Defensa propia (Inspectora Ferrer 2) 10. La vista
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10. La vista

Sílvia me dijo que me pusiera algo discreto.

—Un color neutro —me dijo el domingo, por teléfono—. Azul marino, gris, beis. Que el juez vea a una mujer tranquila. Nada que llame la atención.

Le dije que sí.

El lunes por la mañana, a las siete y cuarto, sin despertador, me levanté en el piso de la costa, me duché, me sequé el pelo con el secador de Àngels, que hace un ruido de avioneta, y me puse el jersey rojo.

Àngels me miró desde la puerta de la cocina, con la taza de Duralex en la mano. No dijo nada. Pero cuando salí, me dio un beso en la mejilla, rápido, como se le da a una hija que se va a un examen.

*  *  *

La Sala de lo Civil y Penal del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña está en el Palacio de Justicia, en el paseo de Lluís Companys.

No en la Ciudad de la Justicia, la de cristal, la de las fotos de Garrido.

En el palacio viejo. El de las escalinatas de piedra, las columnas, las estatuas de mujeres con los ojos vendados y los techos tan altos que la voz sube y no vuelve.

Roberto me trajo aquí una vez, hace nueve años, a la toma de posesión de un compañero. Me enseñó la escalinata, los vitrales, el salón de pasos perdidos. Me dijo: Algún día, aquí dentro, habrá un retrato mío.

Subo la escalinata con Sílvia a un lado y Claudia al otro.

Claudia no tiene que estar. Me lo dijo ella misma, el sábado, por el teléfono de Àngels: Yo no puedo entrar en la sala, Paula. Pero voy a estar en la puerta. Toda la mañana.

Lleva un traje oscuro y la coleta tirante. No se ha puesto la coleta de los ositos.

En el salón de pasos perdidos hay gente.

Abogados con toga bajo el brazo, funcionarios con carpetas, un hombre con un mono de limpieza que friega el mármol con una fregona enorme, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Y al fondo, junto a una de las columnas, dos hombres que hablan en voz baja.

Uno es Ernesto Salcedo. El pelo blanco peinado hacia atrás, el traje gris marengo, la mano con manchas marrones apoyada en el hombro del otro.

El otro no lo conozco. Unos cincuenta y cinco años, calvo, con gafas de montura fina y una cara de no haber dicho nunca nada que no estuviera bien documentado.

Ernesto me ve. Me sonríe. Levanta la mano del hombro del otro hombre, despacio, y me la tiende de lejos, como un saludo, como se saluda a una conocida en la ópera.

—No lo mires —dice Claudia, a mi lado, sin mover los labios.

—¿Quién es el otro?

Claudia tarda un segundo en contestar.

—Ruiz-Alarcón —dice—. El magistrado que va a ver tu caso.

*  *  *

La sala es pequeña. Más pequeña de lo que imaginaba. Madera oscura en las paredes, una tarima con una mesa larga, tres sillas de respaldo alto, y un crucifijo antiguo que alguien se ha olvidado de quitar.

Una ventana alta, con cortinas de terciopelo granate, por la que entra una luz de noviembre que no calienta. Y un reloj en la pared, encima de la puerta, redondo, blanco, de los de oficina.

Un reloj que no suena.

Me siento junto a Sílvia, en una mesa a la derecha de la tarima. A la izquierda, en otra mesa igual, hay un hombre joven, de treinta y tantos, con un traje azul muy bien cortado y el pelo engominado. Lo he visto en cenas. Es Ignasi, el sobrino de Ernesto.

A su lado está Roberto.

Lleva el traje gris oscuro de los jueves, la camisa blanca, la corbata granate. Está sentado con la espalda recta, las manos juntas encima de la mesa, una encima de otra. Las ojeras. Se ha cortado el pelo.

Me mira.

Me mira la cara. Me mira el jersey rojo. Su mirada baja despacio, como bajaba siempre, del cuello a los hombros, de los hombros a los brazos, de los brazos a las manos. Y se queda en la muñeca izquierda.

En la franja blanca, donde estaba el brazalete. Que ya no está.

Durante un segundo, algo le pasa por la cara. Muy rápido. Lo mismo que vi la noche de la caja de Navidad, cuando dijo «la caja de mamá». Algo que no sé nombrar.

Luego sonríe. Con la sonrisa de las tomas de posesión.

—Paula —me dice Sílvia al oído—. ¿Quieres que pidamos el biombo? Es tu derecho. Para no tener que verle mientras declaras.

Pienso en el biombo. En una mampara de tela entre los dos, para que yo no tenga que mirarle a la cara. Para que él no tenga que mirarme a mí.

—No —digo.

—¿Estás segura?

Miro a Roberto. Él me sigue mirando a mí.

—Once años sin poder mirarle de frente —digo—. Hoy le miro.

*  *  *

El magistrado Ruiz-Alarcón entra a las diez y cuatro.

Toga negra, puñetas blancas de encaje en los puños, las gafas de montura fina.

Se sienta en la silla del centro. A su lado, un secretario judicial con un ordenador portátil y, en la mesa de enfrente, una fiscal, una mujer de unos cuarenta años, con el pelo recogido en un moño bajo, que no ha levantado la vista de sus papeles desde que ha entrado.

Ruiz-Alarcón abre la sesión con una voz plana, sin acento, de las que leen el prospecto de un medicamento. Comparecencia para resolver sobre la solicitud de orden de protección.

Denunciante, Paula Ortiz Llorens. Denunciado, el ilustrísimo señor Roberto Valcárcel Ribalta.

Ilustrísimo, dice. Así, con todas las letras.

*  *  *

Declaro durante cuarenta y siete minutos.

Lo sé porque miro el reloj de la pared, el que no suena, cuando empiezo, y lo miro cuando termino. Al principio me tiembla la voz. Luego, poco a poco, deja de temblar. No porque no tenga miedo. Porque me doy cuenta de una cosa.

Me doy cuenta de que me lo sé todo.

Sílvia me pregunta, despacio, siguiendo el orden de la denuncia. Cuándo fue la primera vez. Dónde. Cómo.

Y yo contesto. Y las respuestas me salen solas, exactas, una detrás de otra, como las tablas de multiplicar que les hacía recitar a los de segundo.

—La primera vez fue el 9 de octubre de 2013.

Un miércoles. Llevábamos dos meses casados.

En la cocina, después de cenar. Yo había dejado la sartén en el fregadero sin fregar.

Me cogió del pelo, aquí, en la nuca, y me empujó la cabeza contra el armario de arriba.

El reloj del salón dio las diez y cuarto mientras pasaba.

Lo sé porque lo conté. Fueron cuatro notas.

Sílvia no me interrumpe. La fiscal levanta la vista de sus papeles.

—El 23 de noviembre de 2013. Un sábado. Había ido a ver a mi madre y volví veinte minutos tarde porque el autobús se retrasó.

Me estaba esperando en el recibidor, con el abrigo puesto, como si fuera a salir a buscarme.

Me dio una bofetada antes de que cerrara la puerta.

El reloj dio las ocho en punto. Dieciséis notas y ocho campanadas.

—El 6 de enero de 2014. Un lunes. Día de Reyes.

No le gustó el jersey que le regalé. Dijo que era de profesor de instituto.

Me lo tiró a la cara y luego me apretó el brazo, aquí, por encima del codo, hasta que me dejó los cuatro dedos marcados.

Las once y media de la mañana. Ocho notas. Llevé manga larga tres semanas.

—El 14 de febrero de 2014. Un viernes. San Valentín.

Cenamos en un restaurante del Turó Park.

Le di las gracias al camarero sonriendo.

Me dijo que me había reído demasiado. En el coche, en el aparcamiento, me dio un puñetazo en el muslo, aquí, donde no se ve.

No había reloj en el coche. Pero cuando llegamos a casa, el reloj del salón dio las once y tres cuartos. Doce notas.

—El 27 de abril de 2014. Un domingo. Le serví el café del desayuno demasiado caliente.

Se quemó la lengua. Me cogió la mano y me la puso encima de la cafetera italiana, todavía en el fuego.

Un segundo. Dos. Las nueve y cuarto. Cuatro notas.

—Levanto la mano derecha y la vuelvo hacia la tarima.

En la palma, junto al pulgar, hay una marca más clara que el resto de la piel—. Todavía se ve.

La fiscal deja de escribir.

—El 8 de junio de 2014. Otro domingo. Había dejado la toalla del baño de invitados mal doblada…

Sigo.

Junio. Julio. Septiembre. Noviembre. A veces pasan seis semanas. A veces tres días. Al principio, después de cada vez, me pedía perdón y me traía flores. Luego dejó de pedir perdón. Luego dejó de traer flores.

—El 2 de mayo de 2015. Un sábado. No encontraba las llaves del coche y dijo que se las había escondido yo.

En el dormitorio. El reloj dio las once y media.

Ocho notas. Me rompió dos costillas, las del lado izquierdo, las de arriba.

Me dijo que me había caído en la ducha. Fuimos al Hospital de Barcelona, a urgencias.

Él habló con el médico. Yo no dije nada.

Las llaves estaban en el bolsillo de su abrigo.

Sigo. Mes a mes. Hora a hora. Cuarto a cuarto.

Once años de cuartos.

No los he escrito nunca. No ha hecho falta.

Los he guardado en algún sitio de dentro, donde se guardan las cosas que el cuerpo no puede olvidar, ordenados por el reloj de su padre, por las cuatro notas que suben y bajan, como si el reloj hubiera sido todo este tiempo el único testigo que no podía comprar.

Ruiz-Alarcón no se mueve. Pero el secretario ha dejado de teclear un momento, con los dedos encima del teclado, y me está mirando.

Y Roberto…

Roberto ha dejado de sonreír.

*  *  *

Ignasi se levanta a las diez y cincuenta y uno. Se abrocha el botón de la chaqueta. Me sonríe con amabilidad, como se le sonríe a una paciente.

—Señora Ortiz. Le agradezco mucho el esfuerzo. Sé que esto es muy difícil para usted. —Una pausa—. ¿Está usted en tratamiento psiquiátrico?

—Tengo una receta de lorazepam del doctor Pons, de hace cuatro años.

—¿Por qué se la recetó?

—Porque mi marido le dijo que me notaba nerviosa. El doctor Pons me hizo tres preguntas en cuarenta minutos. Mi marido contestó otras veinte por mí.

—Pero tiene usted un diagnóstico. Trastorno de ansiedad generalizada con episodios de desrealización.

—Lo tengo. En un papel.

—¿Sabe usted lo que significa desrealización, señora Ortiz?

—Sí. Significa que a veces una cree que lo que le pasa no es real. —Miro a Roberto—. A mí me pasa mucho. Sobre todo los jueves.

Ignasi tarda un segundo en seguir. Se ajusta el puño de la camisa.

—Su cuñada, doña Inmaculada Valcárcel, ha declarado ante notario que usted la llamó el verano pasado a las cuatro de la madrugada, muy alterada, diciendo que había alguien en el jardín. ¿Lo recuerda?

Lo recuerdo.

Recuerdo la ventana abierta y el calor de agosto. Recuerdo a Roberto de pie junto a la ventana, de espaldas, diciendo «hay alguien ahí abajo». El corazón en la garganta. El vaso de agua. La pastilla.

Y entonces, por primera vez desde el viernes, me acuerdo de otra cosa.

Del reloj.

Mientras Roberto me traía el vaso de agua, el reloj del salón dio el cuarto.

Cuatro notas que subían y bajaban. Lo conté.

Lo conté como lo cuento todo. Las cuatro y cuarto.

Me tomé la pastilla y, mientras me la tragaba, el reloj seguía dando las notas abajo, y yo pensé: Las cuatro y cuarto. Me acuerdo de haberlo pensado.

Y después ya no me acuerdo de nada.

—Recuerdo esa noche —digo—. El 17 de agosto. Mi marido me despertó a las cuatro y diez. Me dijo que había alguien en el jardín. Me dio una pastilla a las cuatro y cuarto. Después de eso no recuerdo nada hasta la mañana.

—Entonces no puede descartar haber llamado a su cuñada.

—No. —Me giro hacia el magistrado. Hacia Ruiz-Alarcón, que me mira desde la tarima por encima de sus gafas de montura fina—.

Pero hay una forma de saberlo. Mi teléfono móvil es de un contrato a nombre de mi marido.

El fijo de casa también. Si yo llamé a mi cuñada esa noche, la llamada estará registrada en la compañía.

Con la hora. Con la duración. Con el número.

El silencio en la sala cambia de temperatura.

—Y si la llamada no está —sigo, sin bajar la voz—, alguien está mintiendo. Y no soy yo.

Sílvia se ha levantado antes de que yo termine la frase.

—Señoría, esta parte solicita que se requiera a las compañías telefónicas el registro de llamadas salientes de ambas líneas, móvil y fija, del domicilio de la calle Jaume Piquet, para la madrugada del 17 de agosto de este año.

Ignasi abre la boca. Roberto le pone la mano en el antebrazo, muy suave, sin mirarle. Ignasi la cierra.

Ruiz-Alarcón se quita las gafas. Las limpia con un pañuelo blanco que saca de la manga de la toga. Despacio. Muy despacio. Como se hace todo en este palacio.

—Se acuerda —dice al fin, con su voz de prospecto—. Que se libre oficio a las operadoras. —Se vuelve a poner las gafas—. Y, a instancias de la defensa, que se practique una valoración psiquiátrica de la denunciante por el médico forense adscrito a esta Sala.

Mira el reloj de la pared, el que no suena. Las once y nueve.

—Queda el asunto pendiente de resolución. Se dictará auto en el plazo de cinco días.

Golpea la mesa con un pequeño mazo de madera.

*  *  *

En el pasillo, Claudia está apoyada en una columna, con los brazos cruzados. Cuando me ve salir se separa de la columna y viene hacia mí, rápido, sin correr.

No me pregunta cómo ha ido. Me mira la cara.

—¿Qué has hecho? —dice.

—He dicho la hora.

Claudia frunce el ceño.

—¿Qué hora?

—Todas —digo.

Y entonces me tiemblan las piernas. Todas a la vez, de golpe, como si me hubieran soltado las cuerdas. Claudia me coge del brazo antes de que me caiga. Me sienta en un banco de madera, junto a la columna, debajo de una estatua de una mujer con los ojos vendados y una balanza en la mano.

Sílvia se agacha delante de mí y me da una botella de agua.

—Lo has hecho muy bien —dice—. Muy, muy bien. La fiscal no dejaba de apuntar.

—¿Me van a dar la orden?

Sílvia no contesta enseguida. Mira a Claudia. Claudia mira hacia el fondo del pasillo.

Allí, junto a la escalinata, Ernesto Salcedo está otra vez con Ruiz-Alarcón. Ya sin toga. Hablan en voz baja. Ernesto le pone la mano en el hombro, como antes. Ruiz-Alarcón asiente. Una vez. Dos.

Detrás de ellos, Roberto baja la escalinata con Ignasi. No se gira.

—Cinco días —dice Sílvia.

Bebo agua. Me tiembla la mano. Dejo la botella en el banco.

Me miro la muñeca izquierda. La franja blanca. Ya no es tan blanca como el viernes. Empieza a tener el mismo color que el resto del brazo.

Pienso en las operadoras. En un registro de llamadas de una madrugada de agosto, en un ordenador de una oficina que no conozco, en un número de teléfono, en una hora.

Pienso en que, por primera vez en once años, hay algo que no depende de lo que diga él.

Y en que, si la llamada está, si de verdad llamé a Inma a las cuatro de la madrugada y no me acuerdo, entonces él tiene razón. Y yo no sé quién soy.

Cinco días.

Sin reloj.