la bufanda doblada en las rodillas.
Le vibró el móvil. Era Adrián. Un mensaje.
¿Es verdad lo que me acaba de decir Rosa?
Claudia miró el mensaje un rato largo. Pensó en una terraza en el séptimo piso. En «a veces la verdad no salva a nadie». En «a veces sí».
Escribió:
No fue la niña. Tu clienta sale mañana.
Y tú y yo tenemos que hablar.
Lo envió.
La respuesta llegó antes de que dejara el móvil en el asiento.
Esta noche. Donde tú digas.