Defensa propia (Inspectora Ferrer 2) 11. Zurda
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11. Zurda

La sala Gesell de la Ciudad de la Justicia estaba en la planta baja del edificio I, al final de un pasillo con dibujos infantiles enmarcados en las paredes, para que los niños que llegaban hasta allí creyeran que entraban en un sitio bonito.

Era una habitación pequeña, pintada de amarillo claro, con una alfombra de colores, una mesa baja, dos sillas de adulto y una de niño, una caja de juguetes y un espejo grande en una pared.

El espejo no era un espejo. Al otro lado, en una habitación a oscuras, estaban la fiscal de menores, Rosa Campos, la tía, el secretario judicial y Marta, mirando a través del cristal sin que nadie pudiera verlas.

Iris tenía dieciséis años. No era una niña para aquella sala. No le iban ni la alfombra de colores ni la caja de juguetes. Pero no había otra, y la fiscal había dicho que era mejor aquella que un despacho.

Llegó a las diez en punto, con la tía. Llevaba unos vaqueros, una sudadera negra con capucha y el pelo largo suelto sobre la cara, como el viernes en el sofá de doña Amparo. Se sentó en una de las sillas de adulto, con las rodillas juntas y las manos metidas en las mangas de la sudadera.

La psicóloga, una mujer de unos cincuenta años con el pelo gris corto y una voz que parecía hecha de algodón, se sentó en la otra silla.

Claudia se sentó en el suelo. En la alfombra, con las piernas cruzadas, a un metro de Iris. Más abajo que ella.

Iris la miró. Fue la primera vez que levantaba la vista desde que había entrado.

—Hola, Iris.

—Hola.

—Me ha dicho tu tía que querías hablar conmigo.

Iris asintió.

—No tienes que contarme nada que no quieras —dijo Claudia—. Si en algún momento quieres parar, paramos. Si quieres que se vaya alguien, se va. Si quieres irte tú, te vas. ¿Vale?

—Vale.

—¿Por qué conmigo?

Iris tardó en contestar. Se miró las mangas de la sudadera, que le tapaban las manos hasta los dedos.

—Porque usted me miró las mangas —dijo—. Los demás me miraban la cara. Usted me miró las mangas.

*  *  *

No habló mucho. La psicóloga le hizo preguntas suaves, de algodón, sobre el instituto, sobre su tía, sobre si dormía bien. Iris contestó con monosílabos. Sí. No. Más o menos.

Luego la psicóloga le acercó la mesa baja, con una hoja en blanco y una caja de lápices de colores.

—A veces es más fácil dibujar que hablar —dijo—. ¿Quieres probar?

Iris se quedó mirando la hoja un rato largo. Luego sacó la mano izquierda de la manga. Cogió un lápiz negro.

Claudia no se movió. Al otro lado del espejo, sabía que Marta tampoco.

Iris dibujó una cocina.

La dibujó bien, con las proporciones de alguien que sabe dibujar: la ventana del patio de luces, el fregadero, la nevera, la mesa plegable pegada a la pared.

El taco de cuchillos, encima de la encimera.

Con el canto de la mano izquierda manchándose de grafito a medida que avanzaba, arrastrándolo por encima del papel de izquierda a derecha, igual que el borrón azul del examen de Machado.

Luego dibujó a un hombre. Grande, de espaldas, con los hombros anchos, inclinado hacia la nevera. Contra la nevera, pequeña, casi tapada por él, una mujer. Solo se le veían las manos, levantadas, agarradas a los brazos del hombre.

Iris dejó el lápiz negro. Cogió uno rojo. Lo miró. Lo volvió a dejar en la caja.

Volvió a coger el negro.

En la puerta de la cocina dibujó una tercera figura. Pequeña, delgada, con el pelo largo. En pijama. Con las manos en la cara.

—¿Eres tú? —preguntó la psicóloga, muy bajo.

Iris asintió.

—¿Qué pasaba?

Iris no contestó. Se quedó mirando el dibujo. La figura pequeña en la puerta. El hombre. La mujer contra la nevera.

—Él le estaba apretando el cuello —dijo al fin. La voz le salió rara, ronca, de no usarla—. A mi madre. Contra la nevera. Con las dos manos. Ella no hacía ruido. Solo los pies. Daba golpes con los pies en la puerta de la nevera, y se caían los imanes.

Al otro lado del espejo, alguien se movió. Una silla.

—Me desperté por los imanes —siguió Iris—. Por el ruido de los imanes al caer. Bajé. Y estaba eso.

—¿Y qué hiciste? —preguntó Claudia.

Iris levantó la vista. La miró a ella, solo a ella.

Luego volvió a coger el lápiz negro con la mano izquierda.

Y empezó a dibujar una cuarta figura.

Detrás del hombre. A su izquierda. Pequeña, más baja que él, más baja que la figura de la puerta. Claudia vio la cabeza, los hombros, el principio de un brazo levantado.

Y entonces Iris se detuvo. El lápiz quieto encima del papel. Le tembló la mano.

Y empezó a tachar.

Tachó la figura con trazos negros, rápidos, furiosos, de un lado a otro, de arriba abajo, apretando tanto el lápiz que el papel empezó a ceder, a arrugarse, a hacerse brillante de grafito.

Siguió tachando hasta que la cuarta figura fue solo una mancha negra, un agujero, y el lápiz rompió el papel y se le partió la punta.

Iris soltó el lápiz. Se metió las manos en las mangas de la sudadera. Se echó hacia atrás en la silla, con el pelo sobre la cara, y se quedó quieta.

—Iris —dijo Claudia, muy despacio—. ¿Quién es ese?

—Nadie.

—Iris…

—Nadie. —La voz se le rompió—. Yo le saqué el cuchillo.

¿Vale? Eso es lo que quería decirle a usted.

Que yo le saqué el cuchillo. Estaba clavado aquí.

—Se tocó el costado, a la izquierda, por debajo de las costillas—.

Se lo saqué porque pensaba que así no le dolería.

Porque en las películas se lo sacan. Y salió mucha sangre.

Mucha. Y yo le puse las manos encima para pararla, y no paraba.

Y luego me lavé. Me lavé las manos. Mucho rato.

Claudia no se movió.

—¿Quién te dijo que te lavaras las manos, Iris?

Iris negó con la cabeza. Una vez. Dos. Sin levantar la vista.

—No puedo decir nada más.

—¿Por qué no?

—Porque lo prometí.

—¿A quién?

Iris se levantó de golpe. La silla se fue hacia atrás y rozó la pared amarilla.

—Quiero irme —le dijo a la psicóloga—. Quiero irme ya. Por favor.

La psicóloga miró a Claudia. Claudia asintió.

Iris salió de la sala sin mirar a nadie, con las manos metidas en las mangas, y Rosa Campos salió detrás de ella por la otra puerta, la de la habitación oscura, llamándola por el pasillo.

En la mesa baja se quedó el dibujo. Una cocina. Un hombre de espaldas. Una mujer contra la nevera. Una chica en pijama en la puerta.

Y detrás del hombre, a su izquierda, un agujero negro en el papel.

*  *  *

Marta salió de la habitación oscura con la cara blanca.

—Jefa.

—Ya.

—Se ha dibujado a sí misma dos veces.

Claudia no contestó. Cogió el dibujo con cuidado, por las esquinas, y lo metió en una funda de plástico.

—En la puerta —siguió Marta en voz baja— y detrás de él. Primero en la puerta, mirando. Luego detrás, con el brazo levantado. Y se ha tachado la segunda porque no puede soportar verse haciéndolo. La psicóloga lo ha dicho al otro lado del espejo. Disociación. Es de manual.

—Puede.

—¿Puede? —Marta la miró—. Es zurda. Le sacó el cuchillo. Tenía la sangre en las mangas. Se lavó. Y ha prometido no decir nada. A su madre, que está en Wad-Ras diciendo que fue ella.

—Ya lo sé, Marta.

—Pues entonces…

—Entonces nada. —Claudia cerró la funda—. Entonces una chica de dieciséis años acaba de contar que vio a su padre estrangulando a su madre contra una nevera. Y que le sacó un cuchillo del cuerpo para que no le doliera. Eso es lo que tenemos. Lo demás es un agujero en un papel.

Marta abrió la boca. La cerró.

Desde el fondo del pasillo, junto a la máquina de café, alguien las estaba mirando. Un hombre alto, con un traje gris y una cartera de piel colgada del hombro.

Adrián.

*  *  *

Lo encontró en la terraza del edificio I, en el séptimo piso, donde fumaban los funcionarios. No fumaba. Estaba apoyado en la barandilla, mirando la Gran Via, los coches, las grúas de la Ciudad de la Justicia que nunca terminaban de irse.

No se giró cuando ella salió.

—Lo sabías —dijo Claudia.

—Lo sospechaba.

—Desde cuándo.

—Desde el martes pasado. —Adrián seguía mirando la Gran Via—. Desde que fui a ver a Noelia a Wad-Ras y le dije que la forense decía que había sido un zurdo. Y ella se puso las manos una encima de la otra, así, y me pidió por favor que no buscara más.

—Hace una semana.

—Hace una semana.

—Y el sábado, en los columpios, empujando a mi hija, no me dijiste nada.

Adrián se giró.

—¿Qué querías que te dijera? —Tenía los ojos rojos, de no dormir o de otra cosa—.

¿Que creía que una niña de dieciséis años había matado a su padre para que no estrangulara a su madre?

¿Que su madre me había suplicado que no lo contara?

¿Que mi clienta es su madre, Claudia, y que lo único que mi clienta me ha pedido en esta vida es que la deje cargar con eso?

—Querías que no me enterara.

—Quería que no te enteraras por mí. —Adrián dio un paso hacia ella—. Que no tuvieras que elegir entre lo que sabes y lo que te he contado yo.

—Esa elección la tengo que hacer yo.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes. —Claudia notó que le subía la voz y no hizo nada por bajarla—. Me mentiste. A la cara. Con tu silencio. Durante una semana. Mientras me decías que tuviera cuidado, mientras le contabas a mi hija lo de tu cristal…

Adrián se quedó muy quieto. Como si le hubiera dado una bofetada.

—Eso no tiene nada que ver.

—Todo tiene que ver.

Se quedaron mirándose, en la terraza, con el ruido de la Gran Via subiendo desde abajo, un claxon, un camión, una sirena muy lejos.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó él al fin, más bajo—. ¿Pedir que la internen en un centro de menores? ¿A una niña que salvó a su madre?

—Voy a buscar la verdad —dijo Claudia—. Eso es lo que hago.

—Pues a veces la verdad no salva a nadie.

—A veces sí.

Adrián no contestó.

Claudia se dio la vuelta y se fue hacia la puerta de la terraza. Con la mano en el picaporte, se paró. No se giró.

—El dibujo —dijo—. La figura de detrás. La que ha tachado.

—¿Qué pasa con la figura?

—Era más baja que la de la puerta.

Adrián tardó un segundo en contestar.

—Estaría agachada.

—Puede.

Abrió la puerta y se fue sin mirar atrás. Los escalones de hormigón le devolvieron el eco de sus propios pasos hasta el quinto piso.

*  *  *

Mónica la llamó a las seis y veinte, cuando Claudia estaba en el coche, en un semáforo de la Diagonal, con el dibujo de Iris en la funda de plástico en el asiento del copiloto.

—¿Dónde estás?

—Volviendo.

—Para el coche.

Claudia se metió en un vado, delante de un garaje. Puso los cuatro intermitentes.

—Ya.

—Han llegado los registros de consulta de la ficha de Paula. —Mónica hablaba bajo, rápido, con la puerta cerrada por una vez—. La de la casa de la puerta verde. La que hiciste tú a la una y cuarenta.

—¿Y?

—Catorce consultas. Catorce, Ferrer. Entre las dos menos diez y las dos y media de la madrugada. Todas desde el mismo usuario. —Una pausa—. Un usuario de la Sala Central. De Egara. Del turno de noche.

Claudia cerró los ojos.

—¿Tienes el nombre?

—Tengo un número de usuario. Asuntos Internos me dará el nombre mañana. —Otra pausa, más larga—. Ferrer.

—Qué.

—La consultó catorce veces. En cuarenta minutos. —La voz de Mónica bajó todavía más—. Quien lo hizo no estaba trabajando. Estaba esperando a que alguien le llamara para preguntarle algo. Y cuando le llamaron, volvió a mirarla para contestar bien.

Claudia abrió los ojos.

Por el parabrisas, la Diagonal, los coches, las luces de los semáforos, todo en orden, todo como siempre.

En el asiento de al lado, debajo del plástico, el agujero negro en el papel la miraba.