12. Ganchillo
El miércoles por la tarde, Iris le pidió a su tía que la llevara a Collblanc.
Rosa Campos llamó a Claudia a las cuatro menos cuarto, desde el coche, con la voz cansada de quien lleva una semana sin dormir y ya no discute nada.
—Dice que se dejó unos libros en casa de Amparo. Y una libreta de dibujo. Y que quiere despedirse de ella, porque Amparo la ha cuidado mucho. —Una pausa—. No sé si es buena idea, inspectora. Desde lo de ayer no ha vuelto a hablar. Pero es lo primero que me pide en toda la semana.
—¿A qué hora vais?
—A las cinco.
Claudia miró el reloj del ordenador. Las cuatro menos diez.
—Allí estaré —dijo.
* * *
La escalera de Collblanc seguía oliendo a lejía y a caldo. Los crisantemos del felpudo de los Prieto se habían marchitado. Alguien los había quitado y había dejado solo el papel de celofán, arrugado, apoyado contra la puerta.
Claudia subió sola. Marta se había quedado en el coche, en la esquina, con la radio puesta y el móvil en la mano, por si acaso.
La puerta del cuarto primera estaba entornada. Desde dentro llegaban voces bajas: la de Rosa, la de una mujer mayor y, entre las dos, un silencio que tenía forma de chica de dieciséis años.
Claudia llamó con los nudillos.
—Pase, pase, hija, que está abierto.
El recibidor de doña Amparo era un pasillo estrecho con un perchero de madera, un espejo con marco dorado y una estampa de la Virgen de Montserrat.
Junto a la puerta, a la altura de los ojos, había un clavo con dos llaves colgadas.
Una era grande, antigua, de hierro. La otra, pequeña y plateada, tenía atada con un cordel una etiqueta de cartón escrita a bolígrafo, con letra temblona de persona mayor:
4.º 2.ª
Claudia la miró al pasar. No se paró. Siguió por el pasillo hasta el salón.
* * *
Doña Amparo estaba sentada en el sofá, debajo de la foto de boda enorme.
Llevaba una bata de guatiné azul, unas zapatillas de felpa y las gafas colgadas del cuello con una cadenita dorada.
En el regazo tenía una labor de ganchillo, una bufanda a medio hacer, de lana gris, con un ovillo que se iba desenrollando despacio en una cesta de mimbre, a sus pies.
Iris estaba en una silla, junto a la ventana, con una mochila en las rodillas y la capucha de la sudadera puesta. No levantó la vista.
Rosa, de pie junto a la vitrina de las figuritas de Lladró, saludó a Claudia con la cabeza.
—Siéntese, hija, siéntese —dijo Amparo, señalando la butaca de enfrente—. Acabo de hacer café. ¿Le pongo uno?
Se levantó antes de que Claudia contestara.
Fue hasta la mesa camilla del rincón, donde había una cafetera de las de émbolo y unas tazas de loza con florecitas.
Cogió la cafetera con la mano izquierda.
Sirvió. Le echó leche, mucha, y dos cucharadas de azúcar sin preguntar, removiendo con la cucharilla en la mano izquierda, como se hace en las casas donde siempre se ha hecho así.
Claudia lo vio. Lo apuntó dentro, sin pensar todavía, como apuntaba todo.
Amparo le dejó la taza en la mesa baja, delante de ella, y volvió al sofá. Cogió la labor.
—Esta es para Noelia —dijo, mientras los dedos empezaban a moverse solos—. La otra se la llevó el abogado ayer. Pero me han dicho que allí dentro se las roban. Así que le hago otra. Por si acaso.
—Es muy bonita.
—Es lo único que sé hacer, hija. Esto y la sopa.
La aguja de acero entraba y salía de la lana, enganchaba el hilo, tiraba. Rápida. Exacta. Sin mirar. La mano derecha sujetaba la labor, tensaba el hilo, giraba la bufanda cuando terminaba la vuelta.
Todo el trabajo lo hacía la izquierda.
Claudia cogió la taza. Bebió un sorbo. Estaba demasiado dulce.
No dijo nada.
* * *
Pensó en una mano izquierda apoyada en el hombro de una chica en pijama, el viernes por la mañana, en aquel mismo sofá.
En una mujer menuda, de no más de metro cincuenta, de pie junto a ese sofá.
Más baja que Iris. Más baja que Noelia. Mucho más baja que un hombre de un metro ochenta y seis inclinado sobre una nevera.
Pensó en un agujero negro en un papel. Detrás del hombre. A su izquierda. Más bajo que la figura de la puerta.
Pensó en una llave con una etiqueta de cartón colgada de un clavo.
No se movió. No cambió la cara. Dejó la taza en el plato, despacio, para que no sonara, y se echó un poco hacia atrás en la butaca, como quien se pone cómoda para una conversación de vecinas.
—Doña Amparo, ¿usted a qué hora se levanta?
—¿Yo? —Amparo no dejó de tejer—. A las siete menos cuarto. Desde hace cincuenta años. Mi Paco entraba a las siete y media en la Seat, y una se acostumbra.
—¿Y aquel viernes también?
—También, hija. El cuerpo no sabe de días.
—El viernes le dijo a mi compañera que oyó un golpe. Y luego nada.
—Un golpe, sí.
—¿Solo uno?
La aguja siguió entrando y saliendo.
—Bueno —dijo Amparo—. Primero los imanes. Luego el golpe.
—¿Los imanes?
—Los de la nevera. Que se caían. —Amparo tiró del hilo—. Se oye todo, hija. Estas paredes son de papel.
En la silla de la ventana, Iris levantó la cabeza. Solo un poco. Lo justo para que el pelo se le apartara de la cara.
Claudia no la miró. Siguió mirando a Amparo.
—Iris me contó ayer lo de los imanes —dijo—. Que se despertó por eso. Por el ruido de los imanes al caer. Me lo contó en una sala de la Ciudad de la Justicia, con una psicóloga y una fiscal. Usted no estaba.
—Pues ya ve. —Amparo sonrió sin levantar la vista—. Las dos oímos lo mismo. Como le digo, estas paredes…
—Son de papel. Ya.
La aguja entró. Enganchó. Tiró.
—Y después de los imanes y del golpe —siguió Claudia, con la misma voz tranquila, de visita—, ¿oyó algo más?
—Nada.
—Entonces, ¿por qué salió al rellano?
La aguja se paró.
Medio segundo. No más. Luego siguió.
—Porque la niña gritó.
—El viernes le dijo a mi compañera que, cuando salió, la niña estaba en la puerta de su casa, en pijama, sin decir nada.
Silencio.
En la cocina, el grifo goteaba. En la calle pasó una moto. Rosa, junto a la vitrina, se había quedado muy quieta, con las manos juntas.
Amparo dejó la labor en el regazo. Se puso las gafas de la cadenita. Miró a Claudia por encima de ellas, con unos ojos pequeños y oscuros que, por primera vez, no parecían de abuela.
—Hija —dijo—, tengo setenta y cuatro años, la tensión por las nubes y esa mañana vi lo que vi. —Se llevó una mano al pecho—. ¿Usted se acuerda de lo que dijo hace doce días, a las siete de la mañana, con un muerto al otro lado del rellano? Porque yo no. Yo me confundo. A mi edad, una se confunde.
—Lo entiendo.
—Pues entonces.
Amparo volvió a coger la labor. Luego se giró hacia la vitrina, con una sonrisa dulce.
—Rosa, cariño, ¿por qué no te llevas a la niña a la cocina? Hay magdalenas en la lata azul, las que le gustan. Que coma algo, que está en los huesos.
Rosa miró a Claudia. Claudia no dijo nada.
Rosa se acercó a la silla de la ventana y le puso la mano en el hombro a Iris.
—Vamos, cariño.
—No —dijo Iris.
* * *
Fue la primera palabra que decía desde que Claudia había entrado. La dijo bajo, sin levantar la vista, con las manos metidas en las mangas de la sudadera.
—Iris, cariño, ve con tu tía, que…
—No.
Amparo dejó de tejer.
Claudia se inclinó hacia delante en la butaca. Despacio. Con los codos en las rodillas.
—Doña Amparo —dijo—. ¿Usted es zurda?
El silencio que siguió fue distinto. No era el de antes, el de las paredes de papel. Era un silencio que se podía tocar.
Amparo no levantó la vista de la labor.
—De nacimiento —dijo al fin—. En el colegio de las monjas me ataban la mano izquierda a la espalda con una cuerda, para que aprendiera a escribir con la buena. Aprendí. —Tiró del hilo—. Pero para el ganchillo, nunca. Para el ganchillo, siempre la mala. La que no me dejaron usar.
—¿Y para servir el café?
Amparo levantó la vista.
—¿Me está llamando mentirosa? —La voz le subió de golpe, aguda, temblona, de anciana ofendida—.
¿En mi casa? ¿Después de que le he dado de comer a esta criatura durante cinco días, de que la he bañado, de que le he lavado la ropa, de que me he quedado sin dormir a su lado porque se despertaba gritando?
¿Viene usted a mi casa, se bebe mi café y me llama mentirosa?
—No la he llamado nada, doña Amparo.
—¡Me está mirando como si…!
—Yo solo quería pararle la sangre.
Las dos se giraron.
Iris se había quitado la capucha. Tenía la cara roja y los ojos llenos de lágrimas que no caían. Miraba a Amparo. Solo a Amparo.
—Solo quería pararle la sangre —repitió—. Se lo saqué porque pensaba que así no le dolería. Y tú me dijiste que me lavara las manos. Que nadie tenía que saber que yo lo había tocado. Que si me veían con las manos así, pensarían que había sido yo. Y yo te lo prometí.
—Iris…
—Y mamá también te lo prometió. —La voz se le rompió—. Y mamá está en la cárcel, Amparo. Lleva doce días en la cárcel.
Rosa se tapó la boca con las manos.
Amparo no se movió. Se quedó mirando a la chica con la labor en el regazo y las gafas en la punta de la nariz. Y luego, muy despacio, se volvió hacia Claudia. Y habló con una voz suave, triste, de abuela.
—La niña está confundida, inspectora. Usted la oyó ayer, en esa sala.
La psicóloga se lo dijo, ¿no? Que después de algo así, los niños se inventan cosas.
Que ven lo que no ha pasado. Que se confunden.
—Se volvió hacia Iris—. Tú no sabes lo que dices, cariño.
Has tenido un trauma muy grande. Estás muy cansada.
A Claudia se le erizó la piel de los brazos.
Has tenido un episodio. Uno de los tuyos. Estás muy cansada.
Lo había oído antes. Con otra voz. En otra casa. Con un reloj de fondo.
—No estoy loca —dijo Iris. Lo dijo mirando a Amparo, con los dientes apretados, temblando entera—. No estoy loca, Amparo. Yo te vi. Te vi.
Amparo abrió la boca. No le salió nada.
Claudia se levantó de la butaca.
No se acercó a Amparo. Se quedó de pie, delante de la mesa baja, con la taza de café demasiado dulce entre las dos. Y habló despacio, con la voz de las salas de interrogatorios, la que no sube ni baja.
—Doña Amparo. Le voy a hacer una sola pregunta. Solo una. —Hizo una pausa—. Si usted no estaba en esa cocina, no sabrá contestarla. Y me iré, y le pediré perdón, y no volveré a molestarla nunca.
Amparo no dijo nada. Tenía las dos manos encima de la labor. La aguja, clavada en el ovillo.
—La forense dice que a Julián le clavaron el cuchillo desde abajo. Mucho. Desde la cadera hasta el corazón. —Claudia no apartó la vista de sus ojos—. ¿Por qué desde abajo, doña Amparo?
El grifo de la cocina goteó una vez. Otra.
Amparo miró la labor. La bufanda gris, a medio hacer. Los seis puntos que le faltaban para terminar la vuelta.
Luego levantó la vista.
—Porque no le llegaba más arriba —dijo.